Capítulo 5 #3
—Porque no soy Annie Leibovitz. —Continúa limpiando—. Trabajo aquí para pagar el alquiler hasta que consiga que mi negocio despegue.
—¿A qué le sacas fotos?
—A personas. —Deja de limpiar la mesa y se estira un brazo por delante del pecho antes de volver a coger la bayeta—. Las sesiones son sobre todo de compromisos y retratos familiares, pero también hago bodas, conciertos y otras cosas por el estilo.
—Guay —digo, y me llevo otro bocado.
—¿Y tú? ¿A qué te dedicas?
Sostengo una servilleta para taparme la boca llena y balbuceo:
—Siguiente pregunta, por favor.
—Era una pregunta sencilla.
Bebo un poco de vino para bajar un pedazo de queso.
—Para mí no.
—Bueno, se ve a la legua que llevas puesto un uniforme de catering —dice con una sonrisa mientras me señala la ropa.
—En realidad visto así todos los días, me ofende que pienses lo contrario.
—Está bien, no me lo cuentes. —Alza las cejas para provocarme—. Pero eso es muy aburrido por tu parte.
Suspiro. Vale, le seguiré el juego. Total, no voy a volver a verlo.
—Esta noche he sido camarera de catering . Mañana me tocará ser recepcionista. Al día siguiente, ¿quién sabe? A lo mejor presidenta.
Se ríe y se frota el mentón.
—¿Haces trabajos temporales?
—Un partidazo, ¿a que sí?
Saca una silla de la mesa que estaba limpiando y se sienta.
—No hay nada malo en tener trabajos temporales.
—Ah, sí, mi pasión es servirles mimosas y salchichas de cóctel a los ricachones. Me estoy labrando el futuro ladrillo a ladrillo día a día. —Le dedico una sonrisa sarcástica acompañada de un pestañeo exagerado.
—¿Qué te apasiona, pues?
Niego con la cabeza y desecho la servilleta en la barra.
—No tengo ninguna pasión.
—Venga ya. —Apoya un codo en el respaldo de la silla—. Todos tenemos algo que nos apasiona.
—Yo no. Creo que lo llaman apatía.
Si me hubieran preguntado cuando iba a la escuela, habría respondido que mi pasión era el periodismo.
Si me hubieran preguntado en el instituto, habría dicho que actuar.
Si me hubieran preguntado cuando iba a la universidad, habría contestado que me apasionaba la poesía o, para ser más específica, los poemas bochornosos que escribía sobre Sam.
Ahora lo único que me apasiona es ir tirando día a día.
—No me lo creo —dice Henry estrujando el trapo entre los dedos.
—Es la verdad, te lo creas o no. Soy una veinteañera pringada sin rumbo que no siente ninguna pasión por nada. —Me bebo de un trago el resto del vino de pomelo—. Si quieres echarte para atrás en tu oferta de amistad, este es el momento.
—No elijo a mis amigos en función de su trabajo —dice.
—No, parece que los eliges totalmente al azar.
—Todo el mundo necesita tener una pasión —prosigue, ignorando mi comentario—. Puede ser perfectamente la única razón por la que me levanto por las mañanas.
Deposito la copa en la barra.
—¿Me estás diciendo que en realidad eres coach personal? ¿Me vas a presentar un plan en tres pasos para cambiar mi vida? ¿Lo siguiente es intentar venderme suplementos?
—No… —Mira por la ventana—. Pero me estás dando una idea.
—Estaba de broma —digo—. Por favor, no intentes venderme ningún suplemento.
Henry se vuelve hacia mí de repente, con los ojos brillantes. Puede que esté presenciando cómo se le enciende la bombilla.
—¿Y si te ayudo a encontrarla?
—¿La qué?
—Tu pasión —dice, radiante—. ¿Y si te ayudo a encontrarla?
Me mira como si lo que acabara de decir fuera de lo más normal y no algo rarísimo.
—¿Hola? —Chasquea los dedos delante de mis ojos—. ¿Sigues viva por ahí dentro?
—Perdona. —Parpadeo—. ¿Qué?
—¿Quieres que te ayude a encontrar tu pasión?
Apuñalo violentamente un trozo de pizza con el tenedor. Se sobresalta.
—Eso es algo muy extraño que preguntarle a una desconocida, Henry.
Se encoge de hombros.
—¿Algo de esta interacción te ha hecho pensar que no soy raro?
—No pensaba que fueras tan tan raro —digo.
—Bueno, es que apenas nos conocemos. Todavía queda mucho sitio para sorpresas. —Sonríe.
Pongo los ojos en blanco.
—Vas un pelín borracho, y yo también voy un poquitín borracha, y después de esta noche vamos a tomar caminos diferentes y no vamos a volver a hablarnos. Incluso si aceptara lo que tienes en mente, así va a ser. Y mañana nos vamos a sentir los dos como un par de bobos.
—Eso no va a pasar —dice—. Me he metido de lleno en esto, por extraño que parezca.
—¿Por qué? —Siento los latidos en el cuello y me paso la mano por encima para calmar el murmullo de esta respuesta física repentina y extraña—.
¿Qué motivo podrías tener para querer ayudarme a encontrar algo tan vago y existencial?
¿A mí, que soy una completa desconocida y alguien que te ha dejado plantada?
—Porque… —Evita mirarme a los ojos y desvía la mirada por encima de mi cabeza.
—¿Porque qué?
—Porque… —repite. ¿Lo he dejado sin palabras? Parece que está a punto de decir algo, pero luego decide no hacerlo—. ¿Tan difícil es creer que simplemente pienso que sería divertido?
La única palabra que me viene a la mente cuando lo miro ahora es… «sincero». Está siendo sincero. ¿Y si tiene razón? ¿Y si la única razón para hacerlo es que sería divertido? ¿Cuándo fue la última vez que me divertí?
Me aclaro la garganta.
—Digamos que acepto…
—¿Sí?
—Que no lo he hecho —aclaro, lo que hace que ponga los ojos en blanco de broma—. Pero digamos que, hipotéticamente, lo hago… ¿Cómo funcionaría?
Se encoge de hombros.
—Ni idea. Podríamos simplemente ir probando cosas nuevas.
Apuntarnos a clases, ir a sitios nuevos…
Una vez por semana podríamos quedar y probar una nueva pasión.
Soy divertidísimo cuando llegas a conocerme, ¿sabes?
—dice con una sonrisa—. Hay quienes incluso dicen que soy un experto de la diversión.
—¿Quién lo dice?
—Eso es lo de menos. Venga —dice—, sé que quieres aceptar.
—No, no lo sabes.
—Sí, lo sé.
—No, no lo sabes —digo enfadada—. Y, sinceramente, te lo tienes muy creído si piensas que puedes ayudarme con esto.
—No. —Junta las manos bajo la barbilla—. Tan solo me apasiona la pasión.
—Uf. —Me cruzo de brazos.
Pienso en la chica que era antes de que todo se fuera al traste con Sam.
Estaba deseando empezar mi vida. Me hacía mucha ilusión ver lo que me depararía el futuro.
Pensaba que la vida era una serie de posibilidades infinitas, que había sorpresas en cada rincón.
Sin embargo, al ir tras esas oportunidades, perdí a la persona a la que más quería.
Ahora ya no me queda ni una pizca de ilusión, solo culpa y pesar.
¿Sería tan mala idea intentarlo?
Alzo la vista hacia Henry, que me mira expectante.
—¿Tú qué sacas de todo esto? —pregunto.
Se apoya los codos en las rodillas y sujeta el trapo entre ellas.
—¿Por qué tengo que sacar algo?
—Porque si no, no tiene ningún sentido.
—Gano una nueva amiga. La presencia de tener a Bennet en mi vida.
—No seas condescendiente.
—No lo soy. —Su boca florece con una sonrisa. El único hoyuelo que tiene en la mejilla captura mi atención durante una fracción de segundo—. Estoy siendo espontáneo, nada más.
—Te estás comportando como un verdadero chiflado.
—Venga —dice—. Tengo unos cuantos planes divertidos que quiero hacer y nadie que me acompañe. Me harías un favor, la verdad.
Cierro los ojos e intento imaginarme cómo serían las cosas entre nosotros.
Por una parte, no tengo nada que hacer a corto plazo, más allá de unas cuantas siestas deprimentes y maratones de Netflix.
Por otra parte, las siestas deprimentes y los maratones de Netflix son mi refugio.
Sería tan fácil esconderme del resto del mundo y refugiarme en mi capullo, sabiendo que no puedo fracasar si no lo intento de verdad.
Y, por otra parte, si es que puede haber tres partes a la hora de tomar de decisiones…
Estoy un poco borracha y ahora mismo parece plausible, la verdad.
De repente vale la pena considerar lo que jamás habría contemplado ni por asomo.
—Ni siquiera te conozco —respondo, abriendo un ojo.
—Existe un concepto verdaderamente maravilloso que me encantaría enseñarte, se llama «conocer a alguien tras mantener más de una conversación de una hora». —Me dedica esa sonrisa radiante, la luz del restaurante se refleja en sus gafas—. ¿Puedes darle una oportunidad?
—Esto no va a ser una de esas situaciones en las que el chico salva a la chica y le enseña cómo vivir —digo—. No soy una damisela en apuros.
Alza tres dedos como promesa de boy scout.
—Nunca.
—Por el feminismo.
—Por el feminismo. —Asiente.
—Y solo aceptaré si me prometes que seremos amigos, nada más.
—Lo has dejado muy claro. Me diste plantón, ¿recuerdas?
—Lo digo en serio. No estoy… No es el momento adecuado para mí.
—Entendido —dice, poniéndose serio de repente—. No me va eso de traspasar límites, Bennet.
Trago saliva con la garganta seca como la lija.
—¡Aj! —me quejo—. Esto es ridículo, me siento estúpida.
Echa la cabeza hacia atrás y se ríe.
—Ay, Dios, no es para tomárselo tan en serio, Bennet. ¿Quieres quedar conmigo y hacer cosas divertidas, o quieres seguir dándoles plantón a los tíos de las apps de citas?
—Las dos, en realidad.
—Estupendo —dice con una sonrisita socarrona—. Todos los sábados probaremos algo nuevo. Lo de dar plantón lo dejo que lo hagas a tu propio ritmo.
Me tiende la mano para darme un apretón. Queda suspendida entre nosotros en el aire, esperando a que la agarre.
A pesar de que hay una parte de mí que piensa que esto es una estupidez, que otra parte de mí piensa que Henry no me está contando toda la verdad, y que la mayor parte de mí piensa que no estoy hecha para una vida de pasión, le tiendo la mano y nos damos un apretón.
Aunque solo le esté siguiendo el juego, necesito demostrar que puedo.
Necesito demostrar que no le tengo miedo a todo.