Passion Project Capítulo 12 #2
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Capítulo 12 #2

Al final, acabo en una sala que parece una catedral gótica.

Dejo que mis ojos se deleiten ante la belleza y la intrincada alineación de las grandes mesas de madera, colocadas en fila, cada una con una lámpara en el centro, las pilas de libros que cubren las paredes, y los grandes ventanales arqueados que permiten que se filtre la luz exterior.

La pintura de nubes rosadas del techo está rodeada por paneles tallados en tonos marrón oscuro y dorado.

Las lámparas de araña con luz engastada cuelgan del cielo en hileras.

Unas largas sombras se proyectan de forma oblicua sobre el suelo, como dedos que se extienden desde los ventanales hasta los libros.

Incluso las sombras quieren atrapar la belleza y aferrarse a ella.

Hay algunas personas sentadas en las mesas con la cabeza inclinada sobre un libro o el portátil mientras teclean o leen.

Camino por el centro de la sala e intento no romper el silencio sepulcral.

Inspiro el aroma a papel, polvo y madera; oigo el sonido periódico de una página al pasar.

El cuerpo me tiembla con adrenalina, como si supiera que no debería estar aquí.

No soy una académica. No soy nadie. No obstante, el silencio, la belleza y el esplendor de esta sala hacen que me detenga y que no me sea fácil marcharme.

A Sam le habría encantado este sitio.

Me siento en una silla de una mesa libre y me masajeo las sienes con los dedos mientras inspiro poco a poco, pero con constancia. No sé cuánto tiempo permanezco aquí sentada; el suficiente como para que, cuando me levante para irme, ya no me sienta como si me fuera a derrumbar.

Recojo mis cosas del mostrador. Sal y la mayoría de las personas que han asistido a la conferencia ya se han marchado; resulta que me perdí el final de la sesión. Es probable que Henry se haya ido también.

Agacho la cabeza mientras me encamino a la puerta, pero su voz me detiene.

—Bennet, espera. —Me doy la vuelta y veo cómo Henry se cuelga la mochila al hombro y se dirige hacia mí—. Desapareciste —dice—. Le pregunté a Sal a dónde habías ido, pero no lo sabía, así que me quedé esperando.

Me alegro un poco por dentro.

—¿Por qué? —inquiero.

—Quería preguntarte si querías hacer algo —dice mientras se ajusta el asa de la mochila en el brazo—. Así que… ¿quieres hacer algo?

Estoy conmocionada por la charla sobre el duelo y cansada de trabajar, lo que de normal conduciría a que me pasara la tarde sola recargando la batería social…, pero pasar el día con Henry de repente parece una buena opción. Casi tan buena como estar sola.

—Venga —digo asintiendo—, vale.

Cuando salimos a la calle concurrida, el sol nos da de lleno. Se me acumula el sudor bajo los brazos.

—Hace un día estupendo —dice Henry tapándose el sol con la mano.

—Podríamos ir al parque —sugiero.

—Tengo que hacer una parada en mi piso para soltar todas las cosas, pero está justo al lado de mi lugar favorito. —Se me encoge el estómago al pensar en su apartamento. Entrar. Comprobar si es limpio o desordenado. Ver sus zapatos apilados en la puerta. Saber el tipo de jabón que usa.

—Tu piso. —Me estremezco—. Qué íntimo.

—Para la gente normal, no —dice.

—No soy normal, Henry —le recuerdo.

—Es verdad —dice—. Aun así.

Su piso está en los confines de Manhattan, bien al norte, en Inwood. Es un vecindario pequeño, repleto de tiendecitas y ladrillos rojos. No tiene edificios altos. Es bonito.

—Aquí vivo yo —anuncia cuando nos detenemos en su entrada.

—Espero fuera —digo mientras lo veo rebuscar en el bolsillo para sacar la llave.

—Venga ya —dice cuando mete la llave en la cerradura—, serán dos segundos. Eso es todo lo que tendrás que sufrir.

Pongo los ojos en blanco.

—Está bien.

Subimos un par de tramos de escaleras enmoquetadas que chirrían hasta que llegamos a la puerta de su piso.

Dentro nos aguarda un estudio minúsculo, abarrotado de muebles pesados y equipo fotográfico.

Hay una cama de matrimonio con un edredón verde oliva y dos juegos de almohadas, una mesita de noche, una cómoda y un escritorio con un monitor.

Al otro lado hay una pequeña cocina abierta con un microondas, una mininevera, un fregadero y un horno junto a una p uerta que no está cerrada del todo y que conduce al baño.

Las paredes blancas están desnudas, a excepción de una fotografía enmarcada de una cordillera.

Hay un par de zapati llas de estar por casa mullidas tiradas al tuntún en el suelo, junto a la cama.

—Son monas. —Comparo el tamaño de una de las zapatillas con el de mi pie; es considerablemente más grande—. Parecen algo que se pondría mi abuela.

—Me gustaría conocer a tu abuela —dice mientras revuelve un cajón de la cómoda en busca de una muda.

Dirijo mi atención a un montoncito de piedras colocadas en lo alto de la cómoda.

—Madre mía, no estabas vacilando. ¿De verdad tienes una colección de rocas?

—Ajá. —Se agacha para abrir otro cajón.

Me acerco a él y me asomo por encima de su hombro para observar la colección de roquitas, que se parecen más a pequeños tesoros que a piedras de compañía con ojitos móviles pegados.

Dejo que mi mirada vague un instante por el cajón en el que está hurgando.

Vuelve lentamente la cabeza hacia mí y alza una ceja en señal de sospecha.

—¿Te da curiosidad mi cajón de la ropa interior?

Me entra calor por todo el cuerpo.

—No lo estaba mirando. —«Mentira».

—No pasa nada, rarita —dice y cierra el cajón para abrir el de debajo.

Cojo una piedra brillante y roja.

—¿De dónde es esta?

—De Sedona.

Estoy muy cerca de él y la sangre que me corre por las venas a la altura del estómago bulle con energía. En este piso no hay espacio para respirar. Mi apartamento es pequeño, sofocante y oscuro, pero al menos tiene más de una habitación. El de Henry es un cubículo diminuto, solo para él.

—¿Tiene nombre?

Esboza una sonrisita.

—Darth Maul.

La vuelvo a colocar en su sitio junto a las demás.

—Me das vergüenza ajena.

—Si te sigues metiendo conmigo, no te voy a enseñar mi colección de insectos.

—¿De verdad tienes una colección de insectos?

Sonríe con aire burlón y tamborilea en lo alto de la cómoda.

—No, aunque una vez vi un pececillo de plata en el baño.

Exhalo, aliviada.

—¿Cuándo te mudaste aquí?

—Cuando volví de Denver.

—Me sorprende que vivas solo.

Cierra el cajón de la cómoda con la cadera.

—¿Por qué?

—No sé, parece que te gusta estar rodeado de gente todo el tiempo.

—Solo porque me guste estar rodeado de gente no significa que no me guste también estar a solas. —Se coloca la ropa bajo el brazo y se dirige al baño—. Puedes sentarte si quieres, tardo solo un minuto.

La puerta se cierra tras él.

Hay una silla de escritorio, pero ahora mismo tiene encima su equipo fotográfico, lo que me deja con la única opción de sentarme en su cama. Me siento en la esquina y apoyo apenas una cuarta parte de la nalga. Me arden los cuádriceps.

—Menudo trayecto hasta el restaurante —digo alzando la voz.

—Es un coñazo, pero me gusta trabajar allí —responde tras la puerta cerrada.

—El otro día vi una película con Sarah —comento.

—Sí, hombre. —Irrumpe por la puerta con la muda puesta. La camiseta azul le queda ajustada en los hombros y resalta el contorno de sus músculos. Me doy cuenta de que me he quedado mirándolo un segundo más de lo debido y aparto rápido la vista.

No es que los músculos sean lo más platónico de una persona en lo que te puedes fijar.

—Es amiga de Jamie, la novia de mi compañera de piso. —Me levanto de la cama, espero no haber dejado una marca muy grande—. Dijo que te conocía.

—¿Vas hablando de mí por ahí cuando no estoy presente? —pregunta cruzándose de brazos.

—No, yo solo… ¿La conoces?

—¿A Jamie? —Se rasca la barbilla mientras pone cara de concentración—. Creo que no conozco a ninguna.

Me coloco el pelo detrás de la oreja y noto cómo se me eleva la temperatura corporal.

—Dijo que trabajasteis juntos antes de que te marcharas a Denver. ¿Recuerdas? ¿Jamie?

Hace una pausa y mira hacia otro lado, como si estuviera ordenando sus pensamientos. Luego se vuelve hacia mí.

—Espera, ¿Jamie Kiernan? —pregunta inclinando la cabeza a un lado—. ¿Con el pelo corto? ¿Que siempre lleva una chaqueta de cuero? Sé quién es.

—Sí, Jamie Kiernan. —Lo miro con los ojos entrecerrados—. ¿Cuánto tiempo trabajasteis juntos? —pregunto.

—Mmm… —Se muerde el labio inferior—. No lo recuerdo. Fue hace mucho tiempo. Ahora toda la plantilla es nueva.

—Ah. —Recojo el bolso del suelo y me lo cuelgo del hombro. Sarah conoce tanto a Jamie como a Henry, y Kevin también, así que la plantilla no puede ser tan diferente—. ¿Le digo que le mandas saludos?

—¡Claro! —dice con entusiasmo—. Sí, hace tiempo que no nos vemos. —Abre la nevera, coge un par de refrescos con alcohol y me ofrece uno—. ¿Lista?