Passion Project Capítulo 10
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Capítulo 10

T odo el mundo a dora a Henry, i ncluso los perros. Le ponen la patita en la pierna, se quedan dormidos en su regazo, le chupan la nariz. ¿Y yo qué soy, hígado picado? No, porque en realidad a los perros sí que les gusta el hígado picado.

La primavera pronto dará paso al verano; mientras, los árboles siguen en flor.

Los charcos de suciedad que hay en las aceras están cubiertos de un polen de color amarillo lechoso y las personas pasean con pañuelos en los bolsillos.

La primavera puede traer consigo barro y tierra y alergia, pero la verdad es que sienta bien descongelarse tras un largo invierno.

Henry y yo estamos sentados ante una mesa plegable en el parque Morningside.

Llevamos unas camisetas azul real a juego en las que pone Colegas Perrunos en el pecho y estamos junto a un cercado lleno de perros que juegan y toman el sol.

Henry se tomó mi sueño infantil al pie de la letra y nos ha apuntado como voluntarios en un evento para promover la adopción.

Hay perros de todas las edades, desde recién nacidos a perros adultos rescatados de las calles de Puerto Rico.

Hay un basset hound viejito de pelaje marrón rojizo que se llama Fred al que abandonaron cuando su dueño falleció.

Después de un año en el refugio, todavía no lo han adoptado.

Me da pena Fred, que ve cómo van adoptando a los cachorritos uno tras otro, mientras que nadie le presta atención.

Espero que hoy lo adopten, con esos ojos oscuros y caídos y el hocico húmedo.

Los perritos adorables atraen a los viandantes y luego Henry y yo apuntamos el nombre y la dirección de correo de las personas interesadas en adoptarlos.

Henry es, como no puede ser de otra forma, un vendedor nato, a pesar del chihuahua demoníaco que tiene en el regazo y que muerde los dedos de las personas interesadas en adoptarlo.

El organizador, Terrance, es un hombre bajito con el pelo rizado que le llega hasta los hombros y un bigote apenas visible. Nos presenta a los perros, nos equipa con un portapapeles y bolígrafos y nos entrega un fajo de postales con perritos tristes para que las repartamos.

—¿Tuviste un perro cuando eras pequeño? —le pregunto a Henry mientras garabateo el logo del cuervo en la esquina de un formulario de adopción.

—No —dice risueño—, pero sí que tuve una mascota.

—¿Un gato? —No parece un amante de los gatos. En absoluto.

—No —contesta—, tuve un lagarto llamado Fújur. —Recoge un mordedor de la mesa que tenemos delante y se lo da al perro que tiene en el regazo. El animal lo agarra de inmediato y gruñe cuando Henry empieza a jugar al tira y afloja con él.

—No sé si lo digo como un insulto o no, pero de verdad que nunca sé qué es lo siguiente que va a salir de tu boca. ¿Cómo que un lagarto? ¿En serio? —El chihuahua gruñe cuando Henry gana la ronda del tira y afloja. Tiene sed de venganza.

—Me encantaban los reptiles. Era todo un bicho raro.

Me recuesto en la silla y dejo el bolígrafo en la mesa. Un escalofrío me recorre la columna al pensar en un reptil cubierto de escamas.

—¿Fújur como en La historia interminable ?

—¿Cómo si no?

—Guau, eras un friki —declaro—. Lo siguiente que me vas a decir es que tienes una colección de rocas o algo así. —El chihuahua me clava la mirada en el alma con sus ojillos negros y brillantes. Se está volviendo muy protector con Henry.

—Pues… —Se le encienden las mejillas y baja la mirada hacia su regazo.

—No te creo —digo.

—Puede que tenga una colección de rocas, sí.

—Dios mío.

Esboza una sonrisa tan amplia que se le arruga la piel alrededor de los ojos.

—A todas les puse nombres de personajes de La guerra de las galaxias.

—Dime que estás de coña. Ahora mismo. Por favor.

—Me temo que no. Oye, igual adopto a este pequeñín y lo llamo Fújur Junior —dice para luego sobornar al chihuahua con unas chuches para perros. Fújur Junior por poco no le arranca los dedos.

Sonrío ante la idea de un niño pequeño con la nariz presionada en un terrario para lagartos y rodeado de figuras de acción y rocas a modo de mascotas.

No sé cómo esperaba que fuese de pequeño, pero así, desde luego que no.

Hace que parezca más real y menos un desconocido atractivo lleno de energía, misterio e ideas descabelladas.

—No adoptes a este perro, te lo ruego. Es un demonio, mira. —Extiendo la mano para acariciarlo y al instante emite el ruido más espantoso que jamás haya oído provenir de un animal tan pequeño. Retrae el hocico y enseña los dientes, que parecen de tiburón—. ¿Ves? Me odia a muerte.

—Puede notar que no te cae bien. ¿A que sí, Fújur Junior? —Le rasca el cuello y el perro se derrite como la mantequilla en sus manos.

—Ya, bueno, el sentimiento es mutuo —digo con desprecio. El perro suelta unos ladriditos.

Henry lo devuelve al cercado para que merodee y atraiga a más adoptantes. Es despiadado, pero supongo que también es monísimo.

Henry se recuesta lo más que puede en la silla plegable y cruza las piernas.

—¿Con quién te casas, con quién te acuestas y a quién matas? Han Solo, Luke y Finn.

—No. —Niego con la cabeza—. No tengo once años.

—Sígueme el rollo —dice pestañeando—. ¿Por favor?

Sé lo persistente que es este hombre. No va a dejarlo pasar, así que decido darle el gusto. Hace tiempo que no veo las películas, pero recuerdo lo suficiente como para seguirle el juego.

—Me caso con Han, mato a Luke y no me acuesto con nadie porque no soy una friki.

Se ríe.

—¿Matas a Luke? Qué rebelde.

—Te toca. ¿Con quién te casas, con quién te acuestas y a quién matas? Chewbacca, Jabba el Hutt y Jar Jar Binks.

Se pone pálido.

—Ni de coña.

—Así que donde las dan, no las toman. Ya veo cómo va la cosa.

Me mira horrorizado.

—Estás mal.

—Sí, lo estoy. —Alzo una ceja—. Venga.

—Está bien. —Cierra los ojos para concentrarse—. Me caso con Chewie porque es leal. —Se le tuerce el gesto al pensar en las otras dos opciones—. Mmmm… Mato a Jabba el Hutt, supongo. Y queda…

La risa me estalla en el vientre como si fueran palomitas.

—Estás fatal de la cabeza.

—Qué mala eres. —Se le tiñen el cuello y las orejas con un rubor intenso.

—No me puedo creer que te acostarías con…

—Ni se te ocurra decirlo. —Se ríe, las mejillas también se le empiezan a teñir de rojo—. Por favor.

—Haríais una pareja estupenda Chewie y tú.

Se desploma y apoya la frente en la mesa que tenemos delante para taparse la cara.

—Me voy a quedar así lo que nos resta de tiempo. Por favor, no me molestes.

—Te la debía por haberme arrastrado hasta aquí.

—Creo que nos lo estamos pasando bien, ¿no? —dice levantando la cabeza y apoyando el mentón en la mano.

Imito su postura y lo miro de frente.

—No me gusta admitirlo, pero supongo que sí.

—¿Por qué no te gusta admitirlo?

No… lo sé.

—¿Hola? —interrumpe una voz. Nos ponemos firmes al oír a una mujer enfadada al otro lado de la mesa.

—Disculpe —me aclaro la garganta. No tengo ni idea de cuánto tiempo lleva ahí parada.

—Me gustaría ver ese perro, por favor. —Señala a Gumby, una cachorrita preciosa.

—Bennet, ¿quieres atenderla tú?

Asiento y sonrío a la señora.

—Sígame.

Dirijo a la mujer al vallado donde están los perros y le doy un puñado de chuches para Gumby. La perrita menea la cola, su pelaje de color caramelo brilla bajo el sol. Es como si nos estuviera sonriendo.

—No sabía que los perros rescatados pudieran ser tan monos.

Arrugo la nariz al oír ese comentario.

—Todos los perros merecen un hogar, en especial los rescatados.

—Por supuesto. —La mujer levanta a Gumby del suelo—. Es perfecta.

Miro de reojo a Henry, que nos observa con atención.

—¿Le importaría si le enseño otro perro que tenemos en adopción?

Henry niega con la cabeza. «No lo hagas». Le lanzo una mirada fulminante.

Levanto a Fred del suelo, con todo lo que pesa, y lo acuno entre mis brazos.

—Este es Fred. Es un poco mayor que los otros perros, pero es cariñoso y dócil… Y mire la carita tan caída que tiene. —Le doy a Fred unas palmaditas en la cabeza.

—Seguro que es muy bueno, pero solo me interesan los cachorros.

—Fred lleva un año en el refugio. Gumby solo lleva dos semanas…

—Quiero que sean mis propios conocidos quienes adiestren al cachorro. ¿Quién sabe el tipo de adiestramiento que ha tenido este perro? Además, es difícil asumir el compromiso de un perro al que quizá no le quede mucho tiempo entre nosotros.

—Fred es el único perro disponible hoy. Ya han adoptado a todos los demás. Es Fred, o ninguno —miento entre dientes.

Sacude la cabeza, con las mejillas rojas de irritación.

—Quizás la próxima vez.

Abrazo a Fred contra el pecho y vuelvo a mi puesto enfurruñada mientras le acaricio la frente.

—Ni siquiera se ha molestado en mirar a Fred. Nadie se molesta en mirarlo. Odio que lo dejen de lado porque es diferente.

Henry me coloca una mano en el hombro y me da un apretón.

—Seguiremos intentándolo.

—Te adoptaría si pudiera —le digo al sabueso—. Lo siento.

Mientras Fred hunde su húmedo hocico en mi codo, se acerca un anciano con una boina de repartidor y una chaqueta de tweed que abriga demasiado para el clima de principios de verano. Mira a Fred y se acerca con timidez a nuestra mesa.

—Qué perro tan bonito —comenta el hombre frunciendo el ceño.

Henry me mira, con los ojos abiertos, como para decir: «Es él. Es él. Es él. Es él».

Me levanto y sujeto a Fred para ponerle la carita caída en posición y que este hombre la pueda adorar. Se detiene y, tras dedicarle una mirada significativa al perro, se le empiezan a aguar los ojos. Se ríe mientras se seca una lágrima.

—Lo siento —se disculpa con voz ronca—. Una vez tuve a un perro igualito que este. Es como una cápsula del tiempo. Es asombroso.

—Este es Fred —digo, mientras lo mezo como a un bebé—. Saluda, Fred. —El perro menea la cola como respuesta.

El hombre inspira y casi se ahoga al contener un grito.

—Mi antigua perrita se llamaba Ginger.

La coincidencia con el título de la película italiana Ginger y Fred nos deja a Henry y a mí sin aliento, casi a la vez.

Sonrío y aprieto a Fred contra mi cuerpo una vez más.