Capítulo 15
Sonya es mi amiga de toda la vida, pero a veces me parece imposible volver a nuestra dinámica de antes.
Nos distanciamos cuando fuimos a universidades diferentes, aunque Sonya vino a visitarme una vez (fue antes de que Sam y yo empezáramos a salir en serio, aunque Andy y yo éramos mejores amigas ya).
Me pareció incómodo presentar mi a nterior mejor amiga a la nueva, pero Sonya y Andy congeniaron enseguida, y eso que solo tuvieron un par de días para conocerse.
Las tres nos pasamos el fin de semana bebiendo más de la cuenta y viendo películas malas.
Sonya solo me visitó en aquella ocasión, y nunca conoció a Sam, un detalle por el que no sé si sentirme agradecida o profundamente triste.
Con el tiempo, Sonya hizo amigos en la escuela de arte y yo me perdí en mi relación con Sam, por lo que nos fuimos distanciando poco a poco. Fue pura coincidencia que Sonya quisiera mudarse a Nueva York a la vez que yo…, y solo me enteré porque se lo contó a mi madre.
Llego a la animada zona de restauración de la barcaza: una terraza al aire libre tan amplia que casi parece que estuvieras en tierra firme.
Hay mesas pegadas a la barandilla que rodea todo el perímetro, así como mesas de pícnic esparcidas en el centro.
Saludo con la cabeza al encargado de la recepción y diviso a Sonya y a Jamie en una mesa grande junto a la barandilla, donde están con unas cuantas personas a las que no conozco.
Sonya me saluda con la mano, pero me doy media vuelta pues siento la necesidad repentina de pedirme algo de beber en el bar antes de acercarme y enfrentarme a una mesa llena de desconocidos.
Pido una copa con sabor a coco y ron, y me sorprendo cuando el barman me entrega una bebida azul neón. Tomo un sorbo y me estremezco. Creo que he pedido el cóctel del color más chillón que había en toda la carta. Podría tener patitos de goma flotando en lo alto, ya que estamos.
Respiro hondo y me concentro. Quizás pueda aprovechar para hacer como Henry y practicar el conversar con otras personas hasta que le pierda el miedo.
De camino a la mesa, estudio cada rostro de los desconocidos con la esperanza de encontrar alguno que me resulte familiar.
Sonya y Jamie están metidas de lleno en una conversación y me dan la espalda, charlan con una persona a la que definitivamente no conozco.
No me suena nadie hasta que vislumbro un destello rubio sentado en la mesa, de frente a mí: Sarah.
—Madre mía, mira quién está aquí. —Se levanta cuando me acerco a ella. Puede que esto al final no vaya a estar tan mal. Sonrío y abro la boca para saludar, pero pasa a mi lado, sin siquiera darse cuenta de que existo, y saluda a alguien detrás de mí.
«Dios mío, “avergonzada” no es una palabra lo bastante fuerte para describir cómo me siento ahora mismo».
Me doy media vuelta para dirigirme a la barra y me estrello contra un pecho muy ancho y muy robusto.
Derramo la bebida azul sobre ambos, lo que empapa la parte delantera de su camisa blanca.
La barcaza se balancea, por lo que pierdo el equilibrio y casi me caigo de culo, pero el hombre me sujeta por los brazos y me sostiene en pie.
Sus pulgares se me clavan en la piel, de forma firme pero delicada. Conozco esas manos.
—¿Así que este era tu planazo de sábado? ¿Derramar copas y armar un escándalo?
Pues claro que Henry está aquí. ¿Por qué no iba a estarlo?
Está en todas partes. No me sorprendería que tuviera un ejército de hermanos gemelos merodeando por Nueva York con la misión de pillarme en situaciones humillantes.
Pero este es él, el único e inigualable Henry.
Detesto cómo se me acelera el corazón con tan solo mirarlo.
Dejo que me sostenga y tengo que intentar evitar que mi cuerpo se acerque más al suyo.
—¿Qué estás haciendo en la fiesta de mi compañera de piso?
Se encoge de hombros.
—Me ha invitado Sarah. —Me ayuda a recuperar el equilibrio y vuelvo a acostumbrarme al movimiento del barco. Se agacha para recoger mi copa de plástico del suelo. Gracias al desastre que he causado, tiene la parte delantera de la camisa empapada.
Qué casualidad que esté aquí. Aunque estoy demasiado distraída para dedicarle más de un milisegundo a ese pensamiento, porque la mancha del cóctel se le extiende por el pecho. Con rapidez.
—Vamos. —Sonríe y se señala la parte delantera de la camisa, empapada—. Creo que he visto un baño por ahí. Vamos a limpiarnos.
Echo un vistazo hacia atrás y veo cómo Sarah nos observa alejarnos, con los labios apretados. Ahora sí que me ha visto, no cabe duda.
Encontramos un baño individual con cerrojo. Es bastante pequeño y está decorado con motivos náuticos, las paredes tienen un revestimiento de madera y un par de ojos de buey en lo alto, por encima de nuestras cabezas. Hay un lavabo diminuto con un espejo aún más diminuto encima.
Mi ropa ha salido más o menos indemne (el cóctel azul acabó casi todo por mi piel), aunque la camisa de Henry parece teñida a lo tie-dye. Me seco el pecho con un papel.
—¿Sabías que iba a estar aquí? —pregunto mientras me doy toquecitos.
—No. —Sonríe—. No haces más que tener suerte.
Siento que la sangre me hierve en las venas. Me paso el papel por la camisa para mantener las manos ocupadas.
—Te prometo que no quiero incomodarte —dice—, pero me voy a quitar la camisa. ¿Puedo? —Se señala la camisa empapada de cóctel.
Asiento.
Se la quita por la cabeza y enjuaga la mancha bajo el grifo.
Clavo la mirada en la pared, pero el atisbo de piel que distingo por el rabillo del ojo actúa como la gravedad.
Echo un vistazo, como por impulso, y después no puedo apartar la mirada.
Su cuerpo no es como me lo esperaba, sino mucho más esbelto.
Más tonificado. Su piel se estira por los contornos de los músculos, suave como las colinas onduladas.
Diviso una marca de nacimiento con forma de alubia en las costillas y deslizo la mirada hasta su bíceps, pero, por la postura en la que está, sigo sin distinguir bien qué tiene tatuado.
Me pilla mirándolo fijamente.
—¿Qué pasa? —Enarca una ceja.
—Nada. —El estómago se me da la vuelta, como si fuera una tortita en una plancha caliente. Me esfuerzo al máximo por evitar establecer contacto visual mientras frota la camisa con vigor y los músculos se le tensan y relajan bajo la piel. Se me seca la garganta.
No sé qué me pasa, pero al recordar sus manos sobre mis brazos, cómo ha evitado que me cayese de culo, lo vulnerable que se mostró en el parque…
, me pongo a sudar. Caigo en la cuenta de que llevo mucho tiempo sin estar en una habitación con un hombre sin camiseta.
Que además sea Henry me está provocando un pequeño cortocircuito.
—¿Henry? —Hago una bola con el papel secamanos y la tiro a la papelera.
—¿Sí, Bennet? —Me mira por el rabillo del ojo y siento una oleada de nervios en el vientre.
—Me preguntaba qué tienes tatuado.
Se echa la camisa sobre el hombro como si fuera un trapo y estira el brazo para enseñármelo.
—Es una cordillera. —Una gota de agua le resbala por la muñeca hasta el codo—. Mi padre y yo solíamos ir mucho de senderismo.
Estudio los bordes irregulares de las montañas que le cubren el interior del brazo. Me gustaría recorrerlos con las yemas de los dedos y sentir su brazo tenso bajo la tinta.
—En realidad, me di cuenta de que tenía demencia por primera vez cuando estábamos de senderismo. No supo llevarnos de vuelta por un sendero por el que habíamos pasado miles de veces.
Estruja la camisa y la pone bajo el secador de manos, dándome la espalda.
—Lo siento.
Se encoge de hombros y no le da importancia, como siempre.
—No pasa nada.
Observo cómo mueve los omóplatos, la forma que tiene su columna de curvarse y arquearse hacia las caderas. Me imagino lo cálida que sería su piel si por casualidad me rozara.
Cada vez que me fijaba en algún detalle de su apariencia física, conseguía olvidarlo en un par de segundos.
Pero ahora… se me está pegando a los huesos.
Me presiono los ojos con las palmas de las manos para intentar quitarme su imagen de la cabeza, pero cuando vuelvo a abrirlos, sigue ahí, de espaldas, medio desnudo.
No es que no supiera que Henry es atractivo, es que hasta ahora no había caído en la cuenta del todo.
Se pasa la camisa por la cabeza y se la alisa contra el torso. La parte mojada se le pega al pecho.
—Henry, te voy a hacer un cumplido. —Trago saliva.
Se pasa los dedos por el pelo.
—¿Me has visto sin camisa y quieres hacerme un cumplido? —Arquea una ceja—. No dejas de sorprenderme, ¿sabes?
Me arde la piel. No debería, pero en este horrible baño me siento temeraria. Me tomo un segundo.
—Ese tatuaje… es sexi. —«Joder, ¿se puede saber qué estoy haciendo?».
El rostro de Henry se ilumina con un gesto de sorpresa.
—Bennet, ¿estás ligando conmigo?
—¡No! —«Mierda»—. No debería haber dicho nada. Solo me gusta el dichoso tatuaje. ¿Contento?
—No me puedo creer lo que oigo.
Me cubro el rostro con las manos. No puedo ni mirarlo.
—Es que vas muy arreglado, y tienes un tatuaje, y… no me lo esperaba. —Hago una mueca bajo las palmas.
Su risa alegre llena el habitáculo.
—Me siento halagado, de verdad.
—Ay, Dios. —Me retiro las manos de la cara—. No me vas a dejar olvidarlo nunca, ¿verdad?
Niega con la cabeza y me dedica una sonrisa burlona.
—Nunca.
—Me arrepiento de habértelo dicho. Haz como que no existo.
—Claro, como si pudiera hacerlo. —La chispa traviesa de su mirada se convierte en algo diferente cuando ahora me mira. Estamos tan cerca que puedo oler el jabón que usa en la ducha. Es distinto al olor a hierbabuena. Más dulce. Se me acelera el pulso en el cuello y me siento débil.
Podría embotellar la forma en que me mira y beber tragos de ella. Podría embriagarme con ellos. Los párpados entornados, la loción para después del afeitado con olor a hierbabuena. Me siento más grande, más radiante. Me siento resplandeciente en sus ojos.