Capítulo 18 #2
Llevo una camisa hawaiana ridícula, unas gafas rosa chillón y un lei, el collar de flores hawaiano, que he comprado en el bazar. Preparo dos cócteles Bellini con el zumo que sobró anoche, me paso por el brazo un collar para Sonya, me planto sola en el salón y espero a que llegue a casa.
El corazón se me para cuando oigo unas llaves abrir la puerta de la entrada.
—¿Sonya? —Entra al piso con una bolsa de tela llena de ropa y una pila de cartas—. ¿Dónde te habías metido?
—Me quedé a dormir en casa de Jamie. —Intenta pasar rápido por mi lado, una táctica que he empleado en su contra muchas veces.
—Me gustaría hablar contigo, pero primero quiero enseñarte algo. —Hago lo posible por imitar la sonrisa amplia de Henry mientras le ofrezco un Bellini.
—Bennet, estoy cansada. —Deja caer la bolsa en el sofá.
—No tienes que volver a dirigirme la palabra nunca más, pero creo que lo que te voy a enseñar te va a gustar. —Le tiendo el cóctel en señal de paz una vez más—. ¿Por favor?
Acepta la bebida que le ofrezco con el ceño fruncido. La conduzco escaleras arriba hacia el oasis, donde ya he puesto la canción Dancing Queen en el altavoz.
Inclina la cabeza con el rostro inexpresivo.
—Como nuestro piso es tan caluroso, pensé: ¿por qué no convertirlo en un paraíso tropical?
—Señalo el césped artificial con un gesto patético como para decir «¡tachán!
»—. Hay un nebulizador para refrescarse y ahora mismo no lo puedes apreciar, pero esas lucecitas son muy lindas de noche.
Ah, y esas de ahí son plantas de verdad, pero prometo cuidar de ellas, no te tienes que preocupar por eso.
Se muerde el labio.
—¿Por qué has hecho todo esto?
Respiro hondo.
—Llevo bastante tiempo sin ser la mejor de las amigas contigo. En realidad, ni siquiera me he comportado como una amiga últimamente. Lo siento.
Me da la espalda y mira al horizonte. Continúo:
—Creo que a veces doy por sentado que tú y Jamie no queréis pasar tiempo conmigo porque, a decir verdad, ni siquiera yo querría pasar tiempo conmigo misma.
Aprieta los labios, que forman una línea delgada.
—Cuando dijiste que querías venirte a vivir aquí conmigo, me sorprendió, pero también me hacía ilusión que volvieses a formar parte de mi vida.
Pensé que podríamos retomar nuestra amistad, pero ni siquiera me has dejado intentarlo.
Te comportas como si no me quisieras cerca.
Y luego voy y te veo con Henry, un desconocido…
Como si estuvieras más a gusto con un desconocido que conmigo.
—Lo sé —digo—. Sonya, te quiero. Es que hubo un momento…
Cuando se fue todo al traste, la situación se me fue un poco de las manos y ya no supe cómo dejar que nadie se acercara.
Si te soy sincera, creo que me resulta algo más fácil con personas nuevas porque no saben cómo era antes.
Solo me conocen por quien soy ahora. No hay expectativas, ningún recuerdo de mi yo antes de Sam o de cuando estaba con él, ni nada.
Pero tú me conoces. Creo que eres la persona que mejor me conoce del mundo y eso me aterroriza porque siento que ya no soy la de antes.
Me gustaría serlo, no sabes cuánto, pero no lo soy, y me tienes calada.
Me resulta un poco más fácil con alguien como Henry que contigo o con Andy porque…
él es nuevo. Y, créeme, no ha sido un camino de rosas llegar a sentirme cómoda con él.
La verdad es que todavía no lo estoy del todo.
Frunce el ceño y se mira los pies.
—Lo entiendo —me contesta—, es que a veces es difícil sentir que mi mejor amiga es una desconocida que no tiene casi ningún interés por conocer a mi novia.
—¡Jamie me cae bien! —me explico—. He hecho todo esto tanto para ti como para ella.
Pensé que podríais subir aquí arriba a disfrutar del buen tiempo y beber cócteles tropicales.
No es mucho, pero espero que os guste. Y si no puedes perdonarme por cómo te he tratado o si directamente no quieres volver a hablarme, espero que me creas cuando te digo que lo siento muchísimo.
Lo estoy intentando hacer mejor. —Niego con la cabeza—.
No, de intentarlo nada: lo voy a hacer mejor.
Toma un sorbo del cóctel, despacio.
—Bueno —digo—, ahora te dejo sola. Hay más bebidas abajo y, si hace mucho calor, tan solo tienes que encender el nebulizador. Lo siento mucho de nuevo, Sonya. —Me doy la vuelta y me encamino hacia las escaleras. Al menos lo he intentado.
—Aquí arriba va a hacer falta otra silla.
Casi había llegado a la puerta, pero me detengo.
—¿Otra silla?
—Una para cada una: Jamie, tú y yo.
Me vuelvo y veo una gran sonrisa dibujada en su rostro. Podría ponerme a llorar.
—Claro que quería a la Bennet de antes —dice—.
A ver, a fin de cuentas era mi mejor amiga.
Me ayudó a salir del armario con mis padres y a ir a mis primeras citas, espantosas, con chicas a las que no les gustaba.
Coló mis cuadros en alguna que otra cafetería por si alguien los veía y quería comprarlos.
Lloró en mis brazos cuando nos fuimos a universidades en estados distintos y me presentó a su nueva mejor amiga, quien sé que también quería a esa Bennet.
Lo que creo que no terminas de entender es que, sí, quería a esa Bennet, y sí, me has hecho daño, pero no te veo diferente a como lo hacía cuando teníamos dieciséis años.
Sigues siendo tú misma, solo que ahora tienes más matices, más profundidad y, sí, también más dolor.
Durante todo este tiempo yo solo he querido que dejaras que me acercara y te quisiera por quien eres ahora.
La Bennet de antes o la Bennet de ahora son lo mismo: partes diferentes de un mismo todo.
No eres una persona que dé miedo —continúa—, eres graciosa, te preocupas por los demás y lo sientes todo con intensidad.
No prives de eso al resto porque no puedas verlo así.
—Yo también quiero conocer todas tus versiones —digo con dedos temblorosos—. Lo siento mucho.
Se ríe y su risa atraviesa las emociones que flotan en el aire.
—Vale, te perdono. ¿Nos podemos abrazar ya?
La rodeo con los brazos. Se queda rígida un segundo, pero después me envuelve con los suyos.
—Echaba de menos tus abrazos —dice.
—Yo también —admito.
Me aprieta con fuerza, como un pequeño latido.
—Pero todavía tienes que comprar mis pendientes. Al menos tres pares.
Me aparto y sonrío.
—Trato hecho.
—Y si vuelves a olvidar que diseño joyas, me voy de casa —amenaza.
—Trato hecho.
Se retira del hombro su pelo oscuro y largo.
—Muy bien.
—Lo siento mucho, Sonya. Siento mucho haberte tenido apartada durante tanto tiempo. No sabía cómo ser nada, así que no te di nada. Se acabó. Te lo prometo, se acabó. Esto termina hoy.
Me vuelve a abrazar y me embarga su aroma familiar.
—Te perdono. Claro que te perdono.
Abajo, reviso el correo y encuentro un sobre de cartulina gruesa: es la invitación oficial a la boda de Andy Chase. Me empiezan a pitar los oídos cuando abro el sobre.
Si he dejado que la amistad con Sonya se marchitase por falta de luz y agua, he asesinado la de Andy con unas tijeras de podar.
Sostengo la tarjeta entre las manos hasta que se vuelve demasiado pesada como para seguir sujetándola.
La guardo sin abrir al fondo del cajón de los cubiertos.