Capítulo 3
M e quedaría corta si dijera que soltera, sin amigos y s in rumbo no er a cómo me imaginaba que viviría cuando me mudara a Nueva York.
Cuando estábamos en la universidad, Sam ya tenía una idea de cómo sería nuestro futuro.
Alquilaríamos un pisito en el Upper West Side y nos haríamos mayores haciendo la compra en la tienda de delicatessen Zabar’s, dando paseos por Central Park y yendo a los partidos de los Yankees los sábados.
Él decía siempre que nos veía un futuro aquí, donde hay museos y teatros, donde la cultura impregna hasta el último ladrillo.
Decía que yo era demasiado grande para un pueblecito, que juntos nos comeríamos el mundo.
Me encantaba imaginar nuestro futuro, cómo llamaríamos a nuestros hijos, si tendrían su nariz o mis ojos.
Pero nunca nos imaginé viviendo en Nueva York.
Este sueño le pertenecía a él en exclusiva.
A pesar de todo, decidí darle una oportunidad. Pero ahora estoy aquí y mi vida no se parece en nada a como él se la había imaginado. No visito museos. No voy al teatro. Es una vida triste, patética y solitaria, y no creo que yo esté hecha para ella. Y si no estoy hecha para ella, ¿qué pinto aquí?
El piso que comparto con Sonya es minúsculo. No hay muchos recovecos, pero todos están a rebosar de utensilios de cocina. Mi cafetera de émbolo vive encima de la nevera, junto a la tostadora y la batidora eléctrica. Tengo que ponerme de puntillas para alcanzarla.
En la puerta de la nevera solo tenemos algunas cosillas: una foto de Shakespeare, un juego de imanes para hacer poemas, una invitación para la fiesta de graduación de la prima de Sonya y una preinvitación para una boda. La boda.
Los padres de los novios tienen el placer de invitarle, junto a un acompañante, a la unión de Alexandra Chase y Theodore Brightwood. Les rogamos reservar la fecha de la celebración: 15 de septiembre.
Trazo con el dedo los bordes de la postal con relieve. En esta foto, Alexandra se parece a Sam. Un poquito, en la sonrisa.
Caigo en la cuenta de que anoche usé su apodo cuando le di a Henry un nombre inventado. En esta invitación pone Alexandra, pero para mí es Andy. La hermana pequeña de Sam y mi mejor amiga.
La pareja que aparece en la foto está en un campo de tulipanes.
La melena de Andy es roja, como una nectarina, y el cabello de Theo es oscuro como el regaliz.
Sé que Andy será una novia preciosa y llevo sabiendo desde que vi por primera vez a Theo que la amaba.
Supongo que, si hay una ocasión indicada para emplear la expresión «pareja poderosa», sería para referirse a Andy y Theo.
Pongo la tarjeta del revés para que la foto quede de cara a la nevera. Así no tengo que mirarla y aceptar que mi vieja amiga ahora es prácticamente una extraña, que nuestras vidas se han ido distanciado y ahora apenas hablamos.
No puedo pensar en lo que ocurrió la última vez que vi a Andy, el último comentario desagradable que le dije.
Lleno de agua el hervidor oxidado que compartimos, lo coloco en el fuego y lleno la cafetera de émbolo con café molido de la cafetería de la novia de Sonya. El aroma a nuez insufla vida a mis pulmones.
Sonya trabaja de nueve a cinco en una joyería del SoHo, por lo que sé que estoy a solas.
No me molesto en cambiarme la camiseta conmemorativa del día en que los estudiantes de último curso del instituto faltan a clase, ni en ponerme el sujetador, ni tan siquiera en ponerme unos pantalones.
Mi pelo corto apunta en todas las direcciones posibles y tengo una manchita blanca de baba en la comisura del labio.
¿Cómo pudo Sam verme atractiva por las mañanas?
Cuando me llevaba a casa, yo parecía Cenicienta, y a la mañana siguiente me levantaba como la hermanastra malvada.
Aun con todo, se giraba, me besaba y me decía que era preciosa.
Llevo años sin sentirme preciosa.
Sam solía traerme el café del súper Quik Mart las mañanas que tenía entrenamiento de béisbol.
Me despertaba con el olor a café americano y a bagels correosos, y sabía, antes siquiera de abrir los ojos, que me quería.
Cuando pienso en Sam, recuerdo aquellas mañanas.
Olía como cualquier universitario: un poco a humedad y a sudor, aunque con un toque de algo más dulce, quizá vainilla, y siempre a café del súper Quik Mart.
Mi madre decía que era afortunada por tener a alguien que lidiara conmigo, alguien tan paciente como él.
Siempre he sido propensa a tener ansiedad, y a veces incluso depresión, aunque lo peor llegó mucho más tarde, después de lo de Sam.
Cuando iba a la universidad, era capaz de arreglármelas sola.
No es que fuera fácil, pero no era nada comparado con lo de ahora.
Sam era como un bálsamo. Con él estaba más centrada, más equilibrada.
Era una persona muy tranquila, mientras que yo tenía un huracán dándome vueltas por dentro a todas horas. Durante un tiempo, funcionó.
El silbido del hervidor me taladra los tímpanos y vierto el agua en la cafetera.
No me puedo creer que tenga que esperarme otros diez minutos hasta que pueda beberme el café, pero cuando me mudé a Nueva York dije que sería el tipo de persona que utiliza cafetera de émbolo.
Me encanta el café, pero si fuera sincera conmigo misma, reconocería que prefiero el café del súper.
Siento como si tuviera la cabeza metida en cemento. No puedo esperar más. Presiono los posos contra el fondo del recipiente de vidrio y me sirvo una taza. Casi no está cargado, no hay duda, pero no me podría importar menos.
Me llevo la taza al salón, que está tan abarrotado como la cocina.
Nuestro sofá cama plegable gris se hunde bajo mi peso cuando me siento.
Frente a mí hay una mesita de centro cutre con una capa de pintura negra desconchada (que encontramos en la esquina con la calle 149) y las paredes están casi todas vacías, salvo por unos lienzos abstractos que compramos en HomeGoods y un tapiz de macramé beis con el que Sonya se topó en una tienda de segunda mano.
Tenemos un mueblecito para la tele (que también encontramos en la calle), una alfombra azul y un par de bandejas desparejadas que utilizamos para comer.
Nada pesa mucho: los muebles pesados son demasiado permanentes, demasiado formales, por lo que todo lo que hay aquí es barato, ligero y no dejará ningún rastro de que estuvimos aquí cuando inevitablemente nos acabemos mudando.
Miro el móvil. Tengo un mensaje de Andy Chase.
Hola, Bennet. ¡Muchas gracias
por la batidora! Siento mucho
que no pudieras venir a la despedida
de solteros, pero todos esperamos
que puedas asistir a la boda.
Avísame lo antes posible.
Cierro el mensaje. Al comprarle la batidora me quedé prácticamente sin un céntimo en la cuenta del banco, pero tenía que regalársela, sobre todo porque solo de pensar en ir a la boda me pongo mala y la culpa me está comiendo viva.
La boda de Andy y Theo será perfecta, como supongo que lo fue su fiesta prenupcial de temática primaveral celebrada antes de lo habitual.
En Los Ángeles, Theo es un abogado de éxito especializado en el sector del entretenimiento, y su sueldo, sumado al dinero de los Chase, cubrirá sin duda todos los gastos de la extravagante boda que seguro que está planificando Andy.
Cada detalle se cuidará con un gusto exquisito y a la vanguardia, desde las tartas preparadas por chefs famosos, hasta los arreglos florales encargados a boutiques de renombre, pasando por el esmalte de uñas color punta de ballet de las damas de honor.
Será un sueño con aroma a cítricos en Los Ángeles, con un atardecer anaranjado y púrpura en el horizonte y unos invitados tan guapos que deberían salir todos en las revistas.
Andy no dejará nada al azar y el resultado valdrá todo su arduo esfuerzo.
Será un fin de semana precioso. Y yo seré desdichada.
Luego le contesto.
Abro el portátil para comprobar mi horario. Empiezo el turno a las dos. Seguramente pueda hacer un hueco para una paradita en el supermercado antes de entrar.
Por curiosidad, tecleo «Estadio de los Yankees» en Google. Resulta que el estadio bajo el que me encontraba anoche ni siquiera existía cuando Sam tenía siete años. Me he estado imaginando ese momento de forma completamente equivocada.
Fenomenal.
Si crees que sabes cuál es el peor sitio de Nueva York, piénsatelo de nuevo.
Sin duda alguna, es el Trader Joe’s de la calle 72.
Es como si toda la mitad superior de Manhattan se reuniera a cualquier hora en este supermercado de dos plantas, y hoy no es la excepción.
Por lo general, llevar zapatos abiertos en Nueva York no es muy seguro, y menos aún en los supermercados abarrotados.
El verano pasado, una mujer me pasó el carrito de la compra por encima del pie y se me partió una uña por la mitad.
Cuando me atreví a gritar de dolor, lo único que hizo fue poner los ojos en blanco y seguir su camino hacia los ñoquis, dejando que mi pobre dedo del pie y yo nos desangráramos al lado de los vinos baratos.
Cojo una cesta y bajo la escalera hasta la tienda.
Lleno la cesta principalmente con comida basura y precongelados, ya que es lo único que sé preparar. Cuando llego a la línea de caja, añado una bolsita de chuches y unos bombones de chocolate negro y mantequilla de cacahuete que están colocados en un expositor.
El cajero no tendrá más de diecinueve años, tiene el pelo rubio rojizo y acné juvenil. Y las pestañas más largas que he visto nunca. Los tíos lo tienen fácil: nacen con toda la belleza y sin tener que cumplir con ninguno de los cánones.
—Buenas —saluda alegremente—. ¿Todo bien?
Dejo la pesada cesta sobre el mostrador y asiento.
Esta es la parte que detesto, cuando claramente se supone que tiene que haber interacción social, pero la conversación muere entre ambos como si fuera un ladrillo.
Ruego que deje que el ladrillo se caiga, que se haga añicos contra el suelo y que no intente retomar la conversación con un comentario o, Dios me libre, con una pregunta.
Contengo la respiración mientras va sacando uno a uno los productos de la cesta y los mete en bolsas de papel marrón.
—Son 189,45 dólares. Puedes pasar la tarjeta cuando quieras.
Siento un escalofrío. No puedo pagar la compra.
Anoche me gasté casi todo el dinero que tenía reservado para comida.
Pero ahora sería demasiado humillante darme a la fuga, así que meto la mano en el bolso para buscar la cartera.
Me detengo cuando compruebo que no está en el bolsillo de siempre.
Qué raro. Rebusco entre toda la porquería que hay en el fondo del bolso, pero no la encuentro. «Mierda».
—Disculpa, un segundo —murmuro.
Recuerdo que el forro del bolso tiene un desgarro considerable. A veces se pierden las cosas ahí. Ahí debe de haber ido a parar mi cartera.
El cajero inclina la cabeza con una sonrisa.
—¿Tienes Apple Pay?
Claro que no tengo Apple Pay. Sonya me rogó que la dejara configurármelo hace unos meses, pero no me molesté.
—Tiene que estar por aquí en algún sitio —resoplo.
Su sonrisa empieza a desvanecerse cuando meto la mano por el agujero entre el forro y el exterior del bolso y empiezo a tantear. Encuentro dos pendientes desparejados y un caramelo mentolado, pero ni rastro de la cartera.
—Lo siento, de-debo de haberme dejado la cartera en casa.
Aferra las bolsas como si me fuera a dar a la fuga con ellas.
—Entonces no te puedes llevar la compra, lo siento.
Ay, madre. Ay, madre. Ay, madre. Me está mirando con una sonrisita de condescendencia que hace que me sienta tan pequeña como un grano de arroz jazmín del Trader Joe’s.
—No pasa nada. Me, eh… Me voy.
Me largo de allí, avergonzada. Cuando salgo a la calle, me doy cuenta de que sé exactamente dónde está mi cartera.
Está en el suelo del baño del restaurante L’italiano en el East Village.