Capítulo 4
D ios, ¿me pueden dar un respiro? Es como si todos los acontecimientos ocurridos en las últimas doce horas fueran las olas formadas por la desastrosa zambullida de la noche anterior y estuviesen intentando ahogarme.
No me puedo creer que tenga que volver a pisar ese restaurante espantoso.
He llegado incluso a llamarlos, para comprobar si la estúpida cartera seguía allí, pero, cómo no, la línea estaba ocupada y no tienen buzón de voz.
¿Qué clase de restaurante no tiene buzón de voz?
L’italiano abre hasta medianoche, así que espero poder ir a recoger la cartera cuando termine de trabajar en el catering . Si tengo suerte, alguna forma de vida extraterrestre habrá borrado la memoria de todos los que trabajan allí y nadie me reconocerá.
Como mujer sin habilidades ni rumbo en una gran ciudad, lógicamente acabo haciendo trabajos temporales.
A veces trabajo en un catering , otras veces reparto panfletos por la calle, y otras me disfrazo de perrito caliente y reparto vasitos de encurtido a jóvenes empresarios ricachones en la cadena de supermercados Whole Foods.
Todos estos trabajos tienen los mismos requisitos: debes despojarte de tu identidad y hacer lo que se te dice.
Me dirijo a la zona de carga del club multideportivo New York Athletic Club, el NYAC, ya que al personal de servicio no le está permitido usar la entrada principal, y cuelgo la chaqueta en un perchero junto a la puerta de la cocina.
El NYAC es un club para personas de familias adineradas de toda la vida.
Todo tiene una historia, desde las vitrinas antiguas donde se guardan los trofeos hasta los bustos de atletas famosos.
Este lugar incluso huele a lujo. Tiene un montón de muebles pesados.
He trabajado aquí unas cuantas veces. Puede llegar a ser extenuante, pero el sueldo está muy por encima del salario mínimo y la mayor parte del personal no está mal.
Una vez, un cocinero me guardó un plato entero de filet mignon con puré de patatas, zanahorias asadas y salsa gravy para que me lo llevara a casa al acabar el turno, y me dio para cenar las siguientes dos noches.
Mientras la dirección no se entere, suelo poder comer gratis, lo que me viene bien, dado que mi vida es una broma vergonzosa de las grandes y hoy no pude hacer la compra.
Esta tarde he optado por unos zuecos negros de la marca Dansko supersexis.
Solía intentar venir más o menos presentable a trabajar, pero a las articulaciones no les sientan especialmente bien los zapatos bonitos cuando tienes que pasarte ocho horas de pie.
Además, el NYAC tiene un código de vestimenta estricto que incluye zapatos negros, camisa blanca, pantalones de vestir negros, una chaqueta marrón proporcionada por el establecimiento y una pajarita dorada.
Hoy la chaqueta que me han dado me queda bastante bien.
En la placa del nombre pone Anya . Por qué no, puedo ser Anya.
—Llegas tarde —me susurra una voz al oído. Es el señor Kirk, el jefe de sala y un capullo de primera. Sí, se nos pide que nos refiramos a él únicamente por el apellido.
Su cuerpo delgado y su rostro anguloso se ciernen sobre mí, tiene los brazos en jarra y los labios apretados. Si una aguja de punto cobrara vida y empezara a dar órdenes a los demás, sería el señor Kirk.
—Son las dos en punto. Llegué hace cinco minutos —le respondo.
Sus ojos negros me miran con desprecio.
—Eso significa que a las dos deberías estar ya trabajando, no parada en la puerta como si estuvieras perdida.
—No me han asignado ninguna tarea todavía. No sé en qué sala es el evento.
Sus labios finos y agrietados forman una línea recta.
—¿Cuántos eventos has cubierto aquí? —pregunta con firmeza.
—No sé, ¿unos diez? —Me tiro de la pajarita que llevo en torno al cuello, que me pica. Kirk se cruza de brazos.
—¿Después de diez eventos necesitas que se te diga lo que tienes que hacer en todo momento? ¿Necesitas que te lleve de la mano? ¿Es eso?
—No, señor. —Me mira fijamente—. Empezaré a sacarles brillo a los cubiertos —mascullo.
Lo que decía, la mayor parte del personal no está mal.
—Bien. No vuelvas a llegar tarde —dice con voz nasal y chillona.
Asiento.
—Sí, señor.
«Capullo».
Se esfuma como un villano sacado de un cómic.
La cocina es como un laberinto. Si contáramos los metros cuadrados, probablemente sea grande, pero con toda la gente, los platos, los recipientes con condimentos, las cajas de productos frescos y los aparatos electrodomésticos industriales que la abarrotan, da la sensación de que es tan pequeña como una bañera.
Cuando entro, el olor a ajo y cebolla me hace salivar.
Cojo una caja de cubiertos, un trapo de limpiar y un vaso de gaseosa. Encuentro un rincón tranquilo y empiezo a pulir. Mojar, limpiar, secar, apartar. Sigo sacando brillo hasta que dejo el último tenedor y cuchillo resplandecientes y el ruido de mi cabeza se acalla por completo.
Hay una ligera niebla cuando termino el turno.
Es el tipo de noche cálida y fría a la vez.
No logro distinguir si la camisa se me pega a la espalda por la lluvia o por el sudor.
Me seco la frente con la manga de la chaqueta mientras cruzo la calle para subirme al metro que va en dirección al centro.
Me rugen las tripas. El señor Kirk me pilló llevándome un plato de cordon bleu de pollo y tuve que devolverlo.
Vi cómo lo tiraba a la basura mientras yo metía la chaqueta y la pajarita en el cesto de la ropa sucia junto a la puerta e intentaba no decir algo por lo que pudieran despedirme.
Cuando llegue a L’italiano serán las diez, bien pasada la hora punta de la cena, aunque puede que quede alguna mesa con algún que otro rezagado.
Espero que haya suficiente ajetreo como para poder entrar y salir sin llamar mucho la atención, pero no tanto como para tener que esperar horas a que alguien me haga caso.
Me monto en la línea F del metro y me bajo seis paradas después, cuando oigo al conductor anunciar «Calle Delancey» por encima del estruendo y el chirrido de las vías.
Paso por delante de Rosencrantz aparte de eso, el lugar está vacío.
Los de la pareja están pegados el uno a la otra en un abrazo…
muy pero que muy íntimo. Al hombre le falta poco para meterle los dedos en la boca.
Me dirijo a la zona del bar, pero no me siento en un taburete.
No quiero que parezca que me voy a quedar a beber algo.
En vez de eso, me reclino sobre la barra y finjo que estoy ocupada con el móvil.
Resulta patético, la verdad. Hace horas que nadie me envía un mensaje y me puse al día con las nuevas publicaciones en el feed de Instagram cuando venía de camino, por lo que me quedo mirando una foto de Andy y Theo en su despedida de solteros conjunta.
Cuando íbamos a la universidad, ella insistía en que separar al novio y la novia en la despedida de solteros era machista y una tontería porque lo más probable es que les regalaran artículos para la cocina y el hogar, y que «sería una ridiculez absoluta que esos regalos fuesen solo para la novia en pleno siglo veintiuno.
¿O es que no queremos que el novio haga las tareas del hogar? ».
Ha soñado con casarse desde que la conozco y tiene opiniones muy firmes sobre el negocio de las bodas desde que empezamos a ver el reality de bodas Four Weddings los domingos por la mañana, cuando no echaban nada más en la tele y Sam tenía entrenamiento de béisbol: «Cuando me case, no separaré a las damas de honor de los padrinos, porque quiero que Sam esté a mi lado.
Y cuando vosotros os caséis, más os vale invitarme a ambas fiestas. Seré la dama de honor y el padrino».
Me muerdo el labio inferior y uso el dolor para abandonar ese recuerdo, el potencial perdido de esa declaración. Sam no irá a ninguna de nuestras bodas.
«Venga, Bennet. No pierdas la calma».
La pareja que hay a mi lado deja por fin la sesión de magreo y sale a la calle a oscuras mientras él la aprieta a ella con el brazo contra su cuerpo.
Parece que llevo horas aquí de pie, un poco incómoda, actualizando el feed de Instagram.
¿Cómo esperan ganar dinero con este tipo de servicio?
Podría ser una clienta que quiere pagar.
Justo cuando estoy a punto de tirar la toalla y dejar una nota con mi número en el atril de la recepción para que me llamen si encuentran la cartera, esta se desliza por la barra hasta quedar delante de mí.
Voy recorriendo con la mirada los dedos de la persona, pasando por la muñeca y el antebrazo cubierto de un ligero vello castaño, hasta llegar al bíceps y al tatuaje que asoma por debajo de una camiseta de manga corta.
Henry.
—La verdad —dice con una ceja alzada— es que no me esperaba verte a ti de nuevo.