Passion Project Capítulo 19 #2
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Capítulo 19 #2

Contemplo, con los labios apretados, cómo Henry se mete a estas personas en el bolsillo.

Es fascinante observarlo; mirarlo desde los ojos de esta familia es como verlo por primera vez.

Cuanto más se encariñan de él, más atraída por él me siento yo.

Sam no se parecía nada a él. Era aplicado, tímido, discreto.

Henry no tiene ninguna de esas cualidades; es encantador, aventurero, dinámico.

No sé por qué los estoy comparando.

Al final pasamos de hablar sobre el bebé al pronóstico del tiempo desagradable y luego sobre el político de turno que ha sido pillado enviando fotos de su pene.

No consigo dar con el momento adecuado para intervenir con una respuesta ingeniosa ni con un dato divertido.

El cielo se vuelve cada vez más espeso y el sol queda escondido tras una cortina gris.

Sal llega con el bebé envuelto en una mantita azul claro. Lo único que consigo ver desde donde estoy sentada son unas manitas que se estiran para intentar agarrarle la nariz.

—Os presento al pequeño Michael Paul Alexander —anuncia con una sonrisa de oreja a oreja.

Henry me lanza una mirada desde el otro lado del patio y levanta tres dedos. Mueve los labios para decir en silencio «tres nombres», con un destello de alegría en el rostro. Me muerdo el labio para contener la sonrisa.

—¿Quieres sostenerlo? —me pregunta Sal acercándose con el niño.

Nunca he sostenido a un bebé en brazos.

—¿Y si lo rompo?

—Venga ya. —Me entrega al pequeño, que queda suspendido sobre mi regazo. Entro en pánico. Henry debe de haberse dado cuenta, porque se pone en pie de un salto e interviene.

—¡Yo lo sujeto! —Le da unos golpecitos a Sal en el hombro y mira al pequeñín—.

Vamos a tener que conocernos si te voy a sacar fotos, ¿verdad que sí?

—Sal le entrega el bebé con delicadeza y él le sostiene el cuello con cuidado y cariño.

Madre mía, detesto lo que esta imagen está haciendo conmigo en estos momentos. «Mierda».

—En condiciones normales sugeriría hacer la sesión de fotos en el exterior para tener luz natural, pero…

—Henry alza la vista al cielo con los ojos entrecerrados justo cuando empiezan a caer unas gotas—.

Creo que va a ser mejor que nos quedemos dentro.

No pasa nada, vengo preparado para hacer la sesión en interior.

He traído algo de atrezo, por si os gusta.

—Me hace un gesto para que abra la mochila menos pesada.

Cuando abro la cremallera, me encuentro con una explosión de peluches.

Saco un pijama de una sola pieza peludito y una corona de fieltro dorada.

Es un disfraz de Max, del libro Donde viven los monstruos.

—¿Henry? —Enarco una ceja—. ¿De dónde has sacado todo esto?

—Le pedí a mi prima que me enviara cosas de bebé. —Me mira con las gafas salpicadas de gotas de lluvia y se encoge de hombros—. ¿Es raro?

—Para nada. —Alzo el disfraz de Max—. Tenemos que hacerle fotos con esto.

Sonríe, satisfecho.

—Por supuesto.

El aire crepita a nuestro alrededor; el cielo finalmente se rompe y descarga una lluvia torrencial. Sal desliza la puerta corredera y nos hace pasar dentro.

Cuando Pete termina de ponerle el disfraz a Michael, Henry ha acabado más o menos de preparar el salón para la sesión de fotos. Pete coloca a Michael, el bebé berenjena, en una manta y Henry se sitúa junto a él y empieza a sacar fotos sin parar.

—Oye. —Me hace un gesto para que me acerque—. Tengo un trabajito para ti. —Me da un mordedor con forma de llavero colorido—. Mueve el llavero por aquí arriba para que Michael mire a la cámara. Si puedes, intenta que se ría.

El llavero está mojado y pegajoso, espero que de la lluvia, aunque en el fondo sé que es de algún líquido de bebé no identificado. Intento que no se me note que me muero del asco.

—Hola, Michael. —Pongo mi mejor voz para bebés. Me resulta completamente forzada—. ¡Mira lo que tengo! —Sacudo el llavero. Saco la lengua, pero el bebé hace caso omiso.

El estruendo de un trueno rasga el aire y sobresalta al niño. Parece que va a romper a llorar en cualquier momento.

—Rápido, intenta cantar algo —me ordena Henry con la cámara en el ojo.

«¿Que cante?». Parece que Michael va a estallar en llanto de un momento a otro. Suelto las primeras palabras que se me ocurren al son de Daisy Bell , una canción que mi madre solía cantarme de pequeña, durante toda la escuela primaria.

Bebé berenjena, cuéntame, por favor. Me enloqueces, por ti me muero de amor.

La boquita de Michael suelta una carcajada. Sigo agitando el llavero como si fuera una maraca.

Qué lindo, estás de rechupete, en el colmado para dos.

A Michael se le ilumina el rostro y se ríe de alegría. Henry aprovecha la oportunidad y no para de sacar fotos. He de admitir que es adorable.

Marjorie se acerca a mí con cautela mientras da palmas de felicidad.

—Tienes que escribirnos esa letra. ¡Es la primera vez que veo a Michael reírse!

—Toma —le digo dándole el llavero—, voy a escribirla. —Mientras salgo del salón y voy a la cocina a por papel y boli, no puedo dejar de mirar a Henry trabajar. Está muy serio, muy concentrado. Es una faceta suya que no había visto antes, una de la que me gustaría ver más.

Pasamos el resto de la tarde cambiando disfraces y decorados. Durante todo ese tiempo, le voy pasando a Henry varios objetivos, lo ayudo a ajustar las luces y a encuadrar las tomas. Me gusta ser su ayudante del día y trabajar en equipo. Sienta bien.

Cuando el bebé está muy cansado y la lluvia golpea con fuerza en el tejado, Mary nos sirve a todos una copa de vino y prepara una tabla de quesos.

Me siento calentita por dentro y por fuera, como si hubiera pasado el día con mi propia familia, o incluso con la familia Chase.

Estar en una casa cálida durante una tormenta tiene algo mágico, algo que transmite seguridad.

Me escabullo al baño con el móvil. Me siento en la tapa del inodoro y abro el chat con mi madre.

Hola.

No tarda ni medio segundo en contestar.

¿Va todo bien?

Me rompe el corazón que en el afán por evitar que mi familia se preocupe por mí, me he distanciado tanto como para que piensen que el único motivo por el que me pondría en contacto con ellos es porque estoy metida en un lío.

Solo te extraño, nada más.

Yo te extraño más.

¿Nos podemos poner al día mañana?

Claro. Te quiero más que a nada

en el mundo, Benny.

Yo también te quiero.

Me sonrío en el espejo y siento que una chispa de algo que casi se asemeja a la satisfacción me recorre el cuerpo. Me guardo el móvil en el bolsillo y vuelvo a la cocina, donde se ha juntado el resto del grupo.

Cuando me termino la segunda copa de vino tinto, empiezo a notar ese tipo de embriaguez que comienza en los dedos de los pies y te va subiendo por el resto del cuerpo. Estoy apoyada en la encimera de la cocina bajo un cartel en el que se puede leer El hogar es donde hay vino .

—El grandullón se ha quedado frito —dice Mary apuntando al salón.

Sal tiene la barbilla apoyada en el pecho y está roncando delante de la tele, donde emiten una repetición del concurso Family Feud .

—Deberíamos irnos —me susurra Henry cuando echa un vistazo al reloj. Son las diez y media. Es mucho más tarde de lo que pensábamos.

—¿Tenemos que irnos? —me quejo haciendo un puchero.

—Sí. Estás piripi y, aunque resulta muy tierno, algo me dice que querrías irte a casa a dormir. —Se agacha hasta quedar a mi altura—. Y esta vez te toca a ti llevar la mochila pesada.

—De eso nada, soy muy delicada. —Pestañeo exageradamente—. Casi no puedo ni sostener un lápiz de lo débil que soy.

—Ya, ajá. —Pone los ojos en blanco—. Vamos a ir yéndonos —anuncia a todo el mundo.

—Ah, no, ni hablar —lo interrumpe Marjorie—. Todos hemos estado bebiendo, no os podemos llevar a la estación de tren. Os quedáis aquí.

Henry y yo nos miramos a los ojos.

—Uy, no, pedimos un taxi. No pasa nada —digo poniendo demasiado énfasis.

—Sí, de verdad que no… —Henry trastabilla con sus propias palabras—. Nos podemos pedir un Uber.

—No hay necesidad, tenemos una habitación libre con una cama de matrimonio.

—Ah… —Busco una excusa. La que sea—. Mmm… No hace falta, no queremos que tengáis que cambiar las sábanas ni nada.

Pete ha estado muy callado todo este tiempo, supongo que así es como logra sobrevivir en esta casa. Lo miro y le ruego con los ojos que acuda a mi rescate, pero lo que hace es asentir y decir:

—No es ninguna molestia. Pusimos sábanas nuevas anoche.