Capítulo 5 #2
Henry termina de atender una de las mesas y empieza a retirar los platos de otra.
Se mueve como si nada le pesara, como si solo lo rodeara aire.
Es una habilidad que nunca he tenido. No suelo causar una buena primera impresión.
Se me traba la lengua, me siento incómoda y no se me suele ocurrir nada que decir, por mucho que rebusque en mi cerebro.
Es como si todas las palabras del vocabulario se me escaparan por las orejas y mi personalidad se aplastara hasta quedar como una tortita.
Henry les entrega la cuenta a las últimas mesas y entra en la cocina. Si quiero escaparme, este es el momento. Pero no me muevo.
Aparece tras la barra con una bandeja de pizza y dos platos, y nunca me he sentido tan orgullosa de mí misma por no dejar que el impulso de huir se saliese con la suya porque, mamma mia, esa pizza huele de maravilla.
—Bueno —dice al colocar la comida en la barra—, cuéntame. —Coge una porción de pizza y se la acerca, creando el puente de queso más perfecto que he visto nunca. El queso se estira entre el trozo que tiene en la mano y el resto de la pizza hasta que al final se rompe.
Madre mía, me ha excitado más esta pizza que lo que me ha puesto un hombre en años.
—Que te cuente… ¿el qué? —pregunto intentando no parecer más interesada en la pizza que en el hombre que se la está comiendo.
—Lo que sea.
Me encojo de hombros.
—No hay mucho que contar.
Se cubre la boca con una servilleta mientras mastica.
—Mira, si vamos a ser amigos, vas a tener que contarme algo sobre ti.
Contemplo la pizza sobre la barra que nos separa.
Podría nadar en el aceite de una de esas cuencas que forman los trozos de pepperoni al curvarse y sería feliz para el resto de mi vida, pero si cojo uno parecerá que me estoy comprometiendo.
Como si avalara cualquier locura que este tipo quiera de mí. Así que dudo.
—¿Vamos a ser amigos?
Dobla su porción por la mitad.
—Claro.
—¿Por qué?
—¿Por qué no? —Le pega un gran mordisco.
Doy un sorbo al vino.
—¿Ya no tienes amigos?
Hace un gesto de indiferencia con los hombros.
—He regresado a la ciudad después de pasar un par de años en casa, en Denver, y mi red ha menguado. Me instalé las apps de citas tanto para hacer amigos como para salir con alguien o lo que sea. —Se limpia las manos en un trapo.
—¿Por qué yo?
—Porque estás aquí.
Pongo cara de pocos amigos. Henry prosigue:
—Y porque has hecho que gane veinte dólares.
—Diez dólares.
—Sí, es verdad. Diez dólares.
Aprieto los dientes. ¿Qué puedo contar? Me siento tonta. Esto se me solía dar bien.
—No sé de qué hablar —admito.
—Vamos a empezar por lo fácil —dice—. Eras de Pensilvania, ¿verdad?
Se me retuerce el estómago.
—¿Cómo sabes eso?
Se aparta de mí, con el cuello enrojecido.
—Eh… porque… —Dirige la mirada a su móvil, que está bocabajo sobre la barra—. Porque lo pones en tu perfil —responde.
Lo miro con los ojos entrecerrados. ¿Puse esa información en mi perfil?
Lo borré cuando llegué anoche a casa, así que no hay forma de comprobarlo.
Sin embargo, si Henry sabe que soy de Pensilvania, se debe de haber enterado por algún lado.
Al fin y al cabo, fue Sonya la que me creó el perfil, así que supongo que pudo poner la ciudad de la que vengo sin que me diera cuenta, aunque sí que le pedí que no diera muchos detalles.
Se aclara la garganta y me saca de mis cavilaciones.
—¿De qué parte de Pensilvania?
Respondo con vacilación:
—Del condado de Lancaster.
Asiente.
—Territorio amish .
—Sip —digo, toqueteando una astilla de la barra—. De donde vengo y, probablemente, mi próximo destino.
—¿No te gusta Nueva York?
Sacudo la cabeza.
—No le gusto yo a ella.
—¿Qué te trae entonces por la ciudad? —me pregunta cuando me ve jugueteando con la madera.
—Mi exnovio muerto.
Se atraganta y me da la espalda para esforzarse por sacar un trozo de pizza que se le ha quedado en la garganta. Después de toser durante un minuto, se vuelve para mirarme, con los ojos llorosos por el calvario.
—Madre mía, lo siento mucho.
—¿Quieres que seamos amigos? Pues ese es mi bagaje emocional. Pensé que sería mejor quitármelo de encima cuanto antes.
Si fuera a terapia, seguramente me dirían que hablo de Sam de forma impactante para dejar a la gente sin palabras y no afrontar lo que siento de verdad, pero no voy a terapia.
Sam se fue y suavizarlo no va a traerlo de vuelta.
Si Henry tiene dos dedos de frente, esto bastará para disuadirlo de intentar ser mi amigo.
Me mira con ternura y mueve los músculos de la mandíbula mientras me escudriña el rostro. Toma aire como si fuera a decir algo, antes de pensárselo mejor. Tamborilea la barra que nos separa para marcar un cambio de tema.
—Espera un momento.
Vuelve al comedor y toma la tarjeta de crédito de los últimos clientes que quedaban. El caballero se levanta y le da la mano a Henry.
Miro hacia abajo, a la parte delantera de mi camisa, y veo que, de los nervios, en el pecho me ha salido una erupción con manchas rojas. Me cierro el botón superior y compruebo el móvil. Hay un mensaje de Sonya:
¿Te importa si Jamie pasa la noche
en casa? Vamos a ver las dos
de Mamma Mia una detrás de otra.
¡Vente!
Tecleo una respuesta.
Claro que Jamie puede quedarse.
Aunque no me encuentro bien.
Igual para la próxima.
Bloqueo el móvil, sabiendo que seguramente no haya una próxima. Uno de estos días, Sonya va a hartarse de rogarme que pasemos tiempo juntas, y no la culparé.
De repente, Henry vuelve a aparecer ante mí.
Se quita las gafas y se masajea las sienes antes de levantar la vista para mirarme.
—Creo que mi padre se está muriendo.
Lo miro sin comprender y me fijo en la expresión de esfuerzo que refleja su rostro. ¿Pero de dónde ha salido eso?
—¿Cómo? —Hago un gesto de incomprensión mientras tomo un sorbo de vino.
—Ese es mi bagaje emocional —responde—. Está bastante mayor.
Cuando trago, noto cómo el vino me calienta el estómago.
—¿Por eso estuviste en Denver? —Es lo único que se me ocurre decir. No estoy acostumbrada a estar de este lado de las conversaciones deprimentes.
Se vuelve a poner las gafas.
—Sí.
—¿Cuántos años tiene?
Arruga la nariz y me mira con los ojos entrecerrados.
—¿Es importante?
—Sí.
Frunce el ceño.
—Los suficientes como para tener demencia —dice—.
Se olvida de muchas cosas. Me pone nervioso.
Pero mi madre está allí con él y pude contratar a una enfermera para que lo visite todas las semanas.
—Se ajusta las gafas en el puente de la nariz—.
No es un maletón como el tuyo, pero es bagaje al fin y al cabo.
—¿Esta es tu forma de ganarte mi confianza? ¿Compartiendo eso?
Se encoge de hombros.
—Depende. ¿Ha funcionado?
«No», pienso.
—No —digo.
—Eres… —Se cruza de brazos e inclina la cabeza—. Eres graciosa.
Hago una mueca.
—No creo que esta conversación haya tenido nada de gracioso.
—Eso no es lo que quería decir —responde, rascándose el codo.
—¿Qué querías decir entonces? —Lo imito y me cruzo de brazos.
Niega levemente con la cabeza, sonriendo.
—Quería decir que creo que va a ser superfácil ser tu amigo.
—No estás bien de la olla —digo—. Y yo no he aceptado ninguna amistad, por mucho que lo digas.
—¿No crees que el universo nos ha unido? —pregunta, cogiendo su copa—. ¿Y si Sonya nunca te hubiera creado ese perfil? ¿Y si no te hubieras dejado aquí la cartera?
—Habría tenido una noche tranquila a solas —le digo—. ¿Y cómo te sabes el nombre de mi compañera de piso?
Pone los ojos en blanco.
—Me lo dijiste en la app —contesta—. ¿Por qué eres tan desconfiada?
—¿Por qué eres tan insistente? —le reto.
—¿Por qué sigues aquí? —dice con una sonrisita socarrona.
—Pues… —Agito la copa de vino dorado y se forma un pequeño remolino. Eso, ¿por qué sigo aquí?—. No lo sé. Por la pizza.
Entorna los ojos.
—¿No por la compañía?
—Qué va. Por la pizza y el vino. —Alzo mi copa; la luz del restaurante brilla con un tono ámbar a través del vino—. Chinchín —digo—, por tu padre muy mayor.
Henry sonríe y alza su copa junto a la mía.
—Por tu exnovio muerto.
Brindamos.
Haber sacado el tema de Sam sienta bien.
No le hablo de él a nadie en serio. Cuando inevitablemente me pasa por la cabeza, hago todo lo posible para cambiar el canal mental a otra cosa.
Compartirlo con este desconocido me da tranquilidad.
No hay riesgo de que tenga que mostrarme vulnerable ante Henry.
No voy a volver a verlo después de esta noche.
Al final, incluso un amigo falso puede llegar a parecer un poco real cuando estás lo suficientemente sola.
Henry cambia la música de Ella Fitzgerald a los Alabama Shakes en cuanto los últimos clientes salen del edificio.
Me parece un poco atrevido estar en un restaurante pasada la hora de cierre con las luces encendidas.
Es como ver a una persona desnuda por primera vez en el momento inapropiado.
Henry se echa un trapo en el hombro y recoge unos platos sucios.
Al final me acabo poniendo en el plato una porción de pizza.
Se me hace la boca agua mientras desenvuelvo un juego de cubiertos y me corto un trocito.
—Me estás vacilando —dice Henry cuando echa un vistazo por encima de mi hombro—. ¿Te estás cortando la pizza?
—No me quiero manchar las manos.
—Estoy empezando a reconsiderar todo el tema este de ser amigos. —Coge un pulverizador de la zona de camareros que hay junto al baño y empieza a limpiar las mesas. El pelo le cae constantemente sobre los ojos.
—No somos amigos —digo mientras me llevo a la boca un delicioso bocado e intento no estremecerme de placer.
—Todavía. —Amontona un par de platos y los coloca en una mesa de servicio.
—Mentiste en tu perfil. ¿Cómo voy a confiar en ti?
—No he mentido —dice ladeando la cabeza.
—En tu perfil tenías puesto que eras fotógrafo, no barman —replico, saboreando otro bocado de la pizza más deliciosa que he probado nunca.
—Lo soy —contesta mientras limpia una mesa cercana.
—¿Por qué trabajas en este restaurante?