Passion Project Capítulo 16
46%

Capítulo 16

– L a temáti ca de la fiesta de bienvenida al bebé va a ser el fútbol americano.

—Sal tiembla de emoción mientras habla—.

He encargado cupcakes con forma de balón en una pastelería de Jersey, son de bizcocho marmolado con sabor a chocolate y vainilla.

Os envié una foto a Henry y a ti, ¿la has visto?

No ha parado de enviar mensajes por nuestro chat grupal de Facebook Messenger: fotos de ecografías, de ropa para bebé, de todo.

La verdad es que me encanta tener noticias suyas y me encanta que Henry siempre me gane a la hora de contestar, pero el último mensaje que Sal nos envió no ha tenido respuesta, principalmente porque Henry y yo no nos hablamos.

—Es adorable —digo con una sonrisa. Intento participar en la conversación, pero tengo la cabeza en otros asuntos.

Está pensando en Henry, en cuando me rechazó.

Está pensando en Sonya, en cuando me cerró la puerta del baño de un portazo.

¿Cómo pude tener tan poca consideración con sus sentimientos?

Me aproveché de su carácter alegre y al final acabó estallando, eso hice. La he cagado, como siempre.

—¡… y mira este fondo para sacarse fotos! Lo hacen para que parezca que estás en una portería. ¡Mira! —Abre Amazon en su teléfono—. ¡Ay! Y estas serpentinas… —Baja en el historial de compras y me enseña unas serpentinas de tonos metálicos que ha pedido.

—¿Qué pasa si crece y no le gusta el fútbol? —pregunto.

Se encoge de hombros.

—Le puede gustar lo que quiera —responde—, total, la fiesta es sobre todo para nosotros.

Esta última semana, charlar con Sal en la biblioteca me ha salvado.

Sin él, creo que estaría hecha un charco en el suelo las veinticuatro horas del día.

En cambio, las horas que tengo la suerte de sentarme a su lado en el mostrador o de escabullirme a otros rincones mágicos de la biblioteca, no me siento al borde de las lágrimas.

—Llevas razón, Sal —afirmo mientras recojo mis pertenencias—. Ese niño tiene mucha suerte.

—Me alegro de que hayas estado por aquí tanto tiempo esta semana, encanto —dice colocándose la mochila a la espalda, de hombros anchos—. No se lo digas al resto, pero eres mi favorita de entre todo el personal de Carlyle.

—No me lo merezco —le contesto mientras nos encaminamos hacia la puerta, incapaz de hacer que mi cabeza no repita lo sucedido en el Frying Pan como una película. Una de miedo. Conmigo de villana.

—No lo hace menos cierto. —Me guiña un ojo—. Ahora voy a recoger unas cuantas cosas más para la fiesta —dice cuando salimos de la biblioteca a la calle concurrida—, ¿y tú?

Miro el reloj.

—Si no me voy ya, voy a llegar tarde al catering. —Me coloco bien la bolsa de tela en el hombro, donde llevo el uniforme del NYAC—. Nos vemos luego, Sal —me despido y salgo pitando. Si Sal es el antídoto para mis emociones, el NYAC es el veneno.

Me masajeo las sienes cuando voy en el metro de camino a Columbus Circle.

Hace una semana y cuatro días que no hablo con Henry.

La vergüenza que pasé ese día sigue estando fresca.

Me siento como una idiota y no sé cómo podré volver a mirarlo a los ojos.

Sonya me evita y pasa todas las noches en el piso de Jamie y, cuando está en el apartamento, se muestra huraña.

Me mantengo ocupada trabajando dos o tres turnos al día.

No me permito ni un segundo de respiro para que la soledad me alcance.

Hoy eso se traduce en empalmar dos turnos consecutivos, uno en la biblioteca y otro en el NYAC.

«Que tú pienses que estás sola no significa que lo estés».

Sonya está equivocada. Tuve mi oportunidad. Tuve a mi persona y, cuando se fue, supe que no encontraría a otra. Todo este lío lo demuestra.

Sam era el indicado.

Me bajo del tren y llego corriendo a la zona de carga del NYAC. Reprimo cualquier sentimiento que aún persista. ¿A quién le importa que aquí no haya pasión? La pasión lo complica todo. Puede romperte el corazón.

En el NYAC se celebra la ceremonia anual de introducción al salón de la fama, en la que rinden homenaje a varios de sus miembros.

Para mí lo único que significa eso es que habrá mucho champán del caro e invitados de renombre.

No finjo saber quiénes son, pero de todos modos no estoy ahí para cotorrear.

Estoy ahí para repartir comida lo más rápida y discretamente posible.

Aunque intento mantenerlas a raya, hay un peligro: tengo las emociones a flor de piel y temo que en cualquier momento puedan brotar como un géiser.

Me cuesta asimilar que hubiese querido que pasara algo (ni siquiera sé el qué) con Henry en aquel baño.

No sé cómo explicárselo, ni cómo explicármelo.

Quiero que esté todo el tiempo conmigo y, a la vez, no estoy lista para ir más allá de la amistad, aunque faltó poco para que lo atacara con la boca. «Madre mía, estoy confundida hasta yo».

Lo único que sé ahora mismo es que lo echo de menos. Echo de menos a Sonya. Y echo de menos a Jamie. Echo de menos la comunidad, aunque pequeña y frágil, que tenía con mis amigos, pero no sé cómo mirarlos a la cara.

Me pongo el uniforme del catering y los zuecos Dansko en el baño y me apresuro a la planta para unirme a la reunión que hace el señor Kirk antes de empezar el turno.

Me fulmina con la mirada cuando me incorporo al grupo al fondo de la sala, pero no dice nada.

No puede. He llegado tres minutos antes. «Chúpate esa, señor imbécil».

Me choco los cinco mentalmente por ese zasca y luego escucho el resto de su rollo de charla. Una sencilla cena servida en la mesa con menú de tres platos. Puedo hacerlo con los ojos cerrados.

Cuando me acerco a una mesa con una botella de champán para el brindis, un hombre con manchas en el cuello me agarra de la mano para decirme lo guapa que soy.

Sonrío e intento alejarme lo más rápido posible.

Cuando vuelvo con las ensaladas, me agarra del codo y me dice que huelo bien.

Sonrío e intento alejarme lo más rápido posible.

Cuando vuelvo con el filet mignon, me agarra de la cintura y me dice que sonría más.

Sonrío e intento alejarme lo más rápido posible.

Justo antes del postre, encuentro al señor Kirk en la cocina.

—¿Señor? —Me tiembla la voz—. ¿Puedo cambiarme de sección para el postre?

—¿Qué pasa ahora? —Kirk no alza la vista y continúa sirviendo helado sobre volcanes de chocolate.

—Uno de los comensales de la mesa seis me está incomodando.

Me mira y me lanza una mirada fulminante, molesto.

—¿Cómo?

—Es… muy tocón.

—Bennet —dice mientras deja en la mesa el bote de sirope de chocolate—, ¿te crees que eres la única persona que ha tenido experiencias incómodas con un comensal? Así es como funciona la industria del sector servicios. Si no puedes con ello, te sugiero que lo dejes.

—Nadie se dará cuenta si me cambio…

—Es demasiado tarde para cambiar. Tendrás que lidiar con ello. —Vuelve a servir helado, aparentemente ha dado por finalizada esta interacción.

Rechino los dientes e intento contener el enfado.

Cargo la bandeja con volcanes de chocolate y me la coloco sobre el hombro.

A medida que me acerco a la mesa, el pulso se me acelera más y más.

Cuando llego al último asiento, el hombre me agarra el trasero y me da un apretón.

Me dice que soy demasiado guapa para trabajar en un sitio como este.

No sonrío. No intento alejarme lo más rápido posible.

Le tiro la bandeja entera de volcanes de chocolate en el regazo y remato la faena con una copa llena hasta arriba de champán de la mesa.

Y entonces, cojo y me voy.

Me despiden, evidentemente. El señor Kirk se tira veinte minutos gritándome y salpicando saliva por todas partes. No es el único que está enfadado. La rabia me consume como si fuese una mecha. Le lanzo el uniforme a la cara y me largo del edificio.

En cuanto me da el aire de la calle, la rabia se disuelve en un ataque de llanto.

Me agacho en mitad de la acera y empiezo a hiperventilar sobre una rejilla del metro.

Dejo que la vergüenza y la frustración y el bochorno me invadan.

Las emociones me embargan y yo las acojo.

A mi alrededor, todo se enfoca y desenfoca mientras intento recuperar el control.

—Perdona. —Giro la cabeza con brusquedad hacia la voz de una desconocida. Una mujer se me ha quedado mirando con una expresión de preocupación y contrariedad en el rostro—. ¿Estás bien?

La vergüenza me invade el cuerpo mientras intento contener las emociones.

—Estoy bien —respondo secándome las lágrimas.

—¿Necesitas ayuda para llegar a algún lado? —pregunta la desconocida con la cabeza ladeada, y me fijo en que su expresión no es de contrariedad, sino la de alguien que tiene prisa y se ha tomado un tiempo del que no dispone para preguntarme si necesitaba ayuda.

—Mmm… —Miro a mi alrededor y veo cómo la ciudad pasa a toda velocidad; la acera, aún bulliciosa, está repleta de gente que circula a nuestro alrededor de forma acelerada. Es la primera vez que alguien se fija en mí por la calle—. No, creo que estoy bien.

—Vale —me responde acompañada de una sonrisa dulce—. Lo que sea que haya sucedido no merece que estés así.

A continuación, se marcha más rápido de lo que había llegado.

La interacción me impacta: me había acostumbrado a cierto nivel de anonimato al ir por la calle, asumía que nadie se daría cuenta o que a nadie le importaría ver a un desconocido llorar, o que, si lo hacían, no se pararían a ayudar.

Los neoyorquinos no tienen tiempo para esas chorradas.

Aunque está claro que lo tienen… a veces.

En cuanto se va, noto cómo me empieza a temblar el labio cuando intento contener un sollozo. Por mucho que me gustaría creerla, que no merece que esté así, sé que sí. Ya lo creo que sí.

Solo se me ocurre un sitio al que ir ahora mismo.