Passion Project Capítulo 14
39%

Capítulo 14

U nas gotas de sudor me resbalan por el rostro mientras forcejeo para instalar el aparato de aire acondicionado de ventana.

Junio llegó con toda su gloria; julio está a la vuelta de la esquina y amenaza con engu llir a toda la ci u dad.

No es solo el sol: es el pavimento, el calor corporal, la energía necesaria para alimentar a esta gigantesca ciudad. Todo está que arde.

Me coloco el aparato de aire acondicionado en equilibrio sobre el muslo y lo voy acercando poquito a poco al alféizar.

Lo encajo a base de empujones en la abertura y bajo la ventana con fuerza para dejarlo bien sujeto.

Cuando lo enciendo, siento por primera vez alivio desde que la primavera se convirtió oficialmente en verano.

Dejo que el aire me acaricie la cara durante diez minutazos antes de mover un solo músculo.

Piso una pila de ropa, me tropiezo con una caja de pañuelos vacía escondida debajo, se me dobla el tobillo y casi me estrello contra el suelo.

No puedo seguir viviendo así. Ya está bien.

Coloco la ropa en la cama y la divido en vario s montones.

Quito las sábanas, las pongo junto a la funda nórdica con el resto de ropa sucia y me lo llevo todo al sótano para poner la lavadora.

Devuelvo todos los vasos a la cocina, los lavo y los seco a mano.

Saco la basura y paso la aspiradora por todos lados, incluso por debajo de la cama. Pero no he acabado.

Limpio la encimera de la cocina, vuelvo a colocar todos los cachivaches en su sitio y ordeno los cajones.

Doblo la manta y quito el polvo de la mesita.

Luego limpio la nevera, froto las manchas pegajosas de zumo y tiro las verduras que se habían podrido.

Doblo la ropa limpia y vuelvo a colocar la funda nórdica calentita en la cama.

Cuando termino, me derrumbo en el sofá y sus patas de madera se tambalean bajo mi peso.

Estoy sudada y cansada, pero me siento bien. Me siento ligera.

Quiero ser esta Bennet, la versión limpia, porque cuanta más basura aceptas en tu vida, más sientes que te la mereces.

Ya no quiero sentir que me la merezco. Me siento como la Bennet de antes de Sam, la chica que hacía la colada todas las semanas y entregaba los trabajos antes de tiempo.

Me siento cerca de ella por primera vez en mucho tiempo.

Sin embargo, tan pronto como llega, se va.

Vuelven las nubes, como siempre, y dejo que pasen. Les doy la bienvenida, incluso.

Aun así, tengo planes. Me pongo una camiseta, unos pantalones cortos vaqueros, unos zapatos deportivos blancos, y voy hasta la zona de Flatbush, donde he quedado con Henry. Me está esperando en la entrada del campus de la universidad Brooklyn College.

Damos un paseo juntos por el campus y parece que nos hubiéramos adentrado en una burbuja: el césped es de color verde intenso, los edificios son de ladrillo rojo, los estudiantes llevan mochila.

De repente ya no estamos en Nueva York, sino en un rincón del mundo académico, resguardados del resto de la ciudad.

Nos detenemos delante de un edificio de ladrillo que Henry señala y dice:

— Voilà! ¡La Facultad de Ciencias Empresariales Murray Koppelman!

—Empresariales, ¿en serio? —le digo mientras inspecciono el edificio—. Qué tradicional por tu parte.

—Nos vendrá bien. —Descansa las manos en las caderas y entorna los ojos por el sol.

—¿Bien por qué?

—Según me enteré hace poco, ninguno se ha graduado de la universidad —responde alzando los hombros.

—Henry, no se me dan bien las mates.

—Creo que no son solo las matemáticas.

Me cruzo de brazos y hago un mohín.

—¿No podemos hacer algo divertido?

—Va a ser que no. No todo puede ser diversión.

—Me reservo el derecho a largarme por la puerta si se pone muy aburrido.

—Martin se llevaría una gran decepción.

«Espera».

—¿Martin, quién? ¿El del parque?

Hablando del rey de Roma, Martin, el del parque, aparece por las puertas relucientes con otra camisa de cuadros de colores vivos y unos pantalones caqui. Henry lo saluda con un apretón de manos.

—Hola, Bennet —dice cuando me ve—. Henry me ha dicho que estás interesada en estudiar Empresariales.

—Ah, ¿eso te ha dicho? —respondo entre dientes.

Al sonreír, deja al descubierto unos dientes pequeños y perfectos.

—Lo he arreglado todo para que podáis asistir como oyentes a mi clase de hoy. Venid conmigo.

Martin nos abre una de las puertas y lo seguimos dentro. Nos conduce por una escalera abierta y pasamos junto a fuentes de agua y puertas cerradas con llave.

—No te pongas de morros —susurra Henry mientras caminamos.

—Me puedo poner de morros todo lo que quiera. Me estaba acostumbrando a jugar con perritos y a aprender a tatuar.

—A muchas personas les apasionan cosas aburridas. ¿Quién sabe qué puertas puede abrir? Además, me vendrá bien si un día quiero montar un negocio de verdad o algo por el estilo.

—Vaya, así que lo estás haciendo por ti —bromeo.

—Dale una oportunidad. —Me mira con ojitos de cachorro abandonado, lo que me recuerda a todos los perritos con los que no voy a pasar el día hoy—. ¿Porfa? —ruega.

—No me vas a convencer así. —Pongo la cara más inexpresiva posible—. Tengo el corazón de piedra.

—No te lo crees ni tú.

Pongo cara de pocos amigos.

—Está bien, pero solo porque quiero que me enseñes tus fotos un día.

—Cuando quieras. —Me da un empujoncito en el hombro y luego avanza por el pasillo. Apresuro el paso para no quedarme atrás.

Martin nos conduce a una sala llena de chavales a los que parece que les sacamos bastante edad.

Encontramos dos sitios libres al fondo. Pasamos por encima de mochilas y libros de texto, e intento no fijarme en los estudiantes que se nos quedan mirando cuando pasamos por su lado.

Me siento supermayor. Recuerdo ser como ellos y sentir que el mundo está lleno de posibilidades siempre y cuando hagas lo que se te dice y sigas cada uno de los pasos que se te indican.

Ser reacio al aprendizaje, pero ansiar el conocimiento.

Martin se coloca al frente del aula y empieza la clase, Introducción a la Economía.

No juzgo a las personas a las que les fascina este tipo de cosas, pero a mí me parece tan interesante como una galletita salada.

Me quedo con la mirada perdida mientras Martin no deja de hablar del PIB, hasta que no puedo aguantarlo más.

Con la mayor discreción posible, tomo una hoja de papel de un cuaderno que hay en un pupitre cercano.

Arranco una esquina, escribo «Te odio» y lo doblo lo más que puedo.

Le doy un golpecito en el hombro a Henry y le paso la notita por debajo de la mesa.

La abre y sonríe cuando la lee, pero acto seguido la esconde debajo de la mano y continúa prestando atención a la lección.

La vergüenza me recorre de pies a cabeza. Puede que le esté gustando de verdad y yo le esté aguando la fiesta.

Mi ansiedad se disipa cuando le da un golpecito a mi mesa. Articula la palabra «boli» con los labios, sin emitir sonido.

Le doy un bolígrafo por debajo del pupitre y espero su respuesta. Me siento nerviosa, pasándonos notitas como si estuviésemos en el instituto. Cuando me la devuelve, no espero ni un segundo para abrirla.

No te creo.

Garabateo por el otro lado:

No creo que esté hecha para ser una #mujerempoderada

Henry se da golpecitos en el mentón con el boli unos segundos y luego escribe su respuesta:

Presta atención o le diré al profe que tienes una teoría que te gustaría compartir con la clase.

Le contesto:

No eres capaz.

Me quita el papelito de la mano y me mira con aire travieso. Alza la mano a cámara lenta. Oh, no. «No llames la atención sobre nosotros, Henry, o tendré que matarte».

—¿Sí, Henry? — Martin detiene la lección.

Henry me lanza una mirada con una expresión de satisfacción diabólica en el rostro.

Tras una larga pausa, por fin habla:

—¿Podrías volver a explicar la escasez? Me he… distraído un poco. —Acto seguido me dedica la sonrisa burlona menos sutil que he visto en la vida.

Martin resuelve su duda y mi corazón vuelve a recuperar poco a poco la frecuencia cardíaca normal. Henry me devuelve el papelito.

A la próxima estás acabada.

Martin sigue hablando otra soporífera hora más.

Después de clase, nos sentamos en una cafetería donde venden un té de burbujas rosa y espumoso, y nos pedimos un par de esos y unos dónuts.

Le doy un bocado a un dónut de mochi con un glaseado adorable que parece un gatito; la textura esponjosa y con sabor a coco me inunda la boca.

Ya no queda casi nada del dónut con forma de panda de Henry, tan solo una orejita.

—¿Has aprendido algo, por lo menos? —pregunto chupándome los dedos—. Porque yo lo he detestado.

—Pues la verdad es que sí, muchas gracias. —Se mete el último trozo de dónut en la boca y se la tapa mientras habla—: ¿Cómo iba saber yo que lo ibas a detestar? No es que me cuentes mucho sobre ti. Me baso solo en la impresión que me das.

—Entonces tengo que ponerme a trabajar en la impresión que voy dando.

Se ríe y arruga la servilleta del dónut.

—Para la próxima eliges tú. Déjame boquiabierto, por favor.

—¿Sabes qué? Lo voy a hacer.

—Muy bien, la pelota está en tu tejado. La semana que viene todo depende de ti.

Me llevo la cañita del té de burbujas a la boca y mordisqueo un extremo.

—Va a ser increíble —murmuro antes de sorber un poco de té.

Henry enarca una ceja.

—Puedo ver que estás entrando en pánico ahora mismo.

—De eso nada —digo mirándolo con los ojos entornados.

—Se nota que todos los pequeños operarios que manejan tu cerebro están trabajando horas extra.

Me cruzo de brazos y me reclino en la silla.

—¿Le pasa algo a mi cara?

Se encoge de hombros.

—A tu cara no le pasa nada, eso está claro.

Se me encienden las mejillas y tengo que desviar la mirada. Me paso los dedos fríos por el cuello para refrescarme.

—¿Cómo sabes entonces lo que estoy pensando?

—Cuando piensas demasiado, pones la cara así. —Frunce el ceño para imitarme.