Passion Project
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Capítulo 1
L a pasta carbonara me ha traicionado.
Me siento en cuclillas e intento no caerme y darme de bruces con la pared del baño o, peor aún, con el borde del inodoro de cerámica verde que tengo delante.
La voz de Dean Martin resuena por los altavoces, y me recuerda, de forma un tanto incómoda, dónde estoy: en el baño de un restaurante italiano de comida rápida en el Lower East Side.
Acabo de vomitar hasta el alma, como un chaval universitario de fiesta.
Me limpio la barbilla y tiro de la cisterna, hago una mueca de dolor ante la sensación de mareo que me provoca el balanceo de la sala.
Antes he mentido. En realidad, no es culpa de la pasta.
Es culpa del vino. De las dos botellas y media de chianti que me he pimplado como si fuera una de las mujeres que salen en Real Housewives.
¿Quién diantres me dijo que podía permitírmelo?
Estoy segura de que, con solo echar un vistazo a la cuenta del banco, me pondría a vomitar de nuevo.
Cierro los ojos con fuerza y me sostengo la cabeza entre las manos. Es como si mi estómago supiera que tenía que expulsar del cuerpo cualquier rastro del desastre que ha sido esta noche.
Supongo que mi cita se habrá marchado hace horas.
La verdad es que no lo sé. He bloqueado su número.
Se suponía que íbamos a quedar en Rosencrantz no sé si se trata de pasta carbonara o de vómito, y puede que no lo sepa nunca.
Abro el grifo y empiezo a lavarme las manos para limpiarme la porquería del suelo del baño. No queda jabón en el dispensador. Qué sorpresa.
Se me dispara la tensión al oír un fuerte golpe en la puerta.
—Ocupado —digo con voz ronca.
Es como si me hubieran colocado un instrumento de tortura medieval en el cráneo.
Me echo agua en la cara para no tener pinta de psicópata borracha.
Me arrepiento casi al instante, porque no queda papel, solo hay un secador de manos eléctrico.
Una gruesa gota de agua me cuelga de las pestañas.
Me la seco con la manga y el rímel que me quedaba se me corre.
Otro porrazo en la puerta sacude el diminuto baño. ¿Se creerá que me he esfumado aquí dentro por arte de magia?
—¡Un segundo! —resoplo.
Me meto un chicle en la boca, me seco los ojos y me cuelgo el bolso del brazo.
Inspiro profundo tres veces. «Actúa con normalidad. Tú puedes».
Llaman de nuevo. Más fuerte y con más agresividad.
«¿Quién se cree que es este imbécil?».
—He dicho que un segundo. —Pierdo los estribos al girar el pomo de la puerta—. ¿Qué no has entendido?
Abro la puerta y veo a un hombre alto que obstaculiza el camino. Me mira como si tuviera tres cabezas.
Tiene el pelo castaño y lleva gafas de montura metálica, igual que en su perfil de la app de citas. Sus ojos verdes reflejan una expresión de sorpresa y espanto, a diferencia de su perfil de la app de citas, definitivamente.
—Mierda. —Dejo caer la mirada al suelo. Puede que, si ocurre un milagro, no me reconozca—. Con permiso.
—Así que es aquí donde te habías metido. —Henry se apoya en el marco de la puerta y me bloquea la salida. Su expresión pasa de estupor a algo completamente diferente. Algo que roza lo engreído. Bajo la camiseta rosa que lleva puesta le asoma un tatuaje en el bíceps.
—No sé a qué te refieres. —Dejo que el pelo me cubra la cara para que no pueda verme bien.
Esboza una sonrisita de suficiencia. Encima.
—Eres Bennet, ¿verdad?
Mi nombre suena ridículo cuando lo dice él. Nunca me ha gustado. Hace que me sienta como un adolescente o como uno de esos capullos del mundo de las finanzas que viven de un fondo fiduciario, aunque sé que esa no era la intención de mi madre cuando me puso este nombre.
—Va a ser que no. —Por mi voz, parecería que me han pasado la laringe por una batidora—. Me llamo Andy. Adiós.
Intento trazar una vía de escape, pero su postura apoyada en el marco de la puerta y el inoportuno tamaño de su cuerpo me cierran el paso. ¿Qué hace aquí tanto tiempo después de la hora a la que habíamos quedado? ¿Por qué cruzó la calle y fue a parar al mismo restaurante que yo?
—Mira, Andy. —Se burla, entrecomillando con gestos mi nombre falso—. Si no querías salir conmigo, me lo podrías haber dicho y ya está.
—Llego tarde a… Eh… —«Venga ya, Bennet. Piensa en algo. Lo que sea»—. Llego tarde a un bautizo. —«¿Un bautizo? ¿Pero qué coño dices?».
—¿En serio? ¿Un miérco…?
—Me tengo que ir.
Me cuelo por el hueco entre su brazo y la puerta, y salgo al comedor.
La sala está casi a oscuras en comparación con la luz fluorescente del baño y mis ojos tardan unos segundos en acostumbrarse.
Por todo el comedor hay repartidas lámparas de estilo antiguo con forma de farolillo que brillan en tonos rojos y anaranjados, como cerillas minúsculas.
Las mesas están tan cerca las unas de las otras que una persona sobria tendría problemas para desplazarse por el lugar, no digamos ya una borrachuza como yo.
Me abro paso entre la penumbra y me estrello contra la camarera que me sirvió más alcohol de la cuenta.
Le está poniendo una copa de vino tinto a un caballero incauto en una mesa del bar cuando me choco con ella.
No tengo tiempo de detenerme y disculparme, aunque me giro lo suficiente como para contemplar la espantosa imagen del vino derramado sobre el pecho del hombre, como si fuera sangre.
La camarera me dedica un improperio a la vez que echa mano del trapo que lleva en el cinturón y le da una serie de toques en el pecho para absorber el desastre que he dejado a mi paso.
Pues claro que llevaba una camisa blanca impecable, ¿cómo iba a ser de otra forma?
Cuando por fin alcanzo la puerta e intento abrirla a la desesperada, no se abre.
No se mueve ni un milímetro. «Por Dios, ¿por qué a mí?
¿Por qué tengo que sufrir este castigo? ¿Qué he hecho para merecer esto?
». El corazón me late con fuerza, tengo la frente bañada en sudor.
Siento a alguien detrás de mí, noto el calor que emana a mi espalda.
Un brazo se extiende sobre mi hombro derecho, un tatuaje asoma por debajo de una camiseta rosa.
Empuja la puerta con suavidad, que se abre sin oponer resistencia.
Al girarme, me encuentro una vez más acorralada entre un tipo llamado Henry y una puerta.
—Hay que empujar.