Capítulo XII #2
—Fue… —Briana se quedó callada, sin saber qué contestar. Su mirada se dirigió de inmediato a Hakon, dudando de qué decir para no exponer ningún dato indecooroso—. Lo cierto es que Hakon me ayudó a escapar del convento en el que Bayne me había recluido.
Briana enrojeció y apartó la mirada de la de su primo.
No quería que él pensara cualquier disparate sobre su relación con los vikingos, pero lo cierto era que los hombres del clan ya habían informado a William de que Hakon y ella se estaban besando acaloradamente apenas unos minutos antes de que él apareciera.
Por su parte, William no se escandalizó ni un ápice; él abogaba por que cada persona hiciera lo que creyera conveniente tanto consigo mismo como con otras personas.
Si su prima quería yacer con un vikingo, no sería él quien se lo impidiera.
De hecho, él ya había sufrido que lo juzgaran en varias ocasiones por tener esa mentalidad que algunos consideraban depravada y obscena .
—¿Y qué hacía un vikingo en un convento inglés y cristiano? —preguntó con curiosidad.
Durante unos segundos, Briana contempló la posibilidad de decirle que Hakon se encontraba en ese lugar porque lo estaba saqueando, como si esa fuera la mejor opción.
Pensó que, probablemente, nadie lo encontraría raro, puesto que a eso se dedicaban los vikingos, todo el mundo lo sabía…
Pero al instante se arrepintió por pensar algo así de ellos; aunque la opinión generalizada fuera demonizar a los vikingos, tan solo ella conocía el maravilloso corazón que poseían esas cinco personas que se habían decidido a ayudarla sin recibir nada a cambio.
—Estaba escondiéndome —respondió Hakon, alzando la cabeza e interrumpiendo sus pensamientos—. Evitaba que unos hombres me capturaran.
—Esto se pone interesante —musitó William a la vez que ordenaba que alguien volviera a llenarle la copa de vino y posaba sus ojos en el vikingo de mirada plateada y porte orgulloso—. ¿Y quién habría de capturaros, Hakon? ¿De qué huíais con tanta presura?
Para Hakon, el honor era importante; no quería permanecer bajo el resguardo y protección de un hombre que no conocía su historia, pues lo consideraba una traición.
Lo había hablado con sus amigos unos minutos antes y sabía que era cuestión de tiempo que tuviera que sincerarse, tanto con William como con Briana.
—Algunos hombres de mi tierra me persiguen por un delito que cometí hace tiempo —dijo con voz parca—. Y durante el arduo camino de mi huida, los dioses quisieron que me encontrara con Briana.
—No sé si fueron los dioses —opinó William—. Pero sí estoy seguro de que nunca se había formado una pareja de viaje igual; ¡la highlander desterrada y el vikingo prófugo de la justicia! Parece el nombre de una saga nórdica, ¿no creéis?
Briana miró a su primo y chasqueó la lengua. Le agradaba de verdad ese hombre, pero si no le hablaba de su hermano de una vez, iba a morirse de expectación en ese mismo momento.
—William, por favor. Háblame de Gared. ¿Ha venido él aquí?
El hombre rubio miró a su prima, como recordando de pronto que tenía noticias para ella, y con sus dedos peinó distraídamente su bigote rubio, recortado a la moda, a la vez que sorbía un poco de vino especiado.
—Por supuesto, por supuesto —anunció por fin—.
Logró escapar de las mazmorras de Dornoch Castle, ¡aún quedan aliados entre los hombres de Bayne!
¿No es fantástico? —Ante la brillante e ilusionada mirada de Briana, siguió hablando—.
Ha estado aquí hasta hace apenas unos dos días, pero partió de nuevo al norte para reclutar a más hombres dispuestos a luchar contra Bayne.
Recibió tu carta, Briana, sabe que te encuentras bien.
Pero su prioridad sigue siendo recuperar vuestro puesto como señores de las tierras que legítimamente os pertenecen.
Briana se llevó una mano a la cabeza, sintiéndose abrumada por el exceso de información que estaba recibiendo sobre su hermano.
Se alegraba de que Gared siguiera vivo, pero no podía evitar preguntarse cómo se encontraría Nya y el resto de los hombres fieles a ellos.
Tampoco quería ignorar que Gared se preparaba para arrebatarle cualquier tipo de derecho como laird a Bayne y lo haría por la fuerza.
—Tu hermano Bayne merece pagar por su enorme traición —opinó Hakon, endureciendo el gesto.
William miró a Briana con expresión interrogativa y ella asintió disimuladamente.
—Él lo sabe todo —le confirmó.
—¿Y cuál opinas que debería ser el castigo de mi primo Bayne, Hakon?
El vikingo no dudó un solo segundo en responder a la pregunta.
—No hay nada peor que ser un traidor, en especial serlo para tu propia familia. Indudablemente, tras intentar destruir a sus dos hermanos… merece morir.
El resto de los vikingos contemplaban la acción con expresión ojiplática; tan solo conocían una pequeña parte de la historia de Briana y sentían que se la perderían si dejaban de prestar atención a esa conversación.
Para su sorpresa, William contestó con una risa suave que ya empezaban a identificar con su personalidad tranquila.
—Ciertamente, sería lo que merece. Pero si queremos ser hombres de razón, no hombres de guerra, ¿no habría oportunidad alguna de ganar vuestro perdón?
Hakon negó con la cabeza y recordó lo que ese bastardo le había hecho a Briana. De hecho, si lo tuviera delante en ese momento, querría matarlo con sus propias manos por agraviarla a ella.
—No es mi perdón el que necesita, sino el de sus dos hermanos.
William pareció satisfecho con esa contestación y volvió a dirigirse a Briana.
—Gared está ahora mismo en una de las propiedades del clan, en el norte.
A apenas unas horas a caballo de aquí —informó—.
Estoy seguro de que regresarán aquí pronto para comprobar si hay nuevas sobre ti o cualquier otro asunto concerniente.
Yo lamento no poder hacer más por ninguno de vosotros, también siento con fuerza la traición de Bayne, pero no quiero comenzar una guerra contra mi propia familia, al igual que mis hombres no merecen verse inmiscuidos en todo esto.
Hakon asintió con la cabeza. Entendía la postura de William, también él habría intentado mantener alejados a Gala, Rurik, Trud y Viggo de todos sus problemas, pero ellos no se habían dejado desplazar por ningún motivo y habían insistido en acompañarlo corriendo todos los riesgos que eso implicaba.
—Quiero ir allí —dijo Briana, de pronto—. Necesito comprobar que está bien, ver a Gared y poder respirar tranquila de una vez por todas.
—Briana, podéis permanecer aquí tanto tiempo como queráis. Tanto tú como nuestros invitados vikingos. Aquí estáis a salvo, tenéis cobijo, alimento y entretenimiento. Y estoy seguro de que Gared no tardará en regresar…
—No —lo interrumpió Briana, hablando con autoridad—. Quiero verlo mañana mismo. No lo entiendes, William. Es mi hermano y tengo que saber que está bien. He vivido durante estos meses preguntándome cada día si seguiría vivo y en qué condiciones se encontraría.
Durante unos segundos, los ojos verdosos de William observaron a la joven, hasta que finalmente asintió con la cabeza y retiró el plato de cerámica de su frente, anunciando que había terminado de comer. A su alrededor, todos hicieron lo mismo y comenzaron a retirarse.
—Mañana te asignaré una pequeña escolta para llegar hasta allí. Hasta entonces, descansa. —Señaló a los vikingos—. Todos lo necesitáis después de una jornada tan larga. Podéis disfrutar de seis estancias que espero sean de vuestro agrado.
Trud se adelantó un par de pasos, quedando más cerca de William.
—Si no os importa —comentó—. Bastará con una o dos habitaciones. No acostumbramos a dormir separados.
—No hay problema —concedió el escocés—. Sois cautelosos; muy astuto por vuestra parte. —Después, se giró hacia Briana, mirándola con una sonrisa en el rostro—. Tú puedes gozar de la habitación que desees, prima. Si gustas, ordenaré que te preparen una con vistas al lago. Sé que te encantará.
Briana asintió con la cabeza, a esas alturas no era importante en absoluto saber en qué habitación dormiría.
Tenía demasiadas cosas en la cabeza como para pensar en eso: al día siguiente volvería a ver a Gared, debería tomar partido en la lucha contra Bayne y, sobre todo, se separaría del hombre que había tomado su corazón y la había desprovisto de cualquier sentido que ella hubiera tenido antes.
—Nos veremos mañana —se despidió William—. Deseo que paséis una fantástica noche y no dudéis en pedir cualquier cosa que preciséis, ¡estáis en vuestra casa, amigos!
Con unos aspavientos teatrales, el hombre se retiró, intercambiando una mirada cómplice con una criada pelirroja de cuerpo curvilíneo que no pudo evitar soltar una risita estúpida cuando él se dirigió a ella.
—Oh, Alaine, ¿podrías acompañarme a mis aposentos para asegurarte de que el fuego está encendido?
Briana sonrió, divertida. No entendía cómo había podido estar tantos años sin volver a reunirse de nuevo con su primo William.
Era un auténtico personaje al que habría merecido la pena conocer mejor; sus dos hermanos habían muerto cuando aún eran niños, al igual que su padre, y, ahora, también la estimada tía de Briana.
Si bien era cierto que William había pasado varios años de su adolescencia en Francia e Italia, formándose como hombre de letras, también había viajado por Escocia y era capaz de manejarse más que bien con una espada.
—Venid conmigo, señora. —Una joven sirvienta apareció, dirigiéndose a Briana con una inclinación de cabeza. La chica dudó un segundo, pero terminó por seguir a la muchacha sin despegar la mirada de Hakon y los demás.
—Nos veremos mañana… —musitó, separándose de ellos.