Passion Project Capítulo 12
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Capítulo 12

H oy Sal ll eva una pajarita verde. Sus mejillas regordetas le aplastan los ojos cuando sonríe. Me aborda en cuanto pongo un pie en la biblioteca.

—¡Encanto! No te lo vas a creer. —Me planta el teléfono en la cara—. ¡Mira!

—Guau —digo sin saber muy bien lo que estoy viendo. Tiembla de emoción, así que no puedo distinguir bien la pantalla—. Sal, quéd ate quieto un s egundo para que pueda verlo.

—Perdona, es que estoy superemocionado. —Me lo acerca tanto a la cara que veo la pantalla borrosa.

—Déjame sujetarlo. —Le quito el teléfono de las manos y consigo finalmente enfocar la imagen. No veo más que una mancha naranja.

—¿Qué estoy viendo exactamente? —pregunto ladeando la cabeza.

—¡Una ecografía del niño! ¿No es hermoso?

—¡Ooh! —Entrecierro los ojos. Cómo va a ser el bebé berenjena esta mancha naranja es algo que ignoro—. Es increíble —le digo cuando le devuelvo el móvil.

—¿Le has visto las manitas? Se le pueden ver los deditos. —Sal pellizca la pantalla y amplía una zona especialmente borrosa—. Cuando nació Marjorie no tuvimos nada así.

No me atrevo a confesarle que no consigo distinguir ningún rasgo humano en la imagen de la pantalla, así que asiento y sonrío.

—Es hermoso, Sal.

—Te la puedo enviar. ¿Tienes Facebook? —Abre la aplicación y me mira con ojos expectantes.

—Ah, soy Bennet Taylor. Creo que soy la única —Me vibra el teléfono cuando me envía la solicitud.

—Lo subiré también todo a mi muro para que no te pierdas nada.

Nunca he visto a nadie ilusionarse tanto por algo; sería un delito aguarle la fiesta.

—Estoy deseando ver las actualizaciones —le digo con una sonrisa sincera.

—Le he comprado un saquito para dormir que tiene forma de balón de fútbol americano. Tienes que verlo. —Empieza a ojear sus fotos, pero sus dedos ceporros no pueden seguirle el ritmo al cerebro y no deja de pulsar las fotos que no son.

—Igual es mejor si llegamos primero al mostrador, Sal.

—Caray, tienes razón. —Se guarda el teléfono y susurra—: Se me había olvidado que estamos trabajando.

Nos instalamos en el mostrador fuera del fórum; recopilo suficiente información de las personas que se registran como para saber que se trata de una especie de conferencia sobre psicología.

Nos metemos tan de lleno en el ritmo del trabajo entregando tarjetas identificativas y bolsas con obsequios que apenas me fijo en que alguien me llama.

—Es imposible que el mundo sea un pañuelo tan pequeño —dice acercándose a la mesa con una enorme sonrisa jovial dibujada en el rostro.

De todas las personas del mundo, de todas las personas que hay en este planeta dejado de la mano de Dios, ahí está Henry.

—¿Qué probabilidad había? —Se apoya en la mesa con las mejillas sonrosadas por el calor que hace fuera.

—¿Eres psicólogo en secreto? —le pregunto mirándolo de arriba abajo.

Niega y señala mi portapapeles.

—Participo en el evento, voy a sacar fotos.

Reviso el portapapeles para confirmarlo y, efectivamente, ahí está su nombre.

—¿En serio?

Se encoge de hombros.

—Sí.

—No te enfades —digo—, pero cuando comentaste que eras fotógrafo, asumí que eras de esos hípsteres que van con la cámara de 35 milímetros, no uno… de verdad.

—Te lo creas o no, la gente a veces me paga y todo por hacer esto. —Posa la mirada en Sal—. Hola, perdona. Soy Henry, un amigo de Bennet.

Dos personas que no pensé que se conocerían nunca.

—Encantado de conocerte. —Sal se pone de pie y le estrecha la mano. Le da unas palmaditas con fuerza en la espalda. Fue entrenador de instituto durante años, sabe cómo darle una palmada en la espalda a un hombre—. Oye, ¿quieres ver una cosa?

Henry asiente.

—Claro.

Sal le pone el móvil en la cara, como hizo conmigo. A Henry se le encienden los ojos de inmediato.

—¿Quién es?

—¡Mi nieto!

Le coge el teléfono y amplía la imagen.

—Guau. —Henry analiza la pantalla con la boca abierta antes de sonreír maravillado. La asimila, se lo toma en serio. Le importa. No sé por qué, pero el estómago me da un salto mortal.

Levanta el teléfono para compararla con la cara de Sal.

—Es clavadito a ti.

Es como si supiera qué decir para atravesar el corazón de todos quienes lo rodean.

A Sal, que es muy grande y muy sensible, se le empiezan a llenar los ojos de lágrimas.

—Es una locura que hayas dicho eso. Estaba pensando lo mismo.

—Debes de estar superorgulloso. —Henry le da la mano—. Enhorabuena.

—Bennet, me gusta este chico —dice Sal debatiéndose entre la risa y el llanto.

—Le gusta a todo el mundo —comento.

—¿A todo el mundo? —Henry me lanza una mirada con una sonrisita.

Pongo los ojos en blanco.

—No te pases.

—Oye —dice Sal tendiéndole el móvil—, ¿cómo eres en Facebook? Os voy a poner en un chat grupal.

Henry se une al grupo sin pensárselo dos veces.

A Sal le falta lanzar un gritito cuando nos envía la foto por Messenger. Nuestros teléfonos se encienden a la vez y me sorprendo sonriendo en silencio gracias a Henry.

—Aquí tienes —le digo cuando le entrego la acreditación de participante—. El evento tiene lugar en la sala que hay detrás de nosotros. Que te diviertas.

—Gracias. —Se pasa el cordón por el cuello y se ajusta al hombro la mochila grande para la cámara. Se cuela en el fórum a mi espalda y noto cómo pierdo el equilibrio de pronto.

Un fotógrafo de verdad. Henry es un fotógrafo de verdad al que le pagan dinero de verdad por sacar fotos de verdad. Me imaginé que no estaría logrando sus objetivos, como yo; pero no, los está consiguiendo. Es admirable a la par que deprimente.

Al cabo de una hora más o menos, el flujo de personas que llegan disminuye, por lo que Sal y yo nos podemos quedar de brazos cruzados. Evidentemente, para Sal eso significa que puede enviarnos a Henry y a mí un sinfín de ecografías por el chat grupal.

A pesar de estar trabajando, Henry responde a casi todos sus mensajes con entusiasmo. Me sorprendo al querer verlo en acción, ver cómo trabaja.

—Oye —le digo a Sal mientras me inclino hacia él—, ¿te importa si me cuelo dentro para verlo un momento?

Hace un gesto de negación.

—Adelante, encanto, lo tengo bajo control.

—Gracias —le contesto.

Me levanto de la silla y me dirijo a la puerta del fórum. Cuando entro, la belleza de la sala me vuelve a pillar desprevenida, a pesar de haberla visto antes. Es como estar en un observatorio, a escasos centímetros de las estrellas.

Henry está en el otro lado de la sala y observa al ponente con atención, con la cámara preparada. Sigo la dirección a la que apunta el objetivo hasta el escenario, donde habla un hombre alto y con la barba salpicada de canas.

Contengo el aliento cuando, en la pantalla que hay detrás de él, veo cómo se llama la charla:

Ayudar a los pacientes a superar el duelo Dr. Carlos Barrera, doctorado en Psicología Clínica Ponente principal

Todo el mundo toma nota en sus libretas con ahínco para retener todo lo que dice. Reconozco los disparos de la cámara de Henry en lo más recóndito de mi consciencia. Me cuesta tragar saliva. Me retumba el corazón contra la caja torácica cuando me concentro en el doctor Barrera.

Está contando una historia sobre un paciente al que llama Ross, que perdió a su mujer después de cincuenta y dos años de matrimonio.

Empezó a sentir un dolor en el pecho tras la muerte de su mujer, lo que dio lugar a varias visitas al hospital.

Resulta que llevaba consigo una maleta de culpa allá donde fuera.

Culpa por no haber estado en la habitación cuando falleció su mujer, culpa porque sentía que merecía morir él primero, culpa porque no le dijo que la amaba una última vez.

La culpa lo distraía del dolor y el dolor se le manifestaba de forma física en el pecho.

El doctor Barrera me tiene hipnotizada, tanto él como sus palabras.

Lo único que oigo es «Sam, Sam, Sam».

Se me hace un nudo en la garganta y aprieto los dientes. Intento contener en vano las lágrimas que inevitablemente acaban brotando. Me empiezan a arder los pulmones y dejo salir una bocanada de aire en un suspiro desesperado.

—¿Estás bien?

La voz de Henry me devuelve de golpe a la realidad. Está justo a mi lado y no tengo ni idea de cuánto tiempo lleva ahí ni cuánto ha visto.

Me giro y respiro hondo para olvidar ese momento.

—Estoy bien. —Me apresuro hacia la salida ocultando el rostro.

Sal está en el mostrador ojeando su móvil cuando irrumpo por la puerta.

—Encanto —dice con preocupación—, ¿qué pasa?

Sacudo la cabeza y me trago el nudo que tengo en la garganta.

—Necesito un momento. ¿Le echas un ojo al mostrador?

—Pues claro —responde. Las arrugas del entrecejo se le acentúan por la preocupación—. Tómate tu tiempo.

En el baño, me echo un poco de agua en la cara y me recompongo.

Ahora no es el momento de derrumbarse. Ahora no es el momento de echar de menos a Sam.

Como si tuviera opción. Como si extrañar a Sam no formara parte de mi ADN.

Como si no me acabaran de recordar lo mucho que me duele.

Que me siento como un peso arrojado en el mar que se va hundiendo lentamente, y que por mucho que patalee y por muchos salvavidas que me lancen, no puedo evitar caer más y más en la oscuridad.

Que desearía saltar de esta vida a otra.

Otra en la que Sam siguiera aquí, pero puede que yo no.

Le cambiaría el sitio. Lo haría de verdad.

Salgo del baño y me detengo antes de volver al mostrador. Inspiro por la nariz e intento forzarme a volver dentro, pero, como por instinto, mi cuerpo se gira en la dirección contraria.

Elijo una escalera y subo los peldaños. Oigo cómo las paredes marmóreas devuelven el eco del repiqueteo de mis zapatos y el sonido monótono me reverbera en la cabeza. Recorro los pasillos y doblo diferentes esquinas, sin preocuparme por consultar un mapa, y me pierdo en el laberinto.