Capítulo 20 #2
Con uno de sus brazos me sostiene cerca de él, mi mentón descansa sobre su hombro y mis pestañas le rozan la mandíbula.
Le tengo la cintura rodeada con una pierna y noto su contorno firme contra mi cuerpo.
Su corazón late bajo mi brazo, fuerte y lento.
Cierro los ojos e intento calmarme para no entrar en pánico, me pregunto cómo hemos acabado así.
Por la forma en la que estoy tumbada sobre él, puedo deducir que fue mi cuerpo dormido el que lo empezó todo, no el suyo.
Le recorro el brazo con la mano como por instinto, introduzco los dedos bajo su manga. Dormido, me abraza con más fuerza y mueve los labios ligeramente sin despertarse. No abre los ojos, sino que vuelve a fundirse en un sueño profundo. Me va a explotar el corazón de lo rápido que me late.
Con la lentitud de una tortuga, me deshago de su abrazo y sustituyo mi cuerpo con una almohada. Se acomoda y la estrecha entre los brazos, pero no se despierta.
Tomo la ropa de ayer y coloco las prendas en la cama.
Con un ojo puesto en Henry, me quito los pantalones, me pongo los vaqueros y cierro el botón.
Me quito la camisetita, vuelvo a quedarme con el pecho al aire y, justo cuando la dejo en el suelo, el pequeño Michael empieza a llorar desconsoladamente en alguna parte de la casa.
Henry se despierta de golpe y, al abrir los ojos, los posa directamente sobre mis pechos desnudos. Corro a cubrirme con las manos.
—¡Dios mío, cierra los ojos!
Ambos bajamos la vista al lugar de la cama donde la colcha se alza. Se tapa con un cojín y se ruboriza.
—Madre mía, lo siento —consigue decir, ahogado.
Me doy la vuelta.
—Haz como que no has visto nada, por favor.
Se tapa los ojos con las manos.
—¡¿Por qué me miras de frente cuando te estás cambiando?!
—¡Quería echarte un ojo por si te despertabas! Ahora me doy cuenta de lo malísimo que era ese plan.
—No he visto nada —suelta—. A las muñecas, en cambio, les has sacado los colores.
—Ja, ja. —Miro a la pared—. ¿Te quedas con los ojos cerrados hasta que termine de vestirme, por favor?
—Vale —responde Henry—, pero no puedo prometer que las muñecas hagan lo mismo.
Me pongo el sujetador y la camiseta. La cabeza me va a mil por hora, noto el latido del corazón entre las piernas.
En el baño, me enjuago la boca con un trago de colutorio y me echo un poco de agua en la cara, roja como un tomate.
Cuando vuelvo a la habitación, Henry se ha vuelto a poner su ropa y ha hecho la cama.
—Qué caballero.
—Nunca puedo dejar la cama sin hacer. —Dobla la enorme camiseta del pijama que se puso anoche y los pantalones de franela. Echo un vistazo al montón de ropa de Marjorie que dejé en una esquina de la habitación y la recojo para empezar a doblarla, avergonzada.
—Una cama sin hacer es mucho más acogedora. Como si la manta te estuviera diciendo: «Ven, métete dentro».
Henry suelta una risita histérica.
—¿«Métete dentro»? Bennet, voy a empezar a pensar que igual eres una pervertida en secreto.
—No fui yo quien se quedó mirándote sin ropa esta mañana.
—No, eso lo hiciste anoche —contesta, y es como si me estallaran unos pequeños fuegos artificiales en el estómago.
—Yo no me quedé… —me defiendo, apretando las piernas—. O sea…
—Otra vez, qué fácil es tomarte el pelo —dice, esbozando una sonrisa de oreja a oreja.
Siento la necesidad de abanicarme con la mano o de escaparme de su campo de visión, por lo vivo e intenso de su mirada.
—Deberíamos irnos —digo.
—Tienes razón —reconoce. Evito mirarle a los ojos y fijo la vista en una muñeca de Kit Kittredge que hay sobre la cómoda—. Tengo que largarme de esta habitación antes de que me posea algún demonio.
Rechazamos la invitación de tomar café y tortitas, y nos despedimos amablemente antes de que Sal nos lleve en coche a la estación de tren. Henry vuelve a tomar asiento en la parte de atrás y Sal vocifera historias sobre Michael por encima del volumen de la radio.
Cuando llegamos a la estación de tren, el coche se detiene y me desabrocho el cinturón de seguridad. Sal me agarra de la muñeca.
—No puedo expresar lo que ha significado para mí que vinierais a comprobar cómo estábamos. Este chico lo puede haber encubierto como una sesión de fotos, pero sé que es porque os preocupáis. Volved cuando queráis —añade—. Siempre seréis bienvenidos.
Le doy un abrazo rápido por encima de la palanca de cambios y le prometo que los visitaremos, luego me dirijo al andén.
Henry y yo compramos los billetes en un punto de venta y esperamos al siguiente tren.
Encontramos un banco solitario bajo una marquesina y nos apostamos en él.
Es esa hora de la mañana en la que todo se tiñe de un azul violáceo, cuando al sol le queda poco para terminar de salir y la luz engaña a la vista, difuminando el contorno del mundo que te rodea.
Nuestras piernas se tocan cuando nos sentamos cerca del andén y disfrutamos de la tranquilidad de la mañana.
—Una cosa. —Su voz es suave y cautelosa cuando me acaricia la rodilla con la mano—. ¿Cuándo me vas a hablar de él?