Passion Project Capítulo 11
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Capítulo 11

E stá volviendo a empeorar. De la nada.

Esta mañana vi cómo me sonaba el teléfono tres veces: dos llamadas de Andy y una de mi madre. Al final, Andy se rindió y me escribió:

¿Tu dirección sigue siendo la misma?

Vamos a enviar las invitaciones

enseguida.

No pude responderle.

Ahora Sonya y Jamie están en el sofá y yo me he quedado atrapada en el cuarto. Llevo aquí todo el día. Su presencia en el piso es como un foso que me tiene encerrada en una torre.

Descanso la frente en la puerta y apoyo la mano en el picaporte, obligándome a abrirlo, pero me he quedado paralizada.

Los músculos no me responden. Me deslizo por la pared y me desmorono sobre la montaña de ropa que hay en el suelo.

Necesito comer, pero si salgo a la cocina Sonya y Jamie querrán charlar, lo que no es algo malo, por supuesto, pero ahora mismo no me apetece hablar con ellas.

A estas alturas me habré levantado de la cama para ir hasta la puerta y volverme a acostar cuatro o cinco veces en un intento por reunir el valor para abrirla. Me siento impotente.

Me estaba yendo muy bien con Henry, estaba hablando con la gente, me reía, estaba comiendo, sonreía. ¿Cómo me puedo volver a encontrar así?

No tiene que ocurrir nada malo para que me sienta así.

Puede estar yendo todo bien, y, aun así, volveré a acabar como ahora.

La página web médica WebMD lo denomina «desequilibrio químico».

Yo lo denomino «la culpa de haber matado a tu novio».

En cualquier caso, simplemente forma parte de ser Bennet.

Me llevo las manos a la cara, empiezo a palparme los pómulos y luego las bajo por el mentón. Me paso las manos por el labio inferior. Me recorro con los dedos el cuello y prosigo por las clavículas hasta descansar las manos sobre el pecho.

«Siente lo que es real. Mis mejillas son reales. Mi barbilla es real. Mis labios son reales. Yo soy real».

No funciona.

Me arrastro a la cama, me es imposible levantarme con el peso de la culpa a la espalda.

Me paso dos días durmiendo. No respondo a los mensajes, no compruebo el correo electrónico ni me apunto a ningún turno; solo duermo.

Si estoy dormida, no tengo que sentir nada.

Oigo a Sonya entrar y salir de casa. En un momento dado, llama suavemente a mi puerta, lo que me revuelve el estómago.

Me levanto de la cama y echo el pestillo.

Cuando duermo, sueño con Sam. Mi dulce Sam.

Cabello rubio como la arena, ojos sombríos.

Siempre tranquilo, siempre analizando con cuidado el mundo a su alrededor.

Me acerco a él, lo toco, lo beso…, pero se aleja cada vez más.

Me sonríe desde el otro lado de un foso negro, luego se marcha.

Cierro los ojos con la esperanza de que, al abrirlos, haya vuelto.

Pero cuando los abro, veo a alguien diferente: a Henry .

Se detiene cuando está tan cerca como para poder distinguir el color de sus ojos, del verde de los nenúfares.

Extiende la mano para dármela. No me muevo.

Alza las cejas como para decir: «No pasa nada.

Dámela». El pánico me invade el pecho y giro la cabeza con brusquedad para buscar a Sam, pero no está por ninguna parte.

Me escuecen los ojos cuando me vuelvo hacia Henry, pero lo único que veo es su espalda mientras se aleja caminando hacia el horizonte sin fin.

Al cabo del tercer día, me descongelo. La primera preciada gota de serotonina entra en el torrente sanguíneo. El elefante se baja de mi pecho. Me siento más ligera. Lo logré.

Abro los ojos y veo el polvo bailar en el aire a la luz dorada.

Con los dedos temblorosos, compruebo el correo electrónico por si quedara algún turno libre en la empresa de trabajo temporal. Me apunto a cuatro y a continuación paso de puntillas al salón. Huelo a sudor. Tengo la boca seca, como bolas de algodón. Me detengo de golpe cuando la veo.

Jamie.

Me da pánico pensar en lo que me va a decir. Seguro que es algo del tipo «Mira quién ha decidido salir de la habitación» o «Gracias a Dios, pensábamos que te habías muerto ahí dentro». Sin embargo, me mira con sus ojos oscuros y me sonríe.

—¿Quieres café?

Como si no hubiera pasado nada. Le estoy tan agradecida que podría ponerme a llorar.

Asiento, soy incapaz de usar la voz.

—He hecho sirope de lavanda. ¿Quieres un poco?

Vuelvo a asentir, conteniendo las lágrimas. El café está delicioso, como siempre que lo prepara Jamie, amargo y floral, con un toque dulce. Me mira como si estuviera a punto de decir algo, pero cambia de opinión. La veo marcharse al cuarto de Sonya a través del vapor que se eleva de mi taza.

Se detiene y se vuelve hacia mí.

—Oye… —Señala la puerta de mi habitación, parece que casi se avergüenza de decirlo—. A mí también me pasa.

Siento que se me hace un nudo en la garganta.

—¿El qué?

—Lo de… Mmm… —Respira hondo, de forma calculada, y se aclara la garganta—. Lo de la depresión. Sonya no lo termina de comprender a veces, pero yo sí.

Me tiemblan los dedos mientras hundo la mirada en la taza.

—No lo entiendo.

—Yo tampoco.

—Es horrible —digo secándome una lágrima con el nudillo y volviendo a mirarla.

—Es lo peor —contesta y se encoge de hombros.

La más mínima contorsión de su boca, el más leve atisbo de una sonrisa, nos hace estallar a las dos en carcajadas. Me apoyo en la encimera para no perder el equilibrio mientras continúo riéndome. Me dolía el abdomen de llorar y ahora de la risa. Se me derrama al suelo un poco de café.

Niego con la cabeza, tratando de recuperar la compostura.

—Es lo putopeor.

—No debería tener gracia —consigue decir con la boca tapada.

—La verdad es que no la tiene —contesto conteniendo la última de las risitas.

Su risa se va apagando hasta convertirse en una suave quietud, en una sonrisa cómplice.

—Esta noche voy con Sonya y algunos de mis amigos a ver una peli. ¿Te quieres venir?

—Uy… Mmm… —Mi mente empieza a inventar excusas, formas de rechazar la invitación: puede que mañana tenga que entrar temprano al trabajo, puede que me duela el estómago.

—Será algo tranquilo, te lo prometo —ofrece Jamie, insistiendo un poco.

Pienso para mis adentros que no, que no me siento preparada para enfrentarme al mundo y conocer a nuevas personas, aunque, para mi sorpresa, noto cómo asiento con la cabeza.

Sonríe, tan sorprendida como yo de que haya aceptado.

—Luego te envío los detalles. —Y a continuación se esfuma por la puerta.

Siempre me han gustado los cines. Me gusta el olor a palomitas, el suelo pegajoso, los snacks…, pero, sobre todo, lo que más me gusta es sentarme en una sala grande con un puñado de desconocidos y no sentir la presión de tener que decir ni una palabra.

Tuve que desplazarme nada menos que hasta la zona de Prospect Park, ya que era justo la única salita de cine bohemia de toda Nueva York donde ponían la película que Sonya y Jamie querían ver. Cuando entro al cine, están en la taquilla junto a un chico bajito y una chica alta y rubia.

—¡Yupi! —canturrea Sonya. Me coge de las manos y las aprieta mientras da saltitos—. Te he echado de menos.

—Y yo a ti —le digo sonriéndole lo mejor que puedo.

Me aparta un poco del grupo para susurrarme al oído:

—Me da la sensación de que me has estado evitando —dice con expresión preocupada—, desde…, ya sabes, la cita.

—He estado ocupada —refunfuño, aunque es una mentira como una catedral.

—Tenemos que ponernos al día —continúa—. Además, tengo una noticia relativamente buena: ¡puede que Harper el anterior, la pintura acrílica. ¿Tan mala amiga soy por olvidar lo que estaba haciendo ahora?

No se lo toma mal, todo hay que reconocerlo.

—La semana que viene me confirman si los ponen a la venta. Si lo hacen, quiero montar una fiesta. Y si no vienes, te mataré sin pensármelo dos veces.

—Claro que iré —le prometo—. Envíame los detalles.

Jamie se nos acerca con sigilo y coloca una mano en el hombro de Sonya, lo que pone fin a este momento incómodo.

—Ya ha creado un evento en el calendario de Google y todo.

Mi teléfono vibra cuando recibo la invitación.

—Lo estoy manifestando —dice Sonya a la vez que bloquea el móvil—. Se supone que, para conseguir lo que quieres, te tienes que comportar como si ya lo tuvieras.

—Tiene sentido —contesto—. Allí estaré.

—Bennet, te presento a Kevin y a Sarah —Jamie señala a las dos personas que nos acompañan—, unos antiguos compañeros de trabajo míos.

—Ahora que estoy más cerca, me doy cuenta de que uno de ellos no es un desconocido, desde luego.

Es Sarah. Sarah, la camarera de L’italiano que me estuvo sirviendo copas de chianti hasta que acabé vomitando en el baño.

No es que necesite más pruebas de que mi vida es del todo una broma, pero, aun así, el universo me las sigue enviando.

—Ya nos conocemos —dice Sarah mientras mastica unas pasas recubiertas de chocolate. La última vez que la vi, me abalancé sobre ella y le hice derramar una copa de vino tinto entera encima de un caballero desprevenido.

—Lo siento… —me disculpo casi sin poder oír mis propias palabras—. No estaba en mi mejor momento.

—Tendríais que haberlo visto, fue para morirse de risa. Me pasé emborrachándola, y va ella y…

—Vomité en el baño —espeto para intentar controlar la historia—. Y luego… derramé vino por todas partes. Fue un desastre.

—Se suponía que iba a tener una cita con nuestro amigo Henry, pero el pobre va y se la encuentra en el baño. Estuvimos metiéndonos con él como una semana —comenta en tono alegre. Se me encoge el corazón.

—Ah, conque eres esa chica —dice Kevin—. He oído hablar mucho de ti.

Estupendo. Por lo visto todo el restaurante ha oído hablar de mí.

Siento que me arde el pecho y que el cuello empieza a picarme.

—Se suponía que iba a ser una cita, pero no… No es eso, somos amigos.

—¿Eso es lo que pasó la noche de la cita? ¿Desde cuándo sois amigos? —pregunta Sonya con la cabeza inclinada.

—Debería llamarlo y decirle que se venga —dice Sarah mientras se saca el móvil de una bandolera amarilla.

—¡No! —Mi voz suena más alto de lo esperado—. No, no lo molestes. —La extraña amistad que tenemos Henry y yo no debe ser presenciada por nadie. Al menos, de momento—. No esperaba que acabáramos siendo amigos, Sonya —le digo—. Fue… un accidente. No lo planeé.

Tuerce los labios y le dirige una mirada a Jamie antes de volverla hacia mí.

—Me parece estupendo, B. Pero nos tenemos que poner al día sí o sí, ¿vale? Pronto. Te echo de menos.

—Vale —digo con alivio—, pronto. —Me vuelvo hacia Jamie, Sarah y Kevin—. Jamie, ¿dijiste que eran antiguos compañeros tuyos? No sabía que habías trabajado en L’italiano.

Ella carraspea y parece sentirse incómoda de repente.

—Ah, sí. Antes de empezar a trabajar en la cafetería Mala Leche. No aguantaba trabajar hasta tan tarde, así que me pasé del vino tinto al café.

—Así que… ¿conoces a Henry? —pregunto.

Se encoge de hombros.

—No mucho. Nos hemos visto unas cuantas veces, pero ya está.

Sonya se apoya en su hombro.

—Puede que por eso te saliera en la app de citas, por tener amigos en común.

Jamie le lanza una mirada fulminante. Sonya sorbe por la cañita y se encoge de hombros.

—¿Qué pasa?

—¿Por qué no me dijiste que lo conocías? —pregunto. Sin duda, habría sido muy útil saber eso antes de salir con él—. Sonya, ¿tú sabías que ella lo conocía?

Jamie se muerde el labio y mira a Sonya, que parece estar diciéndole algo en silencio con la mirada.

—No le conté que te había organizado una cita hasta después —responde—. Me imaginé que querrías que fuera privado. Luego, cuando le enseñé su foto, me dijo que lo conocía. No pensaba que lo fueses a ver de nuevo, así que no me molesté en sacar el tema, ¿entiendes?

La verdad es que eso es… bastante considerado.

—Vaya —digo—, gracias.

—No hay de qué —contesta. Me da la impresión de que parece aliviada.

—De todas formas, Henry no puede venir. Le toca trabajar esta noche, ya que los dos estamos aquí —informa Kevin a Sarah. Pobre Kevin, me había olvidado por completo de que estaba ahí de pie.

Jamie saca cinco entradas del bolsillo y las sostiene para que las veamos.

—¿Vamos pasando?

Suspiro y rezo por que este tema no vuelva a salir en lo que queda de noche.

Entramos en fila india al cine y nos sentamos para ver la proyección de ¡Olvídate de mí! Por desgracia, me separo de Sonya y Jamie, y acabo al lado de Sarah, que aprovecha la oportunidad para charlar mientras ponen los tráileres.

—Henry es un buen chaval —susurra en voz alta, de forma cómica.

Pongo el móvil en silencio y murmuro para mostrar que, más o menos, estoy de acuerdo.

—Sería un buen novio —continúa mientras se lleva a la boca un buen puñado de palomitas.

Me pongo a temblar.

—No, no, no. No estoy buscando novio.

Se encoge de hombros.

—Seguro que alguien lo ficha pronto.

—Puede hacer lo que quiera. Apenas nos conocemos.

Me escudriña de arriba abajo con los ojos entrecerrados. Luego le da un sorbo a la Coca-Cola light de forma exagerada.

No consigo saber de qué va. No sabría decir si le ha ido contando a todo el mundo mi incidente en el baño por maldad o porque le pareció gracioso. Tampoco sabría decir si me está haciendo tantas preguntas sobre Henry porque quiere protegerlo o porque está celosa.

¿Por qué iba a estar celosa? No hay nada entre nosotros.

No me gusta hablar así de Henry. Ni hablar así, en general, haciendo de algo lo que no es.

Es como si decir su nombre demasiadas veces fuese a arruinarlo todo.

Cotillear sobre él banalizará nuestra amistad, la mermará, como cuando tocas una superficie brillante tantas veces que acaba perdiendo el esplendor. De todos modos, no es para tanto.

—Creo que va a empezar la película —digo mientras me hundo todavía más en el asiento.

—Vale —resopla Sarah antes de devolver la atención a la pantalla.

Vemos cómo Jim Carrey y Kate Winslet se enamoran y luego se olvidan. Cierro los ojos y me imagino el alivio que supondría olvidar, volver atrás en el tiempo y no conocer a Sam, no enamorarme de él, no pelearnos, que conduzca para venir a verme en plena noche. Detenerlo, y ya está. Detenerlo todo.

A mi derecha, Sonya y Jamie están cogidas de la mano.

Kevin intenta pasar desapercibido mientras fuma un cigarrillo electrónico.

Sarah se está escribiendo con alguien, la luz azul de la pantalla le ilumina el rostro.

Yo me como una gominola del paquete de Sour Patch Kids y el regusto ácido me irrita la parte posterior de la mandíbula.