Capítulo 6
L a luz del sol entra a raudales por mi ventana y proyecta una sombra vete ada en el pavi m ento, lo que revela el auténtico estado de desastre en el que se encuentra mi habitación.
Verlo a la luz es una lección que da para pensar.
Siempre he sido una persona desordenada, incapaz de mantener una casa limpia, pero cuando me mudé con Sonya supe que tendría que confinar el desorden a mi habitación y no dejar que se colase en la cocina.
Mantener el orden en las zonas comunes ha empeorado el caos a puerta cerrada.
Me estiro en la cama para ir espabilando el cuerpo.
Me he pasado toda la noche con los dientes apretados, por lo que me masajeo brevemente la mandíbula antes de girarme para mirar el móvil.
Ningún mensaje. Me medio esperaba recibir uno de Henry.
Tiene mi número de cuando quedamos por primera vez, así que supuse que ya me habría escrito.
De momento, no obstante, me está demostrando que yo llevaba razón: nunca se tomó en serio lo de ser amigos, ni yo me tomé nunca en serio lo de encontrar mi pasión.
La verdad es que me siento estúpida. Ni de coña le voy a escribir yo primero, eso está clarísimo.
Me duelen los pies de haber trabajado anoche en el NYAC y, cuando me levanto de la cama, me crujen las rodillas.
Las bisagras chirrían cuando abro la puerta para dirigirme al baño. Me detengo al ver a una persona sentada en el sofá. Va vestida de negro de arriba abajo y lleva el pelo en un corte pixie desenfadado, como si alguien acabara de pasar las manos por él. Es Jamie.
—Buenos días. —Se levanta para saludarme. Me había olvidado de que la invitó Sonya anoche—. He preparado café —dice—. ¿Quieres un poco?
Se lleva mi taza de cerámica preferida a los labios e intento no poner mala cara. Ha hecho el café en mi cafetera de émbolo. Se lo está bebiendo en mi taza.
Me recuerdo a mí misma que Jamie me cae bien, aunque siempre me pilla en el peor momento. Desprende un aire tranquilizador y su rollito de rockera chic equilibra la personalidad tipo A, como de presidenta de clase, que tiene Sonya.
—No, gracias —le digo, a pesar de que huele a gloria y de que el dolor sordo que siento detrás de los ojos se me quitaría con solo un sorbo.
—Sonya me ha contado que la otra noche tuviste una cita —comenta. Está demasiado despierta para ser la hora que es.
—Así es. —Bostezo mientras atravieso la habitación—. Perdona, Jamie. Todavía no estoy despierta del todo.
—Vaya. —Retrocede unos pasos—. Disculpa.
Cierro la puerta del baño a mi paso, me lavo los dientes y me echo agua en la cara.
Cuando me dirijo de vuelta a mi habitación, Jamie ha abandonado el sofá. Me siento mal por haberla asustado, pero llevo dos días con resaca y ahora mismo no puedo ser sociable.
Me siento en la cama sin hacer y abro el calendario en el portátil.
Viernes, 29 de mayo: 11:00 -17:00 Recepcionista en la Biblioteca Pública de Nueva York, Celeste Bartos fórum. Código de vestimenta: informal de oficina.
Miro el móvil: son las 10:27.
«Mierda».
Me había olvidado de que hoy me tocaba trabajar. Tendría que haber salido por la puerta hace diez minutos para llegar a tiempo al parque Bryant.
¿Cómo demonios es el estilo informal de oficina?
Rebusco entre la pila de ropa sucia que hay en el suelo en busca de algo que pueda encajar.
Reviso los horarios del metro mientras me pongo unos vaqueros negros de tiro alto.
¿Los vaqueros se consideran ropa informal de oficina? No tengo tiempo de ponerme a dudar.
Soy un desastre, sí, pero nunca llego tarde.
El momento perfecto para llegar a un evento o al trabajo es cuatro minutos antes de que inicie.
De esa forma, no faltas al respeto por llegar tarde, ni tienes por qué pasar más de cinco minutos de charla trivial incómoda con los primeros en llegar, que suelen ser algo neuróticos.
Mi plan consiste siempre en llegar con exactamente cuatro minutos de antelación, ni más ni menos.
Me dirijo a toda prisa a la estación y me subo al primer tren que llega, sin apenas comprobar que sea el correcto.
Esto es lo que pasa cuando dejas que la gente te pille desprevenida.
Dejé que Henry me distrajera y ahora llego tarde al trabajo.
Me quedé hasta muy tarde, hablé de más y permití que aquella noche tan extraña se apoderara de mí.
Además, ¿por qué no me ha escrito? ¿Y por qué estoy pensando en eso cuando claramente tengo cuestiones más urgentes entre manos?
Son muy pocas las cosas que me dan fuerza para seguir en esta ciudad, y aunque me chupa el alma y no ofrece posibilidades de ascenso, este trabajo es una de esas cosas.
Perderlo sería la última señal de que este lugar realmente no es para mí.
Cuando por fin llego a la parada del parque Bryant, subo las escaleras del metro y cruzo la calle hacia el edificio más parecido al Partenón que hay en Nueva York: la Biblioteca Pública.
Me detengo un milisegundo para contemplarlo y admirar esa extraña sensación de haber viajado en el tiempo que me invade ante su presencia: los grandiosos arcos sobre las puertas, los pilares gris pizarra que los sostienen y las intrincadas estatuas talladas en la fachada del edificio.
Esta ciudad es tan rápida, tan industrial, que a veces se me olvida que también tiene historia.
Este edificio parece fuera de lugar, una reliquia, pero siento una emoción repentina cuando empiezo a ascender las escaleras de mármol para adentrarme en sus enormes fauces.
La biblioteca no está fuera de lugar; al contrario, permanecerá más tiempo que todos y todo lo aquí presente.
Todo lo nuevo y reluciente no es más que un mero turista de paso en la fachada estoica e inmutable de Nueva York.
«Soy yo —pienso—. Soy yo lo que está fuera de lugar».
Recupero el aliento y me lanzo escaleras arriba, y siento que las estatuas de los leones talladas a cada lado me juzgan cuando me empiezan a arder los muslos y los pulmones. Y ahora… ¿dónde diantres está el fórum Bartos?
Encuentro un mapa al otro lado del gigantesco atrio de piedra y me acerco arrastrando los pies; las pisadas resuenan en la enorme sala.
Ya he trabajado aquí alguna que otra vez, no obstante, esta biblioteca tiene tantos rincones que nunca consigo memorizarlos todos.
Saco el móvil, rezo por que la agencia de trabajo temporal no me haya llamado para echarme la bronca por llegar tarde y abro el correo electrónico con las instrucciones para ver los detalles:
«Entra a la biblioteca por la calle 42».
He usado la entrada que no es. «¿Qué tal si para la próxima te molestas en leer el correo electrónico, Bennet?».
Salgo a toda prisa y bajo las escaleras a pisotones hasta llegar a la concurrida acera y doblo la esquina con la calle 42, donde al fin diviso la entrada correcta. Tomo aire y me adentro, con la esperanza de que ninguno de mis supervisores esté allí y se dé cuenta de que llego tarde.
Atisbo a Sal, otro empleado temporal con el que suelo trabajar, detrás de una mesita. A su lado hay una silla libre para mí.
—Lo siento mucho, me he quedado dormida —le espeto.
—Tranquila, encanto, no se han dado ni cuenta.
Sal tiene la tez similar a la de una berenjena.
Me preocupa que tenga el colesterol alto.
Lleva una camisa blanca poco favorecedora que está amarilleando un poco por las costuras.
Tiene el pelo mojado y se está quedando calvo, pero sus rasgos conservan el leve recuerdo de alguien que fue atractivo.
Es el tipo de persona que jamás podría mentirte.
También es el tipo de persona que te cuenta su vida entera en un solo turno de seis horas…
y he compartido con él muchos de esos. Se le nota todo en el rostro, muy expresivo; lleva las emociones siempre a flor de piel.
Es la única persona que puede llamarme «encanto» sin que me den ganas de arrancarle la garganta. Es un «encanto» paternal, no repulsivo.
Lo he visto en otros puestos de trabajo temporal, pero la biblioteca se está volviendo su sede central.
Se lo conoce todo al dedillo y sabe dónde conseguir café gratis.
Información valiosa para una empleada que nunca permanece en el mismo lugar el tiempo suficiente como para terminar de familiarizarse.
—¿De qué va el evento? —le pregunto cuando me siento en la silla. El ambiente huele a cerrado, pero en el buen sentido. Huele a páginas viejas, polvo y mármol auténtico.
—Algo relacionado con una empresa. Han instalado un escenario y un bufé de brunch . Deberías echarle un vistazo antes de que empiece, está muy bien.
—¡Vaya! —digo estirando el cuello para ver el interior del fórum—. De acuerdo, no tardo.
Me cuelo por la entrada entre el bullicio del personal de catering y organizadores de eventos que le están dando los últimos toques a una sala absolutamente impresionante.
El techo abovedado se extiende sobre mí como una jaula de alambre para pájaros.
El interior está a oscuras, pero no de una forma lúgubre, sino como podría estarlo un planetario.
Quizás me recuerde a uno porque el techo está iluminado de azul cerúleo y violeta eléctrico, profundos y brillantes como una galaxia lejana.
Hay un escenario en la parte delantera de la sala y dos pantallas grandes a cada lado.
Los asientos se han colocado como en un auditorio, con algunas mesas de aperitivos al fondo para quienes desayunen o tomen cócteles de brunch .
No puedo esconder la expresión de asombro que debo de tener en la cara cuando vuelvo a la recepción y a nuestro mostrador de mala muerte. Ni siquiera es un mostrador, es una mesa plegable.
—Te lo dije —dice Sal mientras se rasca el mentón—. Es elegante.
Niego con la cabeza; siento una distancia inconmensurable entre donde estoy yo, aquí sentada, y la gente que hay allí dentro.
—Caray —exclamo—, aquello es una galaxia completamente diferente.
—Aquí nos lo vamos a pasar mejor —dice con una sonrisa.
Probablemente no, pero le devuelvo el gesto de todos modos.
—¿Qué hay que hacer? —pregunto.
—Cuando se acerquen al mostrador, les damos una etiqueta con el nombre y una carpeta, y les decimos que vayan pasando dentro. —Su voz es grave y firme, marcada por años de gritar a jugadores de fútbol americano en institutos.
—¿Y ya está?
—También tenemos que ir tachando los nombres en este sujetapapeles, pero eso es fácil.
—¿A qué hora empieza?
—En cualquier momento.
—Genial. —Me paso el pelo por detrás de las orejas, pero vuelve a salirse de inmediato. Respiro hondo e intento disfrutar de la calma antes de que empiecen a llegar personas para registrarse.
Echo un vistazo a Sal, que está mirando el móvil totalmente concentrado.
Recuerdo de golpe que está esperando a su primer nieto, un detalle que me dijo la primera vez que trabajamos juntos. Me giro hacia él.
—¿Le estás escribiendo a tu hija?
—Oh. —Se le ilumina el rostro—. Sí.
—¿Cómo va?
—Tiene que guardar reposo hasta que llegue el chiquitín, por algo de la presión arterial. Pero Mary y yo estamos emocionadísimos.
—¿Es un niño? —Si el crío se parece algo a Sal, será un bebote regordete y como una berenjena.
—Es un niño —confirma con una sonrisa radiante—. No me creo que vaya a ser abuelo. Ya verás, encanto, se pasa volando. Ya mismo estarás haciendo lo mismo que yo.
«Estoy haciendo lo mismo que tú», pienso para mis adentros.
El primer empresario se acerca al mostrador y me devuelve a la tarea que tenemos entre manos.
Sal lo saluda, le da la tarjeta con un cordel y lo dirige a la sala.
Una persona tras otra se va acercando al mostrador, todas ellas con un atuendo impecable, cada una más desbordante de confianza y aplomo que la anterior.
Estas personas tienen mi edad, y aun así parece que están al tanto de algo que yo no entiendo.
¿Cómo han llegado hasta ahí? ¿Qué es lo que se me escapa?
Es como si el dolor me hubiera encadenado, como si las paredes de la tristeza me hubieran envuelto por todos lados con un plástico retráctil hasta dejarme apenas sin respiración.
Cada movimiento que hago, cada paso hacia delante o hacia atrás que doy, me resulta desgarrador.
Cuanto más se va reduciendo mi mundo, más abrumador me resulta intentar salir de ese dolor.
En el duelo me siento cerca de Sam. Es lo único que me queda de él.
Si Andy estuviera aquí, estaría dentro de esa sala.
¡Qué narices! Probablemente acabaría siendo la ponente principal.
Siempre ha sido así: intrépida, apasionada y vivaz; en parte por su educación privilegiada y en parte porque, sencillamente, esa es su forma de ser.
Nunca la he visto flaquear, ni siquiera tras el fallecimiento de Sam.
Sigue siendo ella misma y sigue encontrando la manera de ser feliz.
Parpadeo mientras le entrego a una chica con un traje perfecto hecho a medida una etiqueta con el nombre y la tacho de la lista. Se adentra en la preciosa sala de reuniones, con una melena pelirroja que le cae por la espalda. Me recuerda a Andy.
Soy de las que se quedan fuera de la habitación y siempre lo seré; no importa que un chico de ojos verdes con gafas me hubiera hecho sentir lo contrario durante una fracción de segundo mientras tomábamos vino y comíamos pizza. No importa si Sonya intenta convencerme de que no es así.
Sal y yo continuamos con nuestro turno y recurro a lo que siempre hago cuando se me empieza a hacer bola la vida: pongo el piloto automático.