Passion Project Capítulo 19
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Capítulo 19

H e quedado con Henry en la entrada de Penn Station.

Lleva una mochila negra y grande colgada del hombro y otra más pequeña que sujeta en la mano y le cuelga cerca del muslo.

El sol se esconde tras una densa capa de nubes, así que Henry va más abrigado que de costumbre; lleva un suéter de cuello redondo y unos vaqueros.

Inclina hacia un lado su cuerpo esbelto, que apoya en una de sus delgadas caderas.

Cuando estoy lo suficientemente cerca como para verle los ojos, me guiña, y me llega directo al sistema nervioso.

«¡Ay! ¿Por qué tiene que tener ese aspecto?».

—¿Qué vamos a hacer esta vez? —pregunto a la vez que ojeo sus mochilas.

—Tengo una sesión de fotos —responde dedicándome una sonrisa. Su hoyuelo hace que el estómago me dé un vuelco—, pensé que podrías ser mi ayudante.

—Espero que no sea al aire libre. —Señalo el cielo, del color oscuro de un moratón. Parece que va a descargar en cualquier momento.

—No es al aire libre. —Me entrega una de las mochilas. Pesa tanto que casi se me cae.

—Madre mía. —La levanto de la acera, pero me requiere un gran esfuerzo.

—Vale, puedes llevar esta. —Me cambia la mochila. Esta pesa unos cinco kilos menos.

—Conque estabas intentando encasquetarme la que pesaba más… Ya veo.

Sonríe con picardía y me mira por el rabillo del ojo.

—Se podría ver así.

Entramos en la estación, compramos unos billetes de la compañía de transporte del estado de Nueva Jersey y nos abrimos hueco esquivando cuerpos sudorosos hasta que nos montamos en un tren abarrotado.

Encontramos dos asientos situados uno enfrente del otro, separados por el pasillo, en filas diferentes.

En lugar de sentarme junto a Henry, me toca hacerlo al lado de una mujer con el pelo canoso y esponjoso cuyo perfume me irrita el tejido pulmonar en cada inhalación.

Lanzo miradas furtivas a Henry, situado tres filas por delante de mí.

Desde aquí puedo ver el contorno de su brazo izquierdo en el reposabrazos, que flexiona cada vez que comprueba el móvil.

Se gira para verme, como si pudiera sentir el peso de mi mirada.

Cierro los ojos de golpe y me hago la dormida.

Oigo cómo se ríe al otro lado del vagón.

Un par de paradas después, se levanta y me indica que lo siga.

—Maplewood, Nueva Jersey. —Recito al ver el cartel del andén cuando nos bajamos del tren—. ¿Me vas a contar qué vamos a hacer aquí? —pregunto bostezando.

—Ya te lo he dicho, tengo una sesión de fotos. —Se frota la barbilla mientras recorre el aparcamiento con la mirada.

—Igual descubro mi pasión por la fotografía y me quedo con tus clientes.

—Sí, claro, como si pudieras robármelos.

—¿Cómo? —Me cruzo de brazos—. ¿Me estás subestimando?

—No. Me parece que quieres que piense que harías algo así, pero creo que te gusto demasiado como para que me robes a los clientes.

Se me encoge el estómago y me quedo paralizada. Abro la boca para responder y replicarle sarcásticamente que tampoco me gusta tanto, pero las palabras se me esfuman en los labios.

Me taladra con los ojos y se mofa de mí con una sonrisa burlona.

—Te has puesto roja —dice.

—Deja de mirarme —respondo mientras me llevo las manos a las mejillas, que están calientes.

—¿A dónde voy a mirar si no?

—Yo qué sé —le digo mientras contemplo las vías y vislumbro una masa grande y peluda correteando por el metal—. Ahí hay una rata, mírala a ella.

—Qué rarita eres —comenta.

El claxon de un coche nos interrumpe.

—¡Encanto!

Un hombre, de pie junto a la puerta abierta del lado del conductor de un sedán azul destartalado, me saluda como un loco. Entrecierro los ojos para poder verlo mejor.

—¿Sal?

Henry me da un codazo en las costillas.

—Te dije que te iba a gustar.

—Ay, Dios —vocifero mientras bajo corriendo las escaleras hacia su coche. Lo rodeo con los brazos, sin pensar en lo raro que me resulta abrazar a Sal, mi amigo del trabajo que no me había dado cuenta de que se había convertido en un amigo de verdad—. Estaba preocupadísima.

—Marjorie nos dio un sustito, pero tanto ella como el bebé están genial.

Henry le da un apretón de manos amistoso.

—Gracias por recogernos.

El rostro púrpura de Sal se ilumina.

—Este tío… —Lo aprisiona en un fuerte abrazo. Henry me mira a los ojos como para decir: «Me está aplastando los pulmones».

—Deberíamos llegar a casa antes de que empiece a llover —continúa Sal cuando libera a Henry de su agarre mortal—.

Venid, meted las cosas en el coche. —Me sorprende lo que veo cuando abre el maletero: hay cajas de pañales y toallitas, un carrusel para la cuna, así como un muñeco bebé que parece que fabricaron en los años veinte y que está embrujado.

No queda ni un hueco libre para colocar el equipo fotográfico.

Lo tenemos que apilar en el asiento trasero.

Henry insiste en que yo vaya delante, por lo que se sienta en la parte de atrás con todos los bártulos; con lo alto que es, tiene que encorvarse.

—Me alegro de que todo el mundo esté bien —le digo a Sal, que va detrás del volante—. ¿Qué pasó?

Suelta una risa entre dientes.

—A Marjorie le detectaron preeclampsia, lo que viene siendo que tenía la presión arterial demasiado alta.

Empeoró muy rápido. Justo después de despedirme de ti la última vez, me llamó su marido y me dijo que le habían inducido el parto antes de tiempo.

Mary y yo lo dejamos todo y nos fuimos de la ciudad para cuidar de ella. —Su voz es áspera y tensa.

»En fin, mientras el bebé estaba en la unidad de cuidados intensivos neonatales, Mary y yo nos encargamos de hacer la comida, de limpiar y de ocuparnos de todo, por lo que no tuve tiempo de avisar a nadie de que todo iba bien.

En realidad, ni siquiera comprobé Facebook, así que no leí ninguno de vuestros mensajes.

Hasta que este tío localizó el número fijo de la casa de Marjorie no me di cuenta de que os había dejado ahí colgados.

Giro la cabeza de golpe hacia los asientos traseros para mirar a Henry, que evita mi mirada.

—¿Cómo hiciste eso?

Mantiene los ojos fijos en la ventana y se encoge de hombros.

—No fue tan difícil dar con él una vez que encontré un artículo de fútbol americano antiguo, lo que me llevó a la página de LinkedIn de Marjorie, de ahí a una oficina en la que solía trabajar, y nada… Al final lo localicé.

Me quedo boquiabierta mientras él se golpetea la rodilla con los dedos con total naturalidad.

—Henry, eso… Eres… Qué detalle por tu parte.

—Pensé que podrían querer una sesión de fotos para el recién nacido. —Sonríe con modestia y finalmente me mira—. Pro bono , faltaría más.

Una oleada de afecto se desata en mi interior, como si fuera una lata de refresco con gas que no ha dejado de agitarse desde que nos conocimos.

Me giro para mirarlo, apretujado en el asiento trasero para que yo pudiera sentarme delante.

Esta es la esencia de Henry, aquello en lo que tanto me he esforzado por no confiar.

No sé si tengo la fuerza como para seguir resistiéndome. Ni siquiera sé si quiero hacerlo.

Nos detenemos ante una casita blanca en una calle sin salida. Un par de globos desinflados flotan atados al buzón. Henry saca las mochilas del asiento trasero y me entrega la menos pesada mientras Sal abre la puerta de la entrada.

—¿No te cansas de ser una persona tan buena todo el rato? —Me cuelgo la mochila en el hombro—. Nos haces quedar mal al resto.

—Puede que en realidad sea una persona horrible —dice mientras cierra la puerta del coche— y que solo tenga debilidad por ti.

Madre mía. Y, bueno, ¿desde cuándo es tan alto? ¿Siempre lo ha sido? Siento un cosquilleo en la yema de los dedos, la necesidad de alargar la mano y tocarle el rostro.

—¿Listos para conocer al pequeñín? —nos llama Sal desde la entrada.

—Listos —respondemos ambos al unísono.

Sal nos conduce por la casa y nos lleva hasta el porche trasero, donde Marjorie y su marido, que se presenta como Pete, están sentados y pegados a un vigilabebés. Pete es un tiarrón enorme, mide casi dos metros y tiene la cabeza rapada. Parece Vin Diesel, pero puesto de esteroides.

Marjorie, en cambio, es minúscula. Tiene los ojos marrón chocolate y el cabello, que le llega a mitad de la espalda, completamente liso. Cuando me abraza, lo hace con el mismo vigor que su padre.

—¡Encantada de conoceros! —A continuación, se acerca a abrazar a Henry, que me mira con la misma expresión dolorida que cuando recibió el abrazo de su padre—.

Muchísimas gracias por hacernos este favor.

—Debe de haberse acostumbrado a hablar con el bebé, porque se dirige a nosotros, que somos adultos, con voz infantil.

Libera a Henry del agarre mortal y se vuelve hacia mí—.

¿Sabías que mi padre dice que eres su hija del trabajo?

Pete coloca el vigilabebés en el reposabrazos de la silla de madera Adirondack y da un buen trago a su vaso de limonada.

—Os agradecemos que hayáis venido. Ha sido un mes complicado —se lamenta. Luce agotado.

—Fue idea de Henry —les digo.

—¿Cuánto tiempo lleváis juntos? —pregunta Pete con un gruñido.

—Ay, no, nada de eso —trastabillo—, solo somos amigos. Me está ayudando con una cosa.

—Estamos haciendo un Passion Project juntos —aclara Henry, frotándose el mentón, incómodo.

—Un proyecto «pasional», ya lo pillo —dice Marjorie, que intenta guiñar, pero no le sale.

Henry se ríe.

—No es ese tipo de pasión —añado con timidez.

La mujer de Sal, Mary, nos interrumpe con dos vasos de limonada, uno para Henry y otro para mí.

Nos acomodamos en las sillas de madera y quedamos en círculo, unos frente a otros.

Aunque la temperatura ha bajado considerablemente y parece que la lluvia es inevitable, la brisa fresca sigue resultando agradable.