Passion Project Capítulo 16 #2
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Capítulo 16 #2

Cuando llego, la puerta no se abre. Deben de haber cerrado temprano. Miro por la ventana y veo el interior del restaurante iluminado con una luz cálida. Henry está solo y limpia la barra con un trapo. Se mueve con elegancia y admiro cómo la luz anaranjada de las velas titila sobre su silueta.

Doy unos golpecitos en la ventana y se detiene. Se da la vuelta despacio, se coloca el trapo en el hombro y entrecierra la vista para mirar por la ventana, con la mano ahuecada sobre los ojos.

Lo veo decidir si dejarme entrar o no.

«Por favor —pienso—. No quiero estar sola».

Se frota la barbilla, se acerca a la puerta y la abre.

—Hola —saluda mientras retuerce el paño con los dedos.

Cuando lo veo, el pozo de lágrimas que albergaba en los ojos empieza a desbordarse. Me giro.

—Perdona. —Me seco la mejilla con el nudillo—. Lo siento, no debería haber venido.

—¿Qué pasa? —Se guarda el trapo en el bolsillo.

Siento que se me tensan los músculos del estómago al notar cómo las emociones brotan desde lo más profundo de mi ser. Me rodeo con los brazos para intentar no derrumbarme.

Henry no parece saber bien qué hacer ni qué decirme.

—Lo siento —me disculpo—. Soy un desastre.

Las lágrimas me nublan la vista cuando Henry se acerca a mí.

—Bennet —dice—, ¿estás bien? —Me coloca una mano en cada hombro y los aprieta con suavidad.

Cierro los ojos y me centro solo en sus manos, en la sensación de tenerlas sobre los hombros.

Noto cómo la cálida brisa de verano me acaricia el rostro y seca las marcas húmedas que tengo en las mejillas.

Tras respirar profundo varias veces, se me empieza a calmar el pulso y la garganta se me relaja.

Abro los ojos para mirarlo y me seco las pestañas mientras sorbo por la nariz.

—Perdón —repito—. Estoy bien.

Me gustaría verle la expresión, verle los detalles del rostro, pero la luz del restaurante le da de espaldas. Pasa dentro.

—Ven —dice mientras me sostiene la puerta para que pueda pasar. Me conduce al taburete donde me senté la primera noche y me sirve una copa de vino. No me obliga a hablar, no me hace sentir avergonzada. Limpia el resto de las mesas en silencio.

A continuación, se sirve una copa y se sienta a mi lado.

—¿Qué ha pasado? —Tiene una expresión sincera y preocupada, pero no de lástima.

Exhalo una bocanada de aire por los labios.

—Me han despedido y han dado parte a mi empresa de trabajo temporal porque un viejo me ha metido mano y le eché una copa de champán por encima, y Sonya no me habla porque soy una mierda de amiga, y tú estás enfadado conmigo, y creo que no paro de cagarla una y otra vez.

—Me sueno la nariz, y no lo hago de forma delicada—.

Cada vez que siento que estoy un poquito más cerca de poner orden en mi vida, doy un millón de pasos atrás y no entiendo por qué para los demás es tan fácil, pero para mí no.

—Me tiembla la barbilla cuando intento retener las lágrimas que quieren volver a brotar—. No sé cómo hacerlo.

—Vamos a ir paso a paso. —Se gira en su taburete para quedarse frente a mí—. Primero: no estoy enfadado contigo. Puede que un poco confundido, pero quería darte algo de espacio. Eso es todo.

—No quiero espacio. —Se me hace un nudo en la garganta cuando me doy cuenta de que quiero justo lo contrario.

—Yo tampoco. —Cuando sonríe, el alivio que siento es abrumador—.

Segundo: nadie tiene ni puñetera idea de lo que hace, tan solo se les da bien disimularlo.

¿Te crees que quiero trabajar aquí en vez de abrir mi propio negocio?

Claro que no. No puedes ser tan dura contigo misma.

Eres increíble, valiente e inteligente, y además eres divertidísima. Tienes que valorarte un poco más.

La piel se me sonroja y me arde, y aunque no hay ningún espejo cerca, me imagino que tengo las mejillas del color de las cerezas.

—Tercero: Sonya se preocupa por ti. Nadie te suelta una bronca así si no lo hiciera.

—La he decepcionado. Siempre decepciono a la gente.

—Es lo que hacemos las personas. Somos imperfectos. Nos hacemos daño, pero no me cabe duda de que lo arreglarás.

—Quiero hacerlo. —Me tiembla la voz. Lo haré.

—Y por último. —Agarra el borde de la barra con tanta fuerza que los nudillos se le ponen blancos—: No puedo creerme que alguien te haya puesto la mano encima esta noche; si hubiera estado allí, habría acabado recibiendo mucho más que un poco de champán en la cabeza.

—Tensa los músculos de la mandíbula—. ¿Te encuentras bien?

Asiento y me seco los ojos.

—No pasa nada. Fue una tontería. Estoy bien.

—Vale —dice soltando las manos de la barra—. Y… —Se rasca en la zona de la clavícula y evita mi mirada—. Sobre lo que pasó en el Frying Pan…

—Lo siento —espetamos a la vez.

—No tienes que disculparte —le digo—. Me muero de vergüenza.

Se ríe, cruza los brazos y se mece en el taburete.

—¿Qué te parece si a partir de ahora procuro que no me veas el tatuaje?

Me encojo de la vergüenza.

—No creo que esté para bromear sobre el asunto todavía.

—Perdona. —Le da un sorbo al vino—. Ya llegaremos ahí.

Siento calor y una opresión en el pecho.

Si en aquel instante en aquel baño con motivos náuticos hubiese sabido que nunca volvería a sentirlo así de cerca, puede que hubiera intentado recordarlo mejor.

No soy el tipo de persona que puede hacer algo así sin más, aunque lo disfrute.

De todas formas, Henry no habría querido.

Recibí el mensaje bien alto y bien claro: no.

—Henry —digo cerrando los ojos con fuerza—, tenías razón. Yo… No tengo ni idea de por qué… sigo poniéndome en evidencia delante de ti.

—Que no te dé vergüenza. Ese baño era supersexi. No puedo culparte.

Lanzo un quejido.

—¿Podemos volver a la normalidad, por favor? Necesito actuar normal.

—Por supuesto —responde. Sin embargo, tengo la corazonada de que no podemos, de que tenemos que encontrar otra nueva normalidad, porque ahora me siento diferente cuando estoy a su lado: un poco menos a la defensiva y tremendamente nerviosa por ello—.

¿De acuerdo? —pregunta dándome un empujoncito en el hombro.

Un empujoncito solo, y se me dispara el pulso.

—De acuerdo —contesto.

Esboza una sonrisa torcida con los labios.

—Ahora que nos hemos quitado ese peso de encima, necesitamos música.

Desaparece en la cocina. Tras unos segundos de silencio, la canción 9 to 5 de Dolly Parton empieza a sonar por los altavoces.

Henry irrumpe por las puertas dobles de la cocina con un sombrero vaquero rosa calado hasta los ojos.

—¡Pero bueno! —Me río a carcajadas—. ¿De dónde has sacado eso?

—De una despedida de soltera de la semana pasada —contesta a la vez que me saluda con el sombrero—. Por suerte, ninguna se emborrachó tanto como para vomitar en el baño.

—¡Oye!

Se encoge de hombros.

—¿Qué? ¿Tampoco nos vamos a poder reír de eso?

Arrugo la nariz.

—Vale.

—Bien. —Sonríe. Los altavoces entonan el estribillo, fuerte y nítido. Señala al aire—. ¡Esta es la mejor parte! —exclama.

Canta toda la letra de la canción mientras mueve las caderas como Elvis, y mis lágrimas se transforman en carcajadas.

Me coge de la mano y me dirige al centro del restaurante, entre las mesas vacías.

Me coloca el sombrero en la cabeza y me hace dar vueltas hasta que acabo mareada y muerta de la risa.

Cuando la canción llega a su fin, estoy sin aliento y bastante eufórica, mientras que él acaba con las mejillas sonrosadas.

—Lo necesitaba —digo mientras me dejo caer en el suelo cuando Hush-a-Bye Hard Times empieza a sonar por los altavoces.

—Todo el mundo necesita un poquito de Dolly de vez en cuando —dice cuando se une a mí. Nos sentamos cara a cara con las piernas cruzadas—. ¿Te sientes mejor, vaquera?

La bondad que refleja su rostro me abre por dentro y me sorprendo al querer decir algo que llevo sintiendo desde hace mucho tiempo, pero que me ha dado mucha vergüenza enunciar en voz alta.

Me aclaro la garganta y me retiro el pelo del hombro.

—¿Sabes que cuando te haces un piercing o cuando te trasplantan un órgano tu cuerpo lo identifica como un objeto extraño y lo empieza a rechazar? Incluso si es inofensivo o te está salvando la vida… Tu cuerpo simplemente lo expulsa.

Asiente como si fuera una analogía de lo más normal y corriente.

—Creo que Nueva York me está haciendo lo mismo.

Sacude la cabeza, su pecho sube y baja por haber estado bailando.

—Me parece que, en cierto modo, todas las personas en esta ciudad se sienten así.

—¿Tú te sientes así?

—Claro —dice con una risa—. ¿Crees que para un tío de montaña vivir aquí es algo natural?

—Supongo que no.

Me mira con el ceño fruncido.

—Espero que al menos sepas que me alegro de que estés aquí.

Me acaricio el pecho con los dedos y trato de aliviar con un masaje los latidos erráticos de mi corazón, que se esconde debajo. Rebusco en mi cabeza las palabras con las que quiero responder, pero no encuentro ninguna. En su lugar, empleo las suyas.

—Yo también me alegro de que estés aquí.

Esboza una sonrisa sincera y amable, y junta las manos.

—Qué bien.

—¿Podemos continuar con el Proyecto Pasión?

—Siempre y cuando elijas el siguiente lugar. —Recupera el sombrero, se lo pone en la cabeza y se reclina contra una silla que hay cerca, como si fuera un vaquero adormecido.

—Eso puedo hacerlo.