Capítulo 20
A ntes de que podamos reaccionar, Marjorie nos ha metido en la habitación libre y nos ha dado un par de pijamas limpios.
La habitación es diminuta, hay una cama de matrimonio con una colcha rosa y amarilla. ¿Han cambiado el tamaño de las camas de matrimonio? Parece más pequeña de lo normal.
Lo que asusta más que la cama minúscula es que no hay superficie en la habitación que no esté cubierta por muñecas: muñecas antiguas, muñecas American Girl, muñecas Barbie. Parece… sacado de una auténtica pesadilla.
Henry y yo nos sentamos en extremos opuestos de la cama.
Él sostiene una camiseta enorme de los New York Giants que pertenece a Pete.
Yo me llevo la peor parte. Inspecciono el pijama que Marjorie me ha seleccionado: una camiseta de tirantes en la que se lee Puede contener trazas de vino y unos pantaloncitos ajustados en cuyo trasero pone Jersey Girl .
—Esto es espeluznante —dice Henry; si se refiere a las muñecas o a los pijamas, ya no lo sé.
—¿Cuál crees que tiene más papeletas de cobrar vida y matarnos mientras dormimos?
—Mmm… —Analiza la habitación hasta que se decanta por una de las muñecas—. Esa de ahí, sin duda. —Señala una especialmente aterradora sentada en un pupitre de escuela antiguo. Tiene el pelo de color rojo cereza y los labios a juego.
—No la hagas enfadar. No me apetece que esta noche me masacren, muchas gracias.
—Bueno, qué le vamos a hacer. —Se levanta y se quita el jersey; deja su abdomen perfecto a plena vista. Las suaves ondulaciones de sus músculos, cubiertas por una piel tersa, descienden hacia el ombligo. Cuando me mira, me doy cuenta de que le están empezando a aparecer manchas rojas en el pecho.
—Perdona —dice—. Puedo cambiarme en otra habitación.
Intento tragar saliva, pero tengo la boca seca.
—No pasa nada —respondo. Intento no quedarme mirando su cuerpo, pero es adictivo. No puedo apartar la vista.
Así que no lo hago.
Ladea la cabeza, intrigado.
—Muy bien —concede—. Entonces me cambio aquí.
Se quita los pantalones y deja al descubierto unos bóxers a cuadros; yo lo observo, absorta en cada uno de sus movimientos.
Tiene las piernas tonificadas y musculosas.
¿Hace ejercicio? Nunca lo ha mencionado.
Alza la vista bajo su mata de pelo y se ríe de que lo esté mirando fijamente mientras se pone los pantalones de chándal de Pete.
No hace ningún comentario sobre que me lo haya quedado mirando; me deja, sin más.
Se pone la camiseta del pijama, que le cuelga del cuerpo como una cortina y cubre los relieves y surcos en los que yo había clavado los ojos.
—Hoy has estado muy bien —comento. Las palabras salen sedosas de mis labios.
—Te lo dije. —Se ajusta la enorme cinturilla de los pantalones de chándal y se la ata bien en torno a las caderas—. Soy todo un profesional.
—Sí, pero no me dijiste que se te daban fenomenal los bebés.
—¿Qué? No se me dan fenomenal los bebés.
—Mejor que a mí, sí —digo mientras me dejo caer de espaldas en la cama y me quedo mirando al techo.
La cama se mueve bajo su peso cuando se sienta a mi lado.
—El listón está bajo —se burla.
—¡Pero bueno! —Le doy un empujoncito en el hombro.
Se ríe y se acurruca entre los cojines.
—¿Puedes prepararte para dormir? —me pide—. Estoy cansado.
En ese instante, caigo en la cuenta de que me toca ponerme el pijama.
Me muero de vergüenza de solo pensar en que me vea desnuda en una habitación llena de muñecas. Me incorporo de golpe hasta quedar sentada.
—Voy al baño.
Me pongo la ropa en el brazo y cruzo el pasillo. Para mi espanto, la puerta del baño está cerrada con pestillo y el agua de la ducha está abierta. Espero un minuto, que se convierten en dos, que se convierten en cinco. ¿Se están dando acaso la ducha más larga de la historia?
Derrotada, cansada y lista para acostarme, vuelvo a nuestra habitación y me encuentro a Henry en la cama, mirando su teléfono.
—Me voy a cambiar, pero no puedes mirar.
Se tumba y se cubre el rostro con un cojín rosa de pelitos.
—Adelante.
Me saco la camisa por la cabeza y me desabrocho el sujetador, por lo que me quedo con el pecho al aire.
Que Henry esté en la misma habitación lo hace todo dolorosamente erótico.
Aunque no esté mirando, el simple hecho de que compartamos el mismo espacio hace de la situación algo peligroso.
Algo sexi. Me quito los pantalones y me quedo en ropa interior un segundo más de lo debido antes de subirme los pantaloncitos.
El bajo de la camiseta me queda un centímetro por encima del ombligo y la tela se amolda a la perfección al contorno de mi pecho.
La intento bajar todo lo que puedo, pero vuelve a subirse cada vez que la suelto.
Llevo básicamente el uniforme de una camarera de la cadena de restaurantes Hooters.
—Ya estoy —anuncio y me estremezco al pensar en que Henry me vea así. Abre los ojos y posa la mirada en mis caderas—. Es un horror, lo sé.
—No está tan mal —dice, estirando el brazo y colocándoselo detrás de la cabeza.
Le lanzo una mirada de reojo.
—Nada de hacer tonterías.
—Puedo controlarme. —Esboza una sonrisa amplia y se sube la manga de la camiseta para que el tatuaje quede a la vista—. ¿Podrás tú?
Ay, Dios. Estamos coqueteando otra vez. Estamos coqueteando otra vez. «Ayuda».
—Cállate. —Pongo los ojos en blanco y me tumbo a su lado en la cama. Tomo uno de los cojines decorativos que tengo detrás de la cabeza y lo coloco entre nuestros cuerpos. Me mira como si estuviera loca—. ¿Qué pasa? —pregunto, poniendo otro cojín entre nosotros.
Señala la barrera.
—¿Qué estamos, en el instituto?
¿Cómo lo digo de forma delicada?
—No quiero… que nuestros culos se toquen.
—Eres una cría.
Se incorpora para apagar la lámpara de la mesita de noche.
A medida que mi vista se va acostumbrando a la oscuridad, empiezo a ver los ojos de las muñecas con claridad, de un blanco casi neón sobre un telón negro de fondo.
El suave sonido de la lluvia repiquetea contra las ventanas.
La inquietud y las bromas traviesas se asientan entre nosotros, lo que crea una tranquila sensación de comodidad.
Hemos estado tonteando, pero estar a solas en la misma cama con Henry no me parece ninguna tontería.
Trago saliva, me llevo un cojín al pecho y me giro para quedar frente a frente.
—¿Henry?
—Dime. —Su voz es baja, un susurro.
El silencio se cierne entre nosotros mientras escuchamos la fina danza de la lluvia. Su rostro se suaviza y el corazón me empieza a latir más y más rápido con cada segundo que pasa.
—Yo… —Empiezo a hablar, sin saber muy bien qué voy a decir—. Gracias —le digo.
—¿Por qué?
Hago un gesto a la habitación.
—Por todo esto.
—Me alegro de que haya salido bien —responde—. Sal me parece un buen hombre. —Respira hondo y se cambia de postura en la cama, deja que los párpados se le cierren un instante.
—Y también…
Abre los ojos.
—¿Sí?
—Me alegro de que me obligaras a ser tu amiga —admito, acompañada del sosegado murmullo de la lluvia—, aunque a veces haga el ridículo en los baños ante ti.
—No has hecho el ridículo, Bennet.
—Sí que lo hice, dos veces —replico torciendo la boca y cruzando la mirada con una muñeca con una pinta particularmente siniestra, cuyos ojos penetrantes y brillantes resplandecen bajo la luz de la luna.
—Ninguna de las veces —me rebate, parpadeando en la oscuridad.
—Especialmente la segunda —susurro. Me sumerjo en el recuerdo de ese baño, cómo me acerqué con los ojos cerrados para intentar algo para lo que no estaba preparada. Cómo me detuvo. Su negativa firme.
—Tienes que dejar de pensar en eso —dice.
—Lo sé. —Cierro los ojos—. Dejaste claro que no era lo que querías.
Se queda quieto, respira más despacio.
—Yo nunca he dicho eso —susurra—, dije que sabía lo que quería.
El corazón me late con fuerza en el pecho, cada vez más rápido, mientras la lluvia cae en el tejado.
—¿Qué quieres?
Tensa un lado de la mandíbula y abre la boca para decir algo, pero, sea lo que sea, queda sin ser pronunciado.
—En otra ocasión —dice.
Aprieto la almohada contra el pecho.
—En otra ocasión —repito.
Un rayo rasga el cielo y le ilumina el rostro un instante fugaz.
Un destello de ojos verdes, un milisegundo de cabello color nogal.
Antes de poder fijarme en su expresión, vuelve a estar oscuro y lo único que queda es el sonido del mundo allá afuera y el ritmo de nuestras respiraciones sobre el colchón.
Me muerdo el labio inferior y noto cómo me corre la sangre por las venas.
Despacio, tomo uno de los cojines que nos separan, lo aparto y lo dejo caer al suelo.
Luego hago lo mismo con el otro, por lo que ya nada nos separa.
Henry no se mueve, no revela ninguno de los pensamientos que le rondan por la cabeza.
—Una última pregunta —digo, acurrucándome bajo la colcha.
—Claro —accede.
—¿Con quién te casas, con quién te acuestas y a quién matas? La princesa Leia, Padmé Amidala o R2-D2.
—No voy a entrar en ese juego ahora mismo contigo. —Al exhalar, se da la vuelta y se coloca bocarriba.
—Qué aburrido.
—Pero si soy desternillante. —Extiende el brazo para acariciarme la cara en la oscuridad. Me mete un dedo en el oído. Lo aparto de un manotazo.
Se vuelve para quedar de cara a la pared.
—Buenas noches, Bennet.
—Buenas noches, Henry —susurro.
No tengo nada de sueño.
Me centro en el sonido de la lluvia al chocar contra la ventana, sin escuchar nada más que ese sosegado murmullo de fondo y el sonido de la respiración de Henry.
Normalmente, cuando no puedo conciliar el sueño, cuento mis respiraciones.
Parece que hoy no funciona. Mantengo los ojos clavados en su espalda, veo cómo sube y baja.
Cuento sus respiraciones hasta que mi cuerpo se evapora en un sueño ligero y agitado.
Las pestañas rozan con algo cuando parpadeo para abrir los ojos. Intento cambiar de postura en la cama, pero el peso de un brazo que me rodea los hombros me lo impide.
Es Henry.