Capítulo XI #3
Ella sonrió amargamente, volviendo a darse la vuelta para observar cómo las olas rompían con violencia contra las rocas esculpidas por el viento, el agua y los siglos.
Deseó que nada malo estuviera ocurriendo en sus vidas y que ambos pudieran permanecer en ese momento durante el resto de sus vidas.
Para su sorpresa, Hakon no volvió a insistir en que se marcharan de una vez, sino que caminó con lentitud hasta llegar a ella y, durante unos minutos, se limitó también a observar la maravillosa vista que esas tierras ofrecían.
—La primera vez que visité estas tierras fue con dieciséis años —comenzó a decir Hakon de improviso—.
Recuerdo que vi aparecer uno de estos acantilados mientras nos acercábamos en nuestro drakkar [10] bárbaro y no podía apartar la vista de todo esto.
El sol no aparecía por ninguna parte y hacía un frío de mil infiernos, pero sentí que jamás había presenciado una belleza semejante.
Mi tío me narraba historias sobre mis ancestros y las islas que conquistaban mientras, seguramente, peleaban contra tus antepasados.
—Por primera vez, Hakon sonrió y miró a Briana con complicidad.
—Apostaría a que ninguno de tus ancestros tuvo nada que hacer en una batalla contra los míos —le rebatió ella.
La sonrisa se tornó una agradable carcajada y esta vez la felicidad llegó a los plateados ojos de Hakon.
—Me juré que volvería aquí, que mis ojos contemplarían de nuevo esta belleza mil veces más y que encontraría a una mujer tan indomable como estas tierras y formaría una familia con ella.
Esto último fue casi doloroso para Briana, que lo miró sin respiración. No entendía por qué le estaba diciendo eso.
—Quizás la encuentres algún día.
Él se pasó la mano por su cabello largo, despeinándose mientras su rostro adquiría una profunda expresión de desesperanza.
—La he encontrado ya —musitó—, pero tengo que dejarla ir.
Briana sintió un golpe en el pecho tan real como su presencia allí, y su respiración se hizo pesada.
Una montaña de ideas corría por su mente y no sabía cómo proceder ante ellas.
El intenso olor de la sal se introducía por sus fosas nasales, como si todas las sensaciones de ese momento quisieran que fuera consciente de la realidad que estaba viviendo.
—¿Tienes… que hacerlo? —preguntó Briana con timidez.
Hakon asintió con la cabeza y un nuevo golpe hizo que Briana sintiera un dolor profundo en el pecho.
De pronto, una idea loca pasó por la cabeza de Hakon y, como de costumbre en presencia de Briana, se dejó llevar por sus pensamientos durante unos segundos, sin reflexionar las consecuencias.
—Si te dijera que voy a volver a por ti cuando acabe todo esto —comenzó él—, ¿me esperarías?
Toda esa conversación estaba siendo para Briana como saltar desde una alta torre con los ojos cerrados.
En cualquier momento el suelo aparecería y se estrellaría contra su cuerpo.
Y algo dentro de ella no quería ver cómo se acercaba el final de todo eso.
La pregunta le parecía casi estúpida, ¿esperarlo?
Si Hakon se lo pidiera, se dejaría caer por ese acantilado en aquel mismo instante.
—Toda la vida si fuera preciso —respondió sin dudar.
Él chasqueó la lengua, cubriéndose el rostro con las manos.
—Ese es el maldito problema —juró él—. Que no podría permitir que tú me esperaras toda una vida cuando ni siquiera puedo prometerte que sobreviviré al día siguiente.
Una parte de Briana quiso gritar, suplicarle que la llevara con él a dónde quiera que fueran.
Pero la imagen de Gared apareció en su mente, aposentándose con pesadez en ella.
No podría hacerle eso a su hermano, debía encontrarlo y asegurarse de que se encontraba bien y, después, recuperar todo aquello que significaba llevar el apellido de los Urquhart.
Su vida y la de Hakon estaban irremediablemente separadas.
—Esto va a ser un adiós, ¿verdad? —preguntó—. Será el final de todo y acabará antes de haber comenzado.
—Ha comenzado, Briana —contestó Hakon con gesto serio, acercándose a ella—. Desde luego que lo ha hecho… pero algunas historias no acaban como querríamos.
—Yo no quiero que acabe —susurró ella.
El rostro aniñado de Briana se contrajo con una ligera sombra de llanto, y Hakon se adelantó para acariciar su suave y pálida mejilla.
Condujo su dedo pulgar por su piel, terminando por posarlo en los carnosos labios de la muchacha.
Esos labios que habría deseado poder besar millones de veces…
En los ojos azules de Briana distinguió una profunda necesidad que él también sentía y supo que era imposible rechazarla.
Esa mujer lo encendía como ninguna otra había conseguido hacerlo nunca.
Cuando sus labios se unieron, Briana dejó escapar un gemido desesperado, notando las fuertes manos de Hakon aferrándose a su cuerpo, uniéndolo contra el suyo y arrancando sonoros suspiros al acariciar su lengua con la de la joven.
Briana alzó los brazos, rodeó el poderoso cuerpo de Hakon y evitó por todos los medios separarse de él.
Durante esos instantes, lo único que necesitaba para seguir respirando era notar los labios de Hakon sobre los suyos.
Ninguno de los dos parecía ser consciente del resto del mundo y, por supuesto, ninguno advirtió la presencia de cinco hombres armados apuntándolos en esos momentos con sus arcos y sus espadas. No fue hasta que uno de ellos habló por fin, interrumpiéndolos:
—Vaya, vaya… parece que ya hemos encontrado al resto de los vikingos…