Capítulo 18
C uando quedo con Henry en la tienda Home Depot, voy vestida con un peto vaquero, un top amarillo sin mangas, unos playeros blancos y unas gafas de sol de farmacia. La espalda baja de su camisa azul pálido está empapada de sudor.
—Me has dejado sin palabras. ¿Qué hacemos aquí? —Se quita las gafas y limpia los cristales con la parte inferior de la camisa.
—Vamos a hacerle un detalle a Sonya —contesto.
—¿Vamos a remodelar tu apartamento? —Me mira preocupado—. Puede que sea poco sexi admitirlo, pero no soy muy manitas que digamos.
Hago una mueca.
—Mmm… —Me subo las gafas de sol para colocármelas bien en el puente de la nariz y me muerdo la lengua para no hacer una broma sobre lo atractivo que es Henry, por lo que me quedo sin absolutamente nada que decir.
Lo único que puedo oír, que me rebota de un lado a otro del cerebro, son las palabras «Henry atractivo» seguidas de un pedorreta muy ruidosa—.
Ya… —Me avergüenzo de mi incapacidad para hilar palabras.
Pone una cara compungida.
—No pretendía insinuar que… Mmm…
—Mmm… —Me miro los pies y lo interrumpo—. Perdona, me he quedado en blanco.
—A ver —dice—, me habías traído a Home Depot por un motivo y luego he dicho la palabra sexi y se ha ido todo al garete.
—No lo digas más —le espeto—. O sea… Vámonos.
—Nos dirigimos a la sección de exterior.
Cojo cinco metros de césped artificial, un rollo de cinta adhesiva de doble cara para este tipo de superficies y dos sillas plegables.
Henry me sigue mientras empuja el carrito y yo selecciono un nebulizador portátil y un flamenco para decorar el jardín.
Echo al carrito dos macetas de palmeras de salón y una guirnalda de luces, y paso por caja.
Henry nos pide un taxi y pongo mi dirección en su teléfono. Llevo sin invitar a un amigo a mi piso… Puede que no lo haya hecho nunca. Solo han estado Sonya y Jamie. Y ahora, Henry.
Tenemos que dar tres viajes para subirlo todo por las cinco plantas y media hasta la azotea, pero al final lo conseguimos, y acabamos sudados y colorados por el esfuerzo.
Nuestra azotea está hecha un desastre, no está pensada para las personas.
Hay botellas vacías, pájaros muertos y unos extraños grafitis en el muro que rodea el perímetro.
Es un muro que llega por la cadera, así que me da respeto que lo único que nos proteja de una caída desde la fachada del edificio sea este parapeto insignificante, pero, como bien he dicho antes, la azotea no está pensada para las personas.
Todavía.
Dejamos el botín en la azotea y entramos al piso en busca de productos de limpieza, bolsas de basura y agua fría.
—Conque este es tu piso, ¿eh? —Inspecciona a su alrededor y estudia una obra de arte adquirida en la cadena de tiendas de decoración HomeGoods.
—Con algún que otro mueble roto que nos hemos encontrado en la calle.
—Es… muy bonito. —Se derrumba en el sofá y extiende los brazos.
—De eso nada. —Lleno dos vasos de agua con extra de hielo—. El sofá está que se cae, la pintura está desconchada y entra tan poca luz que podría ser perfectamente una mazmorra. —Le doy uno de los vasos, que enseguida se lleva al cuello.
—Sabes que nada de eso tiene que ver con el problema de este sitio, ¿verdad?
Tomo un gran sorbo de agua.
—¿Ah, no? ¿Cuál es el problema, entonces?
Se le derrama un poco de agua, que le baja por el cuello y le empapa un trocito de la camisa. Trato de no acudir al recuerdo de la última vez que a Henry se le mojó la camisa, ni al de cómo fue sentirla contra la palma de la mano.
—No parece muy tuyo, eso es todo —dice al retirarse el vaso del cuello.
Aparto la mirada de su figura y echo un vistazo a la habitación.
Las ilustraciones de la pared son abstractas, al estilo de lo que se puede encontrar en un hotel.
Siempre las he considerado provisionales, para cuando decidiéramos ponernos a decorar en serio, cosa que nunca hicimos.
El sofá era el más barato y ligero que encontramos; la decoración, una colección de trastos aleatorios que no tuvimos la energía de mirar con detenimiento antes de exponerlos.
Tiene razón: no hay absolutamente nada que sea del gusto de Sonya ni del mío.
—Creo que nunca llegamos a ponerle mucho esfuerzo a este espacio porque no sabíamos cuánto tiempo nos íbamos a quedar. Nunca echamos raíces, que digamos.
—Bueno —dice posando las gafas en la mesita—, las vamos a echar ahora, ¿verdad?
Sonrío.
—Así es.
Meto dentro de una bolsa grande de IKEA unas bolsas de basura, desinfectante, esponjas, guantes de plástico y papel absorbente. Luego, subimos las escaleras.
Elegimos un rincón de la azotea en el que da un poco de sombra.
Mientras friego el suelo y el muro, Henry recoge basura.
En cierto momento, me parece verlo tirar a la bolsa una jeringuilla usada, pero hago caso omiso.
Me encuentro a un pájaro muerto; Henry se pone los guantes de plástico y lo recoge sin inmutarse. Hago como si fuera a vomitar.
—Le solía dar a Fújur gusanos de seda para cenar. Esto no es nada.
Cuando todo está relativamente limpio, medimos el césped artificial y lo cortamos para cubrir el espacio.
Henry levanta el rollo e intento no quedarme mirando cómo flexiona los músculos mientras lo va colocando en su lugar.
Cuando el césped está fijado, coloco las macetas de palmeras de salón en las esquinas más alejadas, a ras del muro.
Pongo el flamenco a la sombra de una de las plantas y las dos sillas en medio.
Henry cuelga las luces en el muro y yo sitúo el nebulizador en el borde del césped, de cara a las sillas, para que quien se siente en ellas pueda encender la máquina y refrescarse del calor asfixiante.
No es mucho, pero hemos creado un pequeño oasis en la azotea.
Me desplomo en una de las sillas. Henry se tumba en el césped artificial con el cuerpo completamente estirado.
Se tapa los ojos con la mano para protegerse del sol, que comienza a descender lentamente.
—¿Esta es tu forma de decirme que quieres ser paisajista?
La neblina de la máquina nos envuelve con delicadeza.
—No exactamente, solo quería tener un detalle con Sonya.
Henry se gira para mirarme.
—Misión cumplida.
—He estado tan enredada en mis propios pensamientos que no le he demostrado que me sigue importando.
—Le va a encantar —dice cuando se tumba de espaldas.
—Oye —lo llamo con los ojos entrecerrados mientras yace en el césped.
—¿Ajá? —murmura.
—¿Te apetece un poco de ron?
Se incorpora apoyándose en ambos antebrazos y echa la cabeza hacia atrás.
—Por supuesto.
Voy corriendo a la tienda de la esquina y pillo una botella de zumo de piña y un bote de crema solar, y luego me acerco a la licorería de la calle de enfrente para comprar una botella de ron.
Cuando regreso a la azotea, Henry se ha quedado frito en una de las sillas.
Me tomo un momento y lo contemplo, no quiero perturbar su tranquilidad.
No suele estar quieto y callado; verlo así resulta extraño pero agradable.
Me gustaría que todo fuera sencillo, que yo pudiera ser normal, que él no me hubiera rechazado…
que pudiera admirarlo en soledad. Porque, cuando duerme, no tengo que fingir que no me derrito al estar a su vera ni que no me confunde una barbaridad.
Pero no puedo quedarme mirándolo para siempre.
Si no se pone crema solar, se va a quemar.
—Henry —lo llamo, dándole golpecitos en el hombro—. Despierta, tengo ron.
Me sonríe antes siquiera de abrir los ojos.
—Menos mal.
—También he traído crema solar, te estás quemando.
Me mira entrecerrando los ojos con aire perezoso.
—No estarás intentando cuidar de mí, ¿eh?
—Ponte la crema, listillo. —Le paso el bote. Se echa un poco en la mano, sin mucho cuidado, y se la unta por toda la cara, por lo que acaba con restos blancos por toda la nariz y las mejillas.
—Tienes una pinta ridícula.
—No pasa nada —dice embadurnándose la frente. Cuando termina, parece que le hubieran lanzado una tarta a la cara.
—Sí que pasa —le contesto—, tienes pegotes por toda la cara.
—¿Dónde? —pregunta frotándose la mejilla con el dorso de la mano, que también está cubierto de crema.
—Por todas partes.
Se extiende el resto de crema por los brazos y se limpia las manos en una toalla.
—Me rindo.
—¡Aj! —me quejo—. Ven aquí, déjame a mí. —Me arrodillo a su lado y le toco las mejillas con los dedos. Le masajeo la zona para extender bien la crema solar; al tocarla con los dedos, noto que tiene la piel cálida y suave.
Cierra los ojos y admiro la curva de su nariz, cómo se le está sonrojando y tiene algunos puntitos que mañana se convertirán en pecas. Me fijo en cómo las pestañas se le extienden sobre el párpado inferior, como un abanico.
Poco a poco, va abriendo los ojos y clava en mí su mirada. Las pupilas se le contraen con el sol; el dorado y verde exuberante de su iris se intensifica.
—Perdona —digo cuando termino de extenderle la crema y me retiro con timidez. Me restriego el resto en las manos.
Los amigos no se ponen la crema de sol así.
—No pasa nada. —Apoya la cabeza en la silla—. No tienes que alterarte cada vez que me toques. Se suponía que íbamos a actuar con normalidad, ¿te acuerdas?
Me muero de vergüenza.
—Cállate. Estoy actuando normal.
Resopla.
—Lo que tú digas.
Me dejo caer en el asiento a su lado y nos sirvo un vaso de ron con zumo de piña. Tras unos cuantos sorbos, me empieza a entrar sueño y a dolerme los músculos de haber estado cargando con todos los materiales. Henry, a mi lado, ha cerrado los ojos, así que lo imito.
Me he debido de quedar frita porque, cuando vuelvo a abrir los ojos, ha anochecido. Las lucecitas cuelgan sobre nosotros como estrellas. Los sonidos de la ciudad son tenues y lejanos.
Me giro hacia él: tiene la barbilla apoyada en el pecho y las piernas estiradas en el césped. Sonrío y vuelvo a mirar al cielo para quedarme dormida a su lado.