Capítulo 5
« J oder. Me cago en la hostia».
—Hola —digo con un balbuceo.
—Hola, Bennet. —Se apoya en la barra que nos separa—. ¿O no dijiste que te llamabas «Andy»?
—Igual… —«Mierda»—. Igual dije eso.
—Menos mal que aquí dentro hay un documento de identidad para comprobar que eres tú. —Sigue agarrando la cartera con fuerza mientras me mira por encima de las gafas—. Por cierto, ¿cómo fue el bautizo?
Me está incitando a que le quite la cartera de las manos, pero no quiero tocarlo, y mucho menos empezar un tira y afloja con él.
—¿Trabajas aquí? —Es lo único que consigo decir. La boca se me ha quedado completamente seca y siento que voy a volver a vomitar en el baño de L’italiano.
—¿Por qué crees que elegí tener nuestra cita en un sitio del otro lado de la calle?
—El sonido de la palabra «cita» saliendo de sus labios hace que se me ponga la cara ardiendo.
De repente soy consciente de que llevo puestos mis pantalones de camarera y una camisa abotonada, que probablemente sean las prendas menos atractivas con las que se puede ver a alguien.
Tengo manchas de mostaza en los muslos y estoy segura de que huelo a gorgonzola.
—Eres barman y elegiste un taller para preparar cócteles. No es justo.
—A lo mejor quería impresionarte. —Se inclina hacia adelante y aprieta la cartera con los dedos.
—Dame eso. —Pierdo la paciencia y, al final, se la arrebato de las manos.
Ladea la cabeza y frunce el ceño.
—Igual deberías ser más amable con el chico que se pasó toda la noche esperando a que dieras una señal, ¿sabes?
—Tuve una mala noche —le digo mientras guardo la cartera en el bolso.
—Ya. —Apunta con el pulgar hacia la ventana, al Rosencrantz la libertad al alcance de la mano. Luego vuelvo a mirar a Henry; una pizza al alcance de la mano. Es una decisión difícil de veras.
—Venga —dice mientras comprueba su reloj—. Quedan cinco minutos para que cierre la cocina. Es ahora o nunca.
Me vuelven a rugir las tripas y hago una mueca. Claramente escapa a mi control.
—Está bien —accedo—. Usaré el dinero de la apuesta. —Me saco el billete de diez dólares del bolsillo.
Niega con la cabeza e introduce la comanda en una tableta.
—Me dan una comida gratis por ser del personal —dice—. Podemos compartir.
Luego toma una botella de vino de la vinoteca.
—¿Vino? —Coloca una copa en la barra delante de mi taburete.
—Estás siendo muy amable con alguien que te dio plantón —le digo—. ¿Y eso?
—¿Eres siempre así de escéptica con la gente?
—¿Eres siempre así de agradable con la gente que se esfuma así sin más?
—No. —Sonríe—. No suelo llegar a conocerla.
Siento cómo se me calienta el rostro.
—Claro, porque desaparecen.
—Así es —afirma mientras descorcha la botella—. En eso consiste, ¿no?
Ahora que estoy aquí y lo tengo enfrente, me doy cuenta de que tomarse algo con un extraño no da tanto miedo. Puede que esta sea mi oportunidad de redimirme por lo de anoche.
Tomo aire, trago saliva y me subo al taburete.
—¡Eh, al final te quedas! Mira tú por dónde. —Sonríe mientras sirve una copa de vino tinto.
Levanto un dedo.
—Una copa de vino. Eso es todo. —Me acerca la copa. Suelto un quejido y sacudo la cabeza—. Por favor… Cualquier cosa menos un chianti .
—Tienes razón. —Con una sonrisa socarrona, le da un sorbo a la copa—. Esta es para mí, entonces. ¿Qué te parece uno blanco?
Asiento.
El cabello le cubre la cara cuando se agacha a la vinoteca. Desenrosca la tapa de una botella de vino blanco y me lo sirve en una copa limpia. El restaurante está en penumbra, pero las lámparas de estilo vintage de las paredes otorgan al conjunto un fulgor como el de los malvaviscos al fuego.
Cuando termina de servirme el vino, devuelve la botella al enfriador.
—Ahora mismo vuelvo, no te esfumes —dice antes de desaparecer en el comedor, supongo que para hacer la ronda a las mesas que quedan.
El vino sabe a pomelo. Lo pruebo con cautela. «¿Qué narices estoy haciendo? ¿Se puede saber qué hago aquí? ¿Por qué está siendo tan amable conmigo? No es una cita, ¿verdad?».