Capítulo 23
H enry y yo caminamos por el barrio de Hudson Yards, abriéndonos paso entre la algarabía de turistas que le sacan fotos al Vessel, la estructura con forma de panal que se encuentra en el centro de esta zona de Manhattan.
No le he dicho a Henry el motivo de que estemos justo aquí, sobre todo porque quiero sorprenderlo y, en parte también, porque decirlo en voz alta implica que tendré que hacerlo de verdad.
—Sé que me amenazaste con ir a Times Square —comenta, esquivando a una mujer que se está haciendo una selfi—, pero esto no es mucho mejor.
—Hoy vamos a jugar a ser turistas —digo—. De todos modos, en esta ciudad yo, básicamente, lo soy. Pensé que, ya puestos, podríamos darlo todo.
Se encoge de hombros de buen humor y se mete las manos en los bolsillos.
—¿Vamos a entrar en el Vessel?
Digo que no con la cabeza.
—¿A pasear por el parque elevado de High Line?
—No. —Se me acelera el pulso. Parece que mi corazón estuviese intentando salírseme del pecho.
Tuerce la boca mientras piensa.
—Me rindo.
Señalo con la vista un edificio alto, uno de los muchos rascacielos que conforman la silueta urbana.
Del lateral de este edificio en particular, casi en todo lo alto, sobresale una plataforma triangular: se trata de un mirador a cien pisos de altura.
Desde donde estamos parece diminuto, como del tamaño de un nacho.
—Ay, no. —Se le pone la cara blanca al darse cuenta de lo que está pasando—. Ay no, no, no.
Asiento a cámara lenta.
—Ay, sí.
No tiene muy buen aspecto, su tez cenicienta ha dado paso a un inquietante tono verdoso.
—Vamos a subir ahí arriba, ¿a que sí?
—¡Sorpresa! —anuncio, agitando los dedos en un gesto teatral—. Vamos a atarnos al exterior y a subir hasta la cima, como King Kong y la mujer del vestido bonito.
Tras la conversación con Sonya y Jamie en la azotea, me di cuenta de que tenía que esforzarme más y dar un salto de fe.
Así que pensé en lo más aterrador que se me podía ocurrir: ser atacada por un oso, Henry, escalar un rascacielos, Henry, ahogarme, Henry.
Lo único aterrador que realmente podía hacer de forma viable era escalar el lateral de un rascacielos, así que nos reservé una plaza.
—Ay, Dios mío. —Se le acelera la respiración—. Madre mía. —Se pasa la mano por el pelo una vez. Luego otra—. ¿Que vamos a hacer qué?
—Nos ponen un arnés que va atado al edificio para que no nos caigamos, pero sí. Vamos a escalar esa monada.
—Vamos, no me jodas —dice, frotándose la frente.
—¿Tienes miedo? —Le sujeto la mano libre, lo que le ayuda a relajarse un poco.
—Puede ser —respira con dificultad—. Ay, mi madre. —Sería un buen momento para admitir que estoy muerta de miedo, pero, al ver cómo a Henry se le va la pinza, por una vez quiero ser yo la positiva.
Me vuelvo para quedar frente a frente, coloco mis palmas en sus brazos y se los froto de arriba abajo para intentar calmarlo.
—Henry —lo animo—, no pasa nada.
—Bennet, les tengo miedo a las alturas. —Se pasa la mano por el pelo, con la cabeza gacha. Ni siquiera me imaginaba que Henry pudiera tenerle miedo a algo. No le teme a nada. Me siento fatal por haber elegido una actividad que lo paraliza de esta forma.
—Me has ayudado a superar mis miedos, ahora déjame que te devuelva el favor —digo poniendo la voz más tranquilizadora de que soy capaz.
—A ti te daba miedo hablar con la gente. A mí me da miedo caerme al vacío y morir desde lo alto de un rascacielos.
—Ambas cosas son igual de aterradoras. Además, ¿tú no subías montañas?
—Eso es diferente, es la naturaleza. Las montañas son como deben ser.
Esto… Esto lo ha creado por entero el ser humano y es completamente antinatural…
No estamos hechos para estar en un edificio a tanta altura, para que lo sepas.
La gente decidió seguir subiendo y subiendo.
¿A partir de qué altura se considera demasiado alto? Ay, Dios mío.
Tomo su rostro entre las manos y lo obligo a mirarme, siento en la piel el suave cosquilleo de una barba incipiente. Inspiro hondo por la nariz. Henry me sigue de inmediato y respira conmigo.
—Puedes hacerlo —digo—. Va a ser lo más guay que hayas hecho nunca y me vas a amar para siempre cuando acabemos. —La expresión de su rostro es de un miedo y una desesperación insoportables—. Y, encima, después te compraré un helado.
Parpadea lentamente y flexiona la mandíbula.
—Que sea con virutitas de colores.
—Trato hecho.
Hace falta algo de persuasión para convencer a Henry de entrar en el edificio y subir los cien pisos en ascensor, y ni siquiera es capaz de mirar por las ventanas cuando llegamos al área de recepción.
Mientras estamos sentados y escuchamos al instructor, Roscoe, hacer la demostración de seguridad, Henry no para de sacudir la pierna como un martillo neumático.
Poso una mano en su rodilla para tranquilizarlo.
—¿Alguna vez se ha muerto alguien haciendo esto? —espeta.
—Serías el primero —murmura Roscoe. Su boca está rodeada de vello. Su compañero, Matthew, es mucho más flacucho, pelirrojo y tiene el rostro lleno de pecas—. Si te resbalas —continúa, sujetando un cable grueso—, el arnés te sujetará.
Henry se remueve incómodo en el asiento.
—¿Y si se rompe?
Roscoe se encoge de hombros.
—Te harás papilla.
Quería hacerse el gracioso, pero a Henry le falta poco para ponerse verde.
Roscoe se da cuenta de que no está de humor y añade:
—Es completamente seguro. Tenemos una tasa de éxito del cien por ciento.
Henry empieza a sacudir de nuevo la rodilla.
—No me tranquiliza saber que un solo error podría arruinar la tasa de éxito del cien por ciento, lo que supondría una probabilidad del cien por ciento de caerme desde el cielo y acabar aplastado como una tortita.
Roscoe se frota la barba.
—Mira lo tranquila y serena que está tu chica. Imítala.
«Tu chica». Se me dibuja una sonrisita en el rostro. Me muerdo el interior de la mejilla.
—La primera vez me hice pis encima —interviene Matthew.
—Maravilloso —responde Henry con sequedad.
—Pero me gustó tanto que seguí viniendo. Ahora trabajo aquí. Es lo mejor que he hecho.
Henry respira con dificultad, con un sonido ronco, como si tuviera piedras en los pulmones.
—Oye. —Me giro para quedar cara a cara—. Si no quieres hacerlo, no lo hacemos.
Toma otra bocanada de aire, tembloroso; empieza a dar golpecitos con el pie en el suelo.
—Sí que quiero.
—Estaré ahí en todo momento —digo, intentando mantener un tono ligero y divertido—. No me separaré de ti.
Deja de sacudir la rodilla y relaja la mandíbula. Veo cómo vuelve a recuperar el rostro del hombre que conozco a medida que va tomando aire de forma profunda y constante. Al final, esboza una sonrisa débil.
—Pero igual me hago pis encima.
Nos abrochan los trajes, nos colocan los arneses y nos ajustan los cascos.
Nos amarran a una barandilla con cuerdas de seguridad, para que —Dios no lo quiera—, si nos resbalamos y nos caemos, quedemos colgados del lateral del edificio en lugar de desplomarnos hacia una muerte segura.
Compruebo el cable tirando de él, fuerte.
Henry me sonríe, como si estuviésemos pensando lo mismo.
Parece que se va a desmayar cuando Roscoe y Matthew nos indican que subamos unas escaleras metálicas.
Seguimos dentro del edificio, pero aquí arriba la línea que separa el peligro de la seguridad parece ya muy delgada.
Subimos, uno a uno, los peldaños de la escalera de caracol.
Henry va detrás de mí. La luz me baña el rostro cuando llegamos a una puerta que se abre y conduce al lateral del rascacielos, por lo que quedamos expuestos por completo al mundo, sin red de seguridad, a más de trescientos metros por encima de la ciudad.
—Hemos llegado, chicos —dice Roscoe cuando sale y se sube a una plataforma minúscula—. Primera parada en el camino hacia la cima.
Me sudan los dedos mientras me sujeto a la barandilla lo más fuerte que puedo.
Se me hace un nudo en la garganta y me falta el aire; me cuesta dar un paso adelante, fuera de la seguridad de la escalera, pero pienso en Henry, detrás de mí, en lo asustado que debe de estar, y doy un pasito vacilante hacia la plataforma metálica.
El viento me azota el rostro cuando Henry se coloca a mi lado. Le agarro la mano, me aferro a sus dedos temblorosos mientras contemplamos el río Hudson. Me doy cuenta de que Henry apenas es capaz de admirar las vistas de la ciudad, por lo que me clava la mirada.
—Ya casi hemos llegado a la cima —lo animo. Exhala aire por los labios y asiente cuando Roscoe señala otra escalera empinada, esta vez en el exterior del edificio, que nos conducirá hasta la plataforma superior—. Podemos hacerlo —añado, apretándole la mano.
Los edificios a nuestros pies se van haciendo más y más pequeños a medida que subimos por las escaleras de metal.
Me recuerdan a las gradas de un partido de fútbol americano de instituto, solo que a muchísima más altura.
Los muslos y los pulmones me arden; intento no bajar la mirada y ver entre las rendijas de cada escalón, sino mantener la vista al frente.
El sol se encuentra en lo bajo del cielo y refleja un brillo dorado en las ventanas de los edificios que nos rodean… y que se alzan a nuestros pies.
Me tiembla el cuerpo entero cuando llegamos a la última plataforma del edificio, suspendida tan alto que me da vértigo.
Me vuelvo con cautela hacia el horizonte y abro los ojos.
Ser capaz de verlo todo desde tan arriba, sin ningún tipo de barrera que me separe del mundo, me deja sin ninguna molécula de aire en los pulmones.
Echo un vistazo a Henry, que tiene los ojos cerrados y continúa respirando profundamente para relajarse.
Rozo la manga de su traje enterizo con los dedos.
—¿Quieres que te lo describa? —pregunto.
Asiente sin abrir los ojos.
Recorro con la mirada el horizonte, el sol resplandece sobre todos los edificios, cuyos nombres no podría mencionar ni en broma.
—Es gris —digo. Una de las comisuras de su boca se curva en una leve sonrisa que se desvanece tan pronto como aparece—.
La ciudad es… Madre mía, parece que tiene dientes, estalagmitas o algo parecido.
Los edificios parecen apretujados, como si fueran un único todo.
Aunque supongo que, en cierto modo, sí que lo son: una pieza gigantesca formada por un puñado de piezas más pequeñitas.
Da la impresión de que, si extendiera la mano, podría aplanar todos los edificios.
Es como si, con solo estirar un dedo, pudiera tocar la cima del Empire State.
—Me vuelvo para mirarlo, me escuece la nariz por el viento y por la panorámica—.
El sol brilla como el oro, Henry. Es una de las cosas más bonitas que he visto nunca; da tanto miedo y es tan impactante que me encantaría poder compartirlo contigo. Deberías echar un vistazo.
Abre los ojos lentamente, pero los mantiene fijos en mí, sin atreverse a contemplar las vistas. Respiro hondo y le digo la verdad.
—Estar aquí hace que me sienta pequeña, pero estar contigo me hace sentir importante.
Nos observamos fijamente el uno al otro, con atención; los ojos verdes le resplandecen.
Algo se despierta entre nosotros con esa mirada.
Algo eléctrico, algo que dice: «Estás a salvo conmigo».
Inspira temblorosamente una vez más antes de volverse a admirar el skyline .
Sé que siente lo mismo que yo, porque se le llenan los ojos de lágrimas.
—Madre mía… Guau —se maravilla.
—Lo sé —concuerdo, entrelazando mis dedos a los suyos.
Roscoe y Matthew explican que podemos asomarnos al borde si queremos y dejar que los arneses nos sostengan a más de trescientos metros de altura. Ahora Henry está sonriente y sé que también quiere hacerlo.
Nos acercamos al borde, colocamos los pies justo en el límite donde el edificio se une con el aire y, poco a poco, nos inclinamos sobre la ciudad, apoyando todo el peso en ese trocito de cuerda que nos sostiene.
No sé si es que el aire está más enrarecido aquí arriba o si simplemente estoy perdiendo la cabeza, pero me siento como si estuviera borracha, aturdida y no pesara nada de nada.
Me empiezan a resbalar lágrimas por las mejillas y me echo a reír. Abro los brazos de par en par, como si fueran alas, y grito a todo pulmón; siento verdadera libertad por primera vez en mucho tiempo.
Estoy suspendida sobre la ciudad, con el corazón abierto ante ella, y, por una vez, no tengo miedo.
Me seco las lágrimas, sin ser capaz de dejar de reír ni de temblar. Me imagino que una lágrima se me cae de la nariz y se evapora antes de llegar a la calle allá abajo.
Henry da un grito de júbilo a mi lado y, cuando lo miro, irradia alegría por los cuatro costados: tiene el rostro radiante y es tan increíblemente guapo que duele. Ya no me apetece seguir mirando las vistas. Nos retiramos poco a poco y volvemos a la seguridad de la plataforma.
Henry me mira con los ojos como platos y las mejillas sonrosadas por el viento. Acorta la distancia que nos separa, me envuelve entre sus brazos y se aferra a mí como si yo fuera la tierra firme y la seguridad que tanto ansía.
—Dios mío. —Me clava los dedos en la espalda.
Lo agarro del cuello y lo atraigo más a mí.
—Estoy muy orgullosa de ti —digo.
Me rodea la cintura con más fuerza.
—Nunca lo habría hecho de no ser por ti.
En la vida, nunca lo habría hecho. —Respiramos profundamente juntos, dejando que nuestros corazones se aceleren.
Puede que sea la adrenalina, puede que sea el atardecer, pero no tengo miedo de esto.
Ahora mismo no. Afloja un poco su presión y apoyo la cabeza sobre su corazón acelerado—.
Gracias por obligarme a hacerlo —dice, sin dejar de sujetarme contra él.
En circunstancias normales, uno de los dos se alejaría.
Uno de los dos le recordaría al otro que solo somos amigos.
Uno de los dos diría que nos estamos pasando.
Pero ninguno lo hace. Dejo que me sostenga, bañados los dos por el sol áureo y estival en la cima del mundo, y por una vez no pienso en las consecuencias de esa acción. Lo dejo estar.