Passion Project Capítulo 8
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Capítulo 8

L a mañana del sábado empezó de lo más normal.

Me desperté, me vestí sin prestar mucha atención, fui a hacer la compra (segundo intent o), eché un vi s tazo al correo electrónico para ver los turnos que había esta semana en la empresa de selección de personal Carlyle Staffing Solutions, y me apunté a seis.

Dos eventos en el NYAC, uno en un espacio para eventos corporativos y tres en la biblioteca.

Lo que esta mañana sí que no era normal era sentir que me iba a desplomar y perder el conocimiento en cualquier momento. Hoy tengo planes. Planes de verdad.

¿En quién me he convertido?

Me queda una hora para ver a Henry. Vago por mi piso minúsculo de un lado para otro.

«Relájate. —Me aireo la axila con un plato de papel—. Siempre está la opción de cancelar».

No sé qué habrá planeado hacer a mediodía en el parque Washington Square. Normalmente suelo evitar esa zona de la ciudad debido a los estudiantes universitarios, la música y el caos en general.

Rebusco entre la ropa. Todo lo que me pruebo me queda ridículo.

Con mis vaqueros preferidos siento que tengo michelines, mi camiseta favorita me resulta demasiado infantil y con mi chaqueta preferida parece que me estoy esforzando demasiado.

Esforzarme, me estoy esforzando demasiado.

Tras varios conjuntos fallidos, me rindo y me derrumbo en el suelo en ropa interior.

Podría hacer ángeles de nieve sobre las montañas de ropa.

Me planteo escribirle a Henry para posponer el plan. Y, la próxima vez que tengamos uno, volveré a posponerlo. Será una cadena infinita de posponer planes hasta que uno de los dos o ambos nos muramos. Por mí, perfecto.

Deslizo el dedo para abrir la pantalla del móvil y veo un mensaje suyo:

Sé que estás pensando en darme

plantón, pero no me da reparo

amenazarte con dejarte sin pizza

si lo haces. Puedo conseguir

que todas las pizzerías te pongan

en la lista negra, ¿sabes?

Tengo ese poder.

Nos vemos en la fuente.

Pienso en lo raro que se puso cuando lo dejé plantado y desaparecí sin avisar; en lo que me sorprendió que le molestase, aunque fuera lo más mínimo; en que no tuve en cuenta cómo se sentiría cuando bloqueé su número.

No puedo volver a hacerle eso hoy. Tengo que pasar por esto, solo una vez, y luego a lo mejor me dejará en paz, podremos volver a ser desconocidos y yo podré volver a ser una reclusa de la calle 155.

Solo una vez.

Cierro los ojos y repito mi mantra. El que me vuelve a poner los pies en la tierra cuando siento que el corazón me late tan rápido que podría echar a volar.

«Mis mejillas son reales. Mi barbilla es real. Mis labios son reales. Yo soy real».

Cuando era niña y empezaba a ponerme así, mi madre solía agacharse frente a mí y pedirme que señalara objetos de la habitación.

«Enséñame algo rosa, Bennet», solía decirme.

Le señalaba algo rosa. «Enséñame algo azul».

Le señalaba algo azul. Siempre acababa con el color del que yo iba vestida, para reconectarme con mi cuerpo.

Poco a poco, con el paso de los años, se fue transformando hasta convertirse en mi mantra actual.

Recordar que soy un cuerpo, un conjunto de órganos y carne, me calma la ansiedad.

Me ayuda a recuperar el equilibro. Calma mi respiración.

Cuando estaba con Sam, pasó a ser: «Dime algo bueno, Bennet». Me sonreía con una mano apoyada sobre mi vientre. «Los girasoles —decía yo—. La chaqueta vaquera de Andy. Los espaguetis. El verano». Me atraía hacia sí y escondía su cara en mi cuello. «Tú —le susurraba—. Tú».

Rebusco en el fondo del armario y encuentro la chaqueta de Andy.

Se mezcló con mis cosas cuando ambas abandonamos la universidad tras el fallecimiento de Sam.

Ninguna de las dos prestaba atención a lo que estábamos metiendo en las maletas, y me la he quedado todos estos años como si fuera un pequeño tesoro.

Me la pongo sobre una camiseta básica y espero que su fuerza me ayude a pasar por esto.

Cojo el bolso y salgo por la puerta.

No hay marcha atrás. Voy a hacerlo.

Subo los escalones de la estación de metro West Fourth y salgo a la calle bulliciosa.

No veo a Henry, así que me abro paso por la calle hasta llegar al parque.

Me coloco las manos en la frente para protegerme los ojos del sol y me dirijo al imponente arco esculpido en mármol blanco al final del parque, esquivando a caricaturistas y skaters que pasan a toda pastilla.

Consigo llegar a un sendero con vegetación a ambos lados y noto cómo una gota de sudor me resbala por la nuca.

Hace calor con tanta gente alrededor. Nunca consigo acostumbrarme a estar cerca de tantas personas.

Me gusta mantener al menos un metro de distancia con los demás, si es posible. Aunque, en esta ciudad, no suele serlo.

Unos universitarios pasan zumbando en patinete eléctrico, músicos callejeros tocan ritmos discordantes en cada esquina, una mujer dirige una bandada de pájaros que vuelan como si fuera su propia orquesta privada.

Paso junto a un banco que huele claramente a orina cuando me acerco al inmenso claro circular que hay en el centro del parque y al punto de referencia que se alza en medio, la fuente.

El agua brota desde su centro, lo que crea una bruma fina que se esparce por la zona.

La fuente tiene forma de cuenco y es enorme; la gente se sienta en los escalones que hay dentro del borde mientras dibujan, charlan y toman el sol envueltos en la bruma.

Un par de niños chapotean bajo el chorro y veo cómo resplandece un arcoíris por el rabillo del ojo.

Hay parejas besándose, ancianos jugando a las damas y mujeres amamantando a sus bebés.

Un mago entretiene a una pareja. Serpenteo entre la multitud hasta que lo veo.

Está charlando con otro joven sentado en el borde de la fuente. Ambos se ríen. El joven sujeta un libro de tapa blanda y separa las páginas con un dedo a modo de marcapáginas improvisado.

Henry lleva una camiseta azul y vaqueros, y echa la cabeza hacia atrás para reírse de una broma que no consigo oír.

Respiro profundamente tres veces.

—Hola. —Se me quiebra la voz cuando me acerco a ellos. Empezamos bien.

—¡Bennet! —Henry levanta la mirada y sonríe de forma radiante de oreja a oreja, lo que deja a la vista su único hoyuelo—. Este es Martin. Martin, esta es Bennet.

—Encantada de conocerte —lo saludo, intentando que no se me noten los nervios al hablar.

—Igualmente. —La voz ronca de Martin no concuerda con su aspecto. Lleva una camisa de cuadros de colores vivos y unos pantalones caqui, y se sienta erguido con las piernas cruzadas.

—Bueno. —Henry ojea el reloj—. Será mejor que nos pongamos en marcha. Avísame si quieres que nos tomemos una cerveza un día.

Maldita sea, el chico nuevo no viene con nosotros. Esperaba que hiciera de amortiguador. Henry le da la mano y se vuelve hacia mí.

—¿Estás lista? —Su melena despeinada se mece con la brisa. En su mirada brilla un destello de expectación, como si tuviera algo en la punta de la lengua.

—No.

Pone los ojos en blanco y sonríe.

—Vamos.

Apenas puedo seguirle el ritmo mientras voy tras él entre la multitud. Su paso está a medio camino entre el paseo y el trote, como si en cualquier momento fuera a echarse a correr. —¡Oye! —lo llamo, con la esperanza de poder ralentizarlo.

Funciona. Henry se detiene en seco un instante y se vuelve para mirarme.

—¿Era un amigo tuyo?

—Puede que sea un nuevo amigo. —Continúa caminando, aunque esta vez puedo seguirle el paso.

—¿Qué quieres decir?

—Vi que estaba leyendo uno de los libros favoritos de mi padre, así que le pregunté, y, no sé, empezamos a hablar. Resulta que la semana pasada su novia lo dejó y se ha mudado con su mejor amigo a un piso de un solo dormitorio. Da clases en la universidad Brooklyn College.

—¿Empezaste a hablar con él… así sin más?

Se encoge de hombros.

—Sí.

—¿Y no pensó que estabas loco?

Esquiva a una mujer con un carrito que pasa como un rayo.

—¿Por qué iba a pensar eso?

Me voy quedando sin aliento a medida que caminamos a paso ligero por el parque.

—¿Es uno de tus pasatiempos? ¿Ponerte a hablar con gente al azar, como Martin… y como yo?

—Claro —dice con una sonrisa burlona.

—¿Por qué?

—Sabes lo que voy a responder. —Se estira el brazo sobre la cabeza, como un gato, y oigo el leve crujido de unas vértebras—. ¿Por qué no?

—Me parece un poco sospechoso, nada más.

—Me gustan las personas, ¿es un delito? —Mira a ambos lados antes de cruzar la calle—. Siempre me han gustado. Me gusta hablar con ellas, me gusta escucharlas y me gusta sacarles fotos.

—Es como el proyecto de Humans of New York, pero homicida. Lo cual, por cierto, sí que constituye un delito.

—Me gusta seguir a la gente por la noche. Me gusta esconderla en el sótano. Me gusta el sabor a carne humana. Ya sabes, cosas de un tío normal y corriente.

—Los asesinos en serie son hombres sumamente encantadores, así que no te estás haciendo ningún favor.

—Ah. —Enarca una ceja—. Conque te parezco encantador.

—Uf —me quejo involuntariamente—. Me parece que te estás aferrando a la parte equivocada de lo que he dicho. Creo que «asesino en serie» era el término clave de esa oración.

—Claro, claro. Entonces, mejor no te enseño mi sala de tortura. No estás preparada.

Aunque intento contenerme con todas mis fuerzas, se me escapa una risita del pecho. La acallo rápido.

—¿A dónde vamos? —pregunto sin rodeos, cortando de raíz la conversación y acabando con cualquier posible broma.

Henry se detiene frente a una fachada desgastada.

—Aquí.

La fachada agrietada de ladrillo está pintada de negro. Unas enredaderas trepan por el edificio como culebras rayadas. Un grafiti de dos pájaros enmarca un cartel en el que se puede leer Estudio de Tatuajes El Cuervo .