Pasión Vikinga Capítulo XIII #2
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Capítulo XIII #2

Briana la miraba con mirada escrutadora y no fue hasta que Nya, ante sus ojos, se acarició el vientre de un modo especial que comprendió la situación. Se llevó una mano a la boca, sorprendida.

—No quería que te enterases así —se disculpó su amiga—. De hecho, era Gared quien quería decírtelo… y yo…

Tanto los vikingos como los soldados, que ya comenzaban a descargar sus pertenencias de los caballos y entraban a la grandiosa casa en la que se alojarían, se sobresaltaron cuando Briana emitió un agudo grito a la vez que volvía a abrazar a su amiga con calidez.

No podía creerlo, la simple idea de tener un pequeño sobrino ya le alegraba el corazón.

—Santo Dios, Nya. ¡Un bebé! —exclamó—. Por todos los cielos…

Nya sonrió, atenta a cómo su amiga comenzaba a mirarle la barriga aún imperceptiblemente hinchada. Casi parecía que Briana esperara ver al niño a través de su piel, fue entonces cuando la muchacha rubia pareció recordar algo importante y volvió a mirar a su amiga.

—Tienes que conocer a alguien.

Se giró para buscar a Hakon entre todos los recién llegados que charlaban animadamente y se dedicaban a organizar los equipajes.

No lo encontró allí, puesto que Hakon ya había llegado hasta su lado por su propio pie, como si supiera que lo estaba buscando.

Briana sonrió, mirándolo de arriba abajo, después volvió a dirigir la vista a Nya.

—Te presento a Hakon —dijo con un orgullo muy patente en su tono de voz—. Él ha sido mi salvador en toda esta situación. De no ser por él, ahora mismo no estaría aquí.

Mientras Nya admiraba a Hakon con evidente apreciación femenina, el vikingo sintió cierta timidez por primera vez.

Hacía mucho tiempo que nadie lo admiraba.

Sabía que en su tierra ya no era ningún heroico combatiente, sino un asesino y un violador.

No importaba que la gente lo creyera o no lo hiciera, puesto que la semilla de la duda ya estaba plantada entre su pueblo.

—No tengo más que agradeceros que hayáis cuidado de ella. —La voz de Nya era suave y educada—. Aunque sea la hermana de mi hombre y no la mía, para mí es más cercana aún que si fuera de mi sangre.

El modo en el que la doncella dijo «mi hombre» le hizo pensar a Hakon en si también Briana se referiría a él en esos términos al hablar con ella.

Frente a Nya no había dado entender en ningún momento que ellos dos pudieran ser algo más, pero Hakon podía ver en el modo en el que las dos muchachas se miraban que, a esas alturas, Nya ya debía de saber más que él mismo sobre su relación con la escocesa.

—Hice lo que debía —alegó Hakon con su voz grave—. Y os ayudaré en todo cuanto me sea posible a pesar de haber alcanzado nuestro destino.

—Oh, no, amigo —repuso Nya sonriendo con suavidad ante sus palabras—. Este no es nuestro destino en absoluto, el destino se decidirá cuando la sangre de la traición sea derramada y todo lo que aquí ha ocurrido durante estos meses se haga justicia ante Dios.

Hakon se quedó sorprendido al escuchar el modo de hablar de una muchacha tan joven, como si llevara años lidiando con la miseria de la guerra. No le extrañaba que, a pesar de su juventud, quisiera defender su vida y la de sus seres queridos con uñas y dientes.

—Estoy ansiosa porque conozcas a Gared —le dijo en voz baja Briana, ante lo cual Nya sonrió—. Estoy convencida de que podríais ser grandes amigos. Ambos tenéis un sentido del honor tan grande como las montañas.

—¿Tú crees? —preguntó él, divertido.

Hakon no sabía nada sobre las costumbres de la familia de Briana, ¿qué sucedía si su hermano Gared tenía planeado casar a su hermana con el jefe del clan vecino para así unir sus tierras?

¿Qué iba a impedirle acabar con ese vikingo que había desprovisto de cada gota de inocencia a su hermana?

Eso no era algo que él se habría tomado bien, de encontrarse en su posición.

—Por supuesto que sí —intercedió Nya.

—Mi familia te debe mucho, Hakon. —Briana lo miró a los ojos con toda la sinceridad posible—.

Y jamás podremos pagártelo todo; mi hermano te recibirá con los brazos abiertos, tanto a ti como a los demás.

Os invitará a permanecer con nosotros tanto tiempo como queráis.

—Sin importarle que todo el mundo pudiera verlos, Briana terminó sus palabras alzando la mano y acariciando con suavidad la masculina mejilla de Hakon, cuya mirada plateada era tan brillante como nunca—. Y espero, que sea mucho.

⊹

La noche era tranquila, tan solo se escuchaba el sonido de los animales que habitaban el bosque en ese momento y se cazaban al abrigo de la oscuridad.

Fuera de la casa, a pocos metros de las puertas de piedra, se hallaban sentadas algunas personas charlando animadamente.

Los vikingos hablaban con los soldados como si fueran amigos de taberna y entre todos narraban anécdotas e historias vividas en locales de dudosa reputación, con personajes de aún más cuestionable virtud.

Entre los árboles, a varios metros de ellos y tratando por todos los medios de no ser vistos, cuatro hombres los vigilaban e intentaban recoger la mayor cantidad de información que les fuera posible.

No llevaban muchos días juntos, puesto que dos de ellos eran vikingos a las órdenes del jarl que, por casualidad, se habían cruzado hacía unos días con un pequeño ejército de escoceses que también seguía al mismo grupo de nórdicos fugitivos.

No habían tardado en aliarse para capturarlos a todos, Bayne había tomado la decisión tan pronto como había sido informado de que varios vikingos prófugos de la justicia de su país eran los encargados de velar por su hermana y llevarla hacia el norte, inequívocamente, a la casa de su primo William.

Bayne quiso entablar relaciones con aquellos soldados noruegos que decían perseguir al cabecilla de la comitiva y la alianza era satisfactoria para ambos. Era muy fácil deducir que cada uno cogería su parte del trato una vez acabaran con eso.

La única condición dada por los soldados vikingos era que nadie matara a Hakon, pues debía ser llevado ante la justicia del jarl aún con vida. Bayne expresó su profunda indiferencia en el caso de que alguien decidiera asesinar a Briana y confirmó que la vida de su hermana no era una prioridad.

—Parece que van a quedarse ahí toda la noche —comentó uno de los soldados de Bayne, no pudo evitar bostezar—. Es imposible que no nos vean cuando amanezca.

—Esperaremos tanto como sea necesario y actuaremos en cuanto vuestro señor nos dé la señal —dijo metódicamente el comandante Timotsen, que se encontraba a la cabeza de la vigilancia.

El joven guerrero de los Urquhart se relamió los labios al pensar en las retribuciones que recibiría por parte de su señor una vez hubiera conseguido quitarse a Briana de en medio, mucho más cuando se enterara de que, como añadido, también podrían acabar con la mujer de su hermano Gared.

Bayne moriría de placer al imaginar la expresión de su hermano cuando se enterara de que no volvería a ver a su mujerzuela africana.

—Nos quedaremos aquí —dictaminó, los vikingos situados frente a él asintieron—. En cuanto se acuesten, traeremos al resto de nuestros hombres y comenzaremos el espectáculo.

Sabían que en la casa tan solo había unos treinta hombres, mientras que ellos eran casi doscientos. Era más que obvio; la batalla estaba servida y Bayne tenía todas las de ganar.

⊹

Cuando los vikingos se levantaron del mullido suelo de hierba para acostarse después de ese día tan largo, nadie se atrevió a preguntar de qué manera iban a dormir.

En esa enorme casa había varias habitaciones vacías, utilizadas por los hombres del clan Urquhart cuando estaban en períodos hostiles o simplemente cuando las inclemencias climáticas les exigían hacer una pausa en su camino.

Briana y Hakon tenían por seguro que dormirían juntos; aunque no lo hubieran expresado en voz alta.

Era obvio que Hakon la había reclamado como suya, al mismo tiempo que también Briana lo había hecho con él.

Nadie podría separarlos ya. Briana tenía claro que seguiría al vikingo hasta el fin del mundo si eso era preciso, a la vez que él la protegería con su vida.

Cuando ambos entraron en una de las habitaciones más alejadas, en el segundo piso, no esperaban que nada allí fuera excesivamente confortable ni acogedor.

Había un par de colchones de paja raídos, el habitáculo era frío y la humedad entraba por las paredes de piedra.

Aun así, no podía pedirse mucho más, estaban en Escocia y el clima era tan crudo como imprevisible.

Durante su estancia en el porche, después de cenar conservas y viandas de las que William los había provisto en Edimburgo, Briana había agradecido a sus amigos vikingos mil veces por seguir acompañándola en su viaje y por exponerse a tantos peligros por ella.

Trud le había quitado importancia a ese hecho, alegando que morirían de aburrimiento sin tener una batalla en la que luchar.

Viggo había recalcado la importancia de Hakon como su hermano y, al igual que Gala y Rurik, prometió que lo acompañaría todo el tiempo que fuera necesario.

Era oficial el hecho de que permanecerían juntos, aunque Hakon no dejaba de temer por la seguridad de Briana permaneciendo a su lado. Había decidido arriesgarse y anteponer su felicidad al miedo atroz que tenía de perderla.

En ese momento, solos en esa húmeda habitación, Briana miró por la ventana con gesto ausente y contempló el brillante cielo negro, adornado por una luna pequeña, decreciente.

—¿Sabes qué? —dijo—. Extraño a mi padre, pero al mismo tiempo sé que no podría soportar ver que sus tres hijos se encuentran en esta situación. Él nunca habría esperado que esto pudiera suceder entre nosotros.

Hakon se acercó a ella por la espalda y la abrazó suavemente, respiró el aroma característico del cabello rubio de Briana y sintoçp que la piel de ella se erizaba. Era extraño poder tocarla cuando quisiera, después de tantos días muriéndose por dentro al pensar en acariciar su suave piel.