Capítulo 7
V ale, ¿qué leches pasa? Ese tío estúpido prácticamente me rogó que fuese su estúpida amiga y ahora soy una estúpida por esperar su estúpido mensa j e. Me meto en la cama sin hacer y me cubro la cara con la sábana. ¿En qué narices estaba pensando yo anoche? ¿Y por qué me siento tan… decepcionada?
Noto en el cuerpo una sensación que me resulta familiar: se me tensan los músculos, siento un escalofrío en la espalda y me entran ganas de acurrucarme, cerrar los ojos y aguantar hasta que pase.
Ahora es leve, aunque me ha ocurrido suficientes veces como para saber que se extenderá del estómago a la punta de los dedos, crecerá hasta que me envuelva por entero, y lo único que puedo hacer es aguantar.
La primera vez que me ocurrió fue cuando pasó todo lo de Sam. La oscuridad me rodeó y me fui hundiendo más y más en un hoyo del que no podía salir por más que lo intentara. Abandoné la universidad, dejé de hablar, me di por vencida.
Me refriego los ojos con las palmas de las manos e intento hacerle llegar algo de dopamina al cerebro. No puedo evitar el malestar para siempre, pero puedo intentar distraerme.
Enciendo el portátil y me pongo un episodio de Mentes criminales.
Penélope García trata de localizar al sospechoso usando su teléfono móvil, pero todos los números a los que ha llamado están bloqueados.
Sé que esta serie no es nada realista y que la tecnología no ha avanzado tanto como para lograr ni la mitad de las virguerías que Penélope hace para encontrar a los tipos malos, pero me da igual.
Me gustan las historias que tienen un final impecable, en el que siempre echan el guante al asesino.
Un momento.
Los números de teléfono están bloqueados.
«Bloqueé a Henry».
«Pero ¿seré idiota?». Con el corazón acelerado, reviso entre mis contactos hasta que doy con «Henry el de los ojos verdes» (Sonya me lo guardó así en el móvil). Le doy a la opción de desbloquear. Y así, sin más, empiezan a lloverme los mensajes.
¡Hola, Bennet! Estoy en el bar
y llevo una rosa roja en la solapa,
para que sepas quién soy. También
llevo un sombrero de copa.
Lo de la rosa es una broma, por cierto.
Y lo del sombrero de copa también.
A menos que te mole.
Madre mía. Está loco. Hay aún más mensajes de esa noche.
No te estoy acosando, te lo prometo.
Trabajo en L’italiano. Estaba
recogiendo la paga.
Te has dejado la cartera aquí.
Menos mal que no soy un ladrón,
o si no te habría robado todo el dinero.
Es broma, aquí solo tienes
como 47 céntimos.
Mañana por la noche trabajo,
por si quieres recogerla.
Al final de la sucesión de mensajes aparece el que estaba buscando. O el que no estaba buscando. No sé.
Buenos días, amiga nueva.
Sé que esta semana te tocaba
convertirte en presidenta,
pero si tienes algún día libre
para una aventura, me dices.
Empiezo a escribir. ¿Qué se puede decir en una situación como esta? ¿Realmente quiero responder?
Perdona, bloqueé tu número antes
de saber que íbamos a ser amigos.
Borrar.
Perdona, he estado todo el día
trabajando y no he mirado el móvil.
Borrar, borrar, borrar.
Perdona, no estoy segura de que ser
amigos sea una buena idea así en
general, teniendo en cuenta que tengo
un historial de decepcionar a la peña
y a mí misma durante el proceso,
así que lo mejor es que nos olvidemos
de todo.
Borrar. Lo intento una vez más.
Al parecer, mi mandato como
presidenta se ha tenido que posponer.
Por lo visto, la entrevista para el
puesto es muy rigurosa e incluye una
elección a nivel nacional. ¿Tú sabías
algo de esto? Me parece injusto.
Enviar. «No pienses en ello. Es solo una persona».
Voy de puntillas al baño y abro el grifo de la ducha a máxima temperatura.
Aparto la cortina, apilo la ropa, me siento en la bañera con las rodillas pegadas al pecho y dejo que el agua hirviendo me corra por la espalda hasta que me arde.
Me quedo ahí sentada tanto tiempo que el agua se enfría y los dedos se me arrugan.
Tanto tiempo que, cuando me levanto, me siento mareada y aturdida.
Cuando salgo de la bañera, limpio el vaho de la pantalla del móvil.
Un mensaje.
¿Alguna idea de por dónde empezar
para lo de encontrar tu pasión?
Ahora que no puedes ser presidenta :(
Me seco las manos con la toalla para que no estén mojadas y poder teclear lo pr imero que se me ocurre, porque, si lo pienso demasiado, nunca responderé.
Me gustaba dibujar.
La artista es Sonya, no yo, pero hubo un tiempo en que garabateaba en las esquinas de todas las hojas de los cuadernos que tenía. No es que se me diera muy bien.
Mmmmm, vale. Me lo apunto.
¿En interior o al aire libre?
Me estremezco.
En interior.
Escribe un segundo y, acto seguido, aparece su mensaje:
Genial. Tengo una idea para mañana.
Se me encoge el corazón.
¿Mañana? Qué rápido…
Vuelve a escribir otro segundo.
¡Cómo se nota tu entusiasmo!
Pongo los ojos en blanco. Antes de que le pueda responder, ha vuelto a escribir:
Nos vemos a las dos en el parque
Washington Square.
Me aprieto la toalla en la que estoy envuelta mientras el aire del cuarto de baño se va enfriando. Respiro hondo y envío una respuesta:
No hace falta que te traigas una rosa.