Capítulo 8 #3
Sostenemos nuestros dibujos a la altura del pecho.
—Madre mía —digo antes de poder detenerme. A Henry se le da fatal. Pero realmente mal. Es un garabato. No puedo contener la risa—. Es de lo peor que he visto en la vida —jadeo.
—¿Cómo? —Estudia su obra—. Es… abstracto.
Me río tanto que se me escapa una lágrima.
—Parece que lo hubiera dibujado un niño malvado con los ojos vendados —resuello—. No, parece que alguien hubiera pisoteado a un pájaro y luego lo hubiera intentado recomponer de memoria.
—Qué mala eres —dice, pero se echa a reír al oír cómo me río.
—Henry, está poseído.
Gira el papel para poder verlo y lo observa con atención por primera vez. Se empieza a reír a carcajadas al ver la monstruosidad.
Kira se dirige hacia nosotros. Nos aguantamos la risa delante de la profesora.
—¿Qué pasa aquí que os hace tanta gracia? —pregunta con una sonrisa de desagrado.
—Nada, que acabo de dibujar un portal al inframundo —contesta Henry.
Kira se asoma por encima de su hombro para ver mejor el dibujo. Le pone una mano en la parte superior de la espalda.
—No está tan mal. —Le da unas palmaditas con suavidad entre los omóplatos—. Sigue intentándolo, cada vez lo harás mejor. —Le dedica una mirada intensa, una que cualquier chica reconocería como coquetona. A mí ni siquiera me mira antes de pasar a la siguiente mesa.
—Eres el favorito de la profe—murmuro entre dientes.
—No es mi culpa que sepa reconocer a un verdadero genio.
—Sí, claro. —Pongo los ojos en blanco—. Está superinteresada en tu arte precisamente.
—Si me tienes envidia, no puedo hacer nada al respecto. Creo que alguien debería tatuarse esto para siempre. Estaré encantado de hacerlo, solo tienes que pedírmelo.
—Solo digo que nadie describiría ese dibujo como «no está tan mal» a menos que se quisiera acostar contigo.
—Ah, en ese caso no debería hacerme ilusiones porque lo hayas descrito, y cito textualmente, como «de lo peor que he visto en la vida».
Me trago la respuesta. Estamos casi rozando el terreno del coqueteo.
—Eso es —digo mientras me encorvo sobre el papel. Henry vuelve al suyo también y dibujamos en silencio durante unos minutos.
Finalmente, toca tatuar el melón. Kira nos indica que empecemos haciendo líneas rectas, luego líneas curvas y que después intentemos tatuar el pájaro.
En el primer intento, hago una escabechina con el melón.
Si estuviera tatuando a una persona, la pobre tendría que irse directa al hospital.
El jugo pegajoso me chorrea por las manos y tengo que secármelas en los vaqueros cuando dejo la máquina para ver a Henry en acción.
No se le da tan mal. A pesar de sus habilidades artísticas irrisorias, tiene el pulso firme y delicado.
Cuando se acaba el taller, cada uno tiene un meloncito que recuerda a la cabeza de Vin Diesel si estuviera cubierta de tatuajes de cuervos.
La verdad es que me he sorprendido a mí misma.
La mayoría tira el melón al salir, pero yo decido quedarme el mío.
Sé que se echará a perder rápido, pero todavía no me he cansado de ver las preciosas imperfecciones que he creado con mi mano.
Puede que me pase días contemplando su horrenda piel.
Henry y yo damos un paseo sin prisa hasta la estación del metro por los alrededores del parque.
Los árboles y las enredaderas entrelazadas con la valla de hierro forjado que bordea la acera tapan el sol y nos proporcionan una agradable sombra moteada mientras caminamos.
Inhalo el aroma ahumado a perritos calientes de un carrito de la marca Sabrett que hay cerca y escucho el sonido amortiguado de un tambor metálico caribeño que alguien toca en el parque.
Instantes como este, cuando puedes alejarte del caos de algunas zonas de Nueva York, pero estás lo suficientemente cerca como para oírlo y olerlo todo, son los momentos en los que más me gusta la ciudad.
Es como oír el océano en una caracola, como cerrar los ojos e inhalar el aroma a galletas recién hechas.
Un momento entre la vida real y un estado onírico. Casi hipnótico.
Henry se pasa el melón de una mano a la otra.
—¿Y bien? —pregunta como un niño a la espera de aprobación—. ¿Te has divertido?
Hago una mueca para intentar no darle la satisfacción de sonreír.
—¿A ti qué te parece?
Se coloca el melón bajo el brazo.
—Me parece que sí, que te ha encantado y que vas a tener todo el brazo tatuado antes de Navidad.
—Algo así —digo—, menos lo de todo el brazo tatuado.
—Sé que probablemente no acabarás siendo tatuadora, pero al menos ha sido una aventura.
—Sí que lo ha sido. —Le doy vueltas al melón con las manos, estudio las líneas y las formas—. Gracias por, eh…, hacerme cambiar de idea.
—Bah. —Gesticula con la mano—. Lo habrías hecho sin mí, que lo sé yo.
Se equivoca, pero dejo que piense que tiene razón.
—¿Hasta la próxima?
Va a darme un abrazo, pero lo evito cuando extiendo el brazo y le doy un apretón con la mano pegajosa. Tuerce la cabeza, con una sonrisa.
—Sí —contesto—. Hasta la próxima.