Capítulo XII
F ue un movimiento instintivo cuando Hakon se interpuso entre esos hombres que acababan de aparecer en el acantilado y el pequeño cuerpo de Briana. Necesitaba protegerla.
Sus ojos viajaron hacia la derecha, donde varios hombres más conducían al resto de sus amigos y no dejaban de apuntarlos con sus armas.
Lo primero que llamó la atención de Hakon era que esos hombres no eran soldados del jarl , sino que, más bien, parecían parte de algún pequeño ejército escocés.
Probablemente eran los hombres del clan que gobernara esas tierras…
pero, aun así, nada en sus semblantes indicaba que ese encuentro sería agradable.
—¿Qué hacéis en nuestras tierras? —exigió uno de los hombres, pelirrojo y alto como una torre—. ¿Qué estabais buscando, vikingos?
—Quieren invadir la fortaleza, ¡está claro! —gritó otro de ellos, pegando una patada en el suelo.
Rurik, desde su posición de secuestrado y apuntado por varias espadas, rodó los ojos.
—Solo estamos de paso, ¿por qué todo el mundo da por supuesto que nuestra intención es invadir algo?
Briana se había quedado muda, tan solo era capaz de sentir la tranquilizadora presencia de la mano de Hakon tratando de alejarla de esos soldados.
—Cállate, vikingo —rugió el pelirrojo.
—Tu gente es muy agradable, Briana. Deberíamos haber venido antes a conocerlos —repuso Rurik, volviendo la cara hacia ella.
Ante la mirada asesina de uno de los soldados que portaba una espada particularmente larga y cercana al cuello de Rurik, este decidió guardar silencio, preguntándose qué pasaría después.
Como respondiendo a su pregunta, un nuevo hombre apareció de pronto a caballo, seguido por otros dos.
El que parecía el líder era joven y rubio, vestía ropas cómodas, pero lujosas, y su gesto denotaba nobleza por doquier.
—¿Qué ocurre aquí, Bruce?
El soldado pelirrojo, ese tal Bruce, se dirigió a su señor sin perder de vista a los vikingos ni un segundo. No se fiaba de esos salvajes que habían tratado de invadir y masacrar cada uno de los rincones de cualquier tierra que se encontraran. O al menos eso se decía de ellos desde hacía años.
—Vikingos —anunció Bruce, como si se tratara del más repulsivo de los insultos—. Los hemos encontrado merodeando por nuestras tierras. ¿Queréis que los apresemos?
El noble que acababa de aparecer enarcó una ceja mientras estudiaba a los forasteros con ojo crítico.
—¿Estaban haciendo algo indebido? —preguntó.
La mayoría de los soldados negaron con la cabeza, pero un joven de cabello pajizo alzó una mano con timidez; apenas era un adolescente y tartamudeó al hablar.
—Estaban haciendo… algo con un caballo muerto —musitó—. Dicen que los vikingos comen carne cruda y guardan la sangre de los caballos para ofrecérsela a sus dioses…
Rurik resopló desde su sitio, pero por suerte, las miradas de advertencia que le lanzaron el propio Viggo y Trud surtieron efecto para que no se le ocurriera hacer ningún otro comentario.
El hombre rubio seguía sorprendido por toda esa situación y, con total relajación, bajó de su caballo con lentitud y se acercó a los dos vikingos, que permanecían aislados. Observó cómo el hombre cubría a una muchacha rubia con total celo, como si creyera que alguien iba a hacerle daño.
—Disculpad mis modales —comenzó—, mi nombre es William y soy el laird y defensor de estas tierras en representación de todo mi clan, los Urquhart de Edimburgo. —Se presentó con total educación—. ¿Habláis mi idioma?
Briana contuvo la respiración en cuanto William empezó a hablar y desveló su verdadera identidad.
Sintió ganas de llorar; lo había logrado.
¡Había conducido a sus amigos hasta el lugar correcto!
Y, frente a ella, después de doce años sin verlo, se encontraba un muy correcto y educado William Urquhart, su primo.
—¡Billy! —exclamó Briana, deshaciéndose del agarre de Hakon y corriendo hacia ese hombre que no era más que un muchacho de quince años la última vez que se habían visto.
No habría sido fácil decidir quién estaba más sorprendido en ese momento, puesto que los soldados del clan se lanzaron de inmediato a proteger a su señor a la vez que este miraba a la muchacha con sorpresa y Hakon observaba la escena sin dar crédito a lo que veía.
Cuando Briana llegó hasta su primo, lo abrazó con fuerza, y este tuvo que hacer una señal a sus hombres para que lo dejaran estar.
Esa joven no parecía peligrosa en absoluto.
Tras unos segundos de desconcertante abrazo, William separó a la joven de su cuerpo y la observó exhaustivamente.
Le sonaba de algo, ¿se habría acostado con una vikinga en algún momento sin darse cuenta?
Sí, era muy probable, era algo que no lo sorprendería.
—Disculpad, pero ¿quién…? —Las palabras murieron en su garganta a la vez que esos ojos de color cielo se hicieron claros en su mente. William soltó a la muchacha, mirándola con la boca abierta.
—No puede ser… —musitó en gaélico escocés al recordar ese rostro—. ¿Has… has llegado hasta aquí? ¿Briana?
Ella asintió con la cabeza y volvió a abrazarlo. Llevaba mucho tiempo sin ver a alguien de su familia y casi era necesario para ella volver a sentir la calidez de su hogar de algún modo. A unos metros de ellos, Rurik miró con suficiencia a los soldados del clan.
—Dejad de apuntarnos de una maldita vez, ¡somos amigos! ¿Acaso no lo veis?
Con lentitud y tras una mirada aprobatoria por parte de William, los soldados bajaron las armas y los rehenes pudieron volver a respirar en calma de nuevo.
Hakon seguía sin dar crédito a lo que estaba sucediendo, aunque una parte de él sabía perfectamente lo que eso significaba: hasta allí habían llegado; no volvería a ver a Briana. Esta idea le provocó un inmenso dolor.
—Ellos son mis amigos —anunció Briana, señalando a los vikingos con orgullo—. Me han acompañado hasta aquí y, Dios mío, necesitan ayuda, William. Dime que puedes guarnecerlos en la fortaleza, por favor…
—Sí, sí —asintió él—. Tranquila, Briana.
¡Por supuesto que sí! Cualquiera que ayude a mi familia se convierte en mi amigo de inmediato.
—Después, William volvió a mirar a su prima de arriba abajo, sin dar crédito a lo que veía—.
Sigo sin creerme que hayas llegado hasta aquí, Gared dijo que habías escapado de ese maldito convento y que era probable que trataras de llegar hasta aquí…
pero reconozco que nunca creí que de verdad pudieras hacerlo. Te he subestimado gravemente, prima.
El rostro pálido de Briana lo hizo enmudecer. Unos instantes después, los ojos de la joven enrojecieron, llenándose de lágrimas que pugnaban por ser derramadas. Un nudo en su garganta hizo que tuviera que intentar hablar un par de veces antes de conseguirlo.
—¿Has hablado con Gared? —preguntó, muy afectada—. ¿Está… está vivo, Billy?
Él asintió con una sonrisa tranquilizadora y ella lanzó un gemido de alivio mientras se llevaba una delicada mano a los labios, tratando de contener un sollozo.
—Ahora estás a salvo, Briana —la tranquilizó su primo—. Todos lo estáis.
Después hizo un gesto hacia sus hombres, señalando hacia el norte, la dirección en la que se encontraba su fortaleza.
—Es hora de que volvamos a casa —dijo con un tono afable y aristocrático a la vez—. Y, por supuesto, amigos vikingos, estáis invitados a venir con nosotros.
⊹
Era difícil de creer que en esos momentos se encontraran delante de tal cantidad de comida, especialmente después de tantos días viviendo en ninguna parte, viajando y alimentándose de cualquier cosa que tuvieran disponible.
El banquete que les ofreció William era impresionante y el honor fue aún mayor cuando el hombre decidió sentar en su mesa a los vikingos que habían acompañado a su prima hasta allí.
Briana recibió, apenada, la noticia de que su tía había muerto hacía algunos meses y que ahora William era el laird , señor de todas aquellas tierras.
Sin escatimar en ningún gasto, decidió preparar una increíble cena a fin de celebrar que Briana estaba allí, aunque parecía bastante obvio que William Urquhart no era el tipo de hombre que precisaba de un motivo para celebrar una fiesta y, además, gozaba de una fortaleza grande y lujosa.
Las paredes estaban recubiertas de ricos tapetes que aislaban el ambiente del húmedo frío del exterior.
El salón en el que cenaron era espacioso, con varias mesas de regia madera negra en las que se hallaban miembros del clan a los que Briana nunca había visto, así como algunos familiares con los que llevaba años sin encontrarse.
Todos esperaron su turno pacientemente para acercarse y hablar con ella, apenados por la situación que había acontecido con Bayne y le ofrecieron su más sentido pésame por la pérdida de su padre.
Elmann Urquhart había sido un hombre orgulloso y justo, apreciado por todos.
Tras varios minutos disfrutando del banquete, Briana se encontraba expectante y desesperada al ver que su primo no sacaba a colación en ningún momento el tema de su hermano Gared.
No fue sino hasta que el mismo William se percató de que la joven casi no había probado su suculento plato de haggis [11] cuando recordó que tenían algo de lo que hablar.
—Y, cuéntame, Briana. ¿De qué modo conociste a nuestros amigos de más al norte ?
Rurik rio al oír su nuevo apelativo; debía reconocer que William le parecía un hombre extraño, pero a la vez apacible y confiable.
Hakon, por su parte, comía de su plato sin demasiado ahínco y a duras penas levantaba su vista, a pesar de ocupar un lugar honorífico en la mesa de su anfitrión.
Los miembros del clan, en un principio, habían esperado que los guerreros vikingos comenzaran a comer como animales y se comportaran de un modo salvaje; nada más lejos de la realidad, puesto que tanto Rurik como Hakon habían recibido una educación más esmerada que la de muchos de los allí presentes.