Capítulo XIV #2
—Lo sabía —gruñó Rurik.
—Son demasiados, no hay nada que hacer… —observó Gala al tiempo que empuñaba su arco y sacaba una de las flechas del carcaj que llevaba a la espalda—. Excepto luchar.
Rurik le dirigió una mirada cómplice y ambos respiraron una última vez antes de comenzar lo que podría ser su final.
Gala tensó la cuerda del arco, disparando certeramente en el hombro de uno de los miembros de la guardia del jarl .
Si todo eso había parecido lo bastante malo, el auténtico infierno se desencadenó a partir de ese momento.
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Hakon miraba al tembloroso y joven escudero que ataba sus manos con dedos inestables. El muchacho no parecía estar haciendo eso por propia voluntad y contemplaba al vikingo, mucho más alto y fornido que él, con una mezcla de temor y disimulado orgullo.
Briana examinaba también a ese joven, que durante tantos años había visto crecer junto a ella en Dornoch Castle y que ahora servía a su hermano Bayne, habiéndola traicionado tanto a ella como Gared.
Ella lo conocía muy bien, se trataba de Iain McGregor y su familia había servido a los Urquhart fielmente desde hacía décadas.
El padre de Iain había muerto hacía unos años, pero Briana estaba convencida de que en esos momentos repudiaría a su hijo sin ningún tipo de reparo si hubiera sabido lo que estaba haciendo.
Había sido extraño para ella volver a ver a Bayne, más aún cuando su hermano ni siquiera se había molestado en volver la cabeza para dirigirle una sola mirada.
Estaba cambiado; su cabello cobre caía, lacio y grasoso, sobre una capa de piel de zorro que utilizaba para cubrir sus enclenques huesos del frío invernal escocés.
Estaba más pálido que de costumbre y sus ojos claros resaltaban, saltones, en ese rostro que había perdido cualquier rasgo de elegancia.
En esos momentos, Bayne aparentaba tener cincuenta años, a pesar de ni siquiera haber cumplido los treinta aún.
Frente a ellos se arremolinaban tanto los soldados del jarl —que por suerte no eran muchos— como aquellos miembros del clan Urquhart que se habían decidido a defender a Bayne.
Desde su perspectiva, Briana observaba que esos dos ejércitos improvisados no parecían confiar los unos en los otros, pero, allí estaban ellos: atados e indefensos.
Briana miró a su alrededor, muy preocupada, ya que no encontraba ni a Rurik ni a Gala.
Volvió a girarse hacia la casa en llamas y sintió un profundo escalofrío al ver un pedazo del tejado derrumbándose sobre el suelo.
Rezó una plegaria en silencio para que sus dos amigos hubieran conseguido escapar de ese infierno.
A su izquierda se encontraba Hakon, con semblante adusto y con esos ojos grises que tanto amor y pasión le habían transmitido hasta hacía poco tiempo, cincelados en el más duro y frío de los metales.
A su mano derecha, como última persona en la fila que habían formado todos los detenidos, Nya sollozaba con la cabeza gacha y la sensible piel de sus brazos desnuda ante el inclemente viento que los azotaba.
Briana se dirigió a abrazar con suavidad a su amiga, pero uno de los soldados de su propio clan exhortó a Iain para que se dirigiera a ella.
—Ata también a esa zorra —le ordenó con voz grave, señalándola con un dedo parduzco—. Y a la africana también. Nunca sabes lo que pueden hacer estas mujeres…
Hakon lo miró sin hacer ni un solo gesto para soltarse del apretado agarre de las cuerdas.
Sus ojos grises chispearon y el soldado, que tan vulgar había sido solo un segundo antes, se quedó callado.
El vikingo sabía que permanecer en silencio era su mejor baza en esos momentos, pero su mirada parecía decir con claridad que pensaba matar a ese hombre de la manera más dolorosa e inhumana posible.
Iain McGregor asintió sin alzar sus profundos ojos azules del suelo y acercándose a Briana con unas sencillas pero resistentes cuerdas en la mano.
Supo que Hakon lo estaba asesinando con la mirada sin necesidad de girarse hacia él y con una mano agarró las delicadas y blancas muñecas de Briana, que lo contemplaba con horror.
A su mente venían imágenes de su infancia; muchas veces había compartido juegos con ese muchacho, pese a ser un poco mayor que él.
Habría podido jurar que era un buen chico y que se habría convertido también en un buen hombre…
Como respondiendo a sus pensamientos, Iain alzó la cabeza y la miró durante unos instantes, al tiempo que fingía atar con fuerza las cuerdas sobre las muñecas de la joven, aunque en realidad no lo había hecho.
Con todo el disimulo del que fue capaz, fingió tropezarse y logró situarse junto al oído de Briana.
—Siempre fiel a los verdaderos Urquhart —susurró el joven y en ese momento todo rastro de debilidad o temor desapareció de él. De repente parecía el más fiero y valeroso de todos los guerreros highlanders.
Briana abrió mucho los ojos cuando este avanzó y comenzó a atar las manos de Nya como si nada hubiera acontecido tan solo unos segundos antes.
—Probaremos a qué sabe la carne de vikingo asada —murmuró con malicia el desagradable hombre que supervisaba el trabajo de Iain. Después, miró a Viggo mientras esbozaba una sonrisa podrida—. Yo empezaré por el muchach…
Ni siquiera pudo terminar de hablar, puesto que una flecha proveniente del bosque junto al que se encontraban atravesó su hombro, llegando con exactitud a un punto de su cuello que lo hizo derribarse en ese mismo momento.
En el suelo, el hombre trató de revolverse mientras la sangre salía profusamente de su nariz y su boca.
Justo cuando la guardia del jarl se percató de lo ocurrido, una nueva flecha apareció y se clavó en el pecho de uno de ellos.
Ese fue el instante en el que todo comenzó a alborotarse y los prisioneros atados se revolvieron, tratando de golpear a sus captores.
Briana se soltó con rapidez de sus falsas ataduras y se puso frente a Hakon, que la observaba sorprendido.
—El chico que nos ha atado es fiel a los nuestros —le explicó al tiempo que sacaba la daga que el vikingo le había regalado de su cinturón y cortaba sus ataduras con premura—. Creo que muchos lo son, Hakon. Debemos andar con cuidado.
Cuando cortó las cuerdas que lo apresaban, el vikingo no dudó en desenfundar su poderosa espada y lanzarse al ataque.
Briana supo que ella resultaría útil tan solo desatando a sus aliados, y eso fue lo que hizo.
Al cabo de unos instantes, la confusión era tal que era casi imposible distinguir a un bando del otro.
Los vikingos luchaban valientemente: Gala y Rurik habían aparecido, defendiéndose de los ataques que recibían, y Viggo gritaba cada vez que enterraba su enorme hacha de guerra en el cuerpo de alguno de sus enemigos.
Pese a que varios de los supuestos aliados de Bayne ahora luchaban en el otro bando, seguían encontrándose en enorme desigualdad.
Briana se encontraba junto a Nya, agachadas en el suelo, tratando de pasar desapercibidas, y su amiga agarraba su pequeña barriga de embarazada con gran terror, al tiempo que un grito ensordecedor salía de entre sus labios.
—¿Qué ocurre? —le dijo Briana, asustada.
—Me duele… mucho —consiguió decir Nya al cabo de unos segundos, con los ojos oscuros muy apretados.
Briana miró a su alrededor, pensando en si habría algo que pudiera hacer para ayudar a su amiga, sin ser consciente del momento en el que una enorme mole apareció a su espalda y agarró su espesa melena rubia, haciendo que se pusiera en pie y arrastrándola por todo el claro con un grito de dolor.
—¡Briana!
El grito de alerta de Nya fue el que hizo que Hakon se girara para buscar a su mujer, al tiempo que se hallaba en combate contra uno de los soldados del jarl que trataba de capturarlo sin ningún éxito.
Durante unos instantes de confusión, Hakon buscó a Briana y solo la encontró un momento más tarde, revolviéndose entre los brazos de un gigante con un parche en el ojo.
El enorme hombre la tiró en el suelo al llegar al lugar donde se encontraba otro individuo paliducho, cubierto por una capa de piel y otras prendas que tan solo le añadían un aire aún más pretencioso.
Algo le dijo que se trataba de Bayne. Con furia, Hakon descargó la fuerza de su espada en el enemigo al que estaba atacando y después corrió hasta llegar a la posición de Briana.
Tan solo se había comenzado a acercar cuando Bayne lo vio y envió a un par de sus soldados a pelear contra el guerrero vikingo. Él los venció con facilidad, pensando solamente en que necesitaba estrechar a Briana entre sus brazos y confirmar que esta estuviera bien.
—Bastardo, ¡ten el valor de ser tú quien luche contra mí! —rugió Hakon cuando el gigante se interpuso entre Bayne y él como un nuevo obstáculo, separándolo de Briana.
Bayne hizo oídos sordos al desafío del vikingo.
—Acaba con él, Glenn —ordenó con frialdad.