Capítulo 14 #2
Me rasco la barbilla y lo pienso detenidamente. Nadie me había dicho eso antes, pero…
—¡Justo así! —dice sonriendo—. Esa es la cara.
—Cállate, anda —le digo, relajando la mandíbula tensa—. Tú también pones una cara, ¿sabes? Es una especie de sonrisa burlona y aduladora.
—¿«Aduladora»? Bennet, me halagas. Me hace parecer como un pirata. Y… ¡Eh, guau, mira! —exclama mientras me señala el rostro con regocijo—. ¡Has vuelto a poner esa cara!
—Si no paras de meterte conmigo, te voy a llevar a Times Square en la próxima quedada —lo amenazo de muerte.
—¡No! —dice llevándose la mano al pecho.
—Voy a hacer que te saques fotos con Elmo y el Monstruo de las Galletas.
—¡Aj! —exclama, hundiéndose en la silla.
—Y luego voy a hacer que te pongas uno de esos sombreros de goma verde de la Estatua de la Libertad. Y cuando ya te haya atormentado lo suficiente —digo bajando el tono de voz hasta un susurro—, voy a llevarte al restaurante italiano Olive Garden que hay en Times Square.
Ahoga un grito con los ojos como platos.
—Creo que eso sí que acabaría conmigo.
Suelto una risita mientras mordisqueo el extremo de la cañita. No voy a llevarlo a Times Square, eso está claro. Aunque tengo la sensación de que, si fuéramos, puede que acabáramos divirtiéndonos.
Estoy quieta, sosteniendo una bandeja de mimosas, pero mi mente va a mil por hora.
Ha pasado casi una semana entera y no he tenido ni una sola buena idea para el proyecto de buscar algo que me apasione.
¿Cómo voy a elegir una aventura para los dos cuando no he sido capaz de hacerlo para mí misma en todo el tiempo que llevo aquí?
Los únicos lugares que conozco de Nueva York son este, el NYAC; la biblioteca; mi piso; y los sitios a los que me ha llevado Henry.
Me ruge el estómago ante el aroma a bacon crujiente, huevos revueltos y tortitas.
¿Estaría tan mal comerme a escondidas un trocito de salchicha?
Me quito la idea de la cabeza en cuanto el señor Kirk me mira fijamente con esos ojos maliciosos.
Me añado a la lista mental robar una cajita de cereales Cheerios solo por fastidiarlo.
Al menos hoy me toca trabajar en la terraza de la azotea, mi espacio favorito de todos los que ofrece el NYAC para celebrar eventos.
El barman coloca una última mimosa en mi bandeja y vuelvo a salir a la terraza para servirlas a los invitados. Al poco de que se me haya vaciado la bandeja, un hombre empieza a dar un discurso. Es mi oportunidad para desaparecer un segundo.
Me escabullo a la cornisa de la azotea. El NYAC se alza en el extremo superior del Central Park: desde donde me encuentro, parece que alguien hubiera cogido una cucharada de Nueva York y que lo que hubiese debajo fuera un remanso de verdor.
Más allá del parque, se puede contemplar la belleza de la ciudad y sus detalles intrincados.
Desde aquí arriba se puede admirar todo sin tener que mancharse las manos.
Siento la brisa cálida en el rostro e inhalo el aire fresco matutino.
Me gustaría poder subir aún más alto; ojalá pudiera sobrevolar la ciudad como un pájaro.
Quiero que la ciudad me sirva de guía, que me inspire, que me diga algo, pero ahora mismo está callada.
O por lo menos a mí no me habla. Quiero sentir la conexión que advertí en la biblioteca, ese tirón en el alma que me diga que estoy en el lugar adecuado.
«Vamos», susurro por lo bajo mientras observo cómo se desplazan los coches por las calles como si fueran una pista de Hot Wheels. Pero no me da ninguna respuesta.
Mi momento de introspección se interrumpe cuando en una mesa necesitan café. Preparo una jarra recién hecha y lleno las tazas de todos hasta el borde.
Cuando llego a casa, Sonya está en el sofá despatarrada como una estrella de mar. Lleva una camiseta de tirantes y unos pantalones diminutos, y se ha puesto una compresa fría en el pecho. Está empapada de sudor.
—Hace… mucho… calor —farfulla cuando entro. Nuestro piso es como un horno, concentra todo el calor de fuera en nuestro salón.
—¿Por qué no te vas al cuarto? ¿Has instalado tu aire acondicionado? —Abro el congelador y hundo la cara en el frío.
—Porque quería asegurarme de que mañana vendrás. —Se sienta y sonríe.
Tomo una compresa fría del congelador y me la pongo en el cuello.
—¿Mañana?
La felicidad se le funde del rostro como si fuera masa de tortitas.
—Te envié un mensaje.
Lo pienso detenidamente. Un mensaje. ¿Qué mensaje? Me muerdo el labio y evito hacer contacto visual.
—Mi fiesta, Bennet. Para celebrar que en Harper & Jane van a vender mis pendientes. Te lo dije por mensaje, te envié la invitación y te lo recordé cuando fuimos al cine. ¿Te suena?
No recuerdo nada de eso. Nada. Trato de esbozar una sonrisa.
—¡Eso es increíble!
—Ya —carraspea.
—Perdona, Sonya. Seguramente no vi tu mensaje —admito.
—O lo has ignorado —dice en voz baja. Me fulmina con la mirada, lo cual es toda una hazaña viniendo de alguien cuyo estado natural es ser alegre y vivaz.
Le he fallado tantas veces que no puedo volver a hacerlo. Quiero que vuelva a lanzar arcoíris con la mirada, no balas.
—He estado distraída, lo siento. Iré a tu fiesta, ¡qué ilusión me hace!
—Como sé que no te acuerdas, es mañana a las tres. —Se po- ne la compresa fría en la axila—. Es en el Frying Pan del centro.
—Allí estaré, te lo prometo.
Asiente y entra a su habitación arrastrando los pies.
Mañana. Sábado. El día que paso con Henry. A lo mejor lo podemos dejar para la semana que viene. ¿Podré esperar yo hasta entonces?
Le envío un mensaje:
Me ha surgido una cosa. ¿Podemos
posponer el proyecto pasión hasta la
semana que viene?
Lo que no quieres es elegir un sitio.
Sí que elegí un sitio, pero lamento
mucho tener que cancelar la reserva en
Bubba Gump Shrimp Co.
Tengo *gritito* planes.
¿¿Que tienes planes?? Siento
que apenas te conozco.
Última hora: apenas me conoces.
Te conozco lo suficiente
como para saber que lo de ir
a la marisquería inspirada
en Forrest Gump es una broma.
Añade una carita guiñando el ojo.
Por cierto, a partir de ahora
lo vamos a llamar nuestro
Proyecto Pasión, fijo.
Le sonrío al móvil como una idiota.
Qué cursi, te va a subir el azúcar.
Me responde al instante con el emoji del caramelo.
Coloco el teléfono bocabajo en la encimera.
No pasa nada. Puedo esperar otra semana. Es lo mejor.
No me permito sentirme decepcionada. Ni reconocer que, si estoy dos semanas enteras sin verlo…, lo voy a echar de menos.