Passion Project Capítulo 24
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Capítulo 24

L as siguientes semanas pasan volando, como un sueño neoyorquino pestilente.

Henry y yo hemos empezado a vernos varias veces a la semana para vivir nuevas aventuras.

Un día lo ayudé en una sesión de fotos de un compromiso en el parque con esculturas que hay en el barrio de Astoria.

La siguiente vez, fuimos a una clase de sumiller en el barrio Little Italy.

Henry describió el sabor de un vino sangiovese en particular como «el interior de una chaqueta de cuero en la que se hubiera sentado un Papá Noel sudoroso de los que hay en los centros comerciales» y ahora no puedo evitar soltar una risita cada vez que me tomo una copa de vino tinto.

Fuimos a la playa Rockaway y en la arena nos tomamos unas hamburguesas cutres y unos batidos.

Paseamos por el jardín botánico del Bronx de noche, el cielo oscuro nos envolvió dentro de un cálido invernadero donde estaban las orquídeas más bonitas que he visto nunca.

Fuimos a un bar clandestino oculto en la trastienda de una galería de arte después de pasar el día en el Museo de Historia Natural con la boca abierta viendo huesos de dinosaurio.

Cuando nos dimos cuenta de que todavía no habíamos ido a Staten Island, nos montamos en el ferri que cruza el río Hudson y nos apiñamos en la barandilla para ver la estatua de la Libertad.

Bromeamos sobre que nos estábamos comportando como turistas, pero ¿qué hay de malo en eso?

Lo gracioso es que cuanto más me comporto como una turista, menos me siento como una.

Vimos una obra de teatro interpretada por una sola actriz que fue tan espantosa que, después, en la tiendecita que había enfrente del teatro nos hicimos pis encima de la risa.

Una semana paseamos por el puente de Brooklyn y las sandalias me hicieron en el talón una ampolla del tamaño de una moneda de veinticinco centavos.

Henry me llevó a caballito el resto del camino hasta una zapatería con descuentos y me compró las zapatillas deportivas de Hello Kitty más absurdas de la historia.

Todos los días descubro un nuevo detalle de Henry que me gusta.

Un lunar en el cuello, la curvatura del arco de Cupido, la forma en que las gafas le descansan un poco torcidas en el rostro, las pequeñas motas amarillas que le salpican los ojos verdes, la forma en que su cabello color nogal parece rojizo al sol o esa manera suya de reírse a carcajadas, sin miedo a llamar la atención.

Admiro cómo se le quiebra la voz cuando habla de su padre, cómo se limpia las gafas con la parte inferior de la camiseta, lo que las deja más sucias que antes.

Observo sus movimientos, cómo sus hombros anchos y sus largas extremidades parecen ocupar la cantidad exacta de espacio en cada sala.

Me empiezo a dar cuenta de que le toco el brazo, de que me siento unos centímetros más cerca de lo que lo habría hecho hace un mes.

Me doy cuenta de que quiero más contacto, más risas, más y más y más.

Sospecho que ambos sabemos que ya no ando en busca de mi pasión, aunque seguimos usando el título de Passion Project como excusa para proteger lo que sea que haya entre nosotros.

Le dije que quería que fuéramos solo amigos.

En aquel momento era verdad, pero ahora mi cuerpo me está pidiendo a gritos que lo intente. Que lo intente y punto.

«Tenerlo todo bajo control no es un requisito para el amor».

Le doy vueltas sin parar a esa frase cuando estoy en el ultramarinos, en el supermercado, en la biblioteca.

Me cala hasta los huesos cuando quedo con Sonya y Jamie para tomar algo durante la hora feliz o cuando visito a Sonya en la tienda donde trabaja, Harper de vez en cuando, con las que le gustan en particular, sonríe un poco para sí mismo.

—Oye. —Apaga la cámara y la guarda en la mochila.

—Dime.

—Yo, eh… He estado pensando. —Contempla el jardín, no me mira directamente.

—¿Sí?

—Sé que acordamos ser amigos, pero últimamente… —Me mira, pero enseguida desvía la vista. Está nervioso—. Me parece que algo ha cambiado, no sé.

Pienso que el pánico va a subirme por el vientre, pero no lo hace. Estoy tranquila y calmada. Continúa:

—Puede que lo esté interpretando mal, pero si algo ha cambiado… —Carraspea—. Si algo ha cambiado…, ¿te gustaría tener una cita conmigo?

Me aparto un poco, lo justo para poder mirarlo mejor. ¿Esto está pasando de verdad? Parece que va en serio, aunque fue él quien me rechazó. Recuerdo el baño de la fiesta de Sonya, la cama en la casa de Marjorie.

Nunca me aclaró a qué se refería con lo de que sabía lo que quería, pero igual Jamie tiene razón. Igual en el baño solo quería asegurarse de que estaba preparada, de que sabía lo que estaba haciendo. Igual ahora puede notar que me estoy acercando poquito a poco.

Traga saliva.

—No sé… Volvamos a tener una primera cita. Déjame invitarte a salir en serio.

Jugueteo con los bordes deshilachados de mis pantalones cortos vaqueros mientras considero su propuesta. Esta es una oportunidad de empezar de nuevo. De no tener miedo. De ir a por todas. Por supuesto, es también una oportunidad de hacer el ridículo de cien maneras nuevas y todavía más vergonzosas.

Es una oportunidad para que vuelvan a romperme el corazón.

¿Y si no estoy preparada?

Me toca la rodilla con delicadeza.

—No tienes que responder ahora. Solo digamos que estaré en el Rosencrantz & Guildenstern el viernes a las cinco y media.

Contemplo el jardín, las rosas rosa y las gladiolas, que se mecen con la brisa.

Puede que lo que haya entre nosotros sea diferente y haya cambiado, a pesar de lo que me he esforzado por mantenerlo bajo control.

Puede que el tren haya partido de la estación y, o me subo a él, o me quedo en el andén.

Puede que, si reconociera que quiero algo más allá de una amistad, algo mejor… me lo mereciera.

No quiero quedarme en la estación. Trago saliva, cierro los ojos ante los cálidos rayos del sol y apoyo la cabeza en su hombro.

—Allí estaré.

Cada vez que miro el móvil, el reloj sigue sin haber avanzado. Ni un minuto. Doy golpecitos al suelo con el pie bajo el mostrador y me muerdo el labio. Ahora pone que son y cincuenta y seis. Cuatro minutos más para ser libre. Y luego…, tengo una cita con Henry.

Esta mañana me desperté a las seis, incapaz de volver a conciliar el sueño.

Revolví todo el armario en busca de algo que ponerme, lo que es una tontería, porque me ha visto ya con toda la ropa que tengo.

Pero necesitaba algo especial, a la altura de una primera cita.

En un intento desesperado, llamé a la puerta de Sonya, que estuvo más que encantada de ayudar.

En realidad, estaba eufórica. Puso ABBA a todo volumen, me pintó los ojos y me vistió de la cabeza a los pies.

Acabé en un vestido azul intenso precioso que Sonya se había puesto en su primera cita con Jamie.

Ahora estoy temblando en un nuevo puesto de la empresa de trabajo temporal, esperando a que pase el tiempo y pueda salir para ir a mi cita.

La empresa Carlyle necesitaba a alguien que cubriera este espacio para eventos corporativos y, aunque solo me habían destinado a la biblioteca desde que Sal se fue, insistieron en que me necesitaban para trabajar en la recepción.

¿Por qué estoy nerviosa? Vamos a hacer lo de siempre: pasar el rato juntos. No ha cambiado nada. Trato de no mirar el bolso para comprobar que el vestido azul de Sonya sigue ahí, donde lo dejé, y que no ha decidido echar a volar.

Ya he ordenado el escritorio tres veces, he comprobado dos veces que las salas de conferencias están vacías y he guardado las llaves en el compartimento seguro para que nadie pueda entrar por la noche.

Tengo que salir a las cinco en punto para llegar a tiempo al restaurante y mi móvil se ha quedado casi sin batería.

¿Le importará a alguien si me escapo antes?

Me cuelgo el bolso del hombro y pongo rumbo hacia la puerta.

—Bennet —me llama una voz desde las oficinas—, ¿va a alguna parte?

Me giro rápidamente y veo a Anna, que sostiene un portapapeles de Carlyle Staffing Solutions en la cadera. Me viene a la mente el recuerdo de cuando me despidió del NYAC.