Passion Project Capítulo 10 #3
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Capítulo 10 #3

—Tengo una banda —dice Terrance—. Nos llamamos los Curtanas. Versionamos canciones de rock, aunque también escribimos canciones sobre la historia de Estados Unidos. Mi novia, Molly, es la cantante principal y es increíble. —Se da unas palmaditas en la pierna—. Deberíais venir a vernos tocar.

Durante la siguiente hora, Henry y yo hacemos de público para el monólogo balbuceante de Terrance.

Si no hubiera sido por Henry, nunca habría aceptado pasar un rato con él por miedo a que fuera raro o a que intentara ligar conmigo, pero, contra todo pronóstico, estoy sobreviviendo.

La verdad es que me sorprende un poco descubrir que el haber interactuado con otras personas durante las últimas dos semanas aún no haya acabado conmigo.

Aun así, me doy cuenta de que me gustaría que Terrance se fuera para poder hablar con Henry a solas.

Cuando terminamos la ronda, Terrance se marcha a ensayar con la banda.

Henry le promete que iremos a ver tocar a los Curtanas un día y se dan el número de teléfono.

Cuando Terrance se va, pienso que Henry hará lo mismo, pero en cambio coge el menú, se sienta en el sillón de enfrente y se desliza hasta situarse delante de mí.

—¿Tienes hambre? —pregunta mientras saca el menú del soporte de la mesa para inspeccionarlo.

Gracias a Dios.

—Me muero de hambre.

Le pedimos a la camarera un plato de bolitas fritas de patata, unas tortitas y un par de coca-colas.

Se pasa la mano por el cabello, se quita las gafas y las deposita del revés en la mesa.

—Bueno, ahora sé oficialmente más sobre Terrance que sobre ti.

—Sabes mi nombre completo. Yo ni siquiera sé tu apellido.

Sonríe.

—Adams.

—Oh, no. —Pongo cara de tristeza—. Qué lástima.

Tuerce la cabeza.

—Pero si es el apellido más normal del mundo.

—No, me refiero a «Henry Adams». Tienes dos nombres.

—Discúlpeme, Bennet Taylor, permítame señalar que usted también tiene dos nombres.

Niego con la cabeza.

—En realidad, tengo un nombre y un apellido, solo que están cambiados de posición. —Alzo una ceja a la vez que me llevo una bolita de patata a la boca.

—¿De dónde viene tu nombre?

Hago una mueca al tragarme la bolita crujiente.

—Nunca me ha gustado.

Apoya un codo en la mesa.

—Por lo menos tu nombre no parece el de un padre fundador.

—Madre mía —me río—. Henry Adams suena totalmente a nombre de padre fundador. Y también te pareces a uno.

—No —dice ofendido.

Se parece. Claro que se parece. Tiene una sonrisa traviesa, la mandíbula afilada y el cabello ondulado le enmarca el rostro.

Tiene la huella de donde normalmente se le apoyan las gafas en el puente de la nariz y un físico que parece hecho para poder construir una nación con sus propias manos (no es que esté cachas ni nada por el estilo, pero se le ve fuerte).

Tiene una energía cautivadora que mi carácter reservado apenas puede resistir.

Terrance, Martin, Kira e incluso Fújur, el perro, se han visto atraídos a él como polillas hacia una luz brillante.

Siento cómo el recuerdo de Sam me da unos golpecitos en la parte trasera del cerebro para decirme que debería sentirme culpable por haberme fijado en esos detalles de Henry.

Intento acallar el ruido y recordarme que todos esos detalles son hechos objetivos.

Me fijo en esos detalles como quien se fija en las pinceladas de un mural o…

, yo qué sé…, en las verrugas de un sapo.

—Solo te falta una peluca empolvada —le digo, mientras miro hacia otro lado.

—Vale. —Alza las manos—. Lo acepto, pero no me hace mucha ilusión. —Se mueve en el asiento y su rodilla roza sin querer la mía bajo la mesa—. Perdona —se disculpa al apartarla.

Me desplazo un poco a la izquierda para darnos más espacio.

—No te preocupes —digo, intentando no tocar el punto de mi rodilla donde nos hemos rozado.

—Ahora que he aceptado mi papel como padre fundador, tienes que contármelo. ¿De dónde viene Bennet?

Resoplo.

—Mi madre estaba obsesionada con Jane Austen y quería llamarme como Elizabeth Bennet, pero ni Lizzy ni Beth eran lo suficientemente únicos para ella. Así que cogió el apellido y me lo puso como nombre.

Sam solía llamarme Lizzy a veces, si se sentía especialmente cariñoso. Se daba la vuelta en la cama, me besaba mientras pensaba que estaba dormida y me susurraba: «Buenas noches, Lizzy».

Se me erizan los antebrazos y me paso la mano por la piel.

—Vale… —Henry me mira de reojo—. Con que Elizabeth Bennet, ¿eh?

—No me digas que no conoces Orgullo y prejuicio.

Se rasca el mentón.

—Creo que lo leí en la escuela, aunque no me acuerdo.

—La versión de Keira Knightley es una maravilla y la mejor película que se ha hecho jamás.

—Fuertes declaraciones.

—Lo digo en serio.

—Entonces tendré que verla, ¿no? —Sonríe. Me gustaría no fijarme en ese hoyuelo cada vez que lo hace.

Aprieto los labios.

—Solo si no tienes nada en contra de las historias de amor.

Lo sopesa un segundo y deja que su mirada se desvíe a la mesa que hay junto a la nuestra: un niño pequeño sentado en una trona agarra una tortita con las manos y la mesa está toda chorreando de sirope de arce.

Henry coge una bolita de patata del plato que tenemos delante, se la lleva a la boca, la mastica y se encoge de hombros.

—Todas las historias son historias de amor.