Capítulo 13
D esde el piso de Henry, caminamos quince manzanas en dirección al barrio de Washington Heights, h asta que nos de s viamos y tomamos un sendero sinuoso entre los árboles, que nos protegen de maravilla del sol.
Se oye un estruendo lejano en el aire y se percibe un ligero olor a pescado en la brisa: entre el hueco de las hojas puedo ver que el estruendo se debe al ruido de los coches que pasan sobre nosotros por el puente George Washington y que el olor a pescado viene del río Hudson, que discurre por debajo.
Me cuesta seguirle el paso a Henry, como siempre, y me molesta que su única velocidad sea mucho más rápida que la mía.
El sendero sombreado nos conduce hasta un parque largo y estrecho con zonas de césped despejadas a lo largo de la orilla.
Tomo una gran bocanada de aire fresco y afino los oídos con el sonido de la ciudad.
Una brisa agradable me ciñe la ropa al cuerpo y, aunque el parque está repleto de personas, me invade una sensación de paz y quietud.
Encontramos un hueco libre bajo un árbol junto a un muro de cemento que está un poco derruido, aunque se siguen a preciando los restos de un grafiti con forma de pene.
—¿Será un Banksy? —bromeo cuando nos acomodamos en nuestro sitio de cara al río.
—¿Sabes que he oído que ha dejado las declaraciones políticas y se ha pasado a los símbolos fálicos? —Henry se sienta con la espalda apoyada en el tronco y estira las piernas hacia el agua.
—Una pena que se esté desmoronando. Me gustaría haberlo visto erecto.
—Me da la sensación de que está compensando alguna carencia.
—Banksy podría ser una mujer, ¿sabes?
—Tienes toda la razón —dice mientras abre la lata del refresco con alcohol—. Me he dejado llevar por mi propio sesgo personal.
El puente George Washington es un coloso que se cierne sobre el parque, como si fuera su protector. He conducido por el puente muchas veces, pero cuando vas sobre él no es más que una forma de ir del punto A al punto B; cuando estás debajo, te das cuenta de la magnitud de su tamaño.
—Parece enorme —comento.
—¿El pene?
Resoplo.
—El puente, idiota.
Cruza las piernas a la altura de los tobillos y sigue mi mirada hacia la estructura con forma de cuerda que hay sobre nosotros. Rebosa actividad, pero se mantiene imperturbable e impasible.
—Un puente grande, un faro minúsculo. —Señala un pequeño faro rojo situado bajo el puente; no me había fijado en él. Parece una pieza de ajedrez al lado de una estructura gigantesca—. Solía guiar a los barcos río arriba por la noche.
—Es bonito —digo mientras observo a un ciclista dar vueltas a la base del faro.
—Ahora, con la luz del puente, el faro ha perdido su utilidad, pero, según la leyenda local, la ciudad no se atrevía a deshacerse de él y la gente luchó por que se quedara.
Me gusta. Un pedazo de historia que podría pasar desapercibido por algunas personas, pero que quienes conocen su pasado celebran.
Me llevo las rodillas al pecho.
—No me puedo creer que hoy hayas estado en mi trabajo. —Descanso la barbilla en las rodillas—. Es rarísimo.
—La gente actúa como si Nueva York fuera un lugar enorme, pero en realidad es bastante pequeña —dice mientras se aparta una mosca de la cara.
—Me estoy empezando a dar cuenta —respondo—, más o menos.
—Solo tienes que hacerte un hueco —añade—, vas por buen camino. —Apoya la cabeza en el árbol a su espalda, dobla los brazos sobre el vientre y cierra los ojos—. Ayúdame a pensar en algo para la pasión que nos toca probar la semana que viene. ¿Qué querías ser de pequeña?
—Nada. —Me toqueteo el calcetín—. Todo.
—¿Fuiste a la universidad?
—La dejé el último cuatrimestre.
—Yo no fui.
Me vuelvo hacia él.
—¿Por qué no?
Permanece con los ojos cerrados.
—Mi familia no podía permitirse pagarme los estudios.
—Supongo que somos un caso perdido —digo.
—Supongo que sí. —Se quita las gafas y limpia los cristales con la parte inferior de la camiseta. Me recuesto en el árbol y reparo en que la manga de su camiseta me roza el brazo.
Hago el paripé de que estoy mirando el móvil para poder retirarme un poco sin que se note. Solo tengo un mensaje de Sonya, nada más. Bloqueo la pantalla.
—Y bien… —Vuelvo a guardarme el teléfono en el bolsillo—. ¿Cómo supiste que querías ser fotógrafo?
Sigue con la mirada a un pájaro que vuela de un árbol a otro, luego cruza el agua y desaparece de nuestra vista.
—Es una larga historia.
—Quiero escucharla.
Sonríe sin mucho entusiasmo y me mira de reojo.
—Prepárate.
Hago como si me abrochara el cinturón de seguridad.
Suelta una risita y sacude la cabeza.
—De pequeño tenía un trastorno del lenguaje, nada grave, aunque por eso no hablaba mucho.
Mis padres se preocupaban porque no desarrollaba habilidades lingüísticas normales y a mí me daba pánico hablar con las personas.
Así que mi padre empezó a llevarme cada fin de semana a parques, restaurantes y cualquier espacio público que encontrara.
Entablaba una conversación con un desconocido sobre cualquier tema.
Me decía que estaba practicando, que yo también debía probarlo, así que lo empecé a hacer por mi cuenta.
Al principio me costaba, pero comencé a esperar que llegara ese momento con ilusión.
Cambia de postura, flexiona una rodilla y apoya el brazo encima.
—Empecé a hablar mejor, pero quise continuar con las entrevistas.
Quería llevar un registro de todas las personas con las que hablaba, así que comencé a sacarles fotos con cámaras desechables.
Como también me gustaba esa parte, me compré una cámara de verdad…
y el resto es historia. Bueno, más o menos. Todavía estoy en ello.
Arranca una brizna de hierba cercana y la rompe con los dedos.
—Es una historia muy tierna, Henry —digo—. Tu padre parece una persona estupenda.
—Nunca lo he dicho en voz alta —admite tan bajito que parece susurrar—, pero creo que otra de las razones por las que hago fotos es porque…
—Traga saliva y me aparta la mirada—. Ya no recuerda nada.
Es como si… se perdiera y volviera. A veces le enseño una foto y la reconoce, o se esfuerza mucho por reconocerla.
Si le enseño una foto antigua de un vecino, en ocasiones llega incluso a decir su nombre nada más verlo.
Para mí… que tenga ese momento de lucidez vale la pena.
Quiero preservarlo para él, y preservarlo para mí.
Porque las fotos son la realidad, aun cuando su realidad esté… cambiando.
Entiendo lo diferentes que son nuestras experiencias con el duelo.
Sam se fue en un instante. Antes de que me diera cuenta, ya era un recuerdo.
Pero perder a alguien poco a poco tiene que ser como tener a la persona y a su recuerdo vivos al mismo tiempo.
Seguro que piensa en su padre todos los días.
Me pregunto qué hace aquí, por qué no está en casa.
—¿Cómo está tu padre?
Tuerce la boca y arroja la brizna de hierba a un lado.
—Vamos día a día. —Se nota que está intentando quitarle importancia, pero quiero saber más sobre las sombras.
—¿Por qué volviste a Nueva York?
—¿Te refieres a por qué no me quedé con él?
Asiento.
—Por mi madre —dice casi con una sonrisa—, que le faltó poco para ponerme de patitas en la calle. Decía que estaba estorbando. Yo creo que simplemente no quería que me perdiera ninguna experiencia… ni nada por el estilo. Nunca siento que esté haciendo lo suficiente, la verdad.
No lo conozco desde hace mucho, pero se nota el tipo de persona que es. Sé sin ningún tipo de duda que está cuidando de todos ellos, incluso desde la distancia.
—Eres un buen hijo.
—No sé si tienes razón, pero gracias por decirlo.
Vuelvo a fijar la mirada en el agua.
—¿Puedo preguntarte algo sin que respondas haciéndote el gracioso?
—Claro.
Tomo aire.
—¿Por qué decidiste ayudarme? Pero de verdad. Es mucho trabajo por alguien a quien acabas de conocer.
Suspira y se endereza.
—No lo sé. —Le da golpecitos a la lata del refresco—. ¿Cuánto puedo contar sin que te asustes?
—Depende de si lo que vas a decir es espeluznante —le contesto.
Se ríe por lo bajo y toma un trago.
—No es espeluznante, solo un poco patético.
—Cuéntamelo, Henry —le digo, y noto cómo pasa de estar de broma a ponerse serio.
Tensa y relaja un lado de la mandíbula mientras contempla el agua.
—Cuando volví a casa, pasaron muchas más cosas.
Conmigo, quiero decir. Antes de volver a Colorado, mi vida era un no parar.
Nunca había un momento de descanso. Sin embargo, cuando llegué a casa de mis padres, no había nada.
Estar rodeado de todas las cosas de mi padre, la medicación, ver cómo mi madre se volvía prácticamente una enfermera…
Era mucho que asimilar. Me vi obligado a pararme y reflexionar detenidamente sobre las cosas.
Había vuelto a casa para ayudar, pero… no podía hacer nada.
No conseguí cuidar de él. No conseguí hacer casi nada.
De repente me sentí como un completo fracasado.
Dejé de sacar fotos porque no encontraba nada que valiera la pena capturar.
Piensas que es un gesto muy noble que volviera a casa para ayudar, pero, en realidad, solo estaba añadiendo alguien más a la lista de personas de las que mi madre tenía que ocuparse. No estaba pasando por mi mejor momento.
—Estoy segura de que ayudaste.
—En absoluto, de ahí que mi madre me diera la patada y me obligara a volver a levantarme.
Al principio fue durísimo estar aquí, lejos de ellos.
Durísimo. A veces lo sigue siendo. Pero no empecé a sentirme mejor hasta que volví a hacer cosas, como ir a pasear o limpiar el piso; primero eran cosas pequeñas y luego fueron siendo más grandes, como invitar a una completa desconocida a participar en una misión para encontrar su pasión.
—Se ríe por lo bajo—. Cuando volví, supe que si no me mantenía en movimiento, si no seguía adelante, cabía la posibilidad de que acabara…
—Sintiéndote como una mierda.
—Sí. —Se frota la cara con la mano—. Sintiéndome como una mierda.
—Así que te sentías solo y querías mantenerte ocupado —le digo.
—También me gusta pasar tiempo contigo, Bennet. Eres encantadora cuando no estás vomitando en el baño de los hombres. —Se vuelve hacia mí con una sonrisa—. Podría haber elegido a cualquier persona para que fuera mi compañero de aventura, ¿sabes? Has tenido mucha suerte.
—Sí, claro. —Me muerdo el interior de la mejilla.
Vuelve a fijar la vista en el pájaro, que ahora revolotea sobre nuestras cabezas.
—A veces, cuando conozco a gente, me sigo sintiendo como si aún estuviera haciendo esas entrevistas.
Como que lo único que sé es hacer preguntas y coleccionar historias para archivarlas en una estantería.
Mi padre y yo nunca volvimos a hablar con esas personas, ¿sabes?
Después de esa primera interacción, nunca continuamos.
Así que a veces me resulta difícil conocer a las personas más a fondo, y acaban siendo historias que tengo ahí en la estantería y hacen que parezca que tengo una vida plena, cuando en realidad…
no lo es. —Traga saliva y baja la mirada al césped—.
Las personas esperan que sea una cosa, y creo que las decepciono cuando no lo soy todo el tiempo.
No suelo abrirme a mucha gente, Bennet. Me parece que tú y otras personas podéis pensar, porque soy extrovertido o algo así, que se me debe de dar bien ser vulnerable, pero la verdad es que esta es la primera vez que hablo tanto de mi padre con alguien.
Es muy difícil. No me he sentido… especialmente seguro para hablar sobre el tema.
Pero no sé… Creo que me apetece hablar de ello contigo.
Quiero tocarlo, pero aprieto los puños.
—Me alegro mucho de que me lo hayas contado. Y yo… —Aprieto la mandíbula e intento que el revoltijo de palabras que tengo en la mente forme alguna oración—. Cuando quieras hablar de ello, estaré aquí para escucharte.
Sonríe con delicadeza y asiente.
—Gracias.
—Y puedes archivarme en la estantería, o lo que sea. Es decir, si quieres.
Se ríe y vuelve a posar su mirada sobre mí; su sonrisa luminiscente rompe con el tono casi sombrío del momento.
—Creo que lo que intentaba decir con todo lo de la estantería es que justo estoy esforzándome por no hacer lo mismo contigo.
Nos miramos fijamente una fracción de segundo y siento casi como si estuviera viendo a una persona diferente.
No es un simple optimista. Su personalidad no puede explicarse diciendo que es extrovertido y ya está.
Reflexiona sobre la vida, sobre las personas, y echa de menos a su padre.
Tiene una historia, una historia triste y tierna que me toca las pocas fibras sensibles que me quedan en el corazón.
Hace que me ponga sentimental, que me incomode, que tenga curiosidad y que me dé ansiedad, todo a la vez.
Apartamos la vista para contemplar el río Hudson que se extiende frente a nosotros. El sol empieza a ponerse tras los edificios y torna el cielo de un tono rosa chicle.
—Yo también me esforzaré —digo.
Pasamos el resto de la tarde inventándonos historias sobre la vida de las personas que hay en el parque.
Adivinamos qué parejas están casadas, cuáles son hermanos, quién quiere romper, quién es la persona celosa del grupo de amigos.
Nos inventamos sus voces y les creamos trasfondos largos y detallados.
No nos movemos de debajo del árbol hasta que el parque echa el cierre.
Me rodeo el cuerpo con los brazos mientras nos encaminamos a la estación de metro.
Cuando nos detenemos en la entrada, las comisuras de su boca florecen con una sonrisa.
—¿Hasta el sábado?
Asiento.
—Allí estaré, sea donde sea.
Da un paso hacia mí y abre los brazos, pero se detiene al darse cuenta de que normalmente no nos despedimos con un abrazo.
Se ríe y me tiende la mano. Sin pensármelo, esquivo el apretón y le rodeo la cintura con los brazos.
Un segundo después, me pasa los suyos por los hombros.
Me relajo en sus brazos, músculo a músculo.
¿Cuándo fue la última vez que recibí un abrazo de verdad? ¿Y uno que me hiciera sentir así de bien?
Percibo un aroma a hierbabuena en su camiseta, cierro los ojos contra su pecho y respiro hondo.
Cuando abro los ojos, caigo en la cuenta de que ahí sigo, sin querer apartarme.
Me retiro de él con brusquedad y retrocedo un par de pasos.
—Perdona —digo mientras me sacudo la parte delantera de la camiseta. Me percato de que la razón por la que me ha parecido tan mal es porque… no me estaba pareciendo tan mal, en realidad.
Me libera del abrazo y sonríe; tiene misericordia y hace caso omiso del breve momento de pánico que he tenido.
—Ya nos veremos, Bennet.