Capítulo XIII #3
—Son cosas que pasan, Briana, no hay nada que pueda impedirlo. —La voz grave de Hakon en su oído la estremeció—. Me temo que en todas las familias hay alguien que no se comporta como debería y cuyos actos merecen ser repudiados.
Ella supo enseguida que el vikingo se estaba refiriendo a su propio padre y se dio la vuelta, quedando frente a frente con él.
—¿Crees que soy detestable por desear que Bayne no estuviera vivo? —musitó Briana con voz frágil—. Sé que no es cristiano tener esos pensamientos, pero cada vez que pienso en que Gared podría estar muerto ahora mismo por su culpa… y Nya, Dios mío, Nya tendría que cuidar sola de su hijo.
—¿Está embarazada? —preguntó Hakon con interés.
Briana asintió con la cabeza, sin perder ese toque de turbación que poseía en la mirada. El fuerte vikingo colocó su mano bajo la barbilla de la joven, alzándosela para poder mirarla con intensidad a los ojos.
—Nunca podrías ser detestable, Briana —le dijo—.
Eres joven aún, no has visto lo que los hombres pueden llegar a hacer para conseguir poder, pero te aseguro que ocurre en todas partes, a todas horas.
Entiendo bien que lo odies, no te sientas mal por eso, puesto que ha sido Bayne quien ha cometido una inmensa traición.
Sé que no es mi lucha… pero, aun así, te juro que acabaré con cualquiera que quiera dañarte, sin importar que sea tu hermano o el mismo rey de Inglaterra. Ahora y siempre.
Esas palabras pronunciadas por Hakon con tanta pasión hicieron que Briana sintiera su corazón acelerarse, latiendo por él. Algo dentro de ella le decía que no volvería a amar tan profundamente a otro hombre como en ese momento amaba a Hakon.
—Eres mi salvación —le dijo, mirándolo con intensidad.
Él negó con la cabeza, sonriendo.
—No, muchacha, tú eres la mía.
Se observaron unos instantes, justo antes de que Hakon decidiera romper la distancia que los separaba y besarla ardientemente en los labios.
Llevaba todo el día queriendo aprovechar cualquier ocasión para apartar a Briana de la vista del resto de las personas y poder sentir el sabor de su boca, pero le había sido imposible… hasta entonces.
El vikingo paseó los labios por el cuello de la joven y después los posó en su clavícula, arrancando de parte de Briana un dulce gemido. No, nunca se saciaría de ella.
—Me haces estar siempre dispuesto para tomarte —le susurró con voz ronca.
Briana sintió cómo se humedecía y acarició con ímpetu la espalda de Hakon por encima de su ropa. Necesitaba deshacerlo de esas telas y sentirlo tan cerca como fuera posible.
—Hazlo, Hakon —le rogó.
Una sonrisa varonil se abrió paso en los atractivos labios del vikingo, que no tardó mucho en desabrochar los botones de la camisa que Gala le había dejado a Briana y besar ávidamente sus pechos.
La cremosidad de su piel era como un trago de agua cristalina en el desierto y Hakon se descubrió deseoso de enterrarse en ella en ese mismo momento.
Aun así, sabía que debía esperar un poco; tan solo la había tomado una vez antes, no sería fácil acostumbrarse tan pronto a albergar a un hombre en su interior.
Sin que Hakon se percatara de sus intenciones, de pronto notó los dedos de Briana tanteando el cierre de sus pantalones de cuero.
Al mirarla, ella lo observó sensualmente.
—Quiero complacerte —dijo Briana, encendiendo aún más su sangre.
—Ya lo haces.
La muchacha sonrió genuinamente al tiempo que acariciaba esa parte de él que podía volverlo loco.
Suspirando, él se dedicó a disfrutar de las atenciones que ella le estaba brindando hasta que, sin pensar, Hakon se deshizo del resto de las prendas que los cubrían, dejándola sorprendida.
La muchacha se mordió el labio, avergonzada al encontrarse frente a frente con el henchido miembro del vikingo.
Hakon se maravilló de lo dulce que podía ser la joven ruborizada ante la que se encontraba y no pudo resistirse a besarla de nuevo, poseyendo su boca con una intensidad increíble, devorando sus labios y uniendo sus lenguas como solo un apasionado vikingo sabía hacer.
La levantó en sus brazos y la llevó hasta uno de los colchones de la habitación, sobre ella, siguió besándola con posesión.
Briana aún sentía como algo nuevo todo eso, pero, aun así, no se separó ni un centímetro del cuerpo de Hakon, que parecía cincelado por un dios pagano.
Por una parte, se encontraba un poco asustada, temía el dolor que la había poseído la noche anterior cuando él había entrado en ella, pero también anhelaba la poderosa sensación de sentir la fuerza del vikingo y lo que esto provocaba en ella.
Cuando Hakon se alejó un poco de sus labios, clavó en ella su mirada plateada, al mismo tiempo que con su mano derecha recorría su cuerpo, contorneando cada centímetro de blanca piel de la muchacha.
—No va a dolerte esta vez —la tranquilizó, colocándose a su entrada—. Tan solo vas a desear que no me detenga.
Sus palabras provocaron un intenso escalofrío en Briana, que apretó los puños cuando Hakon entró en ella.
Al contrario de lo que pensaba, tan solo la recorrió una intensa sensación de plenitud a la vez que un calor que parecía provenir del propio cuerpo de Hakon.
Cuando el vikingo se movió en su interior, no pudo controlar un sollozo que se escapó de su boca al sentirlo tan profundamente.
Hakon la observaba con dedicación en el rostro, como si fuera una de sus deidades.
A la vez, contemplarla disfrutar de sus poderosas acometidas hacía que perdiera el control, hasta el punto de que sus gemidos se entremezclaban tanto como sus alientos y el calor de sus cuerpos.
Durante gran parte de la noche, ambos se dedicaron a explorar el cuerpo del otro en detalle, tomándose intensamente, compartiendo una pasión extraña, secreta, que solo ellos conocían.
Después, cuando habían alcanzado el éxtasis en incontables veces y sus respiraciones estaban agitadas, encontrándose cansados y casi satisfechos, se dejaron caer en ese colchón y se abrazaron.
Ya no importaba el frío de la habitación, ni la pobre decoración.
Tan solo ellos. Y en aquella inmensa oscuridad nocturna, con la cabeza de Briana apoyada en su pecho, Hakon cerró los ojos cuando el sueño comenzó a poseerlo.
No supo decir cuánto tiempo había pasado, pero algo lo sobresaltó: un ruido intenso.
Hakon abrió los ojos lentamente, hallándose de nuevo en ese sueño que tantas noches lo acompañaba: se encontraba tumbado y, frente a él, esa joven de cabello rojo gritaba su nombre, cada vez con más claridad.
Hakon no podía moverse, algo se lo impedía.
Quería levantarse, ver quién era esa muchacha, pero no era fácil controlar sus actos en ese sueño.
—¡Hakon! ¡Hakon! ¡Despierta! —gritaba la muchacha.
Hakon tomó aire y su nariz percibió un aroma inesperado. Parecía un extraño olor a quemado… En ese preciso instante supo que algo era distinto; no era el mismo sueño de siempre. Esta vez había cambiado.
La muchacha soltó un grito de desesperación, justo antes de girarse y revelar por primera vez que no se trataba de ninguna desconocida, sino de la misma Briana.
Hakon la miró sin entender nada y, de pronto, salió de esa profunda ensoñación.
Consiguió levantarse de la cama, haciéndose consciente de todo lo que sucedía a su alrededor.
Sus oídos se llenaron de sonidos, ya no solo el grito de Briana mientras lo llamaba, sino también un intenso ruido de vidrios rotos, como si la misma casa en la que se encontraban se estuviera desmoronando.
Y en ese preciso instante, se fijó en la expresión desesperada de la joven y en ese cabello que no era realmente rojo como el fuego, sino…
el reflejo de verdaderas llamas en el cabello rubio de Briana.
Esa casa estaba ardiendo.