Capítulo XV
E l enorme ejército que Gared había traído consigo no tardó mucho en poner fin a la sangrienta la batalla.
Los soldados enemigos no dudaron en dejarse capturar, aterrados, o escapar entre los árboles de la noche cada vez más clara al ver la evidente superioridad numérica de los soldados Urquhart que acababan de aparecer.
En el horizonte comenzaban a salir los rosados rayos del sol que anunciaban la llegada del nuevo día. El fuego de la casa se había comenzado a desvanecer, por lo que ya solo quedaban cenizas y humo en esa propiedad.
Con rudeza, algunos hombres sujetaron el cuerpo de Bayne y lo llevaron hasta el centro del claro, donde lo obligaron a quedar arrodillado mientras Gared paseaba en círculos junto a él.
El hombre rubio tenía aspecto cansado, sin embargo, sus fuertes brazos portaban su espada sin ningún tipo de vacilación.
Su cabello caía sobre los hombros y una ligera barba dorada cubría su piel.
Vestía ropas de montaña y botas de piel oscura, desgastadas después de los duros días de viaje desde que había huido de las mazmorras de su propio castillo.
Gared había comprobado que Nya se encontraba bien y había ordenado a dos de sus hombres a que la cuidaran y vigilaran hasta que su mujer se tranquilizara.
Casi todos los guerreros se encontraban alrededor de Bayne en ese momento y el mayor de los Urquhart batallaba por mantener una respiración estable mientras sentía la flecha de su espalda enterrada muy profundamente en sus músculos.
Otro pequeño grupo de espectadores se hallaba apartado, observando una escena que era capaz de romper el corazón del hombre más salvaje: Rurik estaba arrodillado en el suelo y entre sus brazos sostenía el cuerpo sudoroso de Gala, que batallaba con el intenso dolor por lograr respirar a cada momento.
Llevaba varios minutos inconsciente y, a su lado, sus hermanos vikingos y Briana la observaban con la mirada perdida, sin saber qué debían esperar de eso.
En el preciso instante en el que el primer rayo de luz comenzó a iluminar la escena, Gala abrió los ojos con lentitud, fijándolos en Rurik.
Con dificultad, trató de respirar y tosió frágilmente, sintiendo un punzante dolor en el pecho.
—Shhh… —le pidió Rurik—. No te muevas, Gala. Estás bien, todo se va a arreglar.
El vikingo sentía sus manos impregnadas en sangre y notaba un profundo corte en el cuello de Gala, que apenas podía moverse.
Para Rurik, ese estaba siendo el peor momento de toda su vida; verla tan débil era lo más doloroso que había sentido jamás.
Gala se las apañó para volver a mirarlo y sonrió de un modo que solo Rurik percibió.
—Siento… siento haberte alejado durante tanto tiempo —susurró.
Él negó con la cabeza, sintiendo sus ojos enrojecidos humedecerse. La piel cada vez más pálida de Gala le provocaba el más hondo de los agujeros en el estómago.
—Claro que no, tú… tú has sido noble. La más noble de todas las mujeres.
—Tan solo quería dejar de amarte —musitó ella, interrumpiéndolo—, pero no pude.
Rurik habría deseado poder detener el tiempo en esos momentos, pero de igual modo notaba cada instante pasar a la vez que la vida de ese cuerpo que tenía entre sus brazos se escapaba en el aire.
Con evidente esfuerzo, Gala le dirigió a Rurik una última sonrisa, sabiendo a la perfección que lo último que quería ver en su vida antes de morir era la azulada mirada de ese hombre al que había amado en silencio durante años.
Y por primera vez, uno de los deseos de Gala se vio cumplido.
⊹
Para nadie era posible aún aceptar lo ocurrido, pero Gala los había dejado; había partido hacia el Valhalla y no volverían a encontrarla en ese mundo.
Los vikingos se encontraban destrozados, al igual que Briana, que aguantaba las lágrimas estoicamente, sabiendo que esa no sería la única desgracia que tendría que vivir ese día.
Arropada entre los brazos de Hakon, que mantenía la vista fija en el campo de batalla y el semblante serio, ambos avanzaron hasta el lugar en el que Gared esperaba a su hermana para poder poner fin a toda esa horrible situación que había durado demasiado tiempo.
Gared se extrañó de ver a su hermana pequeña tan apegada a ese vikingo, pero no quiso hacer ninguna pregunta aún, pues acababa de presenciar desde la distancia la muerte de la que debía de ser una de sus amigas cercanas.
A su alrededor se hallaban los cadáveres de muchos de los hombres Urquhart y eso hacía que su sangre hirviera, maldiciendo a Bayne por su sublevación.
Briana se separó de Hakon al llegar hasta Gared y, con extraña torpeza, ambos se miraron a los ojos antes de abrazarse con fuerza. Él acarició el cabello rubio de su hermana, tan parecido al suyo, y depositó un beso en la parte superior de su cabeza, mirándola con dulzura.
—He temido tanto por ti, Briana.
Ella hizo un nuevo esfuerzo por contener las lágrimas, aunque cada vez era más difícil hacerlo.
Al separarse, Gared alzó la vista hasta Hakon, y ambos compartieron una significativa mirada.
Al final, el guerrero escocés asintió con la cabeza en un gesto de profundo agradecimiento y volvió a mirar a su hermana.
En su cinturón de cuero, Gared lucía dos bonitas y afiladas dagas exactamente iguales.
Tomó una entre los dedos y se la tendió a su hermana.
—Creo que se te había perdido —le dijo.
Los ojos de Briana se abrieron, sorprendidos, al comprender que se trataba de la daga que su padre les había regalado a cada uno de los tres hermanos cuando aún eran niños, la misma que ella había perdido la noche de la muerte de su progenitor.
La aceptó sin dejar de mirarla, maravillada, pero de pronto recordó la bonita daga de acero franco que Hakon le había obsequiado en Carlisle. Decidió dirigirse a su vikingo.
—Quiero que la tengas tú —le dijo, ofreciéndole el arma que acababa de darle su hermano—, nadie más podría guardar un tesoro tan grande para mí.
Hakon paseó la vista por la daga; era hermosa.
La aceptó mientras se perdía en la ternura azulada de los ojos de Briana, aunque no pudiera pensar con claridad en esos momentos.
Su cabeza solo podía centrarse en Gala: ella había sido su hermana durante años y, de repente, ya no estaba.
Ni siquiera sabía dónde se hallaban sus otros hermanos, pero supuso que querrían tener soledad y claridad para pensar en lo que acababa de ocurrir.
—¿Qué vais a hacer conmigo ahora? —La voz de Bayne se alzó desde el suelo, al tiempo que escupía un asqueroso mejunje de saliva ensangrentada.
Esto llamó la atención de Gared, que se giró para mirar a su hermano arrodillado y con los brazos en cruz, como si casi se hubiera olvidado de él. Frente al cuerpo arrodillado de Bayne había varios soldados y Briana se tensó instantáneamente, a pocos centímetros de Hakon.
—¿Qué mereces que haga contigo, perro traidor?
—Haz lo que te plazca. —Bayne acompañó estas palabras con una risa que acabó convirtiéndose en una tos ronca.
Gared desenvainó su espada de nuevo y la acercó al cuello de su hermano.
—No serás capaz —lo provocó Bayne con los ojos inyectados en sangre—. Ambos sabemos que el noble y gentil Gared Urquhart jamás mataría a su hermano. Tienes demasiados valores y principios como para hacer algo así.
Su voz sonó con sorna, por lo que Gared apretó los dientes a la vez que también incrementó su fuerza contra la piel desnuda de Bayne.
—Pruébame y verás, maldito…
—Espera —pidió Briana, alzando un brazo—. Espera, Gared. —Después se acercó un par de pasos hasta quedar frente a frente con Bayne, a quien miró fijamente—. ¿Por qué?
—¿Por qué? —replicó él con un gruñido.
—Sí. —Briana habló con voz pausada—. Quiero saber por qué has hecho todo esto. ¿Por qué has actuado así contra tu propia familia? Somos la misma sangre, por Dios. ¿Qué hemos hecho contra ti para merecer todo esto?
Bayne no le apartó la mirada, sino que escupió sus palabras como si se trataran de afilados cuchillos.
—Podría responder que lo he hecho por conseguir poder. —Hizo una pausa—. Pero yo mismo sé que la verdadera razón es… que tan solo os odio. Os odio más que a nada ni a nadie. Os detesto tanto que ni siquiera puedo soportar teneros frente a mí ahora mismo.
Briana se quedó pálida de la impresión. ¿Qué quería decir su hermano con eso? Antes de que ella pudiera hablar, el mismo Bayne prosiguió.
—Siempre he sido el hermano débil, al que no teníais en cuenta en vuestros estúpidos juegos.
En cambio, vosotros erais inseparables, tan parecidos como si fuerais mellizos; inteligentes y…
felices. —Giró la cabeza y sonrió cínicamente con sus dientes manchados de sangre aún—.
Nada que ver con el enfermizo y pequeño Bayne.
Todos decían que Gared lucharía en mil batallas y sería el laird del clan cuando muriera padre, como si yo no existiera, como si fuera invisible.
Y tú… la pequeña Briana se casaría con un hombre poderoso y eso tan solo haría más magnífica nuestra grandeza.
—Oír esas palabras dolía—. Yo era el único que os veía como de verdad sois: egoístas, mediocres, inútiles…
—El único mediocre que hay aquí eres tú —dijo Gared con fiereza llameando en los ojos—. Hace meses, la noche en que padre murió, te juré que te mataría con mis propias manos… y hoy cumpliré con mi palabra.
Cuando Gared apartó la espada para así coger impulso antes de cortarle el cuello a su hermano, algo cruzó los ojos de Bayne. De pronto, comprendió que iba a morir en ese mismo momento y sintió temor.
—No, no. ¡Gared! —gritó, quedándose aún más pálido cuando un sollozo nació en su garganta—. No lo dices en serio, ¿verdad? Yo he tenido infinidad de ocasiones para mataros a ambos y no lo he hecho. Ten piedad.