Capítulo 8 #2
—Por Dios, no. —El corazón se me detiene en seco—. No, no, no, no, no. —La palabra «no» me resuena en la cabeza y se me escapa por la boca como un acto involuntario—. ¿Te has vuelto loco? Ni hablar, no voy a hacerme un tatuaje. Ni de coña.
Henry empieza a reírse. Me alegro mucho de que le parezca divertido, porque la verdad es que tenía la esperanza de que este proyecto no fuera un error, que sugeriría algo normal y que hoy pasaría dos horas en las que no me sentiría como una decepción para la humanidad.
Pero no, Henry quiere verme sufrir. Su risa me quema la piel.
—Esto ha sido una mala idea —digo mientras me retiro unos pasos de la puerta de forma apresurada.
Me refugio en una esquina a la sombra junto a la entrada del estudio de tatuaje y me abanico con la mano; parece la escena de una dama escandalizada sacada de una de las típicas novelas románticas de corte histórico que a mi madre le encanta leer.
—¡Hala, hala, hala! —Henry se acerca a mi escondite, se cruza de brazos y se apoya contra la entrada—. ¿Qué te pasa?
—Muchas cosas. Primero, hacerme un tatuaje no es una pasión.
No puedo dedicarme a ello. Segundo, estás mal de la cabeza si te piensas que voy a hacerme uno justo contigo.
Y tercero, no puedo hacer algo así sin pensar.
Requiere planificarlo y pensarlo detenidamente.
Te agradezco el intento de hacerme quedar mal, pero no va a funcionar.
Henry se ríe, un poco incómodo, y da unos pasos hacia atrás.
—Primero, ni siquiera sabes lo que vamos a hacer, así que no te alteres antes de tener una razón por la que hacerlo. —Alza una ceja—. Segundo, claro que no espero que te hagas un tatuaje hoy. ¿Crees que estoy chiflado?
—Un poquito, sí.
—Tercero, me ofrecí para ayudarte a encontrar tu pasión, no tu carrera profesional.
Son dos cosas diferentes. No necesito un cuarto motivo, pero ayer me comentaste que te gustaba dibujar.
En esta tienda imparten todos los sábados un taller para aprender a tatuar.
Te enseñan a usar las agujas y a tatuar en un melón.
—Vaya. —Me cruzo de brazos y frunzo el ceño.
Me observa como si me encontrara en la cornisa de un edificio y él me estuviera intentando convencer de no saltar.
—Solo es una clase —dice con una sonrisa—. No hay mucho que arriesgar. Si no quieres hacerlo, no tenemos por qué.
Me creo lo que dice. No va a intentar obligarme.
—Henry —digo con vergüenza—, de verdad que no entiendo por qué estás haciendo esto por mí.
—Se le va a quitar la gracia a todo esto si sigues preguntándome eso. Déjate llevar. —Ladea la cabeza—. ¿Vale?
Me desinflo. «Déjate llevar».
—No se me da bien esto de hacer amigos. Hace mucho que no practico.
—Lo estás haciendo bien.
—No es verdad. —Dejo de cruzar los brazos—. Esto no va a ser tan fácil como yo creía.
—Nah. —Menea la cabeza—. Creo que lo estás complicando más de lo necesario. Relájate.
—¿Nunca te ha dicho nadie que jamás puedes decirle a una mujer que se relaje?
—Sí, aunque la verdad es que me gustaría ir a esta clase y también que me acompañaras, así que… —Pone cara de perrito abandonado—. ¿Puedes relajarte por mí?
Suspiro. ¿Cómo puedo decirle que no a esa carita?
—Está bien.
—De acuerdo, entonces. —Esboza esa estúpida sonrisita y señala hacia la tienda—. ¿Vamos?
El estudio de tatuaje es pequeño, oscuro y lúgubre.
El ambiente reverbera con el sonido de música rock y el zumbido agudo de las máquinas de tatuar.
Retratos de mujeres desnudas, anclas, calaveras y flores cubren las paredes.
Me imagino a Henry señalando uno de los diseños y sentándose en una de las sillas.
Todavía no he podido fijarme bien en el tatuaje que tiene en el bíceps y detesto que me dé tanta curiosidad.
Saluda a una mujer que le está tatuando un dragón a un hombre corpulento que lleva una camiseta de tirantes blanca.
—Henry —lo saluda ella con una sonrisa de oreja a oreja—. Casi he acabado, puedes bajar las escaleras con el resto del grupo.
—Gracias, Kira. —Sigue adelante—. Por cierto, esta es Bennet.
—Bienvenida.
La escalera da paso a una salita dispuesta como un laboratorio de ciencias de un instituto, con seis mesas para dos personas y una pizarra al frente.
En cada mesa de trabajo hay dos melones de la variedad verde y dos juegos de lo que parecen instrumentos quirúrgicos envueltos en plástico, además de un par de personas sentadas y charlando.
Henry y yo nos sentamos en la última fila a la izquierda, detrás de un grupo de chicas que llevan puesta una banda rosa a juego (supongo que se trata de una despedida de soltera), un buen sitio en mi opinión. La última fila ofrece seguridad y tranquilidad.
—Bueno… —Carraspeo. —. ¿Te has hecho algún tatuaje aquí?
—Sí —responde sin enseñarme el tatuaje, lo cual me resulta molesto.
No sé por qué me da tanta curiosidad, pero me está sacando de quicio no poder verlo.
No tengo claro que sea de buenos modales pedir que te muestren un tatuaje, y no se está ofreciendo a enseñarlo, así que mantengo el pico cerrado—.
Kira es estupenda. Me la recomendó mi amiga Sarah cuando volví de Denver.
Sarah. Ya la ha mencionado con anterioridad.
—Sarah, ¿tu amiga la barista?
—Ah, sí, olvidé que la habías conocido —dice con una sonrisa provocadora—. Nuestro encargado le cantó las cuarenta por pasarse sirviendo alcohol después de tu visita.
—Madre mía. —Me cubro el rostro con las manos. Puedo sentir cómo me pongo roja—. Seguro que ahora me conocen en tu restaurante por ser un auténtico desastre.
—Estaba de broma —dice en tono juguetón—. Es facilísimo tomarte el pelo.
Me quito las manos de la cara y me masajeo las sienes.
—Normalmente no bebo tanto.
Tamborilea la mesa con energía.
—No pasa nada, nadie pensó que fuese raro. Todos hemos tenido noches así. Casi siempre es en una discoteca o en una fiesta, no en un restaurante italiano, pero oye, para gustos, los colores.
—Cállate.
—¿Ves? —Sonríe—. Qué fácil es meterse contigo.
Kira irrumpe por la puerta trasera del aula.
Lleva puesta una camiseta de tirantes con espalda cruzada, unos vaqueros negros y unas botas robustas y pesadas.
Casi cada centímetro de la piel que le queda a la vista está cubierto de tatuajes.
En la clavícula tiene el rostro de una mujer cuyas lágrimas le bañan las mejillas.
Tiene un retrato de Edgar Allan Poe en el hombro.
Seguro que el nombre del estudio, El Cuervo, viene de ahí.
Lleva una representación literal de sí misma en la piel.
Eso me indica que sabe quién es, que es valiente y no se achanta a la hora de llamar la atención, que está orgullosa de ser Kira.
¿Qué dicen sobre mí la camiseta básica y la chaqueta vaquera que llevo puestas? Casi nada.
Nos muestra diagramas de máquinas de tatuar y nos explica en detalle cómo funcionan. Luego sujeta su máquina y nos enseña cómo encenderla. Hacemos lo mismo con las que tenemos en nuestros puestos. Cuando de golpe brota el zumbido de un coro de máquinas de tatuar, los tímpanos me empiezan a temblar.
—Antes de continuar —dice Kira cuando deposita su máquina en la mesa—, tenemos que aprender a dibujar el tatuaje.
En la pizarra nos enseña paso a paso cómo dibujar el logo de la tienda, un cuervo. El aula rompe en un murmullo de conversaciones y risas cuando cada uno hace un intento chapucero por copiar el pajarito con papel y boli.
—¿Cómo te está saliendo? —Henry se asoma a mi puesto para ver mi trabajo.
—No vale copiarse —le contesto tapando el papel con el brazo.
—Es literalmente imposible copiarse —dice mientras le da tironcitos a una esquina de mi papel—, estamos haciendo lo mismo.
Le arrebato el papel de las manos y me lo llevo al pecho.
—Quita las zarpas, listillo.
—¿«Listillo»? ¿Qué eres, un mafioso de los años veinte?
—Sigue intentando ver mi dibujo y ya verás —le digo entrecerrando los ojos con aire amenazante.
—Pues si tú no me enseñas el tuyo, yo no te enseño el mío. Y sabes que quieres verlo. Puede que sea una obra de arte.
—Vale —resoplo. Sí que me pica la curiosidad—. A la de tres. Una, dos y tres.