Passion Project Capítulo 10 #2
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Capítulo 10 #2

—Entonces creo que es el destino, caballero. ¿Quiere adoptarlo?

Asiente y se le dibuja en el rostro arrugado una expresión de regocijo infantil, con los ojos brillantes y llenos de emoción.

Relleno el papeleo mientras el corazón no deja de martillearme en el pecho y le informo que el refugio tendrá que hacerle una visita en casa antes de entregarle a Fred, aunque le aseguro que estará en las mejores manos hasta entonces.

No puedo apartar la vista de Fred la siguiente hora mientras me imagino a un señor mayor de voz apacible que tiene a dos cachorros adorables en el transcurso de su vida.

Fred y Ginger. No podría ser más trascendental.

Henry me mira por el rabillo del ojo, sonriente, como si supiera lo mucho que significa para mí haberle encontrado un hogar a Fred.

Me siento más ligera, más alegre y un poquito más optimista, y le devuelvo la sonrisa mientras la brisa primaveral hace volar unos diminutos pétalos blancos por el aire, como una lluvia de confeti.

Y en ese momento, como a propósito, Fújur Junior se hace pis en mi pie.

Terrance acude corriendo como un superhéroe, haciendo ondear un par de sandalias en el aire.

Cuando pegué un chillido al sentir cómo el regalito de Fújur calaba mis zapatillas deportivas, Terrance salió corriendo hacia la oficina del refugio, a un par de manzanas de distancia, en busca de unos zapatos de recambio.

—Te van a estar grandes, pero es mejor que ir andando con unos zapatos en los que se han hecho pis —dice cuando me entrega las sandalias.

Me quito el calcetín y me enjuago el pie con agua embotellada antes de ajustarme las sandalias. Henry guarda mis zapatos y mis calcetines en una bolsa de plástico.

—Gracias. —Pruebo las sandalias, que me quedan unas tres tallas grandes—. Las devolveré en cuanto pueda.

Henry y yo nos giramos para marcharnos y me tropiezo al pisar mal con las aletas de buceo. Él me sujeta por el codo y me ayuda a recuperar el equilibrio. Sus dedos me sostienen con firmeza.

—¿Estás bien? —pregunta.

—Sí. —Asiento al erguirme—. Gracias.

Henry me suelta y yo me paso los dedos por el punto del brazo donde acaba de tocarme.

—Gracias —repito.

—Ya lo has dicho.

Se me suben un poco los colores.

—Vámonos.

—Esperad —nos llama Terrance—. ¿Os apetece hacer algo?

Henry acepta de inmediato, faltaría más. Siento que no tengo otra opción, así que me uno a ellos.

Terrance nos lleva a un restaurante, Tom’s Restaurant, a tan solo unas manzanas de donde se ha hecho la actividad para promover la adopción.

La entrada del establecimiento me suena, al principio no sé por qué, pero veo a un par de personas sacar fotos al letrero de neón rojo y azul en el que pone Restaurant que hay sobre la puerta.

—Te suena de la serie Seinfeld —me susurra Henry cuando abrimos la puerta.

Pues claro, me pasa por la mente como un rayo el recuerdo de ver ese letrero de neón en la pantalla de mi tele en las noches en que me quedaba dormida con la televisión encendida.

No obstante, es un restaurante completamente normal, un buque insignia cultural a la vista de todos, ahí en una calle del norte de Manhattan como si nada, como si no fuera una celebridad.

Nos sentamos en una mesa pequeña con sofás acolchados a ambos lados; Terrance toma asiento enfrente de Henry y de mí, un poco apretujados, uno al lado del otro. El restaurante huele a bacon chisporroteante, sirope de arce y café. Es una delicia.

Pido un batido y me lo bebo tan rápido que el frío casi me provoca dolor de cabeza.

Henry mezcla su batido de fresa con una cañita y Terrance se toma una cerveza de raíz con helado de vainilla.

—Os agradezco que nos hayáis echado una mano —Terrance habla con voz gutural, entrecortando y separando las palabras, como Jesse Eisenberg en la película sobre Facebook—. Yo invito a los batidos.

Inclino el vaso para que el último resto de helado derretido se quede en el borde y pueda intentar sacarlo con la cañita antes de darme cuenta de que Henry y Terrance me están mirando.

—Gracias —digo mientras deposito el vaso en la mesa y lo empujo con dos dedos. A Henry se le escapa una risotada a mi lado.

—Bueno, ¿qué os ha hecho ser voluntarios hoy? —pregunta Terrance.

—Queríamos probar algo nuevo —contesta Henry encogiéndose de hombros.

—Guay, guay, guay. Eso mola. —Terrance asiente con la cabeza unas treinta veces.

Henry posa los ojos sobre mí.

—Bennet se ha enamorado de Fred.

—Me alegro tanto de que le hayáis encontrado un dueño hoy, si no, mi novia seguramente lo hubiera adoptado. —Toma un sorbo del vaso; la espuma del helado se le queda en el bigote y veo cómo se van explotando las burbujas hasta que no queda ninguna.

—¿Por qué trabajas en el refugio, Terrance? —pregunta Henry.

Terrance se aclara la garganta como si hubiera estado esperando toda su vida a que alguien le hiciera esa pregunta.

—Mi madre tenía una peluquería canina en el sótano de casa, así que siempre me han gustado los animales. Aunque la mayor parte del tiempo trabajo de banquero. Es lo que paga las facturas mientras intento dedicarme a lo que me apasiona de verdad.

—¿Y qué es? —Henry sonríe con aire burlón. Reprimo las ganas de pegarle una patada en el tobillo.