Pasión Vikinga Capítulo XVII #3
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Capítulo XVII #3

La espada que antes había pendido sobre el cuello de Hakon cayó sobre el suelo con un horrible estruendo y Briana no pudo más que gritar de emoción, dejándose caer junto a Hakon.

Sin importarle en absoluto que todos los miraran o que su amado vikingo estuviera cubierto de barro y sudor, lo abrazó con fuerza, enterrando su cabeza en sus hombros y sollozando al sentir que Hakon le correspondía el abrazo con tanta o más pasión que ella.

Cuando sus labios se unieron de nuevo, Hakon agarró a Briana para unirla a él todo lo posible.

nunca antes había necesitado con tanta urgencia algo como anhelaba los dulces labios de su amada escocesa uniéndose a los suyos.

—Te amo, te amo —repetía él, sin separarse un centímetro.

Las lágrimas de Briana caían por sus mejillas, liberando toda la tensión que llevaba demasiado tiempo acumulando. Hakon las secó con sus propios besos, jurando en esos momentos que nunca más volverían a separarse. Jamás.

Cuando dejaron de abrazarse, todos a su alrededor seguían impresionados por todo lo que había ocurrido y, pese a que ya no se encontraba en la sala, aún escuchaban los agudos gritos de Gyda mientras la llevaban al calabozo.

—No sé qué decir —admitió el jarl —, todo esto ha sido un… lamentable error. Levántate, por favor —le dijo a Hakon.

Con lentitud, y gracias a la ayuda de Briana, Hakon se alzó del suelo. Una vez de pie, se dio cuenta por primera vez de lo débil que se sentía, pero no soltó a Briana, sino que la mantuvo pegada a él.

—No debiste huir, Hakon. Si hubieras esperado a tener un juicio justo…

—Estoy seguro, entonces, de que ya estaría muerto —lo interrumpió—. Puedo arrepentirme de cualquiera de las cosas que he hecho en mi vida —dijo mirando a Briana con amor—, pero jamás lo haré de haber huido, pues eso me ha traído la mayor de las dedichas… pero también la fortuna más grande.

El jarl asintió y observó al grupo de hombres que tan valerosamente se le habían enfrentado hacía unos minutos, cuando estaba muy cerca de cometer una enorme injusticia.

Después, sin perder en ningún momento su postura orgullosa, se paró frente a Hakon y su cadera se dobló en una reverencia, apoyando su bastón en el suelo.

Todos fueron conscientes de la humillación a la que se estaba sometiendo el jarl y Hakon no supo cómo responder.

Estaba demasiado cansado ya, toda esa situación le había robado demasiadas noches de sueño.

Antes de que pudiera reaccionar, alguien en el público comenzó a aplaudir, y unos segundos después, todos en el salón aplaudían y golpeaban el suelo con los pies, vitoreando al hombre que, a partir de ese día, pasaría a ser una auténtica leyenda.

—No tengo más que ofreceros mis disculpas —dijo el jarl cuando volvió a incorporarse—. Sois algunos de los guerreros más fieros de esta ciudad, por lo que me postro ante vosotros si eso es necesario para que olvidéis la afrenta, para que permanezcáis siendo aliados y amigos.

Hakon miró a sus amigos de reojo y después volvió a girarse hacia el jarl.

—Es imposible olvidar lo sucedido cuando uno de nosotros ya no se encuentra aquí —rebatió—, aun así, esta es nuestra tierra y la defenderemos siempre que sea necesario.

Viggo y Trud se quedaron parados en el sitio, estaban de acuerdo con Hakon. Jamás perdonarían algo como lo que había ocurrido, pero de todas formas había muchas más cosas por las que aún merecía la pena luchar o morir.

Rurik no reaccionó igual, puesto que se adelantó hasta quedar frente al jarl y lo miró unos segundos con semblante taciturno.

Ante la mirada de sus amigos, desenvainó su enorme espada, un hecho que provocó que todos contuvieran el aliento un momento.

Después, sin ningún cuidado, arrojó el acero a los pies del hombre en un gesto casi ofensivo.

—Ella no merecía esto —dijo con voz fría—, era una gran guerrera, mejor de lo que cualquiera de los presentes puede llegar a imaginar.

Después de eso, se dio la vuelta y abandonó ese salón.

No quería volver a ver a ese hombre jamás.

Rurik acababa de ayudar en la liberación de Hakon y se había quedado en paz en ese aspecto, pero también sabía que todo había terminado para él.

El hombre caminó firmemente hasta bajar las escaleras que lo condujeron a las calles y, por primera vez en años, Rurik no supo qué iba a pasar con él a partir de entonces, pero eso tampoco le importó.

Tras unos minutos, todos comenzaron a calmarse en el salón.

Algunas personas trataban de acercarse a ese grupo tan heroico que conformaban los vikingos y escoceses.

Por suerte, Briana y Hakon consiguieron escaparse de la visión de aquel público tan exigente y lograron salir de la sala sin ser vistos.

Caminaron por las escaleras del edificio hasta llegar a la salida de este: una enorme puerta de madera con un sencillo arco en piedra oscura.

—Lo hemos conseguido, es increíble —susurró Briana, abrazándose al fuerte cuerpo de Hakon con verdadero anhelo.

—Sabía que vendríais, de hecho, os estaba esperando.

Ella rio y el sonido de su propia carcajada le pareció extraño, ajeno. Pero estaba feliz, quería reír y reír durante horas.

—¡Por supuesto que no lo sabías! Creías que no haríamos nada por ti y que nos habíamos rendido, Hakon.

Esta vez fue él quien dejó escapar una pequeña risa, observando a Briana con dulzura mientras caminaban por un pequeño y desierto callejón de la ciudad. Sería interesante regresar a la casa de Hakon y comprobar que Briana ya conocía a toda su familia.

—¿Qué te hace tanta gracia?

—Que aún no lo pronuncias bien. Te juro que no llegas a imaginar cuánto lo extrañaba.

Briana frunció el ceño.

—Tendré que aprender tu lengua para saber cuál es el modo correcto de llamarte… o quizás, simplemente, te llamaré Lord Vikingo durante el resto de nuestras vidas.

—¡No! —se negó él—. Llámame Hakon, de veras. Tu modo de decirlo es perfecto, es sensual y me recuerda a cada instante que eres una bárbara escocesa.

—¿Bárbara yo? —Briana fingió estar molesta, aunque no tardó en envolver de nuevo a Hakon en sus brazos. Lo había extrañado demasiado—. Os recuerdo, mi señor, que el feroz vikingo sois vos.

Él la miró con intensidad, deteniéndose en mitad de la calle. Sus ojos grises resplandecieron.

—¿Y todo eso qué importancia tiene?

Con suavidad, Briana depositó un beso en los labios de Hakon, que sujetó su cintura y la apretó contra su cuerpo, como si así ella pudiera sentir el profundo amor y devoción que sentía por ella. Briana rio de nuevo, feliz.

—Ninguna —convino ella—. Sin duda, ninguna.

Y, efectivamente, no la tenía.