Capítulo 2
N unca me he considerado una persona especialmente ágil, pero casi me siento orgullosa de lo rápido que conseguí salir pitando de L’italiano y volar hasta el metro.
Lo único bueno de toda la noche es que no tuve que esperar mucho para coger un tren hacia el centro.
Ahora voy sentada en la línea B, frente a una mujer que lleva en su regazo a un niño pequeño dormido.
Me masajeo las sienes a medida que el tren sale de la estación y sacudo las rodillas como para intentar quitarme la humillación de encima.
Levanto la mirada hacia la mujer que tengo enfrente, que enseguida aparta la vista.
Se acerca más al pecho al niño que duerme en su regazo y le da un beso en la frente.
Me apunto en la lista mental no tomármelo muy a la tremenda cuando inevitablemente se cambie de asiento en la siguiente parada; estoy segura de que huelo a cloaca y tengo unas pintas un poco de desquiciada.
Jamás quiero ser yo, pero hoy especialmente me gustaría fundirme con el asiento del metro y despertarme en un cuerpo nuevo con una vida completamente distinta.
Pero, por desgracia, como siempre, cuando me despierta la voz distorsionada que sale por altavoz del metro y anuncia una parada que definitivamente no es la mía y abro los ojos, sigo siendo Bennet Marie Taylor.
Salgo a trompicones por las puertas correderas para adentrarme en la estación en penumbra y procuro orientarme.
Huele como cualquier estación del Bronx: a sudor rancio.
Mis ojos se topan con la raja del trasero de un hombre que está orinando en las vías.
Se me revuelve el estómago. Esta ciudad no conoce ningún límite.
Recorro la estación con la mirada para averiguar dónde me encuentro exactamente, hasta que veo un cartel: Estadio de los Yankees .
Estoy en el estadio de los Yankees. Es un alivio comprobar que no queda muy lejos de mi piso en Harlem y que lo único que tengo que hacer es subirme a la línea D en dirección contraria para llegar a casa en un par de paradas.
Aparto la mirada de la cucaracha que revolotea por el cartel de la estación y compruebo la aplicación del metro de Nueva York. El próximo tren en dirección al centro no pasa hasta dentro de veintinueve minutos.
Pues nada. Parece un buen momento para comprobar de una vez por todas a qué viene tanto alboroto por un estadio de béisbol. El estadio de béisbol preferido de Sam.
Subo los escalones de la estación de metro, con cuidado de no tambalearme y torcerme un tobillo, y salgo al aire fresco de la noche.
El estadio se encuentra justo enfrente de la boca de metro que he elegido, así que espero a que el semáforo se ponga en verde para peatones y luego cruzo la calle.
Contengo la respiración y mantengo la vista clavada en los pies a medida que me desplazo por la acera y avanzo hacia el gigante dormido; me da un poco de miedo que mirarlo antes de estar justo debajo pueda estropear la experiencia.
Cuando siento su presencia estoica sobre mí, me detengo, respiro hondo y miro hacia arriba.
Y hacia arriba.
Y hacia arriba.
Ya ha anochecido, pero el cartel es tan luminoso que tengo que entrecerrar los ojos. Es enorme, más de lo que me había imaginado. Como un coliseo del siglo xx al que van los hombres a luchar. Aunque, cuando jugaba Sam, el partido parecía más bien un baile: delicado, elegante, refinado.
Los Yankees eran su equipo favorito. Solía coger el tren desde Jersey con su padre todos los veranos para verlos jugar.
Me lo imagino a los siete años aquí plantado, admirando este enorme monumento.
Iría de la mano de su padre mientras comía las bolitas de helado Dippin’ Dots de un recipiente con forma de casco de béisbol invertido.
Tendría las mejillas sonrosadas manchadas de azúcar y tierra; el pelo dorado como la arena, alborotado por el viento.
He visto fotos de cuando tenía esa edad, rebosante de alegría, haciéndose mayor y convirtiéndose en quien luego sería.
Permanezco de pie, quieta como una estatua, mientras observo el imponente estadio, sintiéndolo todo y nada a la vez.
Pasan unos minutos, aunque me parecen horas.
Hace más frío de lo que me esperaba para finales de mayo.
Me estremezco cuando un soplo de brisa me alborota el pelo y me cubre la cara.
Me lo coloco por detrás de la oreja, el frío me devuelve a la realidad.
No tengo ni idea de cuánto tiempo llevo aquí, puede que haya perdido el tren.
Me apresuro de nuevo a los túneles subterráneos de la ciudad.
No pierdo el tren por cuestión de segundos y llego a Harlem.
Vivo en un quinto sin ascensor y, cuando llego arriba, estoy sin aliento.
Rezo por que Sonya esté dormida para evitarle el sonido de mi respiración entrecortada y el olor de mi visita al baño de L’italiano.
En realidad, me ha visto en peores condiciones (nos conocemos desde la incómoda época que fue el paso por el instituto), pero vivir en Nueva York me ha abierto en canal como nunca hubiera imaginado.
Me cuesta horrores evitar derramar todo mi interior, sentimental y enmarañado, en nuestro pequeño apartamento y ahogarla poco a poco.
Así que hago todo lo posible por mantener nuestra relación a raya, a una distancia prudencial.
A Sonya le encanta vivir aquí. Ha encontrado su hogar y a su gente.
Y yo soy el espectro de la amiga que solía conocer, que le ronda el piso y lanza alaridos como una arpía cuando alguien se acerca demasiado…
incluso si ese alguien resulta ser su amiga de toda la vida.
Meto la mano en el pozo oscuro que es mi bolso y rebusco entre envoltorios de chicle, polvillo de gominolas ácidas, tiritas, calderilla y unas gafas hasta que consigo dar con el llavero.
Abro la puerta y rezo una breve oración: «Por favor, si hay un dios ahí arriba, que Sonya esté dormida».
Cuando entro en el salón, se levanta de un brinco del sofá, como un pájaro en un reloj de cuco.
—¿Qué tal ha ido? —pregunta acercándose a la puerta. Me sobresalto. «Que alguien me mate».
—Al final no fui. —Me quito los zapatos y paso por su lado—. No estaba lista.
Inclina la cabeza y frunce las cejas con una mirada llena de preocupación.
—Oh, no —dice—. Lo siento.
—No pasa nada. —Me rasco la frente y entro en la cocina para llenarme un vaso de agua.
Me sigue a pocos pasos.
—¿Quieres hablar del tema?
«¿Hablar del tema? No. Lo que quiero es olvidarme del tema para siempre». Hago un gesto de negación.
—Solo necesito dormir un poco, ya está.
Me vuelvo hacia ella, sus ojos son grandes y marrones y me clava la mirada. Me observa como alguien miraría a un gatito que han dejado abandonado dentro de una caja en una escalera cualquiera. Está preocupada por mí. Siempre lo está.
Cuando teníamos dieciséis años, éramos muy parecidas.
Todos los miércoles por la tarde nos saltábamos la clase de Ciencias para ir al Starbucks, hasta que sus padres nos pillaron y nos obligaron a volver a la escuela.
Me tejía un gorro cada invierno y yo le devolvía el favor haciéndole una recopilación de canciones antiguas que sabía que le iban a gustar, incluso cuando los CD se fueron quedando obsoletos.
En aquel entonces nos divertíamos haciendo tonterías. Ya no sé cómo hacerlo.
—No quería alterarte ni nada —dice avergonzada.
—Está todo bien —le aseguro, a pesar de que no lo está—. Estoy bien —le aseguro, a pesar de que no lo estoy.
—¿Has pensado en lo que estuvimos hablando? —me pregunta, evitando mirarme a los ojos—. Me refiero a lo de…
—Sí —digo cruzando los brazos. Estos últimos meses he estado dándole vueltas a la idea de volverme a Pensilvania.
Me mudé a Nueva York por una razón muy concreta, una en la que estoy fracasando estrepitosamente.
Si no soy capaz de hacerlo, ¿qué sentido tiene seguir aquí?
Estoy segura de que Sonya se preocupa de corazón.
Pero si me fuera de esta casa, su novia podría venirse a vivir aquí sin problemas y compartirían el alquiler.
Se las apañaría bien sin mí—. Todavía no lo sé —le digo—, sigo dándole vueltas.
—Vale —responde cambiando el peso de un pie a otro. Al cabo de unos instantes, se vuelve para dirigirse a su habitación. Cuando llega, se para y se toma un momento para mirarme de arriba abajo—. Estoy aquí si me necesitas, Bennet. Lo sabes, ¿verdad?
—Sí, lo sé. —Asiento y le doy unos tragos al vaso de agua—. Buenas noches, Sonya. —Me giro hacia el fregadero para llenarme el vaso y para no tener que ver cómo me mira con una mezcla de lástima, exasperación y preocupación.
Dejo que el agua del grifo rebose y me moje los dedos. Alguien me dijo una vez que en el agua de la ciudad había gambas microscópicas, aunque no creo que me importe. Imaginarme que en el agua del vaso hay gambitas me hace sonreír, la verdad.
Cuando levanto la vista, Sonya ha desaparecido.
Ojalá pudiera seguir siendo la chica a la que recuerda, a la que le encantaba hornear brownies con ella y con su madre.
La chica a la que le encantaban las películas cursis y jugar a laser tag e irse de aventura.
Pero eso era antes de que cada átomo de mi cuerpo se reordenara para convertirme en quien soy ahora.
Me bebo de un trago el resto del vaso con la esperanza de prevenir la resaca de mañana.
¿Por qué no pude haber ido a Rosencrantz & Guildenstern, preparado unos cócteles complicados y entablado una conversación vacía con un chico que se llama Henry?
¿Por qué me he pasado en cambio toda la noche castigándome y aplacando cómo me siento con vino y pasta que no puedo permitirme?
No lo entiendo y, si pudiera hacerlo, creo que descubriría el secreto de la vida.
Sería la gurú de autoayuda más poderosa de la tierra y me haría de oro con un libro titulado No tienes ansiedad, es solo un invento de tu cabeza que te obliga a hacer locuras, y me pasaría los días en una villa en Grecia sin tener que preocuparme nunca más por nada.
Viviría mi vida y no me haría preguntas.
Me paso la mayoría de los días haciéndome preguntas.
«¿Por qué me escondo cuando Sonya entra en la cocina a prepararse un café?».
«¿Por qué no puedo portarme mejor con ella?».
«¿Por qué me paso días dándole vueltas a un simple mensaje?».
«¿Por qué me silbó ese tío?».
«¿Por qué no puedo tener una cita casual?».
«¿Por qué no puedo levantarme de la cama?».
Cuando me resguardo tras la puerta de mi habitación, me quito la camiseta y me estremezco ante el reflejo del espejo.
Dejé que Sonya me convenciera de llevar un sujetador adhesivo para evitar la marca de las tiras, pero se me ha bajado unos centímetros hasta quedar por debajo de los pezones.
Me lo despego y toco la parte adherente.
Gotas de sudor me resbalan por el pulgar. Qué asco.
Me pongo un chándal y recorro mi cuarto oscuro y desordenado con la vista.
El suelo está cubierto de ropa. Todos los rincones están atestados de libros que no abriré jamás.
La cama está deshecha y encima hay bálsamo labial, desmaquillante, ropa interior y calcetines.
Este lugar es mi santuario, mi refugio, y lo he convertido en un vertedero.
Antes de meterme en la cama, añado a una lista mental a todas las personas a las que he decepcionado hoy.
A Sonya.
A la camarera rubia.
Al hombre con la camisa manchada de vino.
A Sam.
A mí.
A Henry.
Cuando me meto debajo del edredón, ya no corro el riesgo de interactu ar con otro ser humano al menos durante las siguientes ocho horas, y ese pensamiento por sí solo es suficiente como para que me suma en un sueño plácido y profundo.