Pasión Vikinga Capítulo XI #2
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Capítulo XI #2

—Te apena dejarlo, ¿verdad?

Esta vez, Briana sí escuchó al instante lo que decía la vikinga y dejó que sus espesas y claras pestañas cayeran sobre sus ojos, mirando al suelo.

—No sabía que un hombre era capaz de ser tan duro con las personas que lo rodean… y que lo aman.

Gala asintió con la cabeza, fijando también su vista en su amigo.

—Hakon no lo ha tenido fácil. Me temo que todo en su vida han sido obstáculos; ha aprendido a anteponer el bienestar de cualquiera que lo rodee al suyo propio y ni siquiera piensa ya en su propia felicidad. Es trágico, ¿verdad?

—¿Y por qué hace eso? —En la voz de Briana se adivinó una aguda nota de desesperación.

Gala se aclaró la garganta y frenó ligeramente su caballo para asegurarse de que era imposible que cualquiera del grupo escuchara sus palabras.

—Su padre era un borracho, frustrado por la legendaria fama de su padre, Hakon el Negro , el abuelo de Hakon. Así que él se crió en la más absoluta de las miserias y vio morir a su hermana por culpa del hambre y las enfermedades… Hakon nunca se ha perdonado no haber podido salvarla.

—Pero… ¿qué podría hacer un niño pequeño? —preguntó Briana, angustiada.

—Nada, lo sé. Pero Hakon no lo cree así —explicó la mujer—.

Cuando su padre murió, uno de sus tíos, un importante guerrero subordinado del jarl, se lo llevó junto a su madre a vivir con él a Agder.

Entonces, fue cuando Hakon comenzó a vivir del modo que le correspondía: su familia entera era rica y noble, ya que tan solo su padre se había malogrado.

Allí aprendió a luchar como lo hace ahora y no tardó mucho en forjar su propia leyenda como guerrero, aunque aún no era una fama tan grande como lo será ahora que se ha ido.

Las palabras de Gala calaron hondo en su corazón.

Algo le decía que Hakon había sufrido de una soledad inmensa durante toda su vida y eso tan solo hacía que la necesidad de permanecer con él fuera más grande.

En esos momentos, Briana se preguntaba en su interior si sería capaz de soportar la marcha del vikingo.

En ese preciso instante en el que los seis cabalgaban por ese remoto y solitario camino, algo sucedió, que provocó que el caballo de Trud, una yegua algo anciana que carecía claramente de la agilidad de sus compañeros, se encabritara.

Tras unos segundos, volvió a apoyar las dos patas delanteras en el piso con un horrible crujido.

El animal lanzó un gemido lastimero cuando perdió el equilibrio y cayó sobre el suelo pedregoso.

Todos detuvieron sus caballos de inmediato para bajarse de ellos y socorrer a su amiga.

Trud. De forma casi milagrosa, esta se puso en pie al cabo de unos momentos en los que solo se veía polvo y barro en el ambiente.

—Por Odín, ¿qué ha sucedido? —preguntó Rurik, abriendo mucho sus ojos claros.

Trud escupió en el suelo con un gruñido, constatando con la mirada que no parecía faltarle ninguna extremidad en el cuerpo.

Después, se giró para ver cómo se encontraba la yegua.

La vikinga bajó la cabeza, desanimada, al observar cómo el animal se revolvía en el suelo con desesperación mientras intentaba volver a incorporarse.

Una de las patas delanteras parecía rota de forma violenta y chorros de sangre caían sobre las manos de Trud, que trataba de tranquilizar a la criatura.

—Ha visto algo en el suelo —dijo al cabo de unos instantes—. Una culebra o una rata, no sé.

Briana se acercó tímidamente, sin atreverse a observar la profunda herida de la yegua, cuyos sonidos de dolor eran escalofriantes.

Hakon negó con la cabeza, pesaroso, y supo con claridad lo que debía hacer en esa situación.

Se acercó a Briana y, sin que esta supiera cómo reaccionar, agarró la daga que él mismo le había regalado un par de noches antes.

Briana sintió un enorme escalofrío al oír el sonido del acero desenfundándose y miró a Hakon con horror.

—¡No!

Él pareció no escuchar su quejido, así que se dio la vuelta, tendiéndole la brillante daga a Trud. Para todos ellos era muy duro tener que sacrificar un animal; pese a que no llevaba mucho tiempo junto a ellos, esa yegua los había acompañado durante muchas millas y para un vikingo eso era sagrado.

—Hazlo rápido —le aconsejó a Trud, que tomó el arma con los labios fruncidos.

—¡No lo hagáis, por favor! —suplicó Briana—. Puede… puede curarse. ¡No es tan grave!

Todos permanecían con la cabeza gacha y fue Hakon el único que decidió hablar con claridad con Briana, colocándose frente a ella. Sus manos casi podían tocarla con tan solo extenderse un poco.

—No puede hacerlo, muchacha. Es vieja y nunca podría recuperarse. —La señaló con el dedo—. Ahora está sufriendo y te aseguro que lo más compasivo es acabar con su dolor; llevarla con nosotros solo nos retrasaría y prolongaría su agonía, porque no vamos a ser capaces de ayudarla.

—Hakon, no… —La joven frunció el ceño, muy apenada—. No…

Sin perder la compostura ni un solo segundo, Hakon dirigió su mirada hacia Trud, que lo observaba con la duda pintada en el rostro.

El vikingo asintió y su hermana lo entendió al instante.

Tomó aire y se dispuso a enterrar el afilado cuchillo en el cuello de la yegua, en un lugar que le ahorraría muchísimo sufrimiento al pobre animal.

—Eres cruel —murmuró Briana, mirando a Hakon muy fijamente a los ojos.

Él se dispuso a contestar ante eso, pero la joven le dio la espalda y se dirigió con decisión hacia el otro lado del camino, sin siquiera saber a dónde se dirigía.

La yegua gimió una última vez mientras Trud la acariciaba y le dedicaba tiernas palabras en la lengua de sus ancestros, con las manos llenas de sangre.

Todos los demás se quedaron atónitos observando a Briana.

—¿A dónde va? —preguntó Viggo.

Rurik se quedó parado y fijó su mirada en el suelo. Después alzó dos dedos, como pidiéndoles unos segundos de silencio a sus amigos. Observó de nuevo los árboles entre los que Briana acababa de desaparecer.

—Hermanos —anunció—, estamos junto al mar.

Era un sonido muy tenue, tanto que solo unos marineros expertos, como lo eran los vikingos, podrían escucharlo. Gala sonrió alegremente; el mar era sinónimo de felicidad para ellos.

—Será mejor que vaya a buscarla…

—No. —Hakon negó con la cabeza, deteniéndola—. Iré yo. No tardaré mucho… Haced algo con ese pobre animal, por favor.

Sus amigos asintieron ante la orden y se apresuraron a apartar el cadáver del camino para evitar entorpecer el paso y que nadie pudiera rastrearlos hasta donde se encontraban.

Hakon caminó rápidamente entre la verde vegetación, comenzaba a preocuparse de verdad por el paradero de Briana.

Ella era tan joven… ¿y si se había perdido?

No tardó en quedarse parado, al llegar a un nuevo lugar sin ningún árbol que entorpeciera la preciosa visión del mar; se encontraba ante un magnífico acantilado cuyas altas piedras frenaban el furor del agua, que chocaba contra ellas con fuerza.

Avanzó por la parte superior, dirigiéndose a la figura femenina que vestía ropas de cuero y se encontraba mirando hacia el horizonte, allí parada.

—Briana, debemos seguir nuestro camino —dijo con voz grave y conciliadora.

Ella se tomó unos segundos más antes de, por fin, girarse para mirarlo a los ojos.

Estaba enfadada y ni siquiera sabía bien por qué.

No entendía sus pensamientos, al igual que tampoco lo hacía con sus sentimientos, y en ese instante no podía más que detestar a su furioso corazón, que latía desbocado.

Se había molestado como una niña pequeña por lo que había ocurrido con la yegua, pero también había muchos más sentimientos detrás de eso.

—Ni siquiera recuerdo dónde están las tierras de mi tía —dijo ella en voz baja—. Esto es inútil. Deberíais dejarme aquí y seguir con vuestro camino.

—No seas absurda. Llevamos mapas y hemos sido viajeros durante demasiado tiempo. Llegaremos pronto, estoy seguro.

Al escuchar esas palabras, la escocesa alzó la vista y avanzó hasta Hakon, mirándolo con decisión.

—Sinceramente, Hakon, creo que una parte de mí ni siquiera quiere que lleguemos.

La confusión se reflejó en el rostro del vikingo. ¿Qué demonios significaba eso?

—¿Qué quieres decir?