Pasión Vikinga Capítulo XII #4
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Capítulo XII #4

—Kund. Un hersir , es decir, un comandante al servicio del jarl.

Como ya imaginarás, era un hombre importante; tenía grandes tierras, una decena de hijos y una inmensa fortuna.

Era casi anciano y llevaba poco tiempo casado con una mujer mucho más joven que él, también noble, pero de menor rango.

—Hakon hizo una pausa, sin saber cómo explicarse—.

La conocí después de una batalla; yo luché en el bando del jarl y vencimos, por lo que nos recibieron en la ciudad como auténticos héroes y hubo grandes festejos.

Esa fue la primera vez que la vi, ella me dijo que odiaba a Kund, que era un viejo retorcido y la maltrataba, que la forzaba a hacer todo tipo de repulsiones, que abusaba de su cuerpo y de su alma…

Simplemente creí en ella. Pero me tomó meses despertar de esa nube de falsedades, cuando conocí la situación real, ya era tarde.

Briana, en esos momentos yo solo sabía que creía morir por ella y que deseaba hacer pagar a ese hombre todo el sufrimiento que le estaba provocando.

Briana tragó grueso, aunque ni siquiera así pudo hacer que unos amargos celos se quedaran en su garganta. Necesitaba saberlo todo, quién era ella, cómo era, si aún seguía amándola… Se mordió el labio, tratando de armarse de paciencia, y esperó a que Hakon siguiera hablando.

—No tardaron mucho en descubrirnos, los criados de su casa hablaban y toda la historia llegó a mi familia.

Mi madre y mi prima intentaron alejarme de Gyda, la mujer, pero yo no quise escuchar a nadie.

Solo sabía que ella me necesitaba y cada día yo odiaba un poco más a Kund.

—La voz de Hakon se tornó aún más amarga, lo cual casi pareció enfriar el ambiente—.

Él no tardó en escuchar todas las habladurías y le pidió explicaciones a Gyda, que lo negó todo, alegando entre lágrimas falsas que yo la había forzado, obligándola a cometer todas las perversiones de las que antes había acusado a su marido.

No le importó en absoluto saber que Kund trataría de matarme, de hecho, estoy seguro de que disfrutó de saber que yo me defendería y acabaría con él.

Por supuesto, así fue: el anciano acudió una mañana a buscarme y me retó frente a mi propia casa.

Tenía que reconocer que yo estaba deseando que esa situación sucediera, quería matarlo y liberar a Gyda de la existencia de su marido.

No fue hasta después de clavarle mi espada cuando ella volvió a promulgar que yo, además de haberla deshonrado y abusado de ella, había asesinado vilmente a su amado esposo.

Briana seguía escuchando, con la boca abierta y sin dar crédito a lo que oía en ese momento. ¿Era posible que una mujer fuera tan mala y cruel?

—Y desde entonces… ¿te persiguen?

Él asintió con la cabeza.

—El jarl me encarceló; para él, mi comportamiento era una gran decepción, pero nadie me creyó al negar haber forzado a Gyda.

Después de unos meses, conseguí urdir un plan junto a Rurik y Gala y escapé.

Viggo y Trud no dudaron un segundo en acompañarme también y los cinco huimos rápidamente de Noruega, sin saber que el jarl clamaría venganza y nos perseguiría a cualquier lugar al que intentáramos marchar.

—Por primera vez, Hakon se giró hacia Briana y recorrió su armonioso rostro, que lo observaba con tristeza—.

El resto de la historia la conoces, pues una de esas noches en las que los soldados de mi propia gente me perseguían, decidí que podría ocultarme en un solitario convento situado en mitad de la nada.

En vez de limitarme a esconderme y pasar desapercibido, algo me dijo que debía entrar a ese misterioso lugar.

—Quién sabe qué habría ocurrido si tú no hubieras venido a rescatarme.

Ante los ojos dulces de Briana, que seguía observando a su vikingo con el corazón en un puño, Hakon acarició su suave y tersa mejilla, deleitándose en el tacto de su piel.

—No puedo dejar de pensar en ti, Briana. No importa cuánto luche contra esto; cada noche, cada hora, te siento dentro de mi piel, consumiéndome.

Ella respiró con dificultad, sin dejar de mirarlo.

Durante unos segundos, Hakon pudo observar la pequeña y rosada lengua de la joven recorriendo su labio superior.

Esa boca lo volvía loco desde la primera vez que la había visto, su cabello rubio como el más claro de los trigales enmarcaba a la perfección la belleza de Briana.

—No voy a ser capaz de dejarte ir —dijo Hakon, con voz ronca—. Los dos lo sabemos muy bien.

—No tengo ningún derecho a pedirte esto, pero… si no puedes dejarme ir, entonces no lo hagas, por favor.

Él apartó la mano de la joven, separándose de su cuerpo para poder respirar durante unos segundos sin pensar en la ardiente necesidad de ella que sentía en su interior.

—Eres un ángel, eres una reina dorada mientras yo soy solo… yo no soy nada en comparación. Solo tengo una espada —Su voz se apagó poco a poco—. Después de todo lo que te he contado… ¿crees que alguien como yo te merece, Briana?

Ella negó con la cabeza, sorprendida por lo que acababa de preguntarle. Sabía que los demonios de Hakon eran oscuros, pero no lo suficiente como para distorsionar la realidad de ese modo.

—¿Qué quieres decir, Hakon? —preguntó—. No te juzgo por nada, tu historia es triste y no eres tú el culpable de las desgracias que han acontecido.

Nada de lo que me has contado puede interferir ni remotamente en lo que yo…

en que yo deje de amarte tanto como lo hago.

—Tomó aire después de decir esto, sin dar crédito a que hubiera sido capaz de hacerlo—.

A no ser, por supuesto, que esa mujer siga siendo la dueña de tu corazón…

en cuyo caso, no diré nada más y aceptaré tu marcha.

El vikingo se quedó callado después de escuchar sus últimas palabras.

¿Acababa de decir que lo amaba? No, eso era imposible.

Sabía que Briana sentía deseo por él, sí, y un profundo aprecio mezclado con gratitud después de todo lo que había hecho por ella, pero amarlo…

amar era una palabra tan grande que podía llenar su pecho con tan solo escucharla y provocaba que Hakon se sintiera dichoso, aun en medio de toda esa horrible situación en la que se encontraba.

Briana observó que él no había respondido a su declaración y esto hizo que se sintiera insegura y vulnerable durante los largos segundos en los que él tan solo se dedicó a mirarla. ¿Querría eso decir que, realmente, Hakon aún amaba a Gyda?

—Quiero ir contigo a buscar a Gared —dijo él, de pronto—. No podré quedar tranquilo hasta que sepa que todo está bien, que estás a salvo y hasta que tanto tu hermano como tú hayáis recuperado el lugar que os corresponde en vuestro clan.

Con estas palabras, Briana sintió que sus ojos se humedecían de profundo agradecimiento y, acto seguido, abrazó el fuerte cuerpo de Hakon. Aspiró su aroma masculino y se recreó en la calidez de su cuerpo.

—No hay duda de que eres la bendición más grande de toda mi vida —expresó con voz frágil—. No hay en el mundo un modo de pagarte todo lo que has hecho por mí y mi familia.

—Tan solo saber que la situación se arreglará me servirá de pago.

Ella se separó de él y lo observó de cerca, aún con ojos llorosos.

Supo en ese instante que nunca antes había sentido algo tan fuerte por nadie.

Lo amaba más que a sí misma y no podría arrancarse a ese vikingo del pecho nunca.

Aún manteniendo sus miradas, Hakon deslizó la vista hacia los apetecibles labios de Briana, dándose cuenta de que necesitaba tenerla tan cerca como fuera posible.

La joven sintió el deseo que recorría a Hakon.

De sus labios, involuntariamente, escapó un ligero suspiro.

Al observar cómo ella entreabría la boca, Hakon no pudo resistirse y tuvo que tomar sus labios. Fue como un instinto.

Briana sentía la fuerte mano de Hakon sujetando su cabeza desde la nuca y cuando la lengua del hombre comenzó a jugar con la suya, en una danza tan sensual que quitaba el aliento, la joven no pudo más que abandonarse a los cálidos besos de Hakon.

Las piernas de la joven temblaban al sentir un intenso torrente cálido bajando por su vientre hasta llegar a ese lugar que Hakon rozaba con su propio cuerpo.

Briana no tardó en notar que también la excitación de Hakon aumentaba; se veía con claridad en la forma posesiva de agarrarla, de acercarla a su cuerpo como si quisiera unirlo con el de ella.

Al cabo de unos segundos, ambos se separaron con una necesidad imperiosa de tomar aire.

Los ojos grises de Hakon despedían chispas de excitación, y Briana supo que estaba intentando controlarse, puesto que no era la primera vez que lo veía en él.

Y también supo que no quería que siguiera haciéndolo; necesitaba saber qué era aquello que tan cerca había tenido unos días antes, pero que Hakon le había seguido negando.

—Soy tuya, Hakon —se ofreció—. Quiero serlo completamente.

Él no se apartó ni un solo centímetro, pero, aun así, la duda pasó por su rostro en ese mismo momento.

—No sabes lo que estás pidiendo —respondió él con voz ronca y sensual—. Si eso ocurre, no habrá vuelta atrás.

—No quiero que la haya. —Briana negó con la cabeza, mirándolo con sinceridad—. Solo sé que ambos lo necesitamos y no querría hacerlo nunca con ningún hombre que no fueras tú.

—Si te tomo esta noche… serás mía, y yo seré tuyo. No quiero que sea de ningún otro modo.

Briana no pestañeó. Su mirada seria y sensual se mantuvo sobre la de él y la joven repiró profundamente.

—Así será.