Passion Project Capítulo 9
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Capítulo 9

H a pasado casi una semana desde la última vez que hablé con Henry.

El domingo me tocó trabajar repartiendo revistas delante del edificio Flatiron mientras llovía a cántaros.

El lunes, en una cena de gala en el NYAC para homenajear a sus socios jubilados.

El martes, el miércoles y el jueves me tocó en la biblioteca con Sal, con lo que llegamos h a sta hoy.

Me queda solo un turno en el catering del NYAC y tendré todo el fin de semana libre para ver Mentes criminales.

Tengo dos días enteros por delante sin ningún plan.

Me empieza a vibrar el móvil en el bolsillo trasero y no para, lo que me resulta extraño, porque ya casi nadie me llama.

Desbloqueo la pantalla y respiro hondo cuando veo que me está llamando mi madre.

Trago saliva, me aclaro la garganta y me esfuerzo por poner una voz alegre y animada.

Mis padres piensan que estoy cumpliendo mis sueños en la gran ciudad, feliz como una perdiz.

—Hola —saludo con una voz un tanto aguda que no termina de sonar natural.

—¡Hola, cielo! —Se escucha una música tenue de fondo, probablemente esté cocinando.

—Hola, mamá. No puedo hablar, estoy trabajando.

—Siempre estás trabajando —se queja. El chirrido de la batidora estalla por el altavoz del teléfono. Así que no está cocinando, sino que le está haciendo un batido a papá—. Ojalá llamases más.

—Lo sé —respondo mientras camino de un lado a otro delante de la zona de carga del NYAC—. Es que estoy liadísima —miento—. ¿Podemos hablar luego? Tengo que irme, de verdad.

—Claro —dice con un atisbo de preocupación en la voz—. Cuídate. Te quiero.

—Yo también te quiero —contesto apresuradamente antes de colgar. Respiro hondo por la nariz y exhalo por la boca.

Pienso en aquel año espantoso que pasé en casa después de dejar la universidad y antes de mudarme a Nueva York.

Mi madre estaba preocupadísima por mí. Yo no comía.

La comida perdió su sabor y, de todos modos, no podía retener nada en el estómago.

No veía la tele ni leía libros ni escroleaba en Instagram.

Existía. Estaba en estado catatónico. Sonya vino a visitarme un par de veces, supongo que porque mi madre pensó que tenerla aquí me sacaría del cuarto, pero lo único que consiguió eso fue hundirme más aún.

Una noche, mamá se sentó en el borde de la cama sollozando y me rogó que la dejara ayudarme. Pero no había ayuda posible. Yo no era humana. No tenía ningún interés por recuperarme.

No puedo reconocerle a mamá que todavía me siento como la chica que estaba en la cama, tumbada sin moverse y viendo la vida pasar. Si lo hiciera, no creo que ella pudiera soportarlo.

Echo de menos a mis padres, sin embargo, es mejor así, con unas cuantas llamadas falsas y alguna que otra foto en la que salgo con Sonya y luzco normal, feliz y bien. Es mejor que no sepan la verdad.

Ahí de pie en la zona de carga del NYAC, le temo al turno que se avecina.

Puede que sea pensar en que el señor Kirk se va a portar como un auténtico capullo, o la idea de que un puñado de ancianos me van a tener corriendo por todo el edificio como una loca para que les lleve un poco de mayonesa, o puede que sea porque estoy cansada de ser invisible.

A veces llego a casa después de uno de estos turnos con la extraña sensación de que no existo en absoluto, de que soy un producto de mi imaginación, hecho para sonreír y servir.

Por desgracia, estoy aquí atrapada porque el sueldo es jugoso y estoy desesperada. Me pongo la chaqueta granate y la pajarita. En la etiqueta que me ha tocado hoy pone Brad . Al menos no hay rastro de Kirk. Igual es su noche de descanso.

Cojo una bandeja con cócteles de gambas y me dirijo a la fiesta.

Todos los invitados han acatado el código de vestimenta y van de etiqueta, los hombres con esmoquin y las mujeres ataviadas con seda fina y satén.

Todo el mundo huele a perfume de limón y jabón de lavanda, y parece que se lavan los dientes con agua mineral.

Solo puedo ver este lado de Nueva York a través de un espejo, pero nunca puedo tocar nada.

Los lugares en los que trabajo son todos el mismo perro con distinto collar.

O, mejor dicho, el mismo perro, pero con distinto chal de lentejuelas.

Llevo ya unas horas sirviendo gambas cuando los invitados se sientan en sus respectivos asientos.

Mesa por mesa, voy pasando un paño blanco con una botella grande de agua con gas y rellenando vasos hasta que una mujer con un pantalón de traje azul eléctrico me saca del comedor tirándome con delicadeza del codo.

—Tesoro —susurra, con acento sureño—, ¿me puedes hacer un favor?

La botella de agua de cristal me empapa las manos.

—Me da vergüenza tener que pedirte esto, pero ¿no tendrás por casualidad… un tampón? —Mira con nerviosismo hacia su mesa. Debe de tener al menos cuarenta años y está demasiado turbada como para pedírselo a una de sus amigas pijas.

—No debo salir del comedor —le contesto mordiéndome el labio.

—Te lo ruego… —Cambia el peso de un pie a otro en sus tacones bajos—. Es una emergencia.

Una gota de agua fría me resbala por la manga cuando recuerdo el sermón que me echó Kirk.

—Podría meterme en un lío.

Arquea las cejas y hace un gesto de disgusto al mirar a su mesa.

—Tengo que hacer un brindis.

Igual me planteo ayudarla porque es la primera invitada distinguida que me habla, o quizá es porque estoy cansada de servir agua y vino.

—Creo que tengo uno en el bolso, pero tengo que ir abajo. ¿Puede esperar aquí?

—Eres maravillosa —dice relajándose y cambiando su postura tensa por una más aliviada—. No me moveré ni un pelo.

—Tardo cinco minutos —le indico antes de que se cierren las puertas del ascensor de servicio a mis espaldas.

Tardo mucho más de cinco minutos en bajar al sótano y buscar entre el contenido de mi bolso, pero encuentro lo que buscaba y me dispongo a subir de nuevo.

Llamo al botón del ascensor, pero no hace nada.

El indicador luminoso situado en la parte superior de la puerta señala que está en la quinta planta.

Han pasado ya diez minutos.

No tengo tiempo que perder.

Las escaleras de este edificio son como el juego de serpientes y escaleras.

Es muy fácil perderse, pero si sigo subiendo, espero llegar en algún momento al salón de la azotea donde se está celebrando el evento.

Continúo subiendo hasta que llego a una puerta que conduce a unas escaleras alfombradas.

Sigo ascendiendo hasta que vuelvo a oír la música de la fiesta.

Me late con fuerza el corazón, me arden los muslos y estoy sin aliento.

«Por Dios, Bennet, ¿qué te cuesta hacer ejercicio de vez en cuando?

». Consigo ubicarme cuando encuentro unas puertas familiares que llevan a la sala del evento.

Estoy a punto de alcanzar el pomo cuando alguien me agarra del hombro y me hace girarme.

El señor Kirk.

Me mira con ojos malignos de serpiente.

—¿Por qué no estás en la planta ahora mismo? —Tiene una voz nasal y aguda.

—Estaba de camino —digo mientras intento alejarme de él.

Se coloca delante de mí, cortándome el paso.

—Fredo ha dicho que dejaste de servir agua hace quince minutos. Eso es inaceptable. —Se comporta como si no servirle a un ricachón el agua con gas con la suficiente rapidez fuese tan grave como si yo personalmente le golpease a uno la cara.

—Una invitada me pidió que le hiciera un favor —le explico, guardándome el tampón en la manga.

—¿Qué era tan importante como para que tuvieras que abandonar la planta?

—Es un asunto femenino.

—¿Por qué no viniste a buscarme?

Pone los brazos en jarra. Me recuerda a cierto clip animado, con los ojos saltones.

«Porque no quería hacer pasar vergüenza a la amable señora del pantalón estupendo y porque tanto tú como el resto del equipo sois hombres cis».

—Discúlpeme por asumir que no tendría un tampón de sobra, señor Kirk —digo con aplomo.

Aprieta los labios y me fulmina con la mirada. «No deberías haber dicho eso, Bennet».

—Voy a tener que presentar una queja ante la empresa.

El corazón me da un vuelco y, acto seguido, me empiezo a arrastrar.

—No volverá a pasar nunca más. Por favor, lo prometo. —Me detesto por ponerme a suplicarle en vez de defenderme, pero necesito este trabajo, no importa lo imbécil que sea el señor Kirk—. Por favor, señor.

—Este es el segundo aviso, Bennet. Si hay un tercero, no se te pedirá que vuelvas.

—¿El segundo aviso? ¿Cuál fue el primero?

—La semana pasada llegaste tarde —refunfuña—. ¿No te acuerdas?

—¡No llegué tarde! Estaba aquí…

—¿Quieres que añada otro aviso ahora mismo? Porque no me está gustando esta actitud. —No, lo-lo siento. Por favor. —Inspiro hondo—. Necesito este trabajo. —No puedo fracasar en una cosa más.

Kirk aprieta los dientes y me mira de reojo. Se toma su tiempo pensando qué hacer conmigo, haciéndose el teatrero. Finalmente, dice:

—Que no vuelva a pasar.

Asiento.

—Por supuesto.

Se gira sobre los talones, como una peonza, y se dirige escaleras abajo a la cocina.

«Será desgraciado».

Me arranco la pajarita y la chaqueta granate horrenda y voy a pisotones hasta la puerta para salir al aire fresco de la noche. ¿Qué esperaba que hiciera, dejar que la pobre mujer sangrara en el escenario?

Si alguna vez me enfadaba tanto cuando íbamos a clase, Sam, Andy y yo íbamos a la jaula de bateo.

No se me daba bien darles a las pelotas de béisbol, pero tener un bate y romper cosas siempre conseguía ponerme de mejor humor.

Andy decía que era bueno para la salud que desahogáramos la ira en vez de reprimirla.

Sam siempre estaba ahí para hacernos de lanzador.

Nunca se enfadaba ni se alteraba. Siempre amable, siempre sensato, siempre buscando la solución racional a los problemas. Era una persona que buscaba soluciones.