Capítulo 9 #3
Andy conoció a Theo un año después de que Sam falleciera.
Acababa de empezar las prácticas con un comprador de arte que trabajaba para uno de los clientes famosos de Theo, y Andy, al parecer, causó buena impresión.
Siempre ha tenido un gusto exquisito, y el que Sam y ella nacieran en una cuna de oro se tradujo en que ella también tuviera gustos sofisticados.
El señor y la señora Chase se aseguraron de que no les faltara nada y, cuando aparecí yo, su generosidad también me incluyó a mí.
A Sam siempre le avergonzó su riqueza, pero a Andy no.
No por vanidad ni por egoísmo, sino porque para ella era algo natural.
Las prácticas en aquella empresa de prestigio de Los Ángeles le fueron genial.
Parecía que su destino hubiera sido siempre codearse con las personas más brillantes del mundo, incluido un elegante abogado especializado en el mundo del entretenimiento de unos treinta años llamado Theo.
Los he visto juntos solo una vez, cuando Andy me pagó el billete para que fuera a Los Ángeles.
Acababan de empezar a salir y yo seguía en un estado casi catatónico.
Theo nos llevó a restaurantes de lujo, a visitar estudios de grabación cuyos nombres no recuerdo e incluso nos presentó a un par de sus clientes.
Odié cada segundo que pasé allí: el verla feliz, la bruma aséptica de Los Ángeles, las palmeras, lo falso que era todo.
También odié detestar todo aquello, pero no podía remediarlo.
Andy me suplicó que me viniera a vivir con ella al final del viaje. Recuerdo la última conversación, la que acabó con todo.
—Bennet, no puedes vivir así. Sam no lo habría querido.
Estábamos tumbadas en la cama de su apartamento junto al mar, quedaban tan solo un par de horas para mi vuelo de vuelta a casa. Las ventanas estaban entreabiertas y dejaban que el aire contaminado de Los Ángeles se colara suavemente a través de las cortinas.
—Sé lo que quería Sam, y era que viviéramos en Nueva York.
—Querría que fueras feliz. Querría que pasaras página. —La melena pelirroja de Andy se extendía sobre su edredón de seda.
—No puedo. —Cerré los ojos para no tener que verla.
—¿Qué hay de la chica que quería viajar por Europa conmigo después de la graduación? ¿Eh? ¿Qué hay de esa Bennet? No te he visto sonreír en todo el tiempo que has estado aquí.
Una risa nada amable se me escapó por la garganta.
—Tú sí que no tienes problema para sonreír.
Se irguió de golpe, el pelo le enmarcaba los hombros.
—Por Dios, Bennet.
—No parece que te haya afectado en absoluto.
—¿Qué quieres decir con eso?
—Nada. —Me acurruqué en posición fetal, de espaldas a ella—. Olvida lo que he dicho.
—No. Dilo.
Me quedé en silencio, negándome a responder. Andy me sacudió el hombro.
—Que lo digas.
—Vale. —Me incorporé en la cama para quedar frente a ella—.
¿Cómo has podido pasar página así de fácil?
¿Acaso no lo echas de menos ni un poco? Porque no lo parece, ¿y cuánto ha pasado?
¿Dos años? Parece que estás más que encantada de llevar una vida de glamur aquí con este desconocido y que te da completamente igual que tu hermano haya muerto. Es una falta de respeto, Andy.
Me arrepentí en cuanto lo dije.
Apretó la mandíbula y puso cara de disgusto, con el ceño fruncido. Solo la había visto poner esa expresión una vez, en la jaula de bateo, antes de que se enfadara conmigo y con Sam. Esta vez, cuando habló, lo hizo con una voz tranquila y serena, pero que rebosaba ira.
—Solo porque he seguido adelante con mi vida no quiere decir que no eche de menos a mi hermano. ¿Cómo te atreves a insinuar lo contrario?
—Andy…
—No, ya tuviste tu turno para hablar. Ahora me toca a mí.
No te olvides de que yo lo quise muchísimo más tiempo que tú.
Pienso en él cada segundo de cada día. Cuando estoy con Theo es el único momento en el que no siento que mi corazón se esté haciendo añicos.
Adelante, júzgame, pero conozco bien a mi hermano, y se alegraría por mí.
Respiraba de forma entrecortada y superficial.
—Andy, yo…
—¿Sabes qué? Me da igual. Vete a Nueva York. No termines nunca la carrera. Vive en tu mundo de tristeza. Haz lo que te dé la gana, Bennet, pero no te atrevas a cuestionar mi duelo o el amor que le guardo a mi hermano.
Se levantó, se dirigió hacia la puerta y agarró el pomo con los dedos. En el último momento, se dio la vuelta hacia donde yo estaba y me dijo con voz temblorosa:
—Te quiero, Bennet. En mi familia te queremos muchísimo y sé que estás muy perdida en tu propio dolor como para darte cuenta de lo mucho que me han herido tus palabras.
—Se le deslizó una lágrima por la mejilla mientras hablaba—.
Mmm… —Parecía que iba a decir algo más, pero cambió de idea y sacudió la cabeza—.
Si necesitas que te llevemos al aeropuerto, Theo llegará a casa del trabajo dentro de diez minutos.
Cerró la puerta a su paso y yo terminé de hacer la maleta.
Nuestra relación se fue enfriando después de aquello.
Sé que herí sus sentimientos al alejarme.
Lo supe cuando le dije aquellas palabras tan espantosas, pero no pude detenerme.
Es como si una enfermedad se hubiera apoderado de mí y me consumiera el cuerpo, y no pude hacer más que sucumbir.
En los meses siguientes, me llamaba, pero yo no le contestaba.
Me escribía y yo le respondía a los días, si es que lo hacía.
Y ahora ha tenido un último gesto conmigo: enviarme una invitación para reservar la fecha de su boda.
Me acabo la bolsa de patatas fritas y la tiro a la papelera al lado de la cama. Con los dedos grasientos y llenos de sal, desbloqueo el móvil y me encuentro un mensaje de Henry:
Ya tengo el lugar para mañana.
No te arregles mucho.
Le respondo con los emojis d e l pulgar hacia arriba y del melón.