Passion Project Capítulo 9 #2
24%

Capítulo 9 #2

Andy era un paquete jugando al béisbol. Era una de las cosas que más me gustaban de ella, el que alguien que parecía ser buena en todo no pudiera golpear la pelota con el bate, por muy fácil que Sam se la lanzara.

Me encantaba tener algo para poder meterme con ella, aunque la sacaba completamente de quicio.

Nuestra única pelea de verdad, antes de todo lo que ocurrió con Sam, fue una de esas noches: Andy no conseguía darle a la pelota pese a muchos intentos e insistía en que nos quedásemos hasta que lo consiguiera.

Sam y yo estábamos exhaustos e intentamos convencerla para marcharnos, cuando de repente se revolvió y empezó a gritar que ya no estábamos de su parte, que la estábamos dejando de lado.

Fue impactante. Siempre había parecido apoyar nuestra relación, pero yo era amiga suya antes de enamorarme de él.

Nos presentó ella. Estuvimos gritándonos hasta que se marchó echando humo por las orejas y Sam me llevó a su piso en silencio con el coche.

A la mañana siguiente, cuando abrí la puerta del piso de Sam para ir a clase, había una pelota de béisbol en la alfombrilla.

La recogí, la giré y vi que habían escrito: «Lo siento.

Te quiero» con un rotulador permanente rojo.

Se convirtió en una especie de bandera blanca entre ambas: cada vez que nos peleábamos o queríamos pedir perdón, la colocábamos a escondidas en un lugar para que la otra la encontrara, y todo mejoraba al instante.

Un perdón instantáneo. «Lo siento. Te quiero».

Nuestra pelota de la disculpa funcionó hasta que metí tanto la pata que ni siquiera sé dónde acabó la dichosa pelotita.

No tengo una jaula de bateo a mi disposición en Columbus Circle, así que decido que el enfado se me pasará con una caminata.

Paso ante montones de basura, ante un hombre que recoge botellas de refresco vacías y las guarda en grandes bolsas de plástico, y una mujer que empuja un carrito de la compra con estampado de flores de los que llevan las abuelitas.

Huelo el dulce aroma a canela de un puesto de frutos secos garrapiñados.

Paso ante un hombre que recoge unas camisetas con grafitis que tenía expuestas y ante un niño que juega con varitas luminosas.

Paso junto al centro cultural Lincoln Center.

Dios, es como si todo se mezclase y la olla a presión que tengo dentro del cráneo pasara a toda velocidad de mi trabajo sin futuro a Andy, a Sam, a Sonya y de vuelta al señor Kirk; me siento tan pero tan frustrada.

Estoy frustrada con Andy por seguir adelante.

Estoy frustrada con Sonya por intentar emparejarme antes de estar preparada.

Estoy frustrada con Sam por haberse muerto.

Y estoy frustrada conmigo misma por… por todo.

Ahora que lo pienso, también estoy frustrada con Henry por pensar que sería tan fácil arreglarme, que sería tan fácil que yo encontrase una pasión y mi vida cambiase por completo.

Paso ante un hombre que duerme en una caja de cartón aplastada. Paso ante una tiendecita de barrio vacía y ante una pareja que se da el lote en la escalera de una vivienda.

«Mis mejillas son reales. Mi barbilla es real. Mis labios son reales».

Me cruzo con una mujer que pasea a un gato con correa. Me cruzo con un hombre cubierto de arriba abajo de pintura plateada que se dirige claramente a casa después de haber estado haciendo de robot humano en Columbus Circle.

«Respira».

Kirk es solo un hombre inseguro que no tuvo poder de niño y ahora se está aprovechando. Seguro que ni siquiera presenta ninguna queja. Soy una buena trabajadora. Mantengo el pico cerrado y hago mi trabajo. Solo estaba hablando por hablar.

Henry solo está siendo amable. Andy solo está intentando sobrevivir. Sonya y Jamie solo están existiendo. Sam solo… se ha ido.

«Vuelve a la tierra, Bennet».

Me duele el cuerpo por el turno de ocho horas y el paseo de quince manzanas para quitarme el berrinche, así que cedo y hago el resto de trayecto hasta casa en metro. Me voy calmando, con cada parada la frecuencia cardíaca me va disminuyendo.

Mañana es sábado, supuestamente el día que había quedado con Henry, pero son ya las once de la noche del viernes y todavía no he tenido noticias suyas.

Solo cuando llego a la puerta del piso caigo en la cuenta de que también podría ser yo quien le escriba a él. Me da un escalofrío. Me pone nerviosa la idea de invitar a alguien a salir. No recuerdo la última vez que lo hice.

Sopeso los pros y contras de enviarle un mensaje a la vez que evito subir las escaleras al apartamento donde están Jamie y Sonya acurrucadas en el sofá.

Pro: será gratificante cultivar una amistad.

Contra: la amistad sería con un chiflado al que le gusta hablar con desconocidos.

Pro: puede que descubra mi pasión.

Contra: descubrir mi pasión significaría que me he quedado sin excusas.

Pro: mañana tendré un plan.

Contra: mañana tendré un plan.

Voy de un lado a otro de la acera. Solo es un mensaje, no debería ser para tanto. Abro los mensajes y redacto uno.

Me parece que tu dibujo del cuervo

demoníaco me ha dado poderes.

Esta mañana he encontrado unas

plumas en el desagüe de la ducha

y he destrozado un vaso de agua solo

con la fuerza de la garra. Uy,

quería decir de la *mano*.

¿Es normal?

«Enviar. No le des más vueltas».

Me acerco a la tienda de la esquina a por una bolsa de patatas fritas con sal y vinagre y un ginger-ale, mis aperitivos nocturnos preferidos. Estoy a punto de pagar cuando me vibra el móvil en el bolsillo.

Lo he consultado con el hombre-melón

tatuado que vive en mi armario.

Cobró vida poco después del taller.

Dice que no pasa nada.

La cajera me pilla soltando una risita. Introduzco la tarjeta en el lector deprisa y pago por la comida. Cuando salgo a la calle, tecleo:

¿Este hombre-melón es médico?

Es un poco joven para ir dando

consejos tan a la ligera si solo

lleva una semana vivo…

Henry se toma más de un minuto en responder.

Abro la bolsa de patatas y me apoyo en una farola.

No hay muchas personas fuera a esta hora, pero cruzo la mirada con el bulldog más gordinflón que he visto en la vida.

Lo pasea una veinteañera atlética vestida de pies a cabeza con ropa deportiva de Lululemon.

Me hace gracia la yuxtaposición. Me vibra el teléfono.

Dice que es mejor que no lo

cuestiones.

El mensaje viene acompañado de una selfi de Henry con el melón, solo que al melón le ha garabateado una cara enfadada con rotulador permanente. Se sujeta un cuchillo de untar contra la garganta, como si el melón lo estuviera amenazando.

Porfa, dime que te has tenido

que levantar para coger el cuchillo

y que no duermes con uno

al lado de la cama. Menudo aire

de asesino en serie.

Empieza a teclear al instante.

Los puntitos azules aparecen en la parte inferior de la pantalla, pero desaparecen al poco tiempo. Supongo que no es muy bonito acusar todo el rato a alguien de ser un asesino en serie. Al final, los puntitos vuelven a aparecer y responde:

¿Hay algo que te hubiera gustado tener

de pequeña?

Bloqueo el móvil y me lo coloco bajo la barbilla mientras lo pienso. La chica vestida de Lululemon y su bulldog vuelven a pasar por mi lado. Camina a paso ligero y malhumorado junto a ella, la tripa casi le va rozando el suelo.

Me da una respuesta a la pregunta.

Una mascota.

Empieza a teclear, pero se detiene. Espero unos segundos, pero no responde, así que me guardo el teléfono en el bolsillo y subo las escaleras.

Paso de puntillas a mi cuarto y esquivo los montones de ropa sucia que hay en el suelo antes de desplomarme en la cama.

Me quito los zuecos y los dejo caer con un golpe sordo.

Me apoyo el ordenador sobre el pecho para tener la pantalla a unos centímetros de la cara y meto la mano en la bolsa de patatas.

Intento olvidar por todos los medios que es viernes por la noche en uno de los sitios más poblados del mundo y que estoy sola.

Me llevo un par de patatas fritas a la boca y hago scroll en Instagram mientras Mentes criminales se reproduce de fondo en el portátil.

Andy ha vuelto a publicar una imagen preciosa de la sesión de fotos de compromiso que se hicieron.

Oigo lo fuerte que crujen las patatas fritas cuando amplío la pantalla.