Pasión Vikinga Capítulo XI
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Capítulo XI

E l silencio era tan incómodo que Rurik ni siquiera podía creer que llevara varias horas haciendo guardia junto a Trud.

Todos se encontraban durmiendo ya en las estancias del segundo piso de la posada y solo se escuchaba el sonido de algunos animales nocturnos que pululaban por el bosque cercano.

El resto del ambiente estaba tan silencioso y húmedo como cualquier otro lugar apartado del mundo.

Trud bostezó ruidosamente, ocasión que Rurik aprovechó para intentar entablar una conversación con ella.

—¿Tienes sueño?

La vikinga arrugó la nariz al contestar, estaba molesta.

—Por supuesto que tengo sueño, idiota.

Trud apartó la mirada de él y oteó el horizonte.

Su incomodidad era muy notoria y Rurik pensó que Trud apenas había hablado con nadie desde que lo había visto junto a Gala en el bosque.

Eso lo entristecía y lo enfurecía a la vez, no quería que su hermana se alejara de él, pero a la vez se sentía culpable al haberse expuesto a que alguien más conociera de su especial relación con Gala.

—Escucha, Trud. Sé que piensas que…

—¿Qué pienso? —rugió la mujer. De pronto, estaba tan furiosa que Rurik creía imposible que lo hubiera podido ocultar tanto tiempo—. ¿Acaso tú sabrías qué hacer si hubieras sido testigo de lo que yo vi?

El hombre tragó saliva, negando con la cabeza.

—Yo solo sé lo que… que ninguno de los dos pretendía que algo como esto sucediera, pero no es cómo tú crees, hermana. No lo es.

Trud negó con la cabeza, sonriendo con amargura.

—Sabes muy bien lo que significa que Gala y tú… Quiero decir, los dos lo sabéis, ¡maldita sea! —Trud sentía que ni siquiera podía explicarse con palabras—. Por Odín, somos hermanos. Hicimos el juramento, el mismo que hicieron tu padre y el mío tras la caída de Gudrod el Altanero.

—No tienes que recordármelo, Trud. Lo sé, es un crimen y soy consciente de ello, pero no es fácil controlar los sentimientos cuando son reales. Todo el mundo habla sin saber lo que realmente se siente en esta situación.

La mujer lo observaba, pálida ante lo que estaba escuchando y no sabía cómo contestar. Ella había querido pensar que tan solo se trataba de algo físico, que no había sentimientos mezclados... pero al parecer los había, las palabras de Rurik lo demostraban.

—Si mi amor ofende a los dioses, no hay nada que yo pueda hacer excepto, quizás, quitarme la vida.

Trud lo golpeó en el pecho con la palma de la mano, acercándose a él de pronto e instándolo a callarse. Después alzó su mirada al cielo con ojos temerosos.

—Yo no sé qué se espera de mí ahora que conozco esto —dijo en voz baja—. Os amo a los dos, pero os estáis condenando a la furia de Tyr. También nos estáis condenando a los demás.

Frente a ella, Rurik alzó la cabeza con gesto orgulloso y sus impresionantes ojos refulgieron con el color del mar en calma.

—También los dioses se enamoran, Trud. No le temo a nada ni a nadie y afrontaré cualquier situación que se nos presente. Si he de ser castigado, lo aceptaré.

Para su sorpresa, Trud ya no lo miraba del mismo modo que antes, sino que ahora su expresión se había suavizado. La mujer suspiró y tomó unos segundos en alejarse de nuevo de él para volver a su vigilancia.

—Si ambos estáis seguros de que esto es lo que queréis y convenís en arriesgaros a pagar un alto precio, también yo debo apoyaros.

Sois mis hermanos y después de tantos años os debo la vida más veces de las que podría contar.

¿Qué me importa a mí que os queráis de un modo distinto al mío?

—Apretó los labios, pero no volvió a mirarlo a los ojos—.

Pero los dioses no lo verán del mismo modo.

Ellos querrán venganza por el pacto que habéis roto.

Rurik sonrió, aliviado por sus palabras iniciales.

Para él era importante que Trud no los condenara, que no los odiara.

Él había pensado bastante en ello y había concluido en que le propondría a Gala tomar el único camino que les garantizaría estar juntos: exiliarse, huir.

Rurik sabía que eso era traición, tanto a sus hermanos como a los dioses; pero ya no le importaba, estaba dispuesto a correr el riesgo.

—Te agradezco mucho que… —comenzó a decir el vikingo, pero Trud alzó su mano, haciéndolo callar de pronto.

—Mira.

Con el dedo señaló hacia el camino oscuro que se hallaba al otro lado de la posada. En un principio, Rurik forzó la vista todo lo posible, sin ver nada, pero unos segundos después oyó el inconfundible ruido de cascos de caballos.

—¿Crees que son soldados del jarl o simples viajeros?

—¿Viajeros a estas horas? —bufó Trud—. No puedo creer que esos bastardos nos encuentren todo el tiempo. ¿Hasta cuándo van a seguirnos?

—Hasta que tengan la cabeza de Hakon en una bandeja de plata para servírsela a Gyda.

Rurik escupió después de decir el nombre de esa mujer maldita, la causante de todos los problemas que tenían en esos momentos, o al menos de casi todos.

Los dos se apresuraron a acercarse lo suficiente a los forasteros que parecían llegar y suspiraron, aliviados, al ver que no eran vikingos sino simples caballeros en busca de un lugar en el que pasar la noche.

—Tan solo espero el momentdo en que volvamos a ser libres —suspiró Trud.

—Cuando dejemos a Briana en Edimburgo podremos viajar hacia el sur. Estoy convencido de que los soldados no nos seguirán durante mucho más tiempo y volverán a Noruega, dirán que hemos muerto o alguna noticia semejante. Pero nuestras familias no creerán esas historias falsas, no sin pruebas.

La mujer guardó la espada que ya había desempuñado al escuchar el sonido de los caballos y se deshizo de la cota de malla ligera que había llevado durante toda la guardia. Al parecer, tenía intención de subir ya a las habitaciones para que Viggo y Gala los relevaran.

—¿Crees que será así? —preguntó la mujer, con rostro serio—. Está claro que Hakon no va a dejar a Briana tan fácilmente; yo estoy convencida de que la seguirá hasta que ella vuelva a su casa, en las Tierras Altas. Y nosotros tendremos que ir con él.

Rurik entrecerró los ojos, confuso.

—¿Quieres decir que…?

Trud soltó una fuerte carcajada que no sonó femenina en absoluto, después sacó una bota de su cinturón, estaba rellena del hidromiel con que Donar les había obsequiado.

—Suena casi imposible, pero esos dos han encontrado el amor en mitad de todo este infierno.

¿Acaso no has visto cómo ha mirado Hakon a Viggo durante todo el viaje en cuanto ha visto que Briana subía a su caballo?

—Volvió a reírse, al tiempo que bebía un gran trago de la bebida alcohólica—.

Un guerrero vikingo y una niña escocesa.

Dime si no es verdad que serán los protagonistas de todas las sagas [9] en los próximos siglos.

Rurik rio afablemente y le arrebató la bebida a su hermana para beber también.

—¿No te preguntas qué ocurre con Briana? Siempre he escuchado que las muchachas nobles de esta tierra viven encerradas en castillos y tan solo tienen contacto con su familia más inmediata… ¿Qué hace ella aquí?

Trud asintió con la cabeza, pensando también en el tema.

—Por supuesto que siempre existen excepciones. Hakon y tú también sois nobles, y estáis junto a nosotros; escapando de nuestra propia gente. Esta vida es imprevisible, Rurik. Imagino que la historia de Briana también lo es.

En esos momentos ninguno de los dos sabía hasta qué punto podría serlo realmente.

⊹

Al día siguiente hacía calor y un brillante sol se instauró en el cielo azul durante todo el día sin rastro alguno de ninguno de los nubarrones oscuros y habituales en Escocia.

Briana había decidido viajar junto a Gala en su montura, quería evitar en lo posible la inexplicable incomodidad de Hakon que había sentido el día anterior.

Ellas viajaban las últimas en el camino, algo más rezagadas que los demás.

Briana era consciente de que esas eran las últimas horas que pasaría con ellos y su corazón comenzaba a dolerle al anticipar la marcha de Hakon.

Una parte de ella se moría de ganas porque él le pidiera que se quedara con ellos, que viajara con la compañía a donde hiciera falta con tal de no separarse…

pero sabía que eso no ocurriría. Tenía que afrontar su realidad, ella necesitaba reunirse con Gared a toda costa y asegurarse de que él estaba bien.

Ese debería haber sido su único objetivo desde el principio, sin caer enamorada a los pies de un vikingo cuya vida y problemas eran demasiado complicados para ella.

—¿Estás bien, Briana?

La joven despertó de su ensoñación y alzó la vista hacia Gala, que la miraba enarcando una ceja.

—Disculpa, no creí que estuvieras hablándome a mí.

—¿Y a quién le hablaría si no? —Gala señaló al resto del grupo, que se encontraban a una distancia considerable de ellos; nadie podría haberla escuchado a no ser que gritara—. ¿Sabes si estamos muy lejos de las tierras de tu tía?

Habían seguido el camino durante todo el día y, a esas alturas, había quedado bastante claro que Briana no sabía exactamente a dónde se estaban dirigiendo.

Primero había afirmado con rotundidad que las tierras de los Urquhart de Edimburgo se encontraban al norte, pero había dudado al instante, preguntándose si no sería más correcto preguntar a algún campesino que encontraran durante la jornada.

El problema era que no había ningún campesino; tan solo habían encontrado algunas ovejas y vacas cuyos dueños no parecían andar cerca.

—No… no lo sé, lo siento —contestó Briana, con expresión culpable a la par que distraída.

Si tenía que ser sincera, la joven no sabría muy bien cómo reaccionar en cuanto llegaran a la fortaleza donde vivía su tía, viuda desde hacía varios años.

La idea de separarse de Hakon la hacía sentir el poderoso impulso de arrebatarle a Gala las riendas del caballo y huir en la dirección contraria con tal de no alejarse de su poderoso y enigmático vikingo. Pero esa no era una opción.

Gala observó con disimulo a Briana, que no apartaba su mirada de Hakon, y supo lo que le ocurría a la joven.