Pasión Vikinga Capítulo XII #3
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Capítulo XII #3

Se sentía mal por abandonar a sus amigos en ese enorme salón que para ellos era desconocido, pero se convenció de que debía dedicarse a pensar en Gared y en cumplir su deber.

Ya tendría tiempo suficiente para llorar por Hakon cuando este se marchara.

Si de algo no se podía acusar a una highlander era de eludir su deber y Briana comprendía que era momento de anteponer sus responsabilidades a sus sentimientos por Hakon, al igual que él mismo haría si estuviera en su lugar.

⊹

Hakon no sabía si el muchacho que acababa de aparecer frente a la puerta de sus aposentos había sido sincero; de hecho, su mente no terminaba de comprender la situación.

Un joven criado había llamado a la puerta de las enormes habitaciones que William había preparado para Viggo, Rurik y él y, sin mayor conversación, le había informadoa él, y solo a él, de dónde se encontraban los aposentos de Briana.

Le había ofrecido las direcciones completas para llegar hasta allí y, al final, había pronunciado el siguiente mensaje:

«Mi señor William opina que la señorita Briana y vos tendréis mucho de lo que hablar y muy poco tiempo para hacerlo si ella se va mañana en busca del señor Gared».

Hakon no lo comprendía. Hasta donde él tenía entendido, todos los cristianos estaban obsesionados con no dejar que hombres y mujeres convivieran juntos a no ser que fueran marido y mujer. ¿Acaso sería una trampa?

—William me ha parecido un buen hombre —le aconsejó Rurik—.

Parece peculiar, por lo que no me resultaría descabellado que te haya mandado directamente a las habitaciones de su prima para que podáis…

—Se aclaró la garganta un momento—. Para que podáis hablar de vuestros asuntos privados.

Es obvio que ha visto algo entre vosotros dos.

Hakon enarcó una ceja, curioso.

—¿Y vosotros también habéis visto ese algo ?

—Por supuesto —intercedió Viggo desde un rincón de la habitación en el que limpiaba a conciencia su hacha de guerra—. ¿Qué esperabas?

Suspirando, Hakon se llevó las manos a la cabeza. No había forma de negarlo ya: sus sentimientos por Briana estaban sobrepasando todos los límites de la cordura y sentía que, al separarse de ella, jamás lograría sacársela de la cabeza.

—Iré a hablar con ella —concluyó.

Rurik, que hasta entonces permanecía sentado en uno de los cómodos colchones de la acogedora habitación, se levantó y colocó su mano sobre el hombro de su amigo.

—Hakon, ten en cuenta que nosotros estamos aquí por ti y te seguiremos a donde quiera que vayas.

Comenzamos acompañándote en tu huida del jarl y hemos llegado juntos hasta aquí, viviendo contigo cada una de las aventuras que nos han sucedido —dijo el vikingo con voz profunda—.

Entenderemos muy bien que no quieras separarte de Briana y te seguiremos en cualquiera que sea tu decisión respecto a dejarla o no hacerlo.

Hakon negó con la cabeza, sabiendo la enorme dimensión de lo que el hombre le estaba insinuando.

—Si me estás diciendo que la acompañe en esa maldita guerra con su hermano, estás loco, hermano —respondió, frunciendo el ceño—. Yo lucharía contra todos los males por Briana, pero en ningún caso haré que vosotros sigáis haciéndolo por mí. ¿De acuerdo?

Viggo chasqueó la lengua y dejó de abrillantar el afilado acero franco de su valiosa arma.

—Nunca ha sido bueno para ti preocuparte tanto por nosotros y, debo decir, es pretencioso que creas que todo esto es por ti —expuso el joven muchacho—.

Todos nosotros hemos cogido gran cariño a esa tozuda e impulsiva escocesa que nos ha traído hasta aquí.

También yo la ayudaré si ella me necesita, sin duda alguna. Es mi amiga.

—Y yo —se unió Rurik—. Y también Gala, estoy convencido.

¡Demonios! Incluso Trud, que no quería saber nada de ella en un principio, ha acabado encariñándose con la joven.

Dejemos de andar en círculos alrededor de lo que ya es más que evidente: Briana terminará siendo tu mujer, Hakon, y eso la convierte en parte de nosotros.

Los dioses son testigos de que será nuestra hermana.

El vikingo sintió que las palabras de sus hermanos calaban hondo en su pecho, pero él no era un hombre dado a los sentimentalismos. Asintió con la cabeza, expresándoles el mayor de los agradecimientos con su mirada.

—En el Valhalla os espera el más dorado de los tronos, hermanos. Sabedlo bien.

Los tres hombres sonrieron con cariño fraternal y, finalmente, Hakon se dirigió a la puerta de madera.

Salió de la habitación y se enfrentó al frío de los corredores del castillo.

Siguiendo las instrucciones que el muchacho le había dado hacía unos minutos, caminó con decisión hasta llegar a una puerta algo apartada del resto de habitaciones.

No creía de verdad que eso pudiera ser una trampa por parte de William, pero por si acaso, llevaba su espada en el cinturón.

Los vikingos no se caracterizaban por confiar en el primer hombre que los tratara con amabilidad.

Tras unos segundos de duda, Hakon tomó aire, recordándose a sí mismo que era un hombre hecho y derecho con vasta experiencia en las artes amatorias, y tocó la puerta con firmeza.

Toda esa experiencia con las mujeres pareció disolverse de un solo plumazo en cuanto la elegante figura del cuerpo de Briana abrió la puerta de la habitación y lo miró, sorprendida.

—Hakon… qué… ¿qué haces aquí? —preguntó.

—Tenemos que hablar, Briana. Creo que lo sabes.

Ella tardó unos segundos más en reaccionar antes de regresar a la realidad, entonces abrió la puerta de sus cálidos aposentos.

En cuanto Hakon entró, cerró la puerta con rapidez, sabiendo que no sería correcto que alguien viera cómo un hombre —un vikingo, para más inri— acababa de entrar a medianoche en sus habitaciones.

La sala era espaciosa, con una enorme chimenea que caldeaba el dormitorio a la vez que iluminaba de forma sensual cada uno de los rasgos del anguloso rostro de Hakon.

En el suelo se hallaba una gran alfombra con bordados orientales y, en un extremo no muy alejado de la chimenea, una gran cama cuyas sábanas rojizas combinaban a la perfección con el lujoso dosel que adornaba el mueble.

Briana llevaba un camisón blanco de tela fina que resaltaba aún más el azul de sus ojos, así como hacía que su cabello se perdiera en su suave blancura.

El vikingo decidió apartar la mirada antes de comenzar a hablar y así fijarse en otros detalles que no lo abstrajeran tanto como la presencia de ella.

—Es bonito —comentó Hakon, echando un vistazo a todo su alrededor—. Es decir, nada tiene que ver con lo que estamos acostumbrados a ver en nuestra tierra.

—Pensé que eras noble —comentó Briana, aunque de inmediato recordó que no era él quien se lo había confiado, sino Gala. Aun así, Hakon no pareció percatarse de esto.

—No me gusta referirme a mí en esos términos, nada tengo que ver con estos lujos ni la pomposidad que también ostentan algunos de los míos —confesó—. Siempre he preferido la sencillez; como ya te dije, el inicio de mi vida no fue ilustre en absoluto.

La joven asintió con la cabeza y se acercó hasta un candelabro que reposaba cerca de una ventana estrecha.

Ayudándose de una pequeña vela ya encendida, prendió el resto de pequeñas luces con lentitud, concentrándose en su tarea y tratando de ignorar que estaba a solas con Hakon en una habitación y que, apenas unas horas antes, ambos se habían besado apasionadamente.

—Es admirable, pues, conocer a un hombre que no responde a la codicia.

—La fortuna es para los codiciosos como agua con sal para el sediento.

Briana rio con suavidad, aunque hubo un deje de amargura en su gesto.

—Me temo que entonces mi hermano Bayne se ha ahogado en ese océano. —La muchacha se giró y quedó a un par de metros de distancia de Hakon—. ¿A qué has venido realmente, Hakon? ¿A hablarme de la lujosa decoración del castillo de mi primo?

Él negó con la cabeza. Estaba harto de esa situación, todo acabaría zanjado esa noche, fuera como fuese.

—He venido a contarte una historia, Briana. —Ella enarcó una ceja, mirándolo con desconfianza, pero él siguió hablando tras unos instantes—. Quizás ya no merezca la pena hacerlo, puede que ni siquiera quieras oírla…

Briana abrió los ojos, comprendiendo a lo que se estaba refiriendo.

—¿Vas a hablarme de lo que sucedió en Noruega?

—Sí —contestó Hakon, asintiendo con la cabeza—, considero que es lo justo, después de todo.

No empezó a hablar de inmediato, sino que primero avanzó un par de pasos hacia el fuego y se quedó mirándolo, sentía el calor que llegaba hacia su potente cuerpo y calentaba cada centímetro de su piel.

Aun así, seguía estando junto a la única cosa del mundo que podía hacer que se calentara más que cualquier llama: Briana.

—Maté a un hombre —dijo con sequedad—. No sería correcto decirlo así, reconozco que he matado a muchos hombres durante toda mi vida. Será mejor decir que maté al hombre equivocado.

Briana se acercó a él por detrás, quedando casi pegada a su cuerpo.

—¿Quién fue? —preguntó con voz dulce.