Capítulo XIV
U n nuevo estruendo de muebles destruidos que caían con fuerza contra el suelo sobresaltó a todos aquellos que trataban de salir de la morada en llamas. Los hombres huían hacia las puertas, puesto que no podían escapar por las ventanas aseguradas por rejas de hierro.
Tanto los hombres del clan Urquhart como Viggo y Trud no tardaron en lograr salir a la fría noche.
Durante unos instantes se encontraron tranquilos y aliviados de haber conseguido escapar del fuego, no así cuando descubrieron con enorme sorpresa a varias decenas de hombres esperándolos afuera con gesto arrogante y satisfecho al ver sus planes cumplidos con precisión.
Todos aquellos que consiguieron salir a tiempo fueron capturados y atados con duras cuerdas de esparto, aún atónitos al descubrir a ese ejército formado por soldados highlanders a la vez que por la guardia del jarl .
Aún en la casa, Rurik sentía que iba a volverse loco si no encontraba a Gala.
En el piso de abajo había visto ya a un par de hombres que yacían en el suelo, asfixiados por culpa del humo negro y espeso que danzaba por cada rincón en esos instantes.
El calor era insoportable y solo pensar que Gala pudiera encontrarse herida o dañada de algún modo le hacía perder la cabeza hasta un punto insospechado.
En el segundo piso, el vikingo registró habitación por habitación, intentando buscar a la mujer, sin rastro de ella.
Con pura rabia, y al mismo tiempo que se cubría la nariz y la boca con la manga de su camisa, golpeó con fuerza la puerta de una de las habitaciones que permanecía cerrada.
Dentro no había nadie, así que maldijo en su lengua materna, impotente.
—¡Hermano! —Escuchó una voz, aunque tardó unos segundos en distinguir la figura de Hakon entre el espeso humo—. Sal de aquí, ¿estás ciego? Estoy convencido de que Viggo y Trud ya están abajo.
Rurik observó que junto a Hakon se encontraba Briana, tosiendo profusamente el humo que entraba en sus pulmones a cada respiración.
—No me iré sin Gala. —La decisión inquebrantable era clara en el vikingo.
—Dios mío, ¿habrá escapado Nya? —preguntó Briana, que seguía tosiendo con fuerza mientras se pegaba un pañuelo al rostro.
Como respondiendo a esa pregunta, al final del pasillo aparecieron dos nuevas figuras.
Los tres contemplaron con gran alivio cómo Gala llevaba apretaba vehementemente el brazo de la joven Nya, que tosía con fuerza mientras mantenía una mano en su vientre, como si así estuviera protegiendo a su bebé.
En cuanto ellas llegaron hasta donde se encontraban sus amigos, Rurik no dudó en estrechar a Gala entre sus brazos con fuerza.
—Vamos —ordenó Hakon, dándose la vuelta y bajando las escaleras, manteniendo el cuerpo de Briana pegado al suyo—. No deseo compartir la suerte de quien no haya conseguido salir de sus habitaciones a tiempo.
La mano de Briana temblaba; sentía un terror tal que atenazaba cada músculo de su cuerpo. Sabía a la perfección que sería imposible para ella seguir moviéndose de no ser porque Hakon la estaba sujetando. De nuevo, él volvía a salvarla.
Todos corrían por la casa tras el vikingo, pero una viga en llamas cayó sobre ellos, separando el grupo. Rurik tiró hacia atrás del cuerpo de Gala, evitando que el enorme pedazo de madera ardiendo la golpeara y, por suerte, lo consiguió.
—Odín… —susurró Gala al contemplar lo cerca que había estado de morir.
El enorme pedazo de techo separaba a Rurik y Gala del resto de sus amigos y, aunque Hakon trató de acercarse a ellos, Rurik se lo impidió.
—Sácalas de aquí, ¡maldita sea! —gruñó el hombre, señalando a Briana y Nya.
Hakon asintió con solemnidad y se dio la vuelta para conducir a las dos mujeres a la salida, que no estaba muy lejos. Sabía que Rurik y Gala lograrían apañárselas, de peores condiciones los había visto escapar con vida.
—¿Cómo ha sucedido esto? —se lamentó Rurik, viéndose atrapado mientras miraba hacia todas las direcciones.
—No ha podido ser casualidad, todo ha ardido demasiado rápido —observó Gala, gritando para hacerse oír en aquel infernal sonido—. ¿Hueles eso?
El olor a aceite quemado era intenso y ambos comprendieron a la vez que todo eso era una trampa.
Alguien había intentado asesinarlos… o quizás tan solo conducirlos afuera, como si fueran hormigas.
Era obvio que serían mucho más vulnerables heridos por el fuego o tratando de escapar de este.
La mujer también se giró y buscó una salida por todos los medios, no tardó en dar con lo que parecía una pequeña puerta trasera, a algunos metros de ellos.
—Vamos —la animó Rurik corriendo hacia allí.
Ambos sentían que respirar se había convertido en algo doloroso, y cuando Gala trató de abrir la pequeña puerta de madera, sin éxito, profirió un sollozo de desesperación.
Rurik apartó el cuerpo de la mujer, reunió todas las fuerzas de su exhausto cuerpo y se lanzó contra la puerta con fuerza, derribándola.
En ese preciso instante, las llamas parecieron hacerse aún más feroces y estuvieron a punto de rozarlos.
Por suerte, ambos salieron antes de la casa, llegando a la parte trasera de la propiedad.
Los vikingos tosieron con fuerza, dedicándose a reponerse durante los siguientes segundos antes de poder distinguir dónde se encontraban.
Tras ellos, tan solo podía verse una gran masa de fuego y el sonido del crepitar de las llamas.
Gala alzó la vista, encontrándose con que Rurik la estaba mirando ya.
Sus caras estaban manchadas de sudor y ceniza negra, así como la dorada melena de Gala había quedado tan sucia que parecía que su cabello fuera oscuro.
Aun así, habían conseguido salir de ese infierno con vida.
—Alguien lo ha provocado —dijo Gala y su voz sonó ronca después de los minutos que había permanecido dentro de la casa de los Urquhart—.
Estoy segura de que nos esperaban en la puerta.
Malditos bastardos —juró—. Ni siquiera el sucio Erik el Joven habría recurrido a una estratagema tan deshonesta y cobarde.
—No te alteres así, Gala. Contamos con la ventaja de que ellos no saben que estamos aquí. —Con lentitud, desenfundó unos centímetros su espada, mostrándosela a su compañera—. Los venceremos.
—¿Y si son más que nosotros? —preguntó ella, algo asustada.
En el proceso de rápida huida, Gala tan solo había podido agarrar su arco y el carcaj de cuero que le habían regalado cuando apenas era una adolescente.
La vikinga se reprendía a sí misma, puesto que siempre había mantenido todas sus armas cerca para evitar que algo así le sucediera.
La previsión era más natural en ella que respirar y en esos momentos la había obviado.
Frente a Gala, Rurik la miró y se acercó a ella, acariciándole la mejilla con su dedo pulgar.
—Si son demasiados, los venceremos, vakker [12] . —La voz de Rurik fue tan suave que Gala olvidó dónde se encontraban e incluso el ardiente fuego que quemaba a su espalda—. Cuando todo esto acabe, quiero que nos vayamos juntos.
Ella entornó los ojos en el momento en el que comprendió lo que Rurik estaba diciendo. Su corazón comenzó a latir muy fuerte, preguntándose si sus palabras significaban que realmente se fueran y lo dejaran todo atrás.
—No sabes lo que dices —repuso ella.
Rurik endureció el gesto y en sus ojos color turquesa relampagueó lo que parecía ser un profundo desafío. Sin ningún cuidado, Rurik la tomó por la cintura, apretándola contra su cuerpo y haciendo que ella sintiera la dureza de sus músculos y hasta el latir furioso de su pulso.
—No me pongas a prueba, mujer. Tú me amas tanto como yo te amo a ti, es absurdo seguir escondiéndolo por más tiempo…
y no lo haré, ¡maldición! —rugió, dejando escapar una rabia que acumulaba desde hacía demasiado tiempo—.
No me importa ya dañar mi honor ni faltar a mi palabra, puesto que seré yo mismo quien atraviese mi propio pecho con una espada si debo pasar una noche más sin hacerte mía.
Gala se quedó sin palabras cuando leyó en los ojos de su vikingo que todo eso que decía iba en serio. Iban a irse de verdad, ¡desafiarían a todos los dioses!
—Así sea —concedió ella de forma solemne.
Y sin disimular ni un poco su profunda necesidad, Rurik se apoderó de sus labios en ese mismo momento.
También Gala expresó en ese beso toda su pasión, al tiempo que su cuerpo comenzaba a caldearse aún más cuando sentía los hábiles labios del hombre saquear su boca mientras movía la lengua posesivamente contra la suya.
Un torrente de placer los recorrió a ambos con la calidez más exquisita y, al final, fue Rurik quien tuvo que separarse de ella para recordar que deberían estar atacando a los enemigos que, con toda seguridad, se encontraban en los alrededores.
—Nuestros hermanos lo entenderán —susurró Rurik, besando con suavidad la sien de Gala una vez más—. Es lo único importante.
La mujer asintió con la cabeza, estremeciéndose por los labios de Rurik aún recorriendo su piel y dejando un rastro salvaje en ella.
Unos segundos después, ambos se separaron y tras una larga mirada, volvieron a transformarse en dos guerreros vikingos sin más sentimientos o deseos que los de luchar y conseguir su gloria y la de su gente.
Se movieron con sigilo entre los árboles y arbustos cercanos, camuflándose gracias a la oscura noche, pese a que las llamas seguían ardiendo y la casa caía a pedazos ante su atónita mirada.
—Mira, ahí.
Gala señaló hacia un claro que se encontraba frente a ellos, junto a lo que eran los establos donde los caballos descansaban.
Por suerte, esa zona no estaba ardiendo, aunque los animales gruñían y se encabritaban, nerviosos, en el interior de la estructura de madera.
Junto a ellos, un grupo de personas estaban siendo atadas y ordenadas en fila mientras una inmensa marabunta de soldados del jarl los vigilaban.
Reconocieron de inmediato a sus amigos, que se resistían con fuerza a ser amarrados.