Capítulo XVII
L as puertas del salón se encontraban abiertas y una enorme marabunta de gente esperaba en el interior de la gran sala en la que se llevaría a cabo el ajusticiamiento.
La mayoría de las personas observaban de pie, impacientes antes de que la guardia del jarl llevara de una vez al acusado ante él.
A la vez, también podían verse dos grandes filas de majestuosas sillas destinadas a las personas de mayor nivel social.
En el lugar en el que ambas filas confluían, y alzado sobre el nivel del suelo, se encontraba un pequeño trono plateado, aún vacío.
Al contrario que la mayoría de las casas cercanas, que estaban construidas en madera oscura y de un modo más práctico, el lugar en el que se hallaban se había hecho de piedra y, pese a no poseer una gran claridad, estaba lo suficientemente iluminado gracias a algunas velas colocadas sobre soportes en las paredes.
Cuando Briana entró a la sala junto a Rurik, todos los ciudadanos se giraron para mirarlos y un rumor de voces comenzó a alzarse por toda la sala.
Nadie esperaba ver a Rurik allí, mucho menos acompañado por aquella misteriosa y elegante joven.
Briana temblaba con fuerza y, pese a que Rurik no le dedicó ni una sola palabra tranquilizadora, al menos le ofreció su brazo para que pudiera apretarlo a placer.
Los ojos de Rurik no transmitían absolutamente nada, mucho menos lo hacían sus pocas palabras.
Briana habría querido hablar con él, confesarle que ella lo sabía todo acerca de su amor prohibido porque Gala se lo había contado, pero algo había cambiado en Rurik y toda esa confianza que habían forjado durante los días en los que habían viajado juntos parecía haberse esfumado.
Con patente orgullo y gran decisión, Rurik avanzó por ese salón con Briana de su brazo.
Sintió todas las miradas posándose en ellos, más aún cuando el vikingo decidió cuál sería el asiento que tomarían.
Sin tratar de disimular lo más mínimo, aunque sí bajando la voz, Rurik se dirigió a su joven y temblorosa acompañante y después le señaló un lugar entre las sillas ya ocupadas por los nobles y personajes más influyentes de esa ciudad.
—Esa es Gyda —dijo Rurik entre dientes—. Vas a sentarte junto a ella, pero finge naturalidad, como si no la conocieras. ¿De acuerdo?
Los ojos de Briana estudiaron con desconsuelo a la mujer a la que se refería su amigo.
Pese a haber dos mujeres más sentadas en esa zona, era inconfundible cuál de ellas era Gyda, la persona que había arruinado la vida de Hakon con una sucia mentira.
Era una mujer delgada y alta, con una larguísima trenza oscura cayendo por uno de sus hombros.
En el cabello llevaba una corona que a Briana le pareció de lo más pretenciosa, sus labios llenos destacaban en ese bello rostro de ojos ligeramente rasgados y líneas exóticas.
La odió en ese mismo instante y alzó la barbilla, aproximándose a ella y seguida por Rurik.
Gyda parecía muy tranquila, su hermoso rostro cincelado en piedra y miraba al frente sin ningún rastro de culpabilidad.
En cuanto se percató de esa extraña que tomaba asiento a su lado, tan solo desvió sus ojos con desdén un momento para observarla.
Briana seguía nerviosa en su interior, pero a su vez también logró dedicarle una seca mirada a la dama.
Entonces, por primera vez, algo pareció afectar a la inamovible expresión de Gyda: sus ojos se entrecerraron y su gesto se contrajo con algo parecido al temor.
Briana no ignoró que eso ocurrió en el preciso instante en el que vio a Rurik.
Gyda supo recomponerse con rapidez y bajó la cabeza para estudiar concienzudamente los adornos de su vestido granate.
—Hace su entrada el honorable jarl —dijo un hombre menudo al llegar al centro de la sala y de pronto se hizo el silencio.
Después de tanto tiempo escuchando hablar de ese jarl como si fuera casi una divinidad, Briana no se esperaba en absoluto que fuera un anciano enjuto y con rostro hundido.
Se ayudaba con un bastón de metal a la hora de caminar y su porte, aún regio, parecía hablar de otro de esos héroes nórdicos que habían sobrevivido a mil batallas en una época más gloriosa de su historia.
Briana se descubrió estudiando cada uno de los movimientos de ese individuo que lo había intentado todo para capturar al hombre al que amaba y ese pensamiento le provocó una ramalada de ira, aún más acrecentada al sentir la presencia de Gyda a su lado.
Rurik pareció leer su pensamiento y colocó su fuerte mano sobre el hombro de Briana.
La miró negando con la cabeza, sin alterar la seriedad en su semblante.
Durante algunos minutos, Briana tuvo que aguantar sentada sin moverse, al tiempo que todos hablaban en un idioma que ella no entendía.
Gyda reía, bromeando con una de sus criadas, que bajaba la cabeza a cada nueva palabra de su señora, y Rurik le traducía a Briana al oído cualquier dato importante con pasmosa rapidez.
—Van a traerlo —dijo de pronto, girándose hacia la enorme puerta por la que todos habían entrado antes.
Por mucho que intentó reprimirlo, Briana dejó escapar un gemido cuando también se giró y observó a cuatro guardias altos y fuertes llevando a empujones el cuerpo de un hombre envuelto en ropas cubiertas de barro. Casi no podía creer que se tratara de su valeroso vikingo.
—No es necesario empujarlo —murmuró el jarl entre dientes—. Este hombre ganó su derecho a ser tratado de forma honorable hace demasiados años. Eso no tiene por qué cambiar.
Briana miró a Rurik con expectación y este tradujo de inmediato las palabras del jarl.
Briana imaginó que Hakon se alzaría y escupiría a ese estúpido hombre o se pondría a gritar improperios en algún momento, pero no lo hizo.
Hakon no parecía ser consciente de encontrarse allí y sus miembros se movían pesadamente una vez se liberó de la presión de los soldados.
Con lentitud, llegó hasta el centro de la sala y el silencio fue sepulcral.
—Mírame, Hakon, hijo de Endill.
Hakon no obedeció. Se sentía tan adolorido después de una semana entera sin comida y casi sin agua que no era capaz de reaccionar a las palabras del hombre al que una vez había jurado lealtad.
Todos esos días había dormido en una celda húmeda, fría y oscura y, pese a que algunos de los influyentes señores de Agder trataran de reunirse con él, Hakon no había querido ver a nadie.
La única persona con la que anhelaba encontrarse en ese momento estaba al otro lado del mar, gobernando ya en su tierra y en su clan junto a su hermano.
Experimentó una salvaje punzada en el pecho al pensar en Briana; era como si llevaran años sin verse, como si esos días hubieran quedado muy atrás.
De todos modos, era imposible borrar la huella que ella había dejado en él y supo que cuando muriera, unos minutos después, querría hacerlo recordando el sabor de los labios de Briana y el sonrojo de sus mejillas cuando él la acariciaba.
—Será mejor acabar con esto cuanto antes —anunció el jarl y se levantó de su trono. Bajó las escaleras y llegó hasta Hakon, quedando frente a él—. Mírame, Hakon, hijo de Endill.
Por primera vez, Hakon suspiró al escuchar de nuevo estas palabras y alzó la cabeza, clavando sus ojos grises en el jarl.
Pese a estar cubierto de barro y suciedad, con el cabello cayendo sobre sus hombros, despeinado, sus ojos transmitían la misma fuerza de siempre, como si fuera imposible que pudieran ponerle fin a su vida.
La mirada del jarl era severa, aunque sentía tener que hacer eso con un hombre al que apreciaba tanto.
Al cabo de varios minutos de espera, tomó aire y comenzó a hablar con una voz que retumbó en toda la sala profundamente.
—Se te acusa de violación, asesinato, falsedad —comenzó a recitar como si se tratara de un discurso. Durante esos segundos, Hakon no vaciló con su mirada ni un solo instante—, huir durante semanas y acabar con la mitad de mi guardia, entre quienes se encontraban algunos de mis hombres más valiosos.
—También ellos asesinaron por la espalda a una de mis hermanas —escupió Hakon con rabia, hablando por primera vez—. Una de vuestras más leales servidoras.
El jarl dejó el aire escapar de sus pulmones con brusquedad. Había oído de la muerte de Gala y eso lo entristecía grandemente, pero ninguna verdadera batalla podía librarse sin muertos. Decidió fingir no haber oído nada.
—¿Cómo te declaras, Hakon?
—Inocente —respondió sin dudar.
Todos suspiraron en el salón, bajando la vista.
Estaba claro lo que eso significaba; si se hubiera declarado culpable, habría existido la posibilidad de que pudiera sobrevivir…
recluido. Pero Hakon prefería la muerte antes que permanecer encerrado sin volver a ver a Briana, sus hermanos y su familia.
—Por deferencia a tu linaje y a la extremada honorabilidad que siempre has demostrado… hasta ahora —comenzó el jarl —, yo te condeno a morir ajusticiado con espada, sin humillaciones ni maltratos innecesarios.
El público comenzó a gritar y a abuchear o tan solo a vitorear la decisión de su señor, sedientos de sangre.
Hakon los ignoró y tuvo que contenerse para no expresar en voz alta que no le importaba en absoluto qué más quisieran hacerle ya.
Se sentía tan vacío por dentro en esos momentos que anhelaba que todo acabara cuanto antes.
Por las estrechas ventanas de su derecha se colaron algunos pequeños pero intensos rayos de sol poniente que incidieron en su rostro.
Hakon cerró los ojos, dejándose bañar por el calor de la luz sobre su piel.
El jarl interpretó su silencio como una aceptación de su condena y alzó la mano para que uno de los hombres de su guardia se acercara, portando una enorme espada plateada ya desenvainada.
—¿Algunas últimas palabras? —inquirió el jarl, transformando su rostro en una mueca algo más severa a medida que vio que se acercaba el momento.