Pasión Vikinga Capítulo XVII #2
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Capítulo XVII #2

Hakon pareció pensar unos segundos y por fin volvió a abrir los ojos. Su rostro expresaba tanta paz que quienes se hallaban cerca ni siquiera se movieron.

—Moriré con honor por un crimen que no he cometido —dijo Hakon con gravedad—, y los dioses me acogerán con grandeza y justicia.

A unos metros de los hombres, Rurik le hizo una señal a uno de los soldados de la guardia del jarl , sabiendo que era uno de los suyos. El joven asintió con la cabeza y desapareció tras la puerta del enorme salón. Después, Rurik instó a Briana a levantarse, la muchacha saltó de inmediato.

—¡Esperad! —exclamó en voz alta, todas las miradas se posaron en ella, incluida la de Hakon.

En el instante en el que sus ojos se reunieron con los del vikingo, Briana tuvo tantas ganas de correr y abrazarlo que casi le fue imposible contenerse, aunque lo logró pensando que el plan que habían preparado debía llevarse a cabo en ese mismo momento.

Sin perder el tiempo, avanzó con paso firme hasta llegar a donde se encontraba el jarl.

Un millón de ojos se posaron sobre ella.

—Briana… —susurró Hakon, su voz quedó ahogada con el sonido de pasos aproximándose a donde se encontraban.

—¿Quién es esta dama? —preguntó el jarl, confuso y moviendo la cabeza en busca del ruido, sin saber de dónde procedía .

Rurik, que había avanzado hasta el punto en el que se encontraba Briana, fue quien respondió por ella, ante la mirada anonadada de todos allí.

—Se trata de Briana Urquhart —dijo alzando su mano para enfatizar el nombre de la joven—. Proviene de uno de los clanes más grandes y poderosos de las Highlands escocesas.

Briana se tranquilizó en el momento en el que escuchó que la conversación comenzaba a desarrollarse en su lengua, al menos podía comprender esas palabras.

Inmediatamente, algunos pocos comenzaron a traducir las palabras, puesto que la mayoría de los hombres del público no comprendían la situación en absoluto.

—¿Y qué ha venido a hacer aquí una highlander ? —preguntó el jarl, orgulloso en todo momento.

Como respondiendo a su pregunta, por la puerta aparecieron unos veinte hombres más; algunos eran del clan Urquhart y otros eran familiares o amigos de Hakon, pero todos ellos iban encabezados por Gared, Viggo y Trud.

—No ha venido sola. —Fue Gared quien habló—. Estamos aquí para impedir que hoy muera un hombre inocente. Y con la intención de que se aprese al verdadero culpable.

Hakon no daba crédito a todo lo que sucedía a su alrededor, pero tan solo podía pensar en las imperiosas ganas de besar a Briana que sentía dentro.

Ya había aceptado que nunca más podría tenerla entre sus brazos de nuevo, y en ese instante ella estaba allí, a solo unos metros, vestida como una auténtica princesa.

No sabía qué demonios tramaban, pero le daba miedo volver a poner en peligro a la gente que tanto le importaba.

Había aprendido una importante lección a la hora de controlar sus impulsos egoístas.

Al otro lado, Gyda se revolvió en su silla y levantó la cabeza.

—No creo que ningún extranjero deba intervenir en la justicia impartida por nuestro honorable jarl en nuestra propia casa—dijo.

Briana aprovechó esa ocasión para girarse hacia esa odiosa mujer y se dirigió a ella.

—¿Acaso veis vuestra cabeza peligrar?

Gyda frunció los labios con desagrado.

—En absoluto. Pero vosotros, extranjeros, tan solo queréis apoderaros de nuestra cultura y de nuestras tierras, a pesar de que mantengáis que es mi pueblo quien os devasta. ¡Sois un peligro y una amenaza!

La tensión era tan palpable que podían escucharse las respiraciones de aquellos que tan solo escuchaban la escena.

—No estáis muy equivocada —amenazó Gared—. Puesto que, si hoy se acaba con este hombre de aquí, esa será tan solo la primera de un sinfín de muertes. Y no creo que queráis provocar una guerra entre nosotros con tan suma facilidad…

El jarl lo observó con suspicacia.

—¿Qué interés tenéis en salvar la vida de un violador y un asesino?

—Le debo muchas cosas a Hakon; él ha velado por la seguridad de mi mujer y de mi hermana, así como también ha batallado fieramente en mi favor —argumentó sin dudar, y Briana pensó que nunca antes se había sentido tan orgullosa de su hermano—.

Pagaré con mi vida si es necesario, pues mi clan está en deuda con él y todos nosotros estamos convencidos de su inocencia…

por lo que, si Hakon es ajusticiado, mi ejército no tendrá ningún inconveniente en entrar a esta ciudad y arrasar con cualquier hombre, mujer o niño que se encuentre en nuestro camino. ¿Es eso lo que os conviene?

—Escoceses —gruñó uno de los soldados del jarl—. Poca fuerza y demasiado carácter.

Gared lo miró con cierta ironía en el rostro, como si se hubiera tomado eso con humor, pese a que estaba siendo una situación muy grave.

—Estaré encantado de mostraros nuestra poca fuerza en caso de ser necesario —murmuró peligrosamente—. Aunque espero, por el bien de vuestro pueblo, que no lo sea.

El jarl temblaba, confuso, pero al final centró su mirada en la de Gared de nuevo.

—No puedo dejar libre a un hombre que ha desobedecido semejante cantidad de normas, tanto las mías propias como las de los dioses…

—¿Y si Hakon es inocente? —inquirió Trud con un gruñido.

En ese instante, el jarl dudó, sin tener clara cuál era la respuesta que debía dar. No podía ser inocente, estaba demostrado que no lo era. ¿Por qué si no habría huido Hakon? Todos se percataron del momento de inseguridad del jarl y decidieron explotarlo.

—Estoy convencido de que hay alguien aquí que sabe lo que ocurrió de verdad —exigió Viggo en noruego—. Y esa persona podría evitar una enorme masacre…

—¿Osarías alzar tu espada contra tu pueblo? —preguntó alguien entre el público.

—No es necesario que yo lo haga —repuso Viggo—. Ellos son demasiados por sí mismos. Escúchame, amigo, soy sincero al decir que no merece la pena enfrentarlos.

Sería desolador para los highlanders entrar en una guerra contra los vikingos en esos momentos y en ese lugar…

pero ninguno faltaría a su palabra después de desafiarlos de esa forma.

Confiaban en el plan a seguir; alguien conocía la verdad de lo sucedido entre Hakon y Gyda, y esa guerra no tendría lugar.

—Ajusticiad a Hakon y, además de haberle quitado la vida a un hombre inocente, mañana mismo comenzaremos una guerra.

Gared fue tan directo al hablar que Briana se mordió el labio, impresionada por sus duras palabras y miró a Hakon con gesto grave.

Quizás ese podría ser su último instante juntos...

Hakon también la miró intensamente, y durante unos segundos, tan solo ellos dos existieron en esa sala abarrotada de gente.

El jarl hizo una señal a uno de sus hombres y este agarró a Hakon de los hombros, haciéndolo caer con todo su peso contra el suelo.

—No vais a acobardarme —rugió el jarl —. Esta es mi tierra y soy yo quien decide cómo impartir la justicia.

Hubo un momento de tensión en el que Briana no dejó de observar a Hakon con horror. Un soldado ya se preparaba para clavarle la espada en la nuca tan pronto como recibiera la orden de hacerlo.

—Así sea —murmuró Gared, abriendo sus brazos con patente desafío en un último y desesperado intento de detenerlo—. Ateneos a las consecuencias que esto traiga.

En los labios de Gyda ya se dibujaba una fría sonrisa al observar cómo sus problemas acabarían de un momento a otro y su reputación quedaría limpia… pero a su lado, su criada, fue quien se levantó y rompió el silencio.

—Yo… yo lo vi —dijo con voz temblorosa—. Lo vi muchas veces.

La espada quedó suspendida sobre la nuca de Hakon y el jarl giró la cabeza con confusión. ¿De qué demonios hablaba esa muchacha?

—¿El qué viste? —le insistió—. Por Odín, niña, ¡habla!

La voz de la sirvienta temblaba, aún más sabiendo que Gyda la observaba con semblante tan furioso que parecía que fuera a estallar de un momento a otro. La muchacha decidió ignorarla y mirar al frente, al punto en el que se desarrollaba toda la acción.

—Lo vi a él —señaló a Hakon—. Venía por las noches y entraba en la habitación de mi señora; eran amantes.

—¡Eso es una sucia mentira! —gritó Gyda—. Él me obligó, dijo que mataría a mi marido.

Hakon sintió su piel estremecerse al escuchar la voz de esa mujer que para él era la representación de todo mal con forma humana.

Esa misma voz que alguna vez había pronunciado su nombre entre suspiros y que lo había manipulado hasta límites insospechados.

Lo asqueó pensar que en algún momento él hubiera creído amarla; no era más que una sucia mentirosa que aún seguía intentando desacreditar su nombre, pero la semilla de la duda ya se había plantado en el jarl , que las observaba suspicazmente mientras fruncía los labios, pensativo.

—Sigue hablando, muchacha.

Nerviosa, la joven criada se aclaró la voz, aunque su tono seguía siendo bajo. Trud traducía para que Gared y Briana entendieran lo que sucedía y el giro dramático que habían dado los acontecimientos.

—Mi señora engañaba al señor Kund; decía que lo detestaba y le causaba repulsión —siguió narrando—.

Por eso se aprovechaba tanto del señor Hakon, porque él era bueno con ella…

pero cuando ellos dos se retaron a duelo y el señor Kund resultó muerto, mi señora supo que estaba sola, Excelencia —dijo—.

Y le dio tanto miedo perder la fortuna de su fallecido marido si alguien se enteraba de lo que había hecho, que quiso…

Ni siquiera pudo terminar de contarlo, puesto que Gyda pareció volverse loca de repente y arremetió contra su propia sirvienta, tirándole del pelo y gritando sin cesar.

Los guardias no tardaron en recibir la orden y acudir para apresarla sin tiempo que perder.

Briana solo respiró cuando observó a esos fornidos soldados forcejear con la mujer, que en esos momentos no parecía una hermosa dama nórdica, sino una desquiciada.